El modo, curiosamente, más propio de la diseminación es la dispersión: el procedimiento por el cual, la semilla se lanza aleatoriamente al piso, unas lejos de otra, esperando, por supuesto, que echen raíces y que se terminen amistando entre sí, a medida de que crezcan. El estado de dispersión, es un estado en el cual toda acción se sucede de la otra, todo pensamiento o idea se sucede del otro, sin lograr echar raíz. Un pensamiento que se sigue uno de otro, pero procediendo por partes o destellos, nunca por razones constitutivas: las acciones, pensamientos e ideas, se suceden en su heterogeneidad en una continuidad diluida en largos espacios de tiempo; se toman, se abandonan, se retoman y se unen a otras, totalmente por azar, sin poder seguir un propio cause. Transforma el proceso de (sobre)vivir en un mero experimentar, en un mero tanteo por distintas cosas, experiencias, personas. La tarea de alimentarse o de crecer, la de pensar sobre todo, se vuelve particularmente difícil, los estímulos se sobreponen unos a otros de una manera que la voluntad se desactiva de su fuerza originaria. Todo querer procede en una sucesión de medios, que a su vez, llevan a otros medios, mientras también, se piensa en fines, en esperanzas o en recuerdos, que se suceden indistintamente hasta el colapso. La concentración, la nostalgia de la concentración mejor sea dicho, la capacidad de focalizar toda subjetividad en una acción, vuelve la dispersión un modo de evitar la quietud del sufrimiento, la paciencia y el silencio de quién llora. Sufrir desconcentrado es agobiante, es vivir constantemente en una irresolución, vivir constantemente en una densidad que no eres capaz de explorar, aunque la tematices y la elabores, no estás nunca en ella, por más que no puedas salir de ahí. Las cosas alrededor pierden constantemente su significado, las prácticas y las costumbres proceden sin ninguna intensidad, el mecanicismo de la acción prevalece sobre cualquier reflexión. Hay un rehuir lo profundo, un serlo todo menos el abismo, un estar completamente en la indeterminación de los hechos, de las vidas y de los placeres, que te esclavizan de manera sonriente, de manera atrapante y solidaria. En la dispersión ninguna determinación, ninguna crueldad es posible. Solo queda el solidario comportamiento errático, donde la persecusión de la benevolencia con el super-yo se sobrepone a la capacidad de determinación de la vida. Es la manera más práctica en que el super-yo y la pulsión de muerte se reunen en una alianza tan ruidosa, activa, incierta. A cada satisfacción le sigue un sentimiento de nulidad, a cada pensamiento, una terrible evasión. A cada sentimiento, una acción inútil. Las palabras ya no expresan, es difícil describir la dispersión misma, o más bien, cada palabra la grita como un chirrido interno que no puede parar, que no deja de estar allí contigo, que no deja tampoco de resolverse, de desenredarse, de complicarse contigo hasta reemplazarte. No hay un yo en la dispersión, solo está lo que circunda, gritándote por ser, por hacerte, por derruirte. La solidaridad de las cosas...
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
lunes, 29 de noviembre de 2021
domingo, 21 de noviembre de 2021
Hay siempre un trasfondo de pasión en el dolor. Una pasión por el dolor, que clama desde el interior, ante cada vida que busca sobreponerse a la nuestra. Lo más natural, lo más fácil, lo más inteligente, es fluir con las corrientes del mundo, dejarse guiar por la propia falta de voluntad. El dolor, su pasión, la pasión por él, nos distinguen de las fluctuaciones del mundo, de sus ritmos, sus vientos, sus alteraciones equívocas, su propia falta de sentido. En la pasión, el fervor por el dolor, podemos encontrar ese punto en el mundo, en que nos elevamos sobre él, en el que resplandece nuestra propia palabra, nuestra propia respiración, por entrecortada que esté, como lo único que existe, aunque sea solo por unos segundos. Esa exhalación, esa contención también, que de lo aéreo del exterior, se vierte sobre nuestra propia palabra, la manera en que la respiración toca al habla, o bien, la medida en que toda habla es también un modo terrible de la exhalación, que se vuelve palabra, a medio andar, ante una intensidad que no puede ya ser más.
La pasión por el dolor, sufrir con fervor -no como un momento pasajero, sino como un momento definitivo, un destino inevitable, necesario, cruel-, nos abre la posibilidad de abolir la banalidad superficial de la vida. Porque estar vivo es vivir en la superficie, vivir en los sentidos, en el vínculo. Un dolor apasionante, entonces, te aleja de esa terrible insensibilidad, de la amenaza de una insensibilidad perpetua. La condena del sentimiento a poder desaparecer, la apatía sin virtud reconocible, es lo único que queda en el aplazamiento del dolor, en la sobre-escritura de él. El dolor y sus pasiones vuelven la exhalación palabra y al viento un deseo. En cada bocanada de aire, en cada suspiro entrecortado, hay una terrible afirmación de uno mismo, que no necesita silencio, porque es el silencio absoluto: el ruido constante de la respiración y cada uno de sus deseos, se clavan en la propia consciencia, retumban en sus paredes (porque sí, la consciencia es la habitación propia, cuando está cerrada e inhabitada) como el filo de una brizna que recorta un helecho presto a morir.
tocar es siempre algo complicado. Tocar siempre esconde una co-implicación. Lo tocado y quién toca. El desvanecer de lo tocado en quien toca, a la vez que el derrame de quien es tocado en los límites de la otra. La permanencia, entonces, de esos límites, con todo lo que no limita. Con lo que no empieza, con el discordar inenarrable de dos cuerpos que se entremezclan para poder permanecer cerrados en esa apertura, solos en ese acompañar, lúcidos en la embriaguez, para permanecer siempre otros de la otra, guardar distancia siempre en el desvanecimiento de toda distancia.
El cuerpo que toca que, a la vez, es el que se deja tocar, permanece y se entrega. Se entrega en su sensibilidad, aguarda la ternura en su siempre violenta disrupción, en la anarquía de su aparecer. El cuerpo recorrido por la sensibilidad, deviene otro tocar, otra forma del tocar que es la de quien toca aguardando, quien reserva el tocar, pospone y derrama el tocar del otro. El ir y venir de un tocar sin tocado, de un ser tocado sin quién toque. Disolución de la caricia, como único ser de la caricia. Saborear en esa inercia cada movimiento que contiene el ensueño, el titubear de la propia piel, el amansar de los nervios,
Es difícil, a veces, admitir que no se sufre. Lo que se padece, en una situación que pretendía ser emocionalmente impactante, es solo indolencia. Solo padeces tu propia insensibilidad, de una forma dañina, pero leve, lisonjera, advenediza, desarticulante. En la noche en que no queda tambaleo alguno, ni hay gritos de desesperación, solo hay un silencio, el silencio de las palabras que no se pueden decir (y que duelen), de los gestos que no se pueden hacer, de los juegos que ya no son posibles. No hay complicidad alguna en el silencio de la noche, donde todo sonar es un chirrido asemántico, toda palabra es un alivio, pero hay un acecho que no te pertenece. El acecho de lo desposeído, de lo alejado, del confort que te rodeaba y que te volvía cínico. El paso del tiempo, el cobijo, la atención, la palabra de preocupación, la mirada directa, la palabra lenta y baja, la sonrisa a veces, todo desapareciendo, descascarándose como de la superficie de una fría estatua de hierro derruido. ¿Qué se pierde? Es una respuesta que aun no se acaba de hacer, ni siquiera la pregunta resuena lo suficiente, no hay pasado, a veces, en medio de un encierro y una convivencia pragmática, no descarnada, pero sí demasiado práctica, demasiado resolutiva. Entender, que en realidad, no ha habido problema alguno, que no hay palabras para aclarar lo que desde siempre fue claro. Que nunca debimos estar así, pero que, pese a todo, fue la mejor alternativa por un buen tiempo. Y esa mejor alternativa, esconde (¡Una vez más!) una indolencia incalculable, ni dolor, ni ausencia de él, el dolor de la propia insensibilidad, el dolor que surge de la resistencia, de la firmeza incólume de no caer en el abismo de la afectividad. El dolor ocasional, agudo, resonante, pero no contínuo, ni desesperante, de que ahora se está a solas con el propio destino. En las manos de sí, ordenando un gran y desconocido espacio, que tiene y no tiene que ver conmigo. La velocidad con la que ocurrió todo no deja de ser impresionante, pero lo más asombroso fue la naturalidad con que todo fue asumido, casi como una experiencia cotidiana, un hecho pre-escrito, que aguardaba y que, de un modo u otro, era inextricablemente necesario, adormecedoramente verdadero: estar solo.
martes, 5 de octubre de 2021
Ser tocado, a la vez por sí y a la vez por nadie, el arte masturbatoria, el placer lanzado al vacío, la ilusión de lamer y lamer aquello que se encuentra allí, en la pantalla o lejos, en los recuerdos. La distancia de la masturbación y la masturbación que marca la distancia, que la multiplica, que impide todo tacto y contacto, la autosuficiencia sexual espanta a quien depende y desea seguir dependiendo, de quién deba ser a quien necesite para la copulación. La autosuficiencia sexual apesta socialmente, pero practicarla te hace invulnerable hasta a tus propias caricias. Al practicarla deportivamente, o como somnífero necesario, se cumple la idea: nadie jamás te tocará, te estás tocando, nadie te toca. Jamás te importó que te tocaran. Lamer, a veces, lo es todo, es todo el placer que se pueda alcanzar, el suspiro de no lamer, permanecer ahogado en los suspiros por lo que no se lame, se lamió y no se volverá a lamer. La nostalgia, al medio de la noche, en ausencia de toda desesperación, lo invade todo en una insignificancia. En algo completamente nimio, omitible. La memoria se borra, y cada vez más. La masturbación la revive como muerta, masturbación farmacéutica. Toda agonía desaparece con la indolencia, la autosuficiencia ineludible, elegida como un destino inexorable. La masturbación eres tu, te pueden masturbar, sí. Tuviste tus aventuras, sí. Pero nadie te arrebatará los deseos verdaderos, es decir, los deseos que ni siquiera quieres realizar, pero que no, no están aquí, no están en lo que sea que estés. Al modo de la peste de Camus: lo único que importa, es que una vez lo viviste y ahora te puedes acordar de que padeciste el placer. Eres autosuficiente en ese recuerdo, multiplicable y variable. Agotable, pese a todo, no es infinito. Pero permanece contigo, como una marca en tu piel. Preservando algo que no está contigo, y que quizá incluso quisiste que se fuera antes. Quizás deseaste esta autosuficiente soledad, esta memoria perdida en los instantes de erotismo, en el deseo de quien se iba, se refregaba, se plegaba a tu cuerpo, sudaba a la son de tus movimientos, gemía, se abría, se entusiasmaba y sobre todo, te deseaba...
jueves, 5 de octubre de 2017
Engullir las cosas, en vez de comerlas, hace del tiempo una forma más de volverse hijo de tus propios desequilibrios. Engulles cosas, eres engullido -a su vez-, por un tiempo al que perteneces. Perteneces forzosamente al tiempo que te desequilibra, que te expande y que te recoge de un momento a otro, que se expande y que se recoge, de un instante hasta la eternidad. Mucho de lo que queda por decir acerca de la mujer, tiene que ver con la facilidad en la que se presenta para ser engullida o para ocultar su perverso deseo de permanecer dentro de un roedor.
La mujer, para un hombre en la forma del deseo, tiene una forma de volverse un engullido que es distinta: ella aparece como todo lo que se repliega sobre sí y todo lo que hace se vuelve palabra, lenguaje. La mujer necesariamente usa el lenguaje para ser engullida. La mujer es toda un conjunto de significaciones que se niegan a permanecer en lo simbólico y pretenden designificarse, pretenden retornar al signo, a la figura del signo. La noche del deseo del hombre hace de la mujer un signo, un referente vacío, pero iterable en el que las multiplicidad de significados se vuelven un imposible. A su vez, la forma de presentarse del hombre es la del signo, la del receptáculo vacío de significación, la oscuridad de la noche y el devenir signo de la mujer lo fuerzan a volverse un significado.