El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
viernes, 22 de agosto de 2014
sábado, 12 de abril de 2014
Pensaba, que no soy capaz de reconocer racionalmente la extraña expresión horrible del durmiente. Le cubre una capa bizcosa de sudor y yace sobre un lecho por un tiempo irracional. Cualquiera que se pare a contemplar a un durmiente sabrá que con el tan sólo ejercicio de poner entre paréntesis la idea de cuántas horas debe dormir la gente diariamente, le parecerá siempre que el tiempo del durmiente es un tiempo absurdo. No hay nada de excitante, ni de atrayente, ni de cariño siquiera en el ejercicio de compartir un lecho, con el sólo objeto de dormir ya que no es una experiencia estética para ninguno de los que yacen juntos. Ni del que se encarga de observar, porque siempre encuentra en el otro una expresión horrible, un sudor irracional que aparece incluso en los inviernos más fríos, un rostro podrido por el cansancio, el peso de la noche, la monotonía del día, el desajuste de la hora y el propio cuerpo, la ausencia apesadumbrada de una palabra dirigida a un tu, la referencia siempre implícita a la muerte del que duerme, y la incapacidad de toda dinámica de comprensión. Durmiendo nadie comprende, durmiendo no hacemos más que suspendernos ante la desnudez de nuestras fantasías de lo nocturno, de lo nauseabundo y lo temible. Un buen sueño también es un momento de temblor: como de todo lo bueno, no sabemos nunca cuándo puede acabar y esperamos con ansias poder ver los límites de lo que experimentamos como propio, como acogedor, como completamente hecho de maravillas. La gracia de lo maravilloso, de la belleza intensa, está en su acabamiento: no hay momento intenso que dure mucho, ni relación extasiante que pueda comprometerse con los confines de este universo. Quizá obra del resorte envidioso de los dioses, o de la tan natural constitución autodestructiva de lo maravilloso, tienen vida corta, se acaban rápido. No como la noche del que contempla el dormido, el cuerpo dormido, el cuerpo muerto, incierto, incomprendido, casi compuesto de pura extensión, desprovisto de toda consciencia. El cuerpo dormido es una fantasía del cuerpo despierto, del cuerpo del sueño fragil, que no busca más que mantener ese sueño profundo del durmiente, que se extiende más allá de las fortalezas de toda temporalidad razonable. A decir verdad, no hay más que en el cuerpo dormido, esa falta de consciencia, ese puro cuerpo arrojado a la inanidad de la cama, que con una absorvencia poderosa mantiene al durmiente en sus límites, sin jamás poder liberarse de él, la cama es esa irracionalidad pretendida del cuerpo dormido, la de ser pura extensión. El cuerpo dormido quiere ser cama, en algún momento, quiere fundirse con ella, hundirse totalmente en su fondo y jamás salir de ese sudor asqueroso que es su anatomía, su constitución más certera.
La cama del cuerpo y el cuerpo de la cama, son momentos fragmentarios de eso que llamamos aquí la verdad de lo nocturno... y es que, de pronto hay cosas que no puedan ser más que la propia y constante elucidación de que aquello que llamamos nocturno, es algo esencialmente diferente de todo el resto. De todo lo que llamamos durante el día, o incluso, por la mañana...
jueves, 18 de julio de 2013
La verdad del sentimiento oscilante en cada mañana es sólo su fluidez inexplicable. Cada mañana despierto o sintiendo desesperación, o un amor irracional y esperanzado por una nueva mujer, o tan sólo la amargura del nuevo día. La pesadilla, el sueño, esa forma de llenar de contenido atormentador la noche, sin el hábito autodestructivo de la consciencia, es una forma de trauma, es la forma que marca un momento de mi vida que he luchado por separar de mí, pero que no he logrado. Hay una marca en mí, hay un sello de dolor que aun no he logrado sanar, que la noche aun no ha logrado explorar en su totalidad, para poder hacerlo florecer en su significado y así, poder lograr una convivencia real con él, no tan sólo la ocultación en el habla.
No tener habla ante aquello que me ciega el día, que me hace huir aun desde mi propia cama, es una experiencia de ahogo y de encierro, en todos los sentidos es un juego echado, una situación cerrada, sin forma de abrirse más que en el fuero nocturno de la consciencia. Pero jamás hay forma de abrirlo en el mundo, ni en el habla, ni aun menos en el vínculo. He tenido situaciones límite dentro de mí mismo, siempre que he visto cerca la posibilidad del vínculo con lo que temo, con lo que me atormenta aun hoy. He pensado que todo ese temor, todo ese tormento también se han transformado en un nuevo impulso purificador: el de la búsqueda de un nuevo proyecto, de buscar una nueva acompañante... (mejor dicho, buscar una acompañante, anteriormente me sentía más solo mientras estaba -supuestamente- vinculado)
Oscilar entre sentimientos de amor y de desesperación, hace del estómago una forma inestable de ser, de vivir, de comer, de sentir la digestión. Es el hambre que se apaga, el hambre que se prende, él hábito que se retuerce, que se vuelve insignificante, que cambia, que se torna una nada.
La digestión, entonces, cambia de forma cuando el alma oscilante, se atiene a debatirse entre el futuro y un pasado perdido. Sabes que el pasado está terminado, pero aún sigues reconstruyéndolo lentamente, quieres descubrir nuevos sentidos de verlo, de comprenderlo, pero a fin de cuenta, no tienes más que sensaciones, no tiene más que el trastorno de tu alimentación, la forma detenida de vivir en tu cama por el invierno sin hacer nada.
Cada mañana, más que ser una tortura, ya es una forma oscilante de ser, donde la sensación al despertar es capaz de determinar gran parte de la existencia durante el día, debido a lo sentido durante los últimos momentos de la noche, ya sea despierto, ya sea en sueños...
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...
miércoles, 15 de mayo de 2013
La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera
martes, 16 de abril de 2013
A veces, por la mañana, sonrío, mientra camino. Sonrío porque siento la amargura de la posibilidad de encontrarme con aquello que me horroriza y me quita la vigilia, sonrío para ocultarme, sonrío con desdén, con rabia, con un sentimiento de odio, de desesperación. Sonrío cuando mis entrañas rugen por salir de mi cuerpo, pero estoy ahí afuera, sonriendo, luciendo una sonrisa, ocultando un grito ahogado que me sigue la totalidad del día. A veces, cuando estoy dentro, en casa, me acuesto y entre nostalgias, se revuelve mi estómago y me autodestruyo con preguntas cuya solo mención me quitan la tranquilidad del alma. Me hundo en la cama, escucho música, siento nostalgia, siento deseos imposibles de volver al pasado de una mentira. Despierto de mi sueño despierto, y odio nuevamente. Me odio por desear, odio mi deseo y odio lo deseado. A veces logro salir del laberinto del alma con las bromas, ya no es una sonrisa, es una carcajada y un descalabro de locura. La carcajada y la locura me liberan momentáneamente, me llevan al olvido, a la nihilización, es decir, al abrir los ojos ante el sin sentido de esa experiencia nostálgica de una mentira. Lo disfruto, pero antes de todo eso, está la sonrisa retorcida de un loco iracundo, que amenaza con explotar en furia ante cualquier mortal. El sentimiento patético de esa sonrisa, es una vergüenza. Pero está allí, la sonrisa que me encarcela, que me enceguece y que me posee, todos los días. Cuando no me abraza y me absorve la cama, amenazando no dejarme volver a ver la luz.
Si el tormento antes quitaba el sueño, ahora quita la vigilia. El día mismo es una nebulosa estúpida y confusa de amenazas y fantasmas. La araña que teje todo este enjambre de terrores diurnos, supo lograr encadenarlos en el momento en el que no se les esperaba. La sorpresa, la indigencia, la tristeza son los modos de ser de esa sonrisa deshonesta y enloquecida que llevo durante el día, por esperar encontrarme con lo que no quiero encontrarme.
No me interesa hayar otra salida al problema, tampoco. Tan sólo quería tomarle el peso a esa sonrisa amarga, enfurecida y retorcida, que me rodea las mañanas... cuando mi libertad me encadena a su juicio vacío, a diario, y la angustia me absorve.
domingo, 14 de abril de 2013
A veces tener un deseo que no deseas, querer hacer algo que...en realidad... prefieres obstruir toda posibilidad de hacer. Sí, un deseo realmente humillante, patético, de demostrar el sufrimiento con una persona que no quiere compartir nada... y el orgullo te ha salvado (una vez más) de confesarle lo que sientes, de hacérselo saber de alguna manera, por breve que fuera. Hay sentimientos que viven ocultos y que el revelarlos a la persona a quién van dirigidos significa una perdición tan profunda y abismal, que pensar en otro día de vida luego de una confesión semejante, es muy difícil.
Realmente, es asqueroso saber que se confió en alguien y que se te traicionó... pero a fin de cuentas, se sabe que no importa mucho, que tu confíes, quiere decir que creíste que un alguien, era un tipo determinado de persona al que... ni se asemejaba. ¿Qué reclamar? ¿que creíste que una persona era tal y tal por lo que esa persona decía o hacía? realmente, no hay mucho que decir, el caso está perdido y hace mejor dejarlo atrás. Son cosas de las que uno se preocupa cuando su vida está detenida, cuando no ha abierto su horizonte, porque no conoce nuevas posibilidades, porque no se ha despejado de sus antiguos fantasmas, porque no ha dejado de lamentarse de lo que pudo haber sido mejor... aunque no estuviera en sus manos y quizá en las de nadie, tampoco. No hay a quién culpar de lo que creíste, ni de lo que pensaste. Simplemente fue el descalabro de tu mente que buscó una imagen beatífica y trato de fingir encontrarla hasta poder creerse sus propias mentiras. El tiempo sigue, y sigo aquí, sin cambio... mi estremecimiento se reduce a un agua con azúcar, sigo sin explotar, sigo sin sacar esto hacia un nuevo camino. Es que el tiempo no me ha logrado arrastrar, por lo pesado que le soy, por lo denso, o simplemente, por lo terco y duro.
En fin, el tiempo solo lleva las cosas a su fin, a su límite, y aun no lo encuentro... pero saber esperar, es lo que aprendo de nuevo...
jueves, 15 de noviembre de 2012
Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".