... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
domingo, 28 de diciembre de 2014
lunes, 3 de noviembre de 2014
No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
sábado, 12 de abril de 2014
Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...
domingo, 14 de julio de 2013
La noche, es parte de un ciclo regular, de un modo del ambiente, del exterior, lo que no depende de nosotros. Lo nocturno, es una forma interior, de lo que no puede reducirse al ambiente, de lo único... y que a la par con la noche, no puede depender del sujeto. La noche no depende del sujeto, porque acontece afuera, es externa... lo nocturno, no depende del sujeto, porque es un acontecimiento plena y absolutamente subjetivo. Se desliga de la razón, de la reflexión y a veces, hasta de la sensación. La subjetividad se desnuda, se muestra independiente del tiempo, y se vuelve memoria y sensación, entremezclada, una. No hay más que la sensación-memoria, cuando acontece lo nocturno. Es la mezcla entre recuerdo y vivencia presente que logra abrir el ser a una manera propia, única de ser: la de lo nocturno. Lo nocturno es aquello que resiste toda forma de racionalidad fría, es un afectarse, es un volverse, es un sentir puro, una forma de acceder, de hecho, a las cosas mismas, en su forma nocturna. Es el hecho de que todo se haya inmediatamente frente a tu realidad, sin ningún tapujo. Todo se realiza y se desrealiza, de una forma única, en lo nocturno. Es un sentimiento, una forma particular siempre, irrepetible, inconstante, que se realiza en lo nocturno, que desrealiza todo aquello que le toca, que se muestra absolutamente simple, separada de todo lo demás.
Lo nocturno tiene una facilidad para aislar, para separar una cosa del resto; para ser íntima, absorvente y absoluta, porque no necesita más que una fijación, una figura, un contorno, o un contenido, una sustancia, una esencia. En ambos casos, la cosa es una sóla, es siempre única, siempre aislada, siempre simple. La condensación de la vivencia nocturna se debe a la forma del fijar, del contornear. Y es que lo nocturno vive en distracción, pero es que distraído puede fijar. Es que escribiendo borra y borrando escribe. Porque dice lo que calla, y ensordece lo que escucha.
martes, 24 de abril de 2012
He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.
jueves, 13 de octubre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Haber hecho de las mentiras un pretexto para decir la verdad...
Y hacer del olvido una excusa y un recordatorio...
viernes, 22 de julio de 2011
unSiento una yaga, de esas yagas que no se desvanecen con la crueldad del paso del tiempo... Vi a ELLA con aquella runa, la misma runa que en un momento rocié con sangre de mi dedo gordo del pie... Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, LE - TI - CIA.
Me cuesta tanto decir o escribir su nombre, sin estremecerme, sin desarticularme y perderme en el sonido de su nombre o en la belleza que tiene su escritura: Leticia.
No termino de convencerme que no encontraré quien pueda tocarle los talones... cuando ella se fue, se fue La Mujer, se fue la femeneidad con ella... Y esa femeneidad es la que busco, sin terminar de convencerme que no la encontraré jamás... que hay mujeres y La Mujer. Hay amores y ese amor que anclé en el ser y no en el tener...
Mi condena es la intensidad de un pasado completamente impropio, un pasado que no me pertenece y que no puede pertenecerme... No lo tengo, porque no lo quise nunca tener... lo anclé en el ser, soy ese pasado, ahora mismo, aquí, cuando lo anhelo, cuando lo recuerdo, cuando sé de su imposibilidad y de su repetición... Leticia es una nueva especie de Regina Olsen... de esas Regina Olsen que nunca me amaron y de las que no dejé por mi melancolía, pero que viven siempre conmigo: es terrible, pero no deja de fascinarme, no termino de fascinarme de la belleza de su huída mágica... es Regina Olsen, es mi Diótima, pero sobre todo fue mi Papán, esa princesa que murió y que vive en su muerte, con mi vida. Su huída nunca ha terminado para mí, seguramente ella no debe ni tener el recuerdo de mi pasado, ni siquiera debe cumplir mi miserable deseo... yo pensaba: "Como mínimo, pretendo ser un gran recuerdo, uno de esos recuerdos que no se desvanecen con un par de años".
Pero no, soy olvido y de los olvidos que no demoran ni mi ausencia... mi presencia ya es olvidada, mi pérdida absoluta en el mágico umbral del olvido. Me perdí a mí mismo en su olvido, ese mí en su tú es su olvido... soy olvido... Me olvidas ergo sum.
Es fascinante la lucidez que tengo al (d)escribir esto, me impresiono a mí mismo cuando escribo estas cosas, pensarlas es una cosa, pero este pensamiento no es silente, tiene palabras y las busco ahora en mi actividad, en mi confesión. Quiero estar con ella ahora, pero no quiero querer estar con ella ahora, quisiera querer nada... hundirme en la inanidad de este momento en su absolución extasiante... ¡Qué éxtasis este, el de celebrar el lamento que me tiene hace más de un año! Es un sentimiento completamente ambiguo, pero su ambigüedad es real y concreta... ¿Quién más que yo puede decirlo? despues de todo, nada nos pertenece más que estos momentos, estos pequeños instantes de autenticidad, esta autenticidad en el delirio... ser sí mismo, es esta horripilante experiencia de (d)escribir lo que me evoca ver un par de fotos extrañas al azar, y de recordar un poco y desear algo más que un poco. La quiero, la he querido olvidar, pero la quiero, la quiero como pasada, como ida, como huyente, como ese fuego débil que aun no deja de dar calor a pesar de que sus llamas no se vean, entre tantas cenizas...
¡Sí! muchas cenizas, las cenizas del sentido del tiempo, con ella era tiempo. Quizá ahora (rectificándome lo que he pensado anteriormente) soy cambio... cambio sin tiempo... continuidad sin tiempo, devenir-mismidad atemporalizado... ese es mi nombre ahora, mi identidad subyace en su intelecto y/o en su intelección, en su amor y en sus ojos en los que me perdí... Pero ella no me irá a buscar en otros... ella irá a perderme en otros... soy degradación continua, devenir-mismidad atemporalizada. ¿Qué otro honor se merece este sentimiento tan asqueroso? Pero a la vez, fascinante, herrabundo, bicéfalo, fuera de la vía de la verdad...
Me amo en ese olvido que encontró en los otros... y la amo en su infinito recuerdo en las otras... Ese mí y esa tú viven muriendo o mueren viviendo en esa contrariedad que se resiste a toda síntesis...
sábado, 9 de julio de 2011
yuxh=j pei¿rata i¹wÜn ou)k aÄn e)ceu/roio, pa=san e)piporeuo/menojo(do/n: ouÀtw baqu\n lo/gon eÃxei...
.·Heráclito·.
domingo, 26 de junio de 2011
¿Qué hacer cuándo se llega al olvido definitivo (definitivo de un momento) del recuerdo?
Es esa insoportable levedad del ser... Sí, ya no hay medios para poder asociar el pasado con el presente-futuro... Se habita el mundo de otra manera, se deja de lado la constante repetición de los mismo...
Extrañeza: esa es la palabra exacta, después de un cambio radical... cómo demonios volver a asimilar como propio algo tan distinto... su repetición ha concluido, ha cesado...
***
Olvido: tómame, hazme sentir extraño...
Recuerdo: tómame hazme sentir estancado, decadente y podrido...
***
Olvido: Libérame...
Recuerdo: ... (?)
***
Recordar el olvido es una cicatriz de una herida leve, o quizá más profunda de lo que la inmediatez de un sentido nos hace notar... pero el olvido del recuerdo... parece ser un violento zamarreo, una forma en la que el tiempo arrastra el cambio... y el cambio lleva consigo el olvido de la mano. El olvido del recuerdo permite ver la profundidad de un abismo que jamás termina: la identidad...
Sí, Agustín pensaba que al buscar en su alma encontraría esa marca de Dios que podía tomar y proclamar, y de la cual podría obtener su suma laetitia... hermosa visión la del obispo de Hípona...
Sin embargo, creo que la identidad al verse hacia dentro, hacia el pasado, hacia la memoria... hacia el recuerdo, el presente corre el peligro de ser una completa extrañeza...y si no es una extrañeza, entonces lo que es más horrible: un podrido estancamiento...
No moverse es estancarse en una perdición absoluta... pero perderse en un movimiento constante y pausado es una caída asegurada...
La peridición absoluta, en la inmediatez de la contemplación es mágica, producto estético del sufrimiento nostálgico, pero la perdición constante y pausada del cambio, del tiempo es una perdición abrumadora, letal, angustiante, pero nunca, jamás nunca,una perdición absoluta... ¿Y si descubrimos que hay algo más que el cambio que no se pueda cambiar?
Aún no encuentro la esfera que hay en mí... la encontré varias veces y más veces la he perdido... "Nunca encontraremos el confín de nuestras almas, ni aún recorriendo todos sus caminos... Tan profundo es su lógos..." como decía Heráclito, esa alma, ese fuego, que es uno y es dos, es lo mismo y no lo mismo... Esa alma interminable... ese abismo que cae hacia arriba, y se eleva cuesta abajo, sin jamás escoger algo más constante que su propia inconstancia...
Tomar el valor de ensuciarse con la vida hasta las patas... es una determinación horrible, asquerosa, perdida, violenta... pero honesta... En cambio quién busca perderse en una identidad que jamás se las ha de ver consigo misma en el qué hacer de su tiempo, de su presente... de su instante...
Instante, ni tú eres tanto la identidad... déjame no des-convencerme de tí, ¡dejenme creer lo que nunca he creído! dejenme darle espacio al futuro... en el recuerdo... y en su olvido...
¿Será eso lo que esconde la dialéctica del recuerdo y el olvido?
viernes, 17 de junio de 2011
alguien que no quiere (no) ser. No soy ni uno, ni soy dos, soy el mismo y soy el otro. Pero tampoco soy alguien, ni estoy tan dividido, no tengo dos cabezas aunque lo paresca... Ni errante, ni en el sendero. Estoy dividido, simplemente uno.
martes, 14 de junio de 2011
Siempre que uno diga nunca, está mintiendo. Cuando uno dice siempre, nunca dice verdad. Cuando decimos siempre, siempre estamos mintiendo. Cuando decimos nunca, nunca decimos la verdad. Es verdad, entones, que cuando uno dice nunca que uno diga nunca está diciendo la verdad. Y siempre que uno diga siempre, que diga siempre está diciendo la mentira, siempre es verdad. Entonces, también, nunca de las veces que uno diga nunca, que nunca está diciendo la verdad, es verdad.
Conclusión: ¿Qué cresta se puede decir?
lunes, 6 de junio de 2011
Recuerdo haber visto en televisión, el relato de James Hamilton, un sujeto que había sido abusado sexualmente por un sacerdote llamado Karadima... James contaba que el sacerdote estaba totalmente convencido de que el Padre Hurtado le había dado un don, que le permitía juzgar y experimentar las vocaciones sacerdotales de los jóvenes a través del acoso...
Seguramente, él está convencido de su don, y yo ni siquiera dudo que lo tenga o no. El problema está en la imposibilidad de saber cuántas veces ha pasado, que hay quien ha obrado lo que se concibe atroz, pero estando convencido de que está haciendo lo más legítimo y correcto, que estña haciendo el "Bien".
Quizás cuántas veces hemos sido un Karadima, un tocado de la gracia de Dios que lleva a cabo la atrocidad delirante, usando el poder llevado a su máxima expresión: la violación. El problema, pareciera ser no sólamente moral, ni menos aun social. El problema se traslada hasta más allá de los márgenes de lo insondable, la pregunta que evitamos, a saber: cuánto tiene que ver con nosotros Karadima, es espeluznante.
Más allá aún de la particularidad de la pedofilia, va hasta el convencimiento de una verdad... su credibilidad...
Sólo hay verdad cuando hay alguien que está dispuesta a creerla. El problema es cuál es esa verdad en la que hemos de creer... y quizá ese sea el hilo conductor de la historia: el de una verdad punzante que no puede proclamarse sin nada más que sangre. Una verdad que no es más que una ficción, en definitiva, el sustrato subyacente a toda psicopatía...
Ahora es cuando debemos preguntarnos... ¿Qué verdad merece ser creída? ¿Cuántas ya hemos creído? ¿Cuánto des-creyó Descartes?
Más vale volver creíble la peor de las mentiras, antes que esperar a seguir creyendo una verdad tan absoluta, tan exclusoria, perdida en la afirmación de 'un resto', Karadima y 'el resto', no hay Karadima sin ese 'resto'. Karadima es completamente incognoscible si no existiese quien le diera la razón, quien le da la credibilidad, la toga y la cruz.
Pero finalmente... ¿De cuánto no nos hemos hecho conscientes? ¿Cuántos 'dones' hemos creído tener para autorizarnos el abuso? y aún más: ¿Cuánto tenemos que ver nosotros con Karadima? Condenar a Karadima, es ser Karadima también.
Entonces, hablo de un dilema peligroso: cuando se condena a Karadima, no se usa ningún tipo de analogía...
Ninguno se ha puesto a pensar que es posiblemente un asesido, un violador o un psicópata. Ni Karadima nunca ha pensado, en su juventud, que iba a vivir otorgándose la potestad de jóvenes cuerpos, a causa de su divino don. Karadima ve la situación, siente y hace. El que asesina, nunca pensó que iba a ser un asesino, ni un psicópata jamás se considera psicópata... Somos ingenuos, inocentes...
Pero ante la ley, somos culpables y de eso no hay duda, es parte de esta vida civil. No obstante, además de la ley, los imaginarios sociales nos culpan como culpables en todo ámbito... culpable absoluto Karadima...
En la condenación de un crimen hay algo más que el miedo de ser víctima del crimen, también está el miedo de ser el victimario...
Todos los criminales somos nosotros, nosotros somos esa violación y ese abuso. Sí, también la señora de la casa, morbosa, se hace la horrorizada por el problema de Karadima, pide la tortura, la muerte, la humillación. No importa lo que Karadima cree, ni lo que piensa, ni la manera en la que ve las cosas. Ante la ley, esto debe ser de esa manera, el problema está en el impacto que estos temas tienen ante el público, ante los espectadores morbosos de un criminal que "por fin tiene su marecido".
Una sociedad de sospecha, es una sociedad de la que se debe sospechar... una sociedad condenatoria, es una sociedad zángana, perdida, condenable.
Ser, en una sociedad, es aparecer como otro. Como un no-yo, como una sombra de lo que realmente se es. Ser esa vieja que cocina escuchando lo que le pasa a Karadima, es ser una vieja que escapa de sus propias manías, de sus propias mentiras, de sus propios deseos, en definitiva.
Esas viejas de mierda, deberían extinguirse... pero realmente seguirán siendo hasta los confines de la eternidad... Con esto ¿Cómo no ser un pesimista?
lunes, 23 de mayo de 2011
Mientras más mentirosa sea tu verdad, con más fuerza la defenderás. Pues si es una verdad siempre verdadera, es tan neutra, vacía y necesaria que no te apegarías a ella
sábado, 21 de mayo de 2011
Para aprender a vivir, lo principal que hay que aprender es a sufrir, si es que no lo único. Extrañamente, esto sea quizá lo que excluya a la gente de saber vivir. Tener el axioma innegable, de que no tienen por qué pasar cosas extraordinarias y geniales en la vida. La vida tiene todo el derecho a destruirnos hasta lo más profundo de nuestro ser. La vida tiene derecho, hasta, de hacernos. Cuando algo horrible sucede, es natural, es predecible, es legítimo, es lo que tenía que pasar. Pero cuando ocurre algo hermoso y bello, debemos sorprendernos y saltar de alegría, ha ocurrido algo que nos va contra natura.
Saber que vivimos en una caja oscura, y por lo tanto, saber maravillarnos de las pequeñas centellas de luz que hay en esa infinita oscuridad, es saber vivir. Por otro lado, están los que viviendo un sinfín de miserias y habiendo caído al vacío de la angustia, tratan de ver miles de luces en esta caja oscura y cuando esas excepcionales chispitas de belleza aparecen, no saben absorverse completamente a esa vacuidad de sentido, a esa arbitrariedad del mundo, a ese desorden que nos produce placer, encanto y éxtasis.
Vivir hasta la última gota de sangre, sabiendo que eso es lo que pasa, eso es lo que nos espera por naturaleza, un cruento dolor, que nos retorcerá hasta el infinito y que no nos dejará sin aliento. Desgraciadamente, nadie muere de sufrimiento. Pero hay quienes mueren por cándidos, por engañados, por ingenuos, el optimismo mata y hay que tener mucho cuidado.
Pero no vale la pena quejarse sobre esta cantidad de males, ya decía Cioran: "Ser es estar acorralado". Desgraciadamente no vale la pena avocarse a ese absoluto no ser, a ese estancamiento del éter fogoso constante del sufrimiento que subyace a toda sustancia. Y aún no se ha difundido esa panacea del agua de alquitrás, que pueda sanarnos de todos nuestros males y aún nuestra alma no ha llegado a la concordancia absoluta con ese éter fogoso, que es el cambio, y así nos permita la armonía. Aún no ha llegado y quiero y no quiero llegar a ese éter.
Quiero, pues la concordancia del alma con ese éter fogoso permitirá la felicidad; pero creo no estar muy seguro, acerca de si quiero la felicidad... por lo general pienso que lo último que quisiera es ser feliz. Pero cuando en vez de querer ser feliz, soy simplemente feliz, me encanta estancarme, en el contacto con ese éter fogoso subyacente. Pero ¡Qué demonios importan esas cosas!
No vale la pena creer en nada. Y no hay saberes, sino creeres, así que no vale la pena creer ni en panaseas, ni en técnicas para vivir, ni si quiera hay que pensar mucho en vivir. Despues de todo... ¡A quién le importa! Vivir es de lo que más escapamos, ponemos metas, desplazando el vivir a la posteridad, lo cual no es vivir. Decimos que vivir es eso que hemos hecho una vez sintiéndonos bien. Entonces vivir es memoria, recuerdo, es sólo un regreso de lo irreversible, por lo tanto un trágico error. Y cuando se vive en el presente, uno no necesita saber, ni creer nada, porque eso es memoria, es pasado, es historia... entonces ¡qué diablos! Ni hay, ni habrá una forma legítima para aprender a vivir. Pero quizá aprender a sufrir valga la pena...
lunes, 9 de mayo de 2011
...La única manera que hay para dejar de creer en 'algo', es creyéndolo absolutamente todo.
lunes, 25 de abril de 2011
En este mundo hay dos clases de personas: unos que tratan de disimular su gran genio y otros que tratan de ocultar su tremenda estupidez.
De la victoria y el fracaso que tienen, se generan relatos, se construyen vidas y se viven mundos. El problema de lograr enmascarar la estupidez, se encuentra en su infinitud... y el problema de ocultar el genio... aun no se ha descubierto.
Pero, el yugo siniestro de esta situación es lo que llena al mundo de sin sentido... no es soportable un genio como genio, ni un imbécil sin disimulo. Este es uno de los inicios de la diferencia, de la totalidad de las construcciones humanas. Estas máscaras que se constituyen, son verdaderas entelequias creadoras de falsedad, son el núcleo mismo de la sociedad: la mentira, o más delicadamente dicho, la verdad a medias.
Ya Nietzsche lo decía: "Una máscara dice mucho más que un rostro". La máscara misma es la constituyente de la dividuación, de la fragmentación de ese núcleo de personalidad, esa mónada, ese Sí Mismo, ese self. En ninguna sociedad, en ningún mundo posible en el que convivan tres personas o más, es posible mostrar aunque fuera un tercio del rostro original. Sólo descubrimos algo de ese genio y de esa estupidez, porque sobra... es como la teoría del chorreo: no conocemos toda la sopa que hay en la holla, sólo nos llega a nosotros que estamos fuera, sus sobras.
La ley del chorreo rige la sociedad, hasta en ese ámbito... es su regla constitutiva...
¡Cuán terrible es dejar caer algo de honestidad, perder parte de sí por todo lo que sobra, lo que emana, de nuestro rostro! El conflicto (el vacío imposible de rellenar) que permite la movilidad constante de las sociedades se encuentra en su pregunta fundamental: ¿Qué hacer con los genios?
Esa respuesta se devela constantemente en el transcurso de la historia, pero jamás ha logrado mostrar la figura más determinante que nos permita entender al hombre...
Pero... hasta ahora, nos es infinita la estupidez, por lo tanto es incomprensible la naturaleza humana, el hombre es esa excepción generalizada: la de un signo (decía Hölderlin) que aún no se ha terminado de descifrar...
martes, 5 de abril de 2011
Ninguna cosa hay, que haya vulnerado más los espíritus del mundo, que el tiempo.
Siempre se ha puesto el acento, la esencia y el centro de toda problematicidad en sus conceptualizaciones vacías del cambio, la sociedad o las ideas. Pero no, todo ello no es más que una vía desesperada de escape ante el tiempo mismo... entender el tiempo sin cambio, pareciera ser imposible... pero el solipsismo y la reflexibidad nos golpean con el tiempo sin adjetivos... El tiempo es aquello que hemos buscado eludir desde el instante mismo en el que recordamos, hacemos historia y presentamos ideas neutras aisladas de toda intencionalidad.
El tiempo es ese gato del que todo ratón corre, pero con consciencia de que será atrapado y devorado con él... con la consciencia de ser parte del tiempo, alguna vez.
Antiguamente era un gran paso a la consciencia de la realidad considerarnos como cambio... pero ahora considerarnos como tiempo es necesario: cambio es poco decir, historia es menos.
Decir que somos tiempo, quiere decir que somos vulnerabilidad, que somos menos que una hoja seca agitada por un vendabal otoñal...
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no es que seamos algo vulnerable, sino que somos vulnerabilidad misma. Somos el tiempo y somos el infinito, no podemos dimensionar la finitud de nuestra vulnerabilidad... Somos tiempo y no el relato que se hace de él... ¿Puede alguien pensar El Tiempo? Es completamente imposible, o es muy nuestro o nos es tan lejano... pero jamás podremos hablar con propiedad de él: jamás podríamos conocer nuestra constitución misma, a no ser que podamos ver nuestro cuerpo desde afuera de él. El tiempo es todo, y no podemos conocerlo más que saliendo de él, en soledad.
No es que conoscamos algo de él, ni un poco... todo lo que conocemos es tiempo, pero no podemos verlo desde dentro...
¿Quién puede saber qué es una caverna si jamás ha salido de ella?

