Vivir es decir un gran no. Negar cualquier acceso o cerrar cualquier puerta, no admitir la posibilidad de. Volverlo imposible todo, con la vida, con sus lágrimas, sus sentimientos invasivos, las penas que no se acallan y que surgen de las ternuras más profundas del alma, que se tejen en el vacío, por una mañana. El acontecimiento, desacontecimiento también, de pronto, de estar en medio de algo que acaba de terminar, que excede el espacio de tu cuerpo y cuyo deseo empieza en la negatividad más absoluta. El no-acceso y las ansias más absolutas de estar vivo de nuevo, del hecho de saber que lo estás, pero que esa vida no es más que una ineludible tristeza que embadurna todo del sabor de lo imposible, de lo denegativo, del absoluto no al mundo, a la vida, al placer y a la mentira.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
miércoles, 2 de marzo de 2022
viernes, 15 de octubre de 2021
Es difícil, a veces, admitir que no se sufre. Lo que se padece, en una situación que pretendía ser emocionalmente impactante, es solo indolencia. Solo padeces tu propia insensibilidad, de una forma dañina, pero leve, lisonjera, advenediza, desarticulante. En la noche en que no queda tambaleo alguno, ni hay gritos de desesperación, solo hay un silencio, el silencio de las palabras que no se pueden decir (y que duelen), de los gestos que no se pueden hacer, de los juegos que ya no son posibles. No hay complicidad alguna en el silencio de la noche, donde todo sonar es un chirrido asemántico, toda palabra es un alivio, pero hay un acecho que no te pertenece. El acecho de lo desposeído, de lo alejado, del confort que te rodeaba y que te volvía cínico. El paso del tiempo, el cobijo, la atención, la palabra de preocupación, la mirada directa, la palabra lenta y baja, la sonrisa a veces, todo desapareciendo, descascarándose como de la superficie de una fría estatua de hierro derruido. ¿Qué se pierde? Es una respuesta que aun no se acaba de hacer, ni siquiera la pregunta resuena lo suficiente, no hay pasado, a veces, en medio de un encierro y una convivencia pragmática, no descarnada, pero sí demasiado práctica, demasiado resolutiva. Entender, que en realidad, no ha habido problema alguno, que no hay palabras para aclarar lo que desde siempre fue claro. Que nunca debimos estar así, pero que, pese a todo, fue la mejor alternativa por un buen tiempo. Y esa mejor alternativa, esconde (¡Una vez más!) una indolencia incalculable, ni dolor, ni ausencia de él, el dolor de la propia insensibilidad, el dolor que surge de la resistencia, de la firmeza incólume de no caer en el abismo de la afectividad. El dolor ocasional, agudo, resonante, pero no contínuo, ni desesperante, de que ahora se está a solas con el propio destino. En las manos de sí, ordenando un gran y desconocido espacio, que tiene y no tiene que ver conmigo. La velocidad con la que ocurrió todo no deja de ser impresionante, pero lo más asombroso fue la naturalidad con que todo fue asumido, casi como una experiencia cotidiana, un hecho pre-escrito, que aguardaba y que, de un modo u otro, era inextricablemente necesario, adormecedoramente verdadero: estar solo.
lunes, 3 de noviembre de 2014
No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Siempre me he sentido tomado por la retaguardia, incluso cuando voy de frente. Al parecer, no hay forma de que al momento en el que le doy frente a algo, sea lo que sea, este me responde. Me responde cuando ya le doy la espalda. Me responde cuando yo ya no quiero seguir el tema. Es así como sucede la violencia en mi vida. Encaro, a ratos causo, una reacción violenta, sin embargo, no me siento fielmente referido y reflejado en ella. No respondo, pero tampoco acojo sin más. No intercambio violencia, quizá ese sea un hecho. O incluso cuando intento intercambiar, salgo quijotescamente ridiculizado: lanzo puñetazos a la nada o mis insultos son insignificantes por no ir acompañados de más golpes. En ambos casos, no paro de vagar sobre el acontecimiento, sin hacer mayores reproches morales acerca de mis contrincantes: más bien suelo detenerme en mis propias posibilidades, en las que no concreté.
La imposibilidad del combate, marca también la inesencialidad de mi vida política. La desazón de tener enemigos, me ha quitado incluso la enemistad cosificante y visceral. La derecha sigue siendo lo totalmente otro, lo cosificable, pero aún así, su tortura no me es más que un sueño lejano y carente de sentido; ni siquiera los enemigos personales, si es que los hubiera. Realmente no tengo cómo enemistarme moralmente de alguien, no tengo a qué oponerme y con ello, he intentado de seguir viviendo, pero aún así, de a poco, me doy cuenta que no puedo. No hay formas de vivir sin oponerse. Mi único enemigo es el tiempo, que tan sólo transcurre y que no puedo parar. Es a él al que me enfrento con mis proyectos a diario, sin poder tomar una buena respuesta que ofrecerle y que con ello, lograr salir adelante. No puedo moverme sin ir en contra de. No hay forma. Estoy detenido
sábado, 19 de julio de 2014
Nunca, jamás, podré reconciliarme. Ni conmigo mismo, ni con otro, ni con otra.
viernes, 13 de junio de 2014
La incapacidad de la anestesia radica en el exceso de adrenalina, en el nervio que se niega a relajarse, en el nervio que se niega a no-seguir-sintiendo. La incapacidad de la anestesia tiene que ver con esa poderosa fuerza del cuerpo, en la persistencia del sentir, como una realidad pura. El cuerpo se niega a dejar su sentir, hace que toda insensibilidad le parezca extraña, imposible, exógena. El poderoso influjo de la técnica no puede, a ratos, contra esa posibilidad radical del cuerpo a seguir sintiendo, a negarse la anestesia, a seguir en el despertar, en el sentimiento, la duda, el tragar, el sentir la propia lengua... ¿Por qué va a ser tan necesario sentir la propia lengua? La sensación de tragarse la propia lengua, es lo que sucede en un momento en el que el cuerpo se dispone a aceptar la anestesia, la transpiración fría, el jadeo, la mirada moviéndose por todas partes, la fobia a todo, la impenetrabilidad del cuerpo, el rechazo a toda materia formada en la técnica, el sentir la pesadez del cuerpo dispuesto allí, sobre el todo de lo aséptico, lo desinfectado, la luminosidad de la técnica, interminable, absoluta, total, mística, aparente explicación de carácter holista al sistema de la extracción de cuerpos, de partes del cuerpo, de la diferencia misma. Todo cuerpo es una diferencia. Mi cuerpo es diferencia, es inter-posición, discontinuidad e irrupción del resto del conjunto de los entes materiales. El sentir, constituye esa resistencia del cuerpo a ser llamado un continuo del resto de los entes-a-la-mano del mundo, donde se pueda disponer circunspectivamente de ellos, como una materia continua. Esto vale tanto para la violación, como para la negación a la anestesia. Lo que surge de la incapacidad de la anestesia es el fenómeno de la resistencia, la contención de la materialidad misma del cuerpo, a volverse una materia continua del resto de lo ente. Es la resistencia de lo vivo a volverse parte de lo inerte, lo que nos llama -una vez más-, a hacer la distinción entre lo biológico y lo físico.
A su vez, por otra parte, el cuerpo se muestra como una realidad vivida, desde la experiencia misma de ese vivir, sinti-ente, redoblado en su corporalidad resistente, alterna, contradicha, superpuesta.
...Aunque, volviendo a la lengua dormida: ¿Qué se ha de considerar traumático de esta experiencia? Lo traumático de que la lengua se duerma, es, claro, la idea de que la lengua se pueda tragar, de que de la resistencia del cuerpo a lo exógeno, se muestre también resistente a su propio cuerpo, y en un afán de autoexterminio se vuelva contra sí y se aniquile. La aniquilación de sí, por medio de la lengua, es una temática ya explorada ampliamente, vale tan sólo mencionar en el Quijote esa reflexión acerca de si la espada o la pluma era más poderosa. La escritura o la violencia. La palabra o la muerte. La cuestión de la lengua anestesiada, en cuanto experiencia desesperante, se debe a que la muerte temporal de la lengua, la mortificación regional del cuerpo, en la lengua, manifiesta la fantasía de la muerte de la palabra, con ello, también de la escritura, del lenguaje. La lengua y el lenguaje, son uno de los últimos avatares de esperanza en la época contemporánea, en el que la metáfora trata de alejarse, de retirarse, en sus trazos. La metáfora y la anestésica de la lengua, son formas vivas del desenlace paroxista de la historia de la metafísica. La lengua, ya no sintiente, ya no ente, ya no-ente. La lengua deshacida, desprovista de todo lo ente, la lengua, vuelta hacia el ser, se muestra desde su anhelo de destruktio como un abrirse paso, en el cuerpo y negar toda posibilidad de retiradas del sentir. La cuestión del cuerpo, como texto, el cuerpo como escritura, como resistencia viviente, vivida, orgánica de palabra, de malestar, de intuición, de ék-stasis.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
sábado, 12 de abril de 2014
Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...
domingo, 5 de enero de 2014
La convivencia es extremadamente difícil: esa disposición de recursos, y entre ellos el tiempo, que se pide en cada relación cooperativa guarda una cuota insaldable de vacío legal, de punto en el que no se puede exigir explícitamente, de punto en el que por pedir te vuelves psicópata, que es dificilísimo guardar una igualdad, aunque sea a medias y entre comillas. La igualdad que pide, toda convivencia, por ser imposible y la posibilidad concreta que se muestra de ella, se debe mostrar como la única (siempre desigual, siempre a medias, siempre con insatisfacciones viscerales a largo plazo) que siempre, es preferible la soledad. Puede ser una soledad acompañada. Claro está que siempre de otra soledad. Pero más allá de eso, no hay más que la soledad propia, imperdible, inconmensurable e infinita, en la que te encuentras. Quizá cada noche, a lo mejor cada día, en el que sabes que la vida es algo más que un momento perdido del vacío. En el que cada momento lo vives y lo mueres solo, a fin de cuentas, rascándote tus propias mugres, mugiendo tus propios dolores y llorando tus propias penas. La amargura de cada día, no puede ser sabiamente compartida, y estúpidamente, produce una estúpida amargura, un mal genio que no es un mal genio solemne y sabio, sino que es estúpido y pobre, perdido, trastocado, enfermo. No es la solemnidad de la melancolía, es la estupidización desesperada y desesperante de una depresión. Estar en el elegante y sutil límite de la depresión, es vivir en la levedad melancólica, desencantada, suave, con toda pena lenta, erosionadora, pero lenta. A cada momento, esa levedad absorvente, al ritmo de la música y con los colores de una impresión. Totalmente borroso, nada de nitidez, nunca una claridad, jamás un punto firme, nada más que el colindar de distintos grados emocionales, totalmente perdidos, sin encontrar palabras que logren expresar, sin encontrar más que la palabra que convive, una vez más, con esa experiencia. Pero que jamás la expresa, jamás la acaba, tan sólo la roza, por sus extremos, sus márgenes, sus mentiras.
Y es que la única convivencia posible, al fin y al cabo, es la no menos deshonesta, convivencia entre la palabra que roza y la soledad que se vive. La melancolía debilmente atrapada, de un estado esplendoroso de soledad, de completud, de unicidad. Todo ello, en y desde el fragmento.
domingo, 1 de diciembre de 2013
A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Hoy, vi en las cercanías de la universidad, afuera del bar entrelatas, una vez más, una escena de golpes, amenazas, persecuciones... evidentemente, parecía no ser una situación muy compleja, más bien pasajera, efímera, cotidiana. Lo que quería remarcar, es que además de esa consciencia de lo cotidiano de esa violencia no tan preocupante, se me apareció como horrorosa, me llenó de amargura, me exaltó, me hizo sentir triste, me afectó hasta el paroxismo... era obvio, me atraía a la cabeza esa violencia que asociaba con el amor, esa violencia que empapó de lágrimas el pesar de mi historia con la innombrable. En esa misma altura de la Alameda yo había sido golpeado por la pasión de un amante. La sola visión de la violencia, en un espacio cercano a ese, me afectaba demasiado, me llenaba de amargura y venían a mi mente todas esas ideas (que hace tiempo estaban ausentes) acerca de la nulidad o la estupidez de la violencia. Para mí, ya hace tiempo, la violencia se acercaba a ser una instancia creadora de sentido indispensable... y así veía la debilidad yacida en mí, la fuerza que en mí se ha apagado, el vacío de sentido al que pertenezco. La violencia, siempre va de la mano con el sentido, con el sentir. Se lucha por aquello que vale la pena, se lucha, se agrede, se abusa, se tortura a veces también, en pos de algo, de un objeto que constituye sentido, de una idea, en mi caso, de un sujeto. Para mí la violencia era la única forma de reivindicar una dignidad que veía sobrepasada por un otro que abusaba y al cual no podía acceder a través del lenguaje (aunque lo intenté...)
Y es así, que ante la visión de la violencia, ante su acontecimiento ahí presente, me encontré con mi pasado. Me encontré con el vaciamiento de sentido que viene ocurriendo desde hace un tiempo que no sé cuál es... (no creo que haya empezado todo cuando descubrí el engaño del que vivía, esto viene de antes, quizá mi experiencia de trabajar me ayude a explicar un poco eso).
La historia, se veía allí desmantelada ante el acontecimiento de la violencia...y no quería dejarla pasar un segundo, la viví, la vivo ahora, mientras escribo, mientras surco estas palabras con horror en mi historia, en mi piel, en mi memoria.
martes, 5 de noviembre de 2013
La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo.
jueves, 31 de octubre de 2013
...y es que lo nocturno es paradigma de lo diurno. Es que todo lo que acontece en lo nocturno, en su esplendor, en su sublimidad temerosa, en su momento de excepcionalidad, en la hora del lobo se encuentra como momento único en su especie, pero por eso mismo, por su excepción se encuentra ya incluido en la dinámica de todo vivir diurno. Es que gracias a la idea de que suelo expresar la interioridad en la cama, por la noche, en el teclado, es que puedo, también, expresarla con el lapiz, sobre el papel en el patio de la universidad a la luz del sol, a la sombra de los árboles.
Es que el caso de lo nocturno, en su carácter de vivir ausente, de no tener a nadie presente -al menos en tanto que presente... puede tenerse presente a un(a) ausente, que es el caso de casi toda la vivencia nocturna que vive en la escritura- es que la palabra que aparece dolorosa en la hora del lobo de la noche, es también semejante y distante, incluido y excluido, en la dinámica del gritar(me) "aléjate de mí, te odio", cuando sobreviene el recuerdo de lo traumático, de lo no olvidado, de la yaga aun abierta y sangrante de mi ruptura. Es la vivencia nocturna la que no opera en el momento que vivo la realidad de la soledad. Es la ilusión, entonces, el modo por el que llega a relacionarse la vivencia nocturna en la vivencia matutina y también diurna. Es más bien por imaginación, en sentido fuerte. Es la creación de una imagen lo que vive allí, en esos momentos de la via dolorossa del día, solitario, triste, ruinoso y vacío.
Es que la reflexión, el volver (!) sobre sí, sobre algo otro, sobre alguien, sobre alguna otra, el re-volver, vive de lo nocturno, aun ya de día, lo nocturno así, sucede, sobreviene actual y efectivamente (que no como recuerdo) en el pasar de lo cotidiano, de lo típico, de lo automático.
jueves, 1 de agosto de 2013
De pronto, por la noche, noté que no podía dormirme. No podía dormirme así, sin más. A decir verdad, ahora me es extraño. Se supone que las cosas han cambiado... que esa ansiedad por la monstruosidad de mi pasado se ha atenuado, o al menos eso dice mi última experiencia de cercanía, de enfrentamiento con aquello que me hacía permanecer en un sueño despierto... aquél rastrojo de mi pasado.
Sí, me sentí triunfante, sentí que ponía un pie sobre mi pasado y me alzaba hacia un nuevo sol. La verdad es que me convencí bastante de la idea... pero aun así no he dejado de darle vueltas al asunto, esas vueltas me han hecho chocar con dudas que estaban ausentes, y esas dudas, ahora ya presentes, me hacen atenuar mi sentimiento de triunfo, me hacen detenerme, esperar. No sé qué pueda pasar, pero he tenido mucho silencio, no he tenido cómo surcar la profundidad de los múltiples abismos de mis recientes experiencias de mí mismo. Me he logrado aterrorizar de mi propia identidad, ya que no logro decir: "estoy en momento equis de mi vida", cuando de pronto, al decirlo, al redundarlo con el pensamiento, al explorarlo capciosamente con mi pensamiento, lo que hago es terminar alejándome de lo que creía estable, creo más devenires, más vaguedades...
Y es que en realidad no debe haber más que esas vaguedades, esas identidades difusas, que se resisten a la descripción, a la definición, a la estabilidad. Es que al pretender afirmar un momento de mi vida, ya lo vuelvo a pensar de otra manera, lo re-pienso, lo recuerdo, lo desgasto.
No he sido fiel a mi vocación por la escritura del momento. La escritura es un surco, es una forma de fijar aquello efímero que se me escapa cuando no lo digo, cuando sólo lo dudo en mis adentros, en el habitáculo retorcido de mi mente, cuando viajo. Quiero tener algo de mí, quiero atesorar algo de mí, tener algo. Pero no tengo nada más que mi propio cambio, no tengo nada más que el saber de que cuando afirmo ser alguien, ese alguien desaparece rápidamente ante mis ojos y creo tener a otro yo ante mis ojos. No logro afirmarme en quién soy. No hay un alguien que yo sea realmente. Soy tan sólo mi cambio, mi devenir, mi orgullo en devenir, mi miseria en devenir, mi ignorancia y mi sabiduría en el transcurso del tiempo.
A veces parece ser mejor así, puede inspirar tranquilidad que no hay nada fijo, que tu identidad no corre riesgos, porque no hay amenaza posible sobre algo que logra vivir en unidad con su tiempo... pero a la vez, desespera el no tener algo a qué aferrarse y señalar, y sentir que es lo propio. Ese afán de propiedad, tan infantil, que podemos sentir de vez en cuando, pero que tampoco se merece mucha importancia.
A decir verdad, a esta hora, tampoco muchas cosas tienen mucha importancia. Pero sí se puede atisbar algo del terror de no saber quién es el que soy, porque no sé tampoco cuáles son mis límites, ni mi final, ni mi principio. ¿Dónde empieza eso que llamo yo?
¿Dónde termina eso que llamo yo?
jueves, 18 de julio de 2013
La verdad del sentimiento oscilante en cada mañana es sólo su fluidez inexplicable. Cada mañana despierto o sintiendo desesperación, o un amor irracional y esperanzado por una nueva mujer, o tan sólo la amargura del nuevo día. La pesadilla, el sueño, esa forma de llenar de contenido atormentador la noche, sin el hábito autodestructivo de la consciencia, es una forma de trauma, es la forma que marca un momento de mi vida que he luchado por separar de mí, pero que no he logrado. Hay una marca en mí, hay un sello de dolor que aun no he logrado sanar, que la noche aun no ha logrado explorar en su totalidad, para poder hacerlo florecer en su significado y así, poder lograr una convivencia real con él, no tan sólo la ocultación en el habla.
No tener habla ante aquello que me ciega el día, que me hace huir aun desde mi propia cama, es una experiencia de ahogo y de encierro, en todos los sentidos es un juego echado, una situación cerrada, sin forma de abrirse más que en el fuero nocturno de la consciencia. Pero jamás hay forma de abrirlo en el mundo, ni en el habla, ni aun menos en el vínculo. He tenido situaciones límite dentro de mí mismo, siempre que he visto cerca la posibilidad del vínculo con lo que temo, con lo que me atormenta aun hoy. He pensado que todo ese temor, todo ese tormento también se han transformado en un nuevo impulso purificador: el de la búsqueda de un nuevo proyecto, de buscar una nueva acompañante... (mejor dicho, buscar una acompañante, anteriormente me sentía más solo mientras estaba -supuestamente- vinculado)
Oscilar entre sentimientos de amor y de desesperación, hace del estómago una forma inestable de ser, de vivir, de comer, de sentir la digestión. Es el hambre que se apaga, el hambre que se prende, él hábito que se retuerce, que se vuelve insignificante, que cambia, que se torna una nada.
La digestión, entonces, cambia de forma cuando el alma oscilante, se atiene a debatirse entre el futuro y un pasado perdido. Sabes que el pasado está terminado, pero aún sigues reconstruyéndolo lentamente, quieres descubrir nuevos sentidos de verlo, de comprenderlo, pero a fin de cuenta, no tienes más que sensaciones, no tiene más que el trastorno de tu alimentación, la forma detenida de vivir en tu cama por el invierno sin hacer nada.
Cada mañana, más que ser una tortura, ya es una forma oscilante de ser, donde la sensación al despertar es capaz de determinar gran parte de la existencia durante el día, debido a lo sentido durante los últimos momentos de la noche, ya sea despierto, ya sea en sueños...
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...
lunes, 20 de mayo de 2013
Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera
sábado, 11 de mayo de 2013
La oscuridad de la noche se va disipando, se asomará el amanecer luego, pero con la noche, la idea de la deshonra torna nueva vida y aparece como una verdad ahí presente, la noche en su velo cubre cierta parte de la verdad y nos muestra su verdad propia; el pensamiento cambia de forma, se vuelve nocturno, transeúnte, retorcido, se vuelve en contra del que lo emite. Pensar contra sí mismo... decían que era el arte de Cioran y Nietzsche. Pensar lo nocturno, más que eso, es pensar desde un yo que se ausenta en el día, pero que a ciertas horas, se vuelve ineludible. No es que haya dos yo's, uno verdadero y uno falso, sino que se trata de que uno corresponde al ser nocturno y al ser de día. Ser de día no es el tema. El vivir nocturno es la forma de ser que difiere de sí misma. No se encuentra en el ser consigo mismo, se encuentra un ser que se enajena de su naturaleza, que se vuelve contra sí mismo, pero ya sin un 'sí-mismo' al que oponerse. En la noche ese yo que vive de día desaparece, el único yo al que nos referimos normalmente. De noche cada yo es otro, cuando tiritan las manos, la boca, los pies, ya sea por el frío, o en verano a pleno horror y miseria.
El dominio del propio pensar se vuelve contra uno mismo, y el pensar se vuelve nocturno, el sentir, el moverse, todo. El ser nocturno, tan distinto y distante (mucho más aun, distante que distinto) se desenvuelve en el lugar propio del silencio, del tiempo en suspenso, el tiempo que no se planifica, que no se tiene en cuenta de día, que no se debe hacer rutina. La rutina, no forma parte de la noche desesperada. Todo se vuelve anormal, cada tic tac del reloj amenaza con acuchillarte el alma y cada paso en la lejanía es un presagio de aniquilación.
Y sí, en la noche, la deshonra tiene una vivacía, una vitalidad que no puede francar de forma alguna la dulzura serena del día. Por ello es tan necesario dormir a estas horas, para poder evadir esos momentos de deshonra que se prolongan desde su emisión, hasta el volver a temblar del cuerpo en una noche de soledad y de silencio. No hay muchas formas de no estar solo de noche, quizá solo una forma de compañía... y quién no goza de ella, sufre hasta más no poder... la deshonra se vuelve su perspectiva de mundo y la soledad su estandarte teórico. Si de noche sientes odio, no puedes golpear las paredes, si sientes deseos de gritar, no puedes salir y hacerlo, si quieres extinguirte... en cualquiera de sus formas, eres bienvenido. La aniquilación que ocurre en la vida de noche, es la forma del paso del tiempo. Cada momento de noche es la aniquilación de ese momento ante el sol, ante la luz y ante el ser-de-día. Lo que vemos como existir, en definitiva, es pensado y sentido de día, ante el sol. Lo que sentimos los que vivimos de noche tambien, es otra cosa, porque es otra realidad. No es la luna o el sol, es la propiedad de la luz y la poco amigable oscuridad las que hacen la diferencia. Tiñen los sentidos a su modo esas dos situaciones. De día... De noche, lo frío, lo silencioso, lo callado, lo oculto, lo placentero, lo culpable y lo lamentable cobran una potencia magnífica. De día su realidad es más parcial, casi relativizable mediante cualquier pequeño argumento... pero de noche no: lo frío, el silencio, la soledad, lo oculto, el placer, la culpa y el lamento tienen una realidad absoluta, inenarrable, ineludible e inexorable. Porque no hay escapatoria, la noche cierra el paso a la realidad absoluta de las otras afecciones. La ontología nocturna es distinta de toda otra ontología propuesta, cosa que es difícil de expresar filosóficamente.
Comprender lo nocturno es comprender esa forma de vida que simplemente se ha tomado como una extensión de la vida de lo común, de lo rutinario. En la noche surge lo único, gracias a la soledad natural. Y pasa ahora, que en mi, lo único es la deshonra y no puedo pararla, ni narrarla, la palabra no la alcanza, pero su conciencia escrita la surca, le hace un contorno, la descubre al modo en que puede hacerlo. Descubrir el núcleo de la vivencia nocturna es la tarea de aquel que busca el descubrimiento de lo nocturno...
martes, 16 de abril de 2013
A veces, por la mañana, sonrío, mientra camino. Sonrío porque siento la amargura de la posibilidad de encontrarme con aquello que me horroriza y me quita la vigilia, sonrío para ocultarme, sonrío con desdén, con rabia, con un sentimiento de odio, de desesperación. Sonrío cuando mis entrañas rugen por salir de mi cuerpo, pero estoy ahí afuera, sonriendo, luciendo una sonrisa, ocultando un grito ahogado que me sigue la totalidad del día. A veces, cuando estoy dentro, en casa, me acuesto y entre nostalgias, se revuelve mi estómago y me autodestruyo con preguntas cuya solo mención me quitan la tranquilidad del alma. Me hundo en la cama, escucho música, siento nostalgia, siento deseos imposibles de volver al pasado de una mentira. Despierto de mi sueño despierto, y odio nuevamente. Me odio por desear, odio mi deseo y odio lo deseado. A veces logro salir del laberinto del alma con las bromas, ya no es una sonrisa, es una carcajada y un descalabro de locura. La carcajada y la locura me liberan momentáneamente, me llevan al olvido, a la nihilización, es decir, al abrir los ojos ante el sin sentido de esa experiencia nostálgica de una mentira. Lo disfruto, pero antes de todo eso, está la sonrisa retorcida de un loco iracundo, que amenaza con explotar en furia ante cualquier mortal. El sentimiento patético de esa sonrisa, es una vergüenza. Pero está allí, la sonrisa que me encarcela, que me enceguece y que me posee, todos los días. Cuando no me abraza y me absorve la cama, amenazando no dejarme volver a ver la luz.
Si el tormento antes quitaba el sueño, ahora quita la vigilia. El día mismo es una nebulosa estúpida y confusa de amenazas y fantasmas. La araña que teje todo este enjambre de terrores diurnos, supo lograr encadenarlos en el momento en el que no se les esperaba. La sorpresa, la indigencia, la tristeza son los modos de ser de esa sonrisa deshonesta y enloquecida que llevo durante el día, por esperar encontrarme con lo que no quiero encontrarme.
No me interesa hayar otra salida al problema, tampoco. Tan sólo quería tomarle el peso a esa sonrisa amarga, enfurecida y retorcida, que me rodea las mañanas... cuando mi libertad me encadena a su juicio vacío, a diario, y la angustia me absorve.
