Clarice con su escritura hace vivencia de lo neutro. No tan solo un efecto de legibilidad, es también la lectura/escritura que compone cualquier texto de Lispector: la sobre-escritura necesaria para cualquier lectura, sobre todo de su texto. G. H. es capaz de experimentar las múltiples capaz de lo neutro, tanto en sus intensidades, sus estallidos mudos, su pavor, sus alegrías desesperanzadas, todo en la desorganización de una cucaracha agonizante y expectante. Es neutro el fuego, es neutra la capacidad de un organismo más grande de cortar, diseccionar o de ver morir a uno más pequeño, es neutra también la tan sola posibilidad de morir producto de un desastre o de un accidente. Incluso del aperitivo natural de otro ser. Lo vivo tiene un peso de infierno, pero sus fuegos, sin embargo, permanecen siendo neutros. De movimientos ínfimos, milimétricos. Quizá ese milimétrico, esa intensidad minúscula que es la neutralidad, ese desprecio por el absoluto que clama toda vida, esa incapacidad de trascendencia que expresa en su forma una inmunda cucaracha primigenia, madre de todas las cosas, visora de todo, que nos contempla a nosotros pasar intrascendentes, incluso ante su propio no existir más. La cucaracha-madre, la cucaracha-anciana, la cucaracha-anciana, la cucaracha-dios, la cucaracha-cristo, la cucaracha-pasión, el imperceptible paso de la vida a la muerte en la insipidez del pus, del cuerpo partido en dos, de las partes disgregadas, de una interioridad desprovista de órganos, porque esa neutralidad es el CsO, es la escritura penetrante, en tanto que neutra, en tanto que ínfima, en la organización de la vida, desestabilizando sus ilusiones más viscerales: la de los sentimientos, la de los sentidos, la del pensamiento, de toda concentración, de toda atención, el mundo es la serie de lo ínfimo, impacientemente abrazando su propia desorganización con tan difíciles alegrías. La muerte, ya con ninguna pesantez, ni con deseo ni con repudio, sino con el automatismo del nanoengranaje, del movimiento dentro del movimiento, al interior de toda vida, ni máquina, ni planta, ni fungi. Lo ínfimo, lo inane, lo intrascendente es la vida misma, el mecanismo ni del todo profundo, ni del todo superficial que hace de lo moviente una cosa. Lispector, en su escritura, derrama lágrimas y alegrías, como partes de una cosa, que no es un todo, que es la confusión y el divagamiento de las propias sensaciones. Seguir la serie de estas intensidades, descubren la ineludible neutralidad y la inmundicie de toda intensidad. No es la moderación, es el aullido de todas las sensaciones en una sordera ininteligible, ante la cual solo se puede abrir paso la propia inmiscusión. La cucaracha-G. H., cucaracha-lispector (sí, con minúscula) sin ninguna intensión de mostrar nada, ni de revelar ninguna 'idea', recorren la neutralidad improbable de la vida misma, más allá de toda insensibilidad, más allá de toda muerte, el sumo peso, la gravedad implacable de
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
miércoles, 8 de diciembre de 2021
viernes, 15 de octubre de 2021
Es difícil, a veces, admitir que no se sufre. Lo que se padece, en una situación que pretendía ser emocionalmente impactante, es solo indolencia. Solo padeces tu propia insensibilidad, de una forma dañina, pero leve, lisonjera, advenediza, desarticulante. En la noche en que no queda tambaleo alguno, ni hay gritos de desesperación, solo hay un silencio, el silencio de las palabras que no se pueden decir (y que duelen), de los gestos que no se pueden hacer, de los juegos que ya no son posibles. No hay complicidad alguna en el silencio de la noche, donde todo sonar es un chirrido asemántico, toda palabra es un alivio, pero hay un acecho que no te pertenece. El acecho de lo desposeído, de lo alejado, del confort que te rodeaba y que te volvía cínico. El paso del tiempo, el cobijo, la atención, la palabra de preocupación, la mirada directa, la palabra lenta y baja, la sonrisa a veces, todo desapareciendo, descascarándose como de la superficie de una fría estatua de hierro derruido. ¿Qué se pierde? Es una respuesta que aun no se acaba de hacer, ni siquiera la pregunta resuena lo suficiente, no hay pasado, a veces, en medio de un encierro y una convivencia pragmática, no descarnada, pero sí demasiado práctica, demasiado resolutiva. Entender, que en realidad, no ha habido problema alguno, que no hay palabras para aclarar lo que desde siempre fue claro. Que nunca debimos estar así, pero que, pese a todo, fue la mejor alternativa por un buen tiempo. Y esa mejor alternativa, esconde (¡Una vez más!) una indolencia incalculable, ni dolor, ni ausencia de él, el dolor de la propia insensibilidad, el dolor que surge de la resistencia, de la firmeza incólume de no caer en el abismo de la afectividad. El dolor ocasional, agudo, resonante, pero no contínuo, ni desesperante, de que ahora se está a solas con el propio destino. En las manos de sí, ordenando un gran y desconocido espacio, que tiene y no tiene que ver conmigo. La velocidad con la que ocurrió todo no deja de ser impresionante, pero lo más asombroso fue la naturalidad con que todo fue asumido, casi como una experiencia cotidiana, un hecho pre-escrito, que aguardaba y que, de un modo u otro, era inextricablemente necesario, adormecedoramente verdadero: estar solo.
domingo, 28 de diciembre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
Siempre me he sentido tomado por la retaguardia, incluso cuando voy de frente. Al parecer, no hay forma de que al momento en el que le doy frente a algo, sea lo que sea, este me responde. Me responde cuando ya le doy la espalda. Me responde cuando yo ya no quiero seguir el tema. Es así como sucede la violencia en mi vida. Encaro, a ratos causo, una reacción violenta, sin embargo, no me siento fielmente referido y reflejado en ella. No respondo, pero tampoco acojo sin más. No intercambio violencia, quizá ese sea un hecho. O incluso cuando intento intercambiar, salgo quijotescamente ridiculizado: lanzo puñetazos a la nada o mis insultos son insignificantes por no ir acompañados de más golpes. En ambos casos, no paro de vagar sobre el acontecimiento, sin hacer mayores reproches morales acerca de mis contrincantes: más bien suelo detenerme en mis propias posibilidades, en las que no concreté.
La imposibilidad del combate, marca también la inesencialidad de mi vida política. La desazón de tener enemigos, me ha quitado incluso la enemistad cosificante y visceral. La derecha sigue siendo lo totalmente otro, lo cosificable, pero aún así, su tortura no me es más que un sueño lejano y carente de sentido; ni siquiera los enemigos personales, si es que los hubiera. Realmente no tengo cómo enemistarme moralmente de alguien, no tengo a qué oponerme y con ello, he intentado de seguir viviendo, pero aún así, de a poco, me doy cuenta que no puedo. No hay formas de vivir sin oponerse. Mi único enemigo es el tiempo, que tan sólo transcurre y que no puedo parar. Es a él al que me enfrento con mis proyectos a diario, sin poder tomar una buena respuesta que ofrecerle y que con ello, lograr salir adelante. No puedo moverme sin ir en contra de. No hay forma. Estoy detenido
sábado, 19 de julio de 2014
Nunca, jamás, podré reconciliarme. Ni conmigo mismo, ni con otro, ni con otra.
miércoles, 9 de julio de 2014
El corazón que late a la rastra, la penuria de despertar, aunque no sea por la mañana, el sentimiento de que está todo pendiente, de que esperas sin cesar algo que sabes que no vendrá. Esperas algo que no esperas, vale decir, sales del esperar consciente, esperas sin cesar, sin querer admitirlo, sin querer quererlo, sin querer esperar. Espero ahora, la total indeterminación. Y la total indeterminación es un ente ausente, totalmente fuera del rango de la relación. No hay relación actual con ese ente que llamo Alexandra. Aun así, puedo -aún ahora- despertar con su ausencia en mi cuerpo, tambaleante, lamentado, triste, debilitado. Estoy débil. Soy débil, cuando me relaciono con esa ausencia, y es que esa ausencia me sacó de mí. Asumí un papel que no era el mío, y aun no me he depurado totalmente de ese papel. A ratos se hace infinito, no puedo pararlo, contenerlo, ese velo de falsa moralidad, ese deseo de lo materno, esa mirada en el amor, la cercanía de los cuerpos, la sensación de mantenerse en un continuo tiempo en completa comunicación con alguien que quiere hablarte de ella. No tengo a alguien que quiera hablar conmigo ahora, he decidido, finalmente, quedarme solo. Busco una panacea universal para mi soledad, pero no la encuentro: aun estoy solo de ella, mejor dicho que de ella, de Ella. Porque ella no es Ella, pero Ella es ella. Vale decir, Alexandra no es tan sólo ella misma, su cuerpo de figura agradable, desprovista de puntas, de aristas, de planos, un cuerpo que no era solo curva, porque no era la curva lo que vivía allí, era el agrado de lo suave, de la piel que podía tocarse y vivirse, que era parte de la propia piel... y que ahora se ha despedido, que elegí yo mismo no volver a tocar. El fenómeno de la renuncia y la resignación aun no llegan a mí, con toda la felicidad que poseen. Aún vivo en un cierto anhelo de posesión, de tener alguien, de contar con alguien, de vivir de alguien. Necesito, por eso no puedo amar. Pero mal que mal, elegí estar solo, y de estar solo, ahora soy solo. Ser solo, quiere decir, ser único. Estar totalmente cerrado a la conversión, a la conversación. Vale decir, no quiero volverme otro, no me he vuelto hacia otro, no ha habido otra, realmente, hace mucho. No hay forma de relacionarme con lo que tengo de único, tampoco, por eso mismo: porque no he donado lo que en mí yace, como permanencia.
Cuando el yo se detiene, no puede donar nada de sí. No puedo apropiarme de mí mismo, si no es cediéndome: no hay nada en quien no da nada. "Si no tengo amor, nada soy", como dicen los cristianos. Pero a la vez, si tengo amor, nada soy. Si amo, cedo todo lo que soy, para no volverme a mí mismo, para jamás tener tiempo de mí, para mí, conmigo. El yo desaparece en el amor, en el sexo, en la entrega constante. La disolución de lo idéntico acontece en la conversión, en la conversación. Y es que tampoco he conversado hace mucho. No he entregado nada de mí. No quiero nada, la la vez que no soy nada. Estoy completamente desunido del mundo, no tengo nada que entregar, no tengo nada que ser, no hay proyecto. Ese es el problema, en una situación así, no hay más futuro que el seguir en el recuerdo y el anhelo infinito de lo completamente inasible, y que a la vez, se vuelve ineludible. Ahora toda palabra se vuelve nada, todo se escucha, pero nada se recuerda, no hay nada asible, nada con que llenar ese vacío infinito. Y no es que el vacío de la proximidad corporal y la suavidad de la piel sean reemplazables, sino que simplemente, quiero otro momento de maravilla, de satisfacción, de plenitud temporal, y no la he buscado. Tiempo atrás, logré satisfacerme con la conversación. Conversación que es conversión. Pero no, no ha habido tal. El deseo ya ha perdido su horizonte. No hay más que re-volver-se en el movimiento del ser que es el escepticismo. No sería malo encontrar esa epokhé. Pero ya no es posible vivir así. El cuerpo mismo no puede hacerlo.
viernes, 13 de junio de 2014
La incapacidad de la anestesia radica en el exceso de adrenalina, en el nervio que se niega a relajarse, en el nervio que se niega a no-seguir-sintiendo. La incapacidad de la anestesia tiene que ver con esa poderosa fuerza del cuerpo, en la persistencia del sentir, como una realidad pura. El cuerpo se niega a dejar su sentir, hace que toda insensibilidad le parezca extraña, imposible, exógena. El poderoso influjo de la técnica no puede, a ratos, contra esa posibilidad radical del cuerpo a seguir sintiendo, a negarse la anestesia, a seguir en el despertar, en el sentimiento, la duda, el tragar, el sentir la propia lengua... ¿Por qué va a ser tan necesario sentir la propia lengua? La sensación de tragarse la propia lengua, es lo que sucede en un momento en el que el cuerpo se dispone a aceptar la anestesia, la transpiración fría, el jadeo, la mirada moviéndose por todas partes, la fobia a todo, la impenetrabilidad del cuerpo, el rechazo a toda materia formada en la técnica, el sentir la pesadez del cuerpo dispuesto allí, sobre el todo de lo aséptico, lo desinfectado, la luminosidad de la técnica, interminable, absoluta, total, mística, aparente explicación de carácter holista al sistema de la extracción de cuerpos, de partes del cuerpo, de la diferencia misma. Todo cuerpo es una diferencia. Mi cuerpo es diferencia, es inter-posición, discontinuidad e irrupción del resto del conjunto de los entes materiales. El sentir, constituye esa resistencia del cuerpo a ser llamado un continuo del resto de los entes-a-la-mano del mundo, donde se pueda disponer circunspectivamente de ellos, como una materia continua. Esto vale tanto para la violación, como para la negación a la anestesia. Lo que surge de la incapacidad de la anestesia es el fenómeno de la resistencia, la contención de la materialidad misma del cuerpo, a volverse una materia continua del resto de lo ente. Es la resistencia de lo vivo a volverse parte de lo inerte, lo que nos llama -una vez más-, a hacer la distinción entre lo biológico y lo físico.
A su vez, por otra parte, el cuerpo se muestra como una realidad vivida, desde la experiencia misma de ese vivir, sinti-ente, redoblado en su corporalidad resistente, alterna, contradicha, superpuesta.
...Aunque, volviendo a la lengua dormida: ¿Qué se ha de considerar traumático de esta experiencia? Lo traumático de que la lengua se duerma, es, claro, la idea de que la lengua se pueda tragar, de que de la resistencia del cuerpo a lo exógeno, se muestre también resistente a su propio cuerpo, y en un afán de autoexterminio se vuelva contra sí y se aniquile. La aniquilación de sí, por medio de la lengua, es una temática ya explorada ampliamente, vale tan sólo mencionar en el Quijote esa reflexión acerca de si la espada o la pluma era más poderosa. La escritura o la violencia. La palabra o la muerte. La cuestión de la lengua anestesiada, en cuanto experiencia desesperante, se debe a que la muerte temporal de la lengua, la mortificación regional del cuerpo, en la lengua, manifiesta la fantasía de la muerte de la palabra, con ello, también de la escritura, del lenguaje. La lengua y el lenguaje, son uno de los últimos avatares de esperanza en la época contemporánea, en el que la metáfora trata de alejarse, de retirarse, en sus trazos. La metáfora y la anestésica de la lengua, son formas vivas del desenlace paroxista de la historia de la metafísica. La lengua, ya no sintiente, ya no ente, ya no-ente. La lengua deshacida, desprovista de todo lo ente, la lengua, vuelta hacia el ser, se muestra desde su anhelo de destruktio como un abrirse paso, en el cuerpo y negar toda posibilidad de retiradas del sentir. La cuestión del cuerpo, como texto, el cuerpo como escritura, como resistencia viviente, vivida, orgánica de palabra, de malestar, de intuición, de ék-stasis.
lunes, 9 de junio de 2014
No es nunca bueno alejarse de toda ingenuidad. Constituye una obsesión vacua el eterno rehuir de aquello que ha sido atacado por otro, hasta vencerse. No hay que exceder la dosis histórica del ser hasta más allá del artificio. Es bueno cuidarse de la arrogancia que implica el lenguaje que se aleja de todo lo no-ingenuo. Está bien, hubo antaño, quiénes levantaron de nuestra mirada las obstrucciones más severas, y comenzaron con ello a llevarnos a una transformación (des)constante en el lenguaje, para llevarnos a la lógica de 'los que vieron'. Pero cuánta es la arrogancia de esto, cuánta la arrogancia de toda la idea de superación en la historia del pensamiento, de la escritura, del lenguaje. Más aún, cuánta es la desfachatez de la corrección constante, para dirigir el lenguaje post-humanista para pasar de lo retorcido a la palabra retorcida que hace justicia a la corporalidad como puro grafema desprovisto de vida. Es necesario hacer justicia y para ello, no es bueno caer en la arrogancia del filtro bibliográfico para entender cualquier cosa, si esta, de uno u otro modo, tiene una relación con la vida, o es una quimera de oficinista burocrático. Es necesaria la reformación de un lenguaje contra-ingenuo, contra-moderno, contra-fálico ya no bajo el mismo método de la rareza, sino más bien, de la simpleza. Es tan bueno para eso el lenguaje, por ejemplo, de Sloterdijk, que retoma las metáforas luego de su retirada. Así mismo el grafema de-vuelto a nosotros por Derrida, la anatomía misma de lo escrito ya no como una tecnificación lingüística, sino como una dote, una gratuidad de lo que circunscribe la palabra. Así, mientras unos hablan de todo lo que termina en el 'ismo', otros se insertan en el grafema y en el sonar de la metáfora retirada (más bien retirándose), haciendo del lenguaje filosófico, una forma consciente de la corporalidad misma del pensar, del carácter visceral, iracundo a la vez que solidario del pensar. Los encargados de un pensar expresado en términos que 'una comunidad lingüística' entiende, por otra parte, se envanecen de que al encontrar la categoría de lo que se piensa, se resuelve el problema. Siempre la solución analítica termina con el decir del 'ismo', por otra parte, hay una forma del pensar humilde y contraído en su auto-penitenciaria forma de la nunca-llegada de que para explicar lo simple, siempre hay que recurrir a una palabra, que a fin de cuentas, jamás deba ser recluida dentro del ámbito del saber, de lo cognitivo, de lo mental-no-corporal. La cuestión es como dejamos al cuerpo en el pensar, cómo lo hemos dejado, ya desde la no-recurrencia a la imagen, como también la de la asexualidad del escribir. El vacío de sensualidad del escribir es una huella de la represión sexual, es una de las formas que el plomo no decir nada (nada visceral, esto quiere decir, la mayoría de las veces, algo así como "lo real") se revuelve contra sí mismo, en el pensar que no escribe, y el escribir que no piensa, es la eterna disyunción que hace de la mente algo distinto del cuerpo y que se itera y concluye incluso en la propuesta teórica de que la mente misma esté incluida ya en el cuerpo. Es la misma esquizofrenia, vale decir, la del cuerpo sin órganos, la iterada en la ontología del ismo. No hay ismo resuelto, no hay ismo por resolver, no hay ismo que pueda comprender después de veinte años más. A su vez, la palabra provista de la corporalidad enrevesada, pero convertida en mera costumbre, nunca un respeto, nunca una conmiseración de la condición del escritor doblado, re-traído, bajo la forma de la narración conservada del que escribe de sí, en el sentido del a partir de -que nunca de la mera materia de su hablar- ya que no es un mero hecho el que el cuerpo aparezca en la escritura, es ya una cuestión retorcida, que no es pura consciencia, ni menos consciencia pura, ni aún así, en ninguna forma consciencia, sino que es ya un espaciar, en el sentido de la ocupación, pero sobre todo en el de habitación. Habitación, ya no en el modo del que constituye una diferencia entre el cuerpo y la consciencia, sino que el habitar como esa acogida que da el espacio para el descanso, para el echar afuera -en definitiva- el cansancio de nuestros propios tormentos, de nuestros propios retorcimientos. La escritura, siempre debe tener una función terapéutica, porque toda escritura vive de un callar, de una represión, del in-abordaje de lo que sentimos (en el tacto, sobre todo) y no pudimos alcanzar con el mero pensar y recordar. La escritura tiene la naturaleza liberadora de esa miseria que se experimenta en el tacto del cuerpo, que no puede ser trabajado dentro del cuerpo, sino que lucha por salir afuera. Por eso, la negación de la palabra visceral, de la cuestión dividida, fragmentada, sumamente compleja y enrevesada de la cotidianidad, puede volverse escritura, palabra rasgada, punzada, surco, en el medio virtual, en el cuaderno de confesiones, en el tormento de la imagen, de la visión, de la audición, que, por lo general, surgen de un des-encuentro, de una contraposición, de una diferencia que vivida, no puede expresarse con el todo de la violencia o el de la comunicación conciliatoria. La escritura ayuda al demorar de la vida, esa demora que a todo contrapelo, lucha la inmediatez de lo técnico. Se puede vivir con otro ritmo, es bueno vivir más lento, a veces, es bueno no mantenerse en el constante estreñimiento de la pueril rapidez. La noche muestra un poco eso, un ser que se divide, que pasa lentamente, que se resiste a la rapidez de la ejecución, de permanecer en el ámbito de las cosas, del disponer, del tener, del articular. Hay en la escritura del cuerpo, una forma desarticulante que hay que temer mucho por perder. Sí, temer. Sí, afectar-se, sin censura, por la escritura que desarticula, que va en contra del entendimiento, que se acerca más a las visceras que a la cabeza. Que va más al tacto que a la visión. La visión del viviente nocturno es muy débil: ve a trazos, hay mucha oscuridad, el tacto, la sensualidad, el sonido, el olor empiezan a nublar la razón, para dormirla y mantener en el insomnio al cuerpo. La mente puede desconectarse, al menos, en su función arrogante, en su función no-escrita de querer entender y calcularlo todo. Hay una forma del escribir que tiene que ver más con lo que se puede des-entender. Es bueno, en la noche, quedarse perplejo, mantenerse espectante ante nada que pueda ocurrir, y por fin, hacerse cargo del deshacerse de todo lo que creemos. Nuestras creencias diurnas, suelen desaparecer, o al menos, transformarse en miedo y en espectación, paranoia, añoranza, amor, agonía, jadeo, titilación, el incesante sonido del respirar, en la noche, la discontinuidad del respirar nocturno. Todo esto, para que de día, volvamos cada vez más al agotamiento, a la horrorosa luz de la mañana, a la pavorosa palabra hacer, de todo lo que deshace la noche misma.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
martes, 6 de mayo de 2014
Luego de haber sentido una descepción sexual castrante y nauseabunda... pensaba... no puede ser que no pueda haber persona que se adecúe a mi tiempo. Seguramente aquello es más de la mitad de mis problemas con el mundo: jamás estoy a su tiempo, siempre necesito más tiempo, siempre requiero absorver lenta y dedicadamente el tiempo, acariciar con el tiempo, con la duración, las más recónditas profundidades del ser del mundo. Es así, como siempre la lentitud, el apego y la obsesión se vuelven una forma de hacer que mi tiempo pase tanto más lento, escabroso y tortuoso para el resto del mundo. Es que el mundo no tiene tiempo que perder y yo jamás dejo de dar mi tiempo a quien sea que esté conmigo luego de pasar por mi filtro. El tiempo mismo, como una extensión infinita, siempre me es necesario darlo, ya sea para otro, ya sea para mí mismo. El tiempo es donado, siempre. Se comprende cuando el tiempo no se dona, cuando no se da, cuando no se le tiene. Hay muchos tiempos que no se pueden tener: no hay peor idea que la autodestrucción del tiempo, en una donación absoluta con el amante: cuando se da el máximo de tiempo al amante, el tiempo pasa de ser tiempo a una bomba de tiempo: no hay forma más de esperar, que el desesperar en el momento en el que todo ese tiempo se da vuelta sobre sí mismo, porque ese tiempo de intensidad, pasa a hastío, a violencia, a olvido o en el peor de los casos a matrimonio, a deshonestidad, a cinismo barato y falsedades infinitas.
El tiempo y el amor, no pueden ser infinidades juntas, sino geométricamente perpendiculares: deben cruzarse, como funciona el amor, por el entre-cruzamiento, permanecer en el querer juntarse, juntarse, lo más posible, con-penetrarse, amarse, contenerse, pero siempre como un ideal. Gran parte del tiempo amoroso, necesita de ausencia, de lejanía, de incerteza, de suspenso, en general, de cualquier amague, cualquier movimiento que haga que el amor pase del paralelismo a la perpendicularidad. La perpendicularidad marca un encuentro, una apertura. El paralelismo guarda en su matriz sintomática la ausencia de un encuentro real, la imposibilidad del juntarse de las líneas, hasta el infinito. El paralelismo es el resultado de un amor que busca que todo tiempo, sea el mismo... que cada tiempo, sea un tiempo junto, que cada línea sea absorvida por la extensión de la otra y que permanezca junto a ella, pero... sin tocarse, sin encontrarse, porque nunca se han separado, pero por ello mismo, nunca pueden unirse. El amor, el encuentro y la pasión en general, necesita de ese entre-cruzamiento, que surge del desencuentro. No hay re-encuentro sin desencuentro, no hay encuentro en tiempos que viven siempre juntos.
Por otra parte, es necesario el deseo constante de que los tiempos sean uno sólo. Es necesario quererlo, pero, en pos de un amor perfecto, se debe quererlo, querer lograrlo, pero -quizá- fallarlo intencionalmente. El tiempo siempre unido es el deseo más profundo de los amantes: el de ser un sólo ser. Pero así como a fin de cuentas es imposible, mientras más se parecen los tiempos, más paralelos y con ello, jamás se encuentran. Mientras más jueguen a la diferencia, al acercamiento, al alejamiento y sobre todo al des-alejamiento, el amor será un momento de unión, un sucedáneo liberador.
sábado, 12 de abril de 2014
Pensaba, que no soy capaz de reconocer racionalmente la extraña expresión horrible del durmiente. Le cubre una capa bizcosa de sudor y yace sobre un lecho por un tiempo irracional. Cualquiera que se pare a contemplar a un durmiente sabrá que con el tan sólo ejercicio de poner entre paréntesis la idea de cuántas horas debe dormir la gente diariamente, le parecerá siempre que el tiempo del durmiente es un tiempo absurdo. No hay nada de excitante, ni de atrayente, ni de cariño siquiera en el ejercicio de compartir un lecho, con el sólo objeto de dormir ya que no es una experiencia estética para ninguno de los que yacen juntos. Ni del que se encarga de observar, porque siempre encuentra en el otro una expresión horrible, un sudor irracional que aparece incluso en los inviernos más fríos, un rostro podrido por el cansancio, el peso de la noche, la monotonía del día, el desajuste de la hora y el propio cuerpo, la ausencia apesadumbrada de una palabra dirigida a un tu, la referencia siempre implícita a la muerte del que duerme, y la incapacidad de toda dinámica de comprensión. Durmiendo nadie comprende, durmiendo no hacemos más que suspendernos ante la desnudez de nuestras fantasías de lo nocturno, de lo nauseabundo y lo temible. Un buen sueño también es un momento de temblor: como de todo lo bueno, no sabemos nunca cuándo puede acabar y esperamos con ansias poder ver los límites de lo que experimentamos como propio, como acogedor, como completamente hecho de maravillas. La gracia de lo maravilloso, de la belleza intensa, está en su acabamiento: no hay momento intenso que dure mucho, ni relación extasiante que pueda comprometerse con los confines de este universo. Quizá obra del resorte envidioso de los dioses, o de la tan natural constitución autodestructiva de lo maravilloso, tienen vida corta, se acaban rápido. No como la noche del que contempla el dormido, el cuerpo dormido, el cuerpo muerto, incierto, incomprendido, casi compuesto de pura extensión, desprovisto de toda consciencia. El cuerpo dormido es una fantasía del cuerpo despierto, del cuerpo del sueño fragil, que no busca más que mantener ese sueño profundo del durmiente, que se extiende más allá de las fortalezas de toda temporalidad razonable. A decir verdad, no hay más que en el cuerpo dormido, esa falta de consciencia, ese puro cuerpo arrojado a la inanidad de la cama, que con una absorvencia poderosa mantiene al durmiente en sus límites, sin jamás poder liberarse de él, la cama es esa irracionalidad pretendida del cuerpo dormido, la de ser pura extensión. El cuerpo dormido quiere ser cama, en algún momento, quiere fundirse con ella, hundirse totalmente en su fondo y jamás salir de ese sudor asqueroso que es su anatomía, su constitución más certera.
La cama del cuerpo y el cuerpo de la cama, son momentos fragmentarios de eso que llamamos aquí la verdad de lo nocturno... y es que, de pronto hay cosas que no puedan ser más que la propia y constante elucidación de que aquello que llamamos nocturno, es algo esencialmente diferente de todo el resto. De todo lo que llamamos durante el día, o incluso, por la mañana...
Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...
domingo, 5 de enero de 2014
La convivencia es extremadamente difícil: esa disposición de recursos, y entre ellos el tiempo, que se pide en cada relación cooperativa guarda una cuota insaldable de vacío legal, de punto en el que no se puede exigir explícitamente, de punto en el que por pedir te vuelves psicópata, que es dificilísimo guardar una igualdad, aunque sea a medias y entre comillas. La igualdad que pide, toda convivencia, por ser imposible y la posibilidad concreta que se muestra de ella, se debe mostrar como la única (siempre desigual, siempre a medias, siempre con insatisfacciones viscerales a largo plazo) que siempre, es preferible la soledad. Puede ser una soledad acompañada. Claro está que siempre de otra soledad. Pero más allá de eso, no hay más que la soledad propia, imperdible, inconmensurable e infinita, en la que te encuentras. Quizá cada noche, a lo mejor cada día, en el que sabes que la vida es algo más que un momento perdido del vacío. En el que cada momento lo vives y lo mueres solo, a fin de cuentas, rascándote tus propias mugres, mugiendo tus propios dolores y llorando tus propias penas. La amargura de cada día, no puede ser sabiamente compartida, y estúpidamente, produce una estúpida amargura, un mal genio que no es un mal genio solemne y sabio, sino que es estúpido y pobre, perdido, trastocado, enfermo. No es la solemnidad de la melancolía, es la estupidización desesperada y desesperante de una depresión. Estar en el elegante y sutil límite de la depresión, es vivir en la levedad melancólica, desencantada, suave, con toda pena lenta, erosionadora, pero lenta. A cada momento, esa levedad absorvente, al ritmo de la música y con los colores de una impresión. Totalmente borroso, nada de nitidez, nunca una claridad, jamás un punto firme, nada más que el colindar de distintos grados emocionales, totalmente perdidos, sin encontrar palabras que logren expresar, sin encontrar más que la palabra que convive, una vez más, con esa experiencia. Pero que jamás la expresa, jamás la acaba, tan sólo la roza, por sus extremos, sus márgenes, sus mentiras.
Y es que la única convivencia posible, al fin y al cabo, es la no menos deshonesta, convivencia entre la palabra que roza y la soledad que se vive. La melancolía debilmente atrapada, de un estado esplendoroso de soledad, de completud, de unicidad. Todo ello, en y desde el fragmento.
domingo, 1 de diciembre de 2013
A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.
martes, 5 de noviembre de 2013
La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo.
jueves, 31 de octubre de 2013
Como si más allá de todas las palabras existiera algo más, que no sean las palabras mismas, los significados, los giros, los gestos que contienen, las formas que surcan. La palabra es un aliciente de la existencia, es una forma de sostener la nada misma de quien vive, de quién experimenta en la carne la degradación obvia y permanente del tiempo. La palabra es una forma de salvación ante el silencioso y lento pasar del tiempo, es una forma sagrada de escapar de aquello que no podemos retener con la acción y que aun así, buscamos retener, surcar en un papel, en un teclado. La palabra es una forma de fijación de lo efímero, por lo que se hace un instrumento del olvido: escribimos lo que sentimos para poder olvidarlo y poder sentir otra cosa, sólo la lectura podría atraer cierto recuerdo. La palabra escrita es invasiva, lucha por controlar la totalidad de aquel instante en el que se escribe, absorverlo hasta lo más último, de forma que ese alivio que se siente después de escribir nos engañe, nos haga sentir que hemos dejado de vivir aquello vivido, por un instante, que esa vivencia está plasmada en una palabra, que está fijada, que está fuera de nosotros. Pero lo que se hace, en el instante del estar escribiendo, es reavivar más ese instante vivido, se busca el significado, mientras se le escribe, describe. El estar escribiendo en un instante vivenciado es el hacer los surcos, por una parte en el papel o en el teclado, mientras que por otra, es hacer los surcos en el propio yo, en la identidad, en el fragmento que llamamos nosotros mismos, yo, mi, etc.
Escribir es una técnica ambigua, compuesta de recuerdo y olvido, de pereza y de astucia a la vez, donde el sentir interno es a la vez engañado y comprendido: el escribir hace pensar que pasó lo que no pasó, lo que transcurre, y a la vez, al escribirlo lo comprende, lo profundiza, lo enraiza, lo aprehende.
...y es que lo nocturno es paradigma de lo diurno. Es que todo lo que acontece en lo nocturno, en su esplendor, en su sublimidad temerosa, en su momento de excepcionalidad, en la hora del lobo se encuentra como momento único en su especie, pero por eso mismo, por su excepción se encuentra ya incluido en la dinámica de todo vivir diurno. Es que gracias a la idea de que suelo expresar la interioridad en la cama, por la noche, en el teclado, es que puedo, también, expresarla con el lapiz, sobre el papel en el patio de la universidad a la luz del sol, a la sombra de los árboles.
Es que el caso de lo nocturno, en su carácter de vivir ausente, de no tener a nadie presente -al menos en tanto que presente... puede tenerse presente a un(a) ausente, que es el caso de casi toda la vivencia nocturna que vive en la escritura- es que la palabra que aparece dolorosa en la hora del lobo de la noche, es también semejante y distante, incluido y excluido, en la dinámica del gritar(me) "aléjate de mí, te odio", cuando sobreviene el recuerdo de lo traumático, de lo no olvidado, de la yaga aun abierta y sangrante de mi ruptura. Es la vivencia nocturna la que no opera en el momento que vivo la realidad de la soledad. Es la ilusión, entonces, el modo por el que llega a relacionarse la vivencia nocturna en la vivencia matutina y también diurna. Es más bien por imaginación, en sentido fuerte. Es la creación de una imagen lo que vive allí, en esos momentos de la via dolorossa del día, solitario, triste, ruinoso y vacío.
Es que la reflexión, el volver (!) sobre sí, sobre algo otro, sobre alguien, sobre alguna otra, el re-volver, vive de lo nocturno, aun ya de día, lo nocturno así, sucede, sobreviene actual y efectivamente (que no como recuerdo) en el pasar de lo cotidiano, de lo típico, de lo automático.
domingo, 14 de julio de 2013
La noche, es parte de un ciclo regular, de un modo del ambiente, del exterior, lo que no depende de nosotros. Lo nocturno, es una forma interior, de lo que no puede reducirse al ambiente, de lo único... y que a la par con la noche, no puede depender del sujeto. La noche no depende del sujeto, porque acontece afuera, es externa... lo nocturno, no depende del sujeto, porque es un acontecimiento plena y absolutamente subjetivo. Se desliga de la razón, de la reflexión y a veces, hasta de la sensación. La subjetividad se desnuda, se muestra independiente del tiempo, y se vuelve memoria y sensación, entremezclada, una. No hay más que la sensación-memoria, cuando acontece lo nocturno. Es la mezcla entre recuerdo y vivencia presente que logra abrir el ser a una manera propia, única de ser: la de lo nocturno. Lo nocturno es aquello que resiste toda forma de racionalidad fría, es un afectarse, es un volverse, es un sentir puro, una forma de acceder, de hecho, a las cosas mismas, en su forma nocturna. Es el hecho de que todo se haya inmediatamente frente a tu realidad, sin ningún tapujo. Todo se realiza y se desrealiza, de una forma única, en lo nocturno. Es un sentimiento, una forma particular siempre, irrepetible, inconstante, que se realiza en lo nocturno, que desrealiza todo aquello que le toca, que se muestra absolutamente simple, separada de todo lo demás.
Lo nocturno tiene una facilidad para aislar, para separar una cosa del resto; para ser íntima, absorvente y absoluta, porque no necesita más que una fijación, una figura, un contorno, o un contenido, una sustancia, una esencia. En ambos casos, la cosa es una sóla, es siempre única, siempre aislada, siempre simple. La condensación de la vivencia nocturna se debe a la forma del fijar, del contornear. Y es que lo nocturno vive en distracción, pero es que distraído puede fijar. Es que escribiendo borra y borrando escribe. Porque dice lo que calla, y ensordece lo que escucha.
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...
miércoles, 15 de mayo de 2013
La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera
