La incapacidad de la anestesia radica en el exceso de adrenalina, en el nervio que se niega a relajarse, en el nervio que se niega a no-seguir-sintiendo. La incapacidad de la anestesia tiene que ver con esa poderosa fuerza del cuerpo, en la persistencia del sentir, como una realidad pura. El cuerpo se niega a dejar su sentir, hace que toda insensibilidad le parezca extraña, imposible, exógena. El poderoso influjo de la técnica no puede, a ratos, contra esa posibilidad radical del cuerpo a seguir sintiendo, a negarse la anestesia, a seguir en el despertar, en el sentimiento, la duda, el tragar, el sentir la propia lengua... ¿Por qué va a ser tan necesario sentir la propia lengua? La sensación de tragarse la propia lengua, es lo que sucede en un momento en el que el cuerpo se dispone a aceptar la anestesia, la transpiración fría, el jadeo, la mirada moviéndose por todas partes, la fobia a todo, la impenetrabilidad del cuerpo, el rechazo a toda materia formada en la técnica, el sentir la pesadez del cuerpo dispuesto allí, sobre el todo de lo aséptico, lo desinfectado, la luminosidad de la técnica, interminable, absoluta, total, mística, aparente explicación de carácter holista al sistema de la extracción de cuerpos, de partes del cuerpo, de la diferencia misma. Todo cuerpo es una diferencia. Mi cuerpo es diferencia, es inter-posición, discontinuidad e irrupción del resto del conjunto de los entes materiales. El sentir, constituye esa resistencia del cuerpo a ser llamado un continuo del resto de los entes-a-la-mano del mundo, donde se pueda disponer circunspectivamente de ellos, como una materia continua. Esto vale tanto para la violación, como para la negación a la anestesia. Lo que surge de la incapacidad de la anestesia es el fenómeno de la resistencia, la contención de la materialidad misma del cuerpo, a volverse una materia continua del resto de lo ente. Es la resistencia de lo vivo a volverse parte de lo inerte, lo que nos llama -una vez más-, a hacer la distinción entre lo biológico y lo físico.
A su vez, por otra parte, el cuerpo se muestra como una realidad vivida, desde la experiencia misma de ese vivir, sinti-ente, redoblado en su corporalidad resistente, alterna, contradicha, superpuesta.
...Aunque, volviendo a la lengua dormida: ¿Qué se ha de considerar traumático de esta experiencia? Lo traumático de que la lengua se duerma, es, claro, la idea de que la lengua se pueda tragar, de que de la resistencia del cuerpo a lo exógeno, se muestre también resistente a su propio cuerpo, y en un afán de autoexterminio se vuelva contra sí y se aniquile. La aniquilación de sí, por medio de la lengua, es una temática ya explorada ampliamente, vale tan sólo mencionar en el Quijote esa reflexión acerca de si la espada o la pluma era más poderosa. La escritura o la violencia. La palabra o la muerte. La cuestión de la lengua anestesiada, en cuanto experiencia desesperante, se debe a que la muerte temporal de la lengua, la mortificación regional del cuerpo, en la lengua, manifiesta la fantasía de la muerte de la palabra, con ello, también de la escritura, del lenguaje. La lengua y el lenguaje, son uno de los últimos avatares de esperanza en la época contemporánea, en el que la metáfora trata de alejarse, de retirarse, en sus trazos. La metáfora y la anestésica de la lengua, son formas vivas del desenlace paroxista de la historia de la metafísica. La lengua, ya no sintiente, ya no ente, ya no-ente. La lengua deshacida, desprovista de todo lo ente, la lengua, vuelta hacia el ser, se muestra desde su anhelo de destruktio como un abrirse paso, en el cuerpo y negar toda posibilidad de retiradas del sentir. La cuestión del cuerpo, como texto, el cuerpo como escritura, como resistencia viviente, vivida, orgánica de palabra, de malestar, de intuición, de ék-stasis.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
viernes, 13 de junio de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
No es nunca bueno alejarse de toda ingenuidad. Constituye una obsesión vacua el eterno rehuir de aquello que ha sido atacado por otro, hasta vencerse. No hay que exceder la dosis histórica del ser hasta más allá del artificio. Es bueno cuidarse de la arrogancia que implica el lenguaje que se aleja de todo lo no-ingenuo. Está bien, hubo antaño, quiénes levantaron de nuestra mirada las obstrucciones más severas, y comenzaron con ello a llevarnos a una transformación (des)constante en el lenguaje, para llevarnos a la lógica de 'los que vieron'. Pero cuánta es la arrogancia de esto, cuánta la arrogancia de toda la idea de superación en la historia del pensamiento, de la escritura, del lenguaje. Más aún, cuánta es la desfachatez de la corrección constante, para dirigir el lenguaje post-humanista para pasar de lo retorcido a la palabra retorcida que hace justicia a la corporalidad como puro grafema desprovisto de vida. Es necesario hacer justicia y para ello, no es bueno caer en la arrogancia del filtro bibliográfico para entender cualquier cosa, si esta, de uno u otro modo, tiene una relación con la vida, o es una quimera de oficinista burocrático. Es necesaria la reformación de un lenguaje contra-ingenuo, contra-moderno, contra-fálico ya no bajo el mismo método de la rareza, sino más bien, de la simpleza. Es tan bueno para eso el lenguaje, por ejemplo, de Sloterdijk, que retoma las metáforas luego de su retirada. Así mismo el grafema de-vuelto a nosotros por Derrida, la anatomía misma de lo escrito ya no como una tecnificación lingüística, sino como una dote, una gratuidad de lo que circunscribe la palabra. Así, mientras unos hablan de todo lo que termina en el 'ismo', otros se insertan en el grafema y en el sonar de la metáfora retirada (más bien retirándose), haciendo del lenguaje filosófico, una forma consciente de la corporalidad misma del pensar, del carácter visceral, iracundo a la vez que solidario del pensar. Los encargados de un pensar expresado en términos que 'una comunidad lingüística' entiende, por otra parte, se envanecen de que al encontrar la categoría de lo que se piensa, se resuelve el problema. Siempre la solución analítica termina con el decir del 'ismo', por otra parte, hay una forma del pensar humilde y contraído en su auto-penitenciaria forma de la nunca-llegada de que para explicar lo simple, siempre hay que recurrir a una palabra, que a fin de cuentas, jamás deba ser recluida dentro del ámbito del saber, de lo cognitivo, de lo mental-no-corporal. La cuestión es como dejamos al cuerpo en el pensar, cómo lo hemos dejado, ya desde la no-recurrencia a la imagen, como también la de la asexualidad del escribir. El vacío de sensualidad del escribir es una huella de la represión sexual, es una de las formas que el plomo no decir nada (nada visceral, esto quiere decir, la mayoría de las veces, algo así como "lo real") se revuelve contra sí mismo, en el pensar que no escribe, y el escribir que no piensa, es la eterna disyunción que hace de la mente algo distinto del cuerpo y que se itera y concluye incluso en la propuesta teórica de que la mente misma esté incluida ya en el cuerpo. Es la misma esquizofrenia, vale decir, la del cuerpo sin órganos, la iterada en la ontología del ismo. No hay ismo resuelto, no hay ismo por resolver, no hay ismo que pueda comprender después de veinte años más. A su vez, la palabra provista de la corporalidad enrevesada, pero convertida en mera costumbre, nunca un respeto, nunca una conmiseración de la condición del escritor doblado, re-traído, bajo la forma de la narración conservada del que escribe de sí, en el sentido del a partir de -que nunca de la mera materia de su hablar- ya que no es un mero hecho el que el cuerpo aparezca en la escritura, es ya una cuestión retorcida, que no es pura consciencia, ni menos consciencia pura, ni aún así, en ninguna forma consciencia, sino que es ya un espaciar, en el sentido de la ocupación, pero sobre todo en el de habitación. Habitación, ya no en el modo del que constituye una diferencia entre el cuerpo y la consciencia, sino que el habitar como esa acogida que da el espacio para el descanso, para el echar afuera -en definitiva- el cansancio de nuestros propios tormentos, de nuestros propios retorcimientos. La escritura, siempre debe tener una función terapéutica, porque toda escritura vive de un callar, de una represión, del in-abordaje de lo que sentimos (en el tacto, sobre todo) y no pudimos alcanzar con el mero pensar y recordar. La escritura tiene la naturaleza liberadora de esa miseria que se experimenta en el tacto del cuerpo, que no puede ser trabajado dentro del cuerpo, sino que lucha por salir afuera. Por eso, la negación de la palabra visceral, de la cuestión dividida, fragmentada, sumamente compleja y enrevesada de la cotidianidad, puede volverse escritura, palabra rasgada, punzada, surco, en el medio virtual, en el cuaderno de confesiones, en el tormento de la imagen, de la visión, de la audición, que, por lo general, surgen de un des-encuentro, de una contraposición, de una diferencia que vivida, no puede expresarse con el todo de la violencia o el de la comunicación conciliatoria. La escritura ayuda al demorar de la vida, esa demora que a todo contrapelo, lucha la inmediatez de lo técnico. Se puede vivir con otro ritmo, es bueno vivir más lento, a veces, es bueno no mantenerse en el constante estreñimiento de la pueril rapidez. La noche muestra un poco eso, un ser que se divide, que pasa lentamente, que se resiste a la rapidez de la ejecución, de permanecer en el ámbito de las cosas, del disponer, del tener, del articular. Hay en la escritura del cuerpo, una forma desarticulante que hay que temer mucho por perder. Sí, temer. Sí, afectar-se, sin censura, por la escritura que desarticula, que va en contra del entendimiento, que se acerca más a las visceras que a la cabeza. Que va más al tacto que a la visión. La visión del viviente nocturno es muy débil: ve a trazos, hay mucha oscuridad, el tacto, la sensualidad, el sonido, el olor empiezan a nublar la razón, para dormirla y mantener en el insomnio al cuerpo. La mente puede desconectarse, al menos, en su función arrogante, en su función no-escrita de querer entender y calcularlo todo. Hay una forma del escribir que tiene que ver más con lo que se puede des-entender. Es bueno, en la noche, quedarse perplejo, mantenerse espectante ante nada que pueda ocurrir, y por fin, hacerse cargo del deshacerse de todo lo que creemos. Nuestras creencias diurnas, suelen desaparecer, o al menos, transformarse en miedo y en espectación, paranoia, añoranza, amor, agonía, jadeo, titilación, el incesante sonido del respirar, en la noche, la discontinuidad del respirar nocturno. Todo esto, para que de día, volvamos cada vez más al agotamiento, a la horrorosa luz de la mañana, a la pavorosa palabra hacer, de todo lo que deshace la noche misma.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
sábado, 12 de abril de 2014
Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...
jueves, 1 de agosto de 2013
De pronto, por la noche, noté que no podía dormirme. No podía dormirme así, sin más. A decir verdad, ahora me es extraño. Se supone que las cosas han cambiado... que esa ansiedad por la monstruosidad de mi pasado se ha atenuado, o al menos eso dice mi última experiencia de cercanía, de enfrentamiento con aquello que me hacía permanecer en un sueño despierto... aquél rastrojo de mi pasado.
Sí, me sentí triunfante, sentí que ponía un pie sobre mi pasado y me alzaba hacia un nuevo sol. La verdad es que me convencí bastante de la idea... pero aun así no he dejado de darle vueltas al asunto, esas vueltas me han hecho chocar con dudas que estaban ausentes, y esas dudas, ahora ya presentes, me hacen atenuar mi sentimiento de triunfo, me hacen detenerme, esperar. No sé qué pueda pasar, pero he tenido mucho silencio, no he tenido cómo surcar la profundidad de los múltiples abismos de mis recientes experiencias de mí mismo. Me he logrado aterrorizar de mi propia identidad, ya que no logro decir: "estoy en momento equis de mi vida", cuando de pronto, al decirlo, al redundarlo con el pensamiento, al explorarlo capciosamente con mi pensamiento, lo que hago es terminar alejándome de lo que creía estable, creo más devenires, más vaguedades...
Y es que en realidad no debe haber más que esas vaguedades, esas identidades difusas, que se resisten a la descripción, a la definición, a la estabilidad. Es que al pretender afirmar un momento de mi vida, ya lo vuelvo a pensar de otra manera, lo re-pienso, lo recuerdo, lo desgasto.
No he sido fiel a mi vocación por la escritura del momento. La escritura es un surco, es una forma de fijar aquello efímero que se me escapa cuando no lo digo, cuando sólo lo dudo en mis adentros, en el habitáculo retorcido de mi mente, cuando viajo. Quiero tener algo de mí, quiero atesorar algo de mí, tener algo. Pero no tengo nada más que mi propio cambio, no tengo nada más que el saber de que cuando afirmo ser alguien, ese alguien desaparece rápidamente ante mis ojos y creo tener a otro yo ante mis ojos. No logro afirmarme en quién soy. No hay un alguien que yo sea realmente. Soy tan sólo mi cambio, mi devenir, mi orgullo en devenir, mi miseria en devenir, mi ignorancia y mi sabiduría en el transcurso del tiempo.
A veces parece ser mejor así, puede inspirar tranquilidad que no hay nada fijo, que tu identidad no corre riesgos, porque no hay amenaza posible sobre algo que logra vivir en unidad con su tiempo... pero a la vez, desespera el no tener algo a qué aferrarse y señalar, y sentir que es lo propio. Ese afán de propiedad, tan infantil, que podemos sentir de vez en cuando, pero que tampoco se merece mucha importancia.
A decir verdad, a esta hora, tampoco muchas cosas tienen mucha importancia. Pero sí se puede atisbar algo del terror de no saber quién es el que soy, porque no sé tampoco cuáles son mis límites, ni mi final, ni mi principio. ¿Dónde empieza eso que llamo yo?
¿Dónde termina eso que llamo yo?
sábado, 11 de mayo de 2013
La oscuridad de la noche se va disipando, se asomará el amanecer luego, pero con la noche, la idea de la deshonra torna nueva vida y aparece como una verdad ahí presente, la noche en su velo cubre cierta parte de la verdad y nos muestra su verdad propia; el pensamiento cambia de forma, se vuelve nocturno, transeúnte, retorcido, se vuelve en contra del que lo emite. Pensar contra sí mismo... decían que era el arte de Cioran y Nietzsche. Pensar lo nocturno, más que eso, es pensar desde un yo que se ausenta en el día, pero que a ciertas horas, se vuelve ineludible. No es que haya dos yo's, uno verdadero y uno falso, sino que se trata de que uno corresponde al ser nocturno y al ser de día. Ser de día no es el tema. El vivir nocturno es la forma de ser que difiere de sí misma. No se encuentra en el ser consigo mismo, se encuentra un ser que se enajena de su naturaleza, que se vuelve contra sí mismo, pero ya sin un 'sí-mismo' al que oponerse. En la noche ese yo que vive de día desaparece, el único yo al que nos referimos normalmente. De noche cada yo es otro, cuando tiritan las manos, la boca, los pies, ya sea por el frío, o en verano a pleno horror y miseria.
El dominio del propio pensar se vuelve contra uno mismo, y el pensar se vuelve nocturno, el sentir, el moverse, todo. El ser nocturno, tan distinto y distante (mucho más aun, distante que distinto) se desenvuelve en el lugar propio del silencio, del tiempo en suspenso, el tiempo que no se planifica, que no se tiene en cuenta de día, que no se debe hacer rutina. La rutina, no forma parte de la noche desesperada. Todo se vuelve anormal, cada tic tac del reloj amenaza con acuchillarte el alma y cada paso en la lejanía es un presagio de aniquilación.
Y sí, en la noche, la deshonra tiene una vivacía, una vitalidad que no puede francar de forma alguna la dulzura serena del día. Por ello es tan necesario dormir a estas horas, para poder evadir esos momentos de deshonra que se prolongan desde su emisión, hasta el volver a temblar del cuerpo en una noche de soledad y de silencio. No hay muchas formas de no estar solo de noche, quizá solo una forma de compañía... y quién no goza de ella, sufre hasta más no poder... la deshonra se vuelve su perspectiva de mundo y la soledad su estandarte teórico. Si de noche sientes odio, no puedes golpear las paredes, si sientes deseos de gritar, no puedes salir y hacerlo, si quieres extinguirte... en cualquiera de sus formas, eres bienvenido. La aniquilación que ocurre en la vida de noche, es la forma del paso del tiempo. Cada momento de noche es la aniquilación de ese momento ante el sol, ante la luz y ante el ser-de-día. Lo que vemos como existir, en definitiva, es pensado y sentido de día, ante el sol. Lo que sentimos los que vivimos de noche tambien, es otra cosa, porque es otra realidad. No es la luna o el sol, es la propiedad de la luz y la poco amigable oscuridad las que hacen la diferencia. Tiñen los sentidos a su modo esas dos situaciones. De día... De noche, lo frío, lo silencioso, lo callado, lo oculto, lo placentero, lo culpable y lo lamentable cobran una potencia magnífica. De día su realidad es más parcial, casi relativizable mediante cualquier pequeño argumento... pero de noche no: lo frío, el silencio, la soledad, lo oculto, el placer, la culpa y el lamento tienen una realidad absoluta, inenarrable, ineludible e inexorable. Porque no hay escapatoria, la noche cierra el paso a la realidad absoluta de las otras afecciones. La ontología nocturna es distinta de toda otra ontología propuesta, cosa que es difícil de expresar filosóficamente.
Comprender lo nocturno es comprender esa forma de vida que simplemente se ha tomado como una extensión de la vida de lo común, de lo rutinario. En la noche surge lo único, gracias a la soledad natural. Y pasa ahora, que en mi, lo único es la deshonra y no puedo pararla, ni narrarla, la palabra no la alcanza, pero su conciencia escrita la surca, le hace un contorno, la descubre al modo en que puede hacerlo. Descubrir el núcleo de la vivencia nocturna es la tarea de aquel que busca el descubrimiento de lo nocturno...
lunes, 22 de abril de 2013
A veces, en momentos de lucidez, pienso que mi única autenticidad es preguntarme qué es lo que sucede en la noche. Cuál es ese acontecimiento, si acaso hay acontecimientos que podamos llamar nocturnos, si se puede pensar en la distinción real entre un acontecimiento nocturno y uno que ocurre de día... y, finalmente, cuál es su realidad. Mi pregunta más radical, es la pregunta por la realidad de lo nocturno. Por el sentir, por la afección, por la forma de lo nocturno.
jueves, 30 de agosto de 2012
Lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, es el roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí y que estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece, es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso lo que se ha endurecido no vence.
miércoles, 25 de abril de 2012
Lo inútil de expresarse es evidente... volverse hacia afuera, desocultarse, manifestar con la palabra lo que se calla con la acción. Hay ocasiones en que cada palabra es una ocultación, en que cada sonido emitido es sólo la garantía de que podrás seguir ocultándote para tus adentros cada una de las espinas más dolorosas de tu sufrimiento. Pero, es cierto tambien, que no hay otra manera de explorar las profundidades del alma que el concepto y el azote. La única manera es el llanto, el halarido, el grito desesperado, la palabra rasgada, el tiritar de las manos, la mirada triste y sus destellos.
A veces, por más que pretendamos hacer las cosas de otro modo, no tenemos más que la palabra. No tenemos más que las espinas incrustadas en nuestra alma, no tenemos más que el halarido... por más que escapemos de ellos, por más que tratemos de evadirlos, siempre están allí. Siempre están ahí como el vehículo que nos hace capaces de expresar la autenticidad y el retorcimiento de nuestra alma. El acontecimiento que nos tocó, el acontecimiento que nos implicó, que nos retiró de nuestra pésima posición de estar allí dentro, en casa, uno sale, uno ya deja de estar solo siendo el mismo. Ya es diferente. Ya se divide, ya cambia, ya experimenta la ruptura, el desgarre, la pérdida de unidad.
...Y es que cuando uno se parte en pedazos, a veces el lenguaje nos ayude a unirnos un poco, pero sólo a través de parches. No nos volvemos a unir nunca, ya nos destrozamos, el daño está hecho. El regreso a lo que (se) era es imposible. Cada vez, nos volvemos más un partirse, un dividido, un bicéfalo, pero cada vez nos unimos con la generalidad (irrealizable por lo demás) que tiene la palabra. La conveniencia del sufrimiento es que nos abre al partirnos. No somos nada, si no sufrimos, si no nos dividimos, nunca fuimos 'uno'.
Ningún 'hecho' es el objeto del que uno se desgarra, es sólo su recuerdo, su persistencia en el tiempo. En último término, no hay nada que nos dañe más que nuestra memoria, ni nada que nos haga sentir más estúpidos que el tiempo. La memoria y su tiempo, nos abren, nos hacen insiciones. Mutilados por el tiempo es que llegamos a ser quienes somos, un estar siendo dividido, un estar abriéndose, un estar manifestándose y estar ocultándose. Y la palabra, juega con esto. Diciendo lo que se oculta cada vez, el lenguaje se muestra como el lugar de lo no manifiesto, mientras que es tan pobre y exento de equívocos viscerales para hablar de lo manifiesto. No es exento de equívocos nunca el lenguaje, pues es el lugar de la diferencia, pero equívocos viscerales son de los que uno vive, cuando habla de su sufrimiento. Nadie jamás te arrebatará el suelo en el que quieres revolcarte de dolor, ten esa garantía. Pero rara vez podrás expresar algo acerca de las espinas que tienes incrustadas en el alma. Hay que revolcarse, hay que usar la palabra tambien... por más que no pueda uno quererlo, la palabra que expresa el dolor, es tambien dolor. No hay forma de fuga, no hay otra salida.
martes, 24 de abril de 2012
He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.
lunes, 12 de marzo de 2012
-¿Por qué siempre hacemos lo opuesto a lo que queremos?
¡Siempre!
Yo he querido a un hombre... y me casé con otro.
¿Por qué?
-¿Quieres algo para tomar?
-No, no.
Nada, gracias Otto. Nada. Creo que ya sé ahora. Simplemente no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman, no se aman de la misma manera. Uno es fuerte, el otro débil. Y el débil siempre es el que ama sin calculo... sin reserva. Me siento como si hubiera despertado de un sueño... de otro tipo de vida. Por alguna razón, siempre puse resistencia... luchaba contra algo. Me defendí... como si tuviera a alguien más dentro de mí, diciendo: no sucumbas a nada... no procedas con... nada... o ¡morirás!.
Pero Dios, ¡Qué tontos somos!
-Eso está bien... por fin lo entiendes...
lunes, 16 de enero de 2012
Ser un morboso diseccionador de almas, diletante en el rodeo y fanático desquisiado de la palabra que sale a rastras, desde el vientre. La visceralidad de la palabra que esconde una de esas identidades fragmentadas a causa de una perpetua ocultación. No creo en alguien que, conmigo, no esté dispuesto a encontrar esos momentos en los que se habla entre-cortado, en que las palabras no salen y en que tiene que buscar palabras, incluso crearlas, para surcar lo insondable de su alma.
Me alieno en la desocultación de mi prójimo, me alimento de ella, vivo para ella, vivo viendo esas almas que se restregan sosegadas y sangrientamente sobre el áspero piso de sus historias. Cada acontecimiento, es también una afectación y la revelación de su contenido, mediante el vehículo poco honesto de la palabra, para mí, es el alimento destructivo que necesito para poder levantarme todos los días. No podría vivir sin alguien (que no sea yo), que sepa tambalearse a mi lado, retorcerse, fragmentarse, quizá incluso, aniquilarse con plena deliberación usando las palabras de guía, para poder surcar yo también esos laberintos espirales del alma.
Los rastrojos, las sobras, la expresión de las palabras y el divagar de una conversación lo son todo: despues de ellas, y detrás de ellas no hay nada. Una conversación sólo es conversación si tiene un caracter absoluto, si se cierra y ficciona un sentido allí mismo donde se desvanece y se esfuma. Sería grotesco tener un objetivo para poder surcar la constitución sagrada/profana de un alma reveladora. Su contemplación ya es bastante trabajo, como para poder volverse un mediohacia quizás qué. Es eso, disfrutar la parcial y a veces, deliveradamente ocultadora, tendencia a revelar que tiene la palabra. Un voyeurismo anímico, un depredador de almas, un traficante de intestinos diletante en rodeos oscuros, da igual; la visceralidad de la palabra, hace ya mucho, que constituye un sentido a mi existencia... es eso, y también la levedad de la burla, el alimento de la sospecha, el detrimento de los prejuicios comunes y la aciaga aniquilación del optimismo lo que me mantienen aun en pie. ¿Qué más pedir de alguien que se confinó fuera de la vida de los pro-yectos? ...
...Aunque... lamentablemente esa vida de renuncia cayó en corrupción... desde el horizonte, ahora, cada vez veo más cerca, la irrisoria dinámica del proyecto, acercándose a mi vida de errante y bicéfalo. Ya caminaré cerca, una vez más, de la vía de la Verdad... esto, sólo cuando tiempo y cambio vuelvan a unirse, cuando... por fin, el sentido se haya restituido...
jueves, 22 de diciembre de 2011
¿Cuál de las dos debe ser mejor cultivada?
Por una parte, la inocencia vive en la aceptación, vive en la identificación con el devenir que precede a la experiencia de la elección. La elección sobreviene en el juego de una legitimación lograda ante quién se muestra predispuesto a reconocer legitimidades allí donde no las hay. Para el inocente, la legitimidad puede ser encontrada en el perdón, en la confianza, en la entrega, en el amor. Un inocente no es inocente sin esos dar, sin dar (con todo lo que esto significa, el dar que no compra, que no vende, que no reclama, que no teme, que no guarda rencor...) la inocencia es un imposible. La inocencia se constituye como la gratuidad de la entrega, como la condición sin la cual el amor no es posible, ni el perdón, ni aun, y sobre todo, la confianza. Ante quién rechaza el dar, pide la garantía y respaldos válidos universalmente, jamás confía, ama, ni perdona. Se aisla de estas experiencias, porque son la más clara forma de la vulnerabilidad humana.
El sospechoso, por su parte, no se identifica tan rápidamente con aquel que no confía. En primera instancia, un sospechoso es quién res-guarda, quien busca la ofuscación de sus vulnerabilidades, quien construye una fortaleza que proteja su identidad, porque considera siempre la posibilidad de que una identidad sea transgredida hasta que se pierda su legitimidad que considera originaria.
¿Se contraponen el inocente al sospechoso? la sospecha y la inocencia se oponen no la una a la otra, sino que se oponen a la existencia del límite. El límite es el contrario, es la esfera sintetiza las dos actitudes fundamentales. La inocencia se pierde en la extralimitación, y la sospecha se pierde en la hiperlimitación del dar. El límite que co-existe con lo limitado, lo extralimitado y lo hiperlimitado es la marginalidad de la mirada. La mirada es el problema fundamental de la sospecha y de la inocencia... incluso no la mirada, sino el ver. El acto de quien se ciega y de quien mira de cerca. El primero no mira nada, porque está consciente de que por dónde pueda ver con detenimiento encontrará la duda... y el segundo ve muy de cerca, porque sabe que todo lo que se ve de lejos inspira seguridad. Pero ¿Cuál de los dos ve 'algo'?
El primero ve lo que quiere, una vista superficial pero con los matices suficientes para lograr una imagen de la generalidad de lo mirado. El segundo, ve lo que no quiere ver, angustiado por su búsqueda encuentra que cada característica tiene relación con un infortunio del pasado que quiere dar por irrepetible.
Uno ve la unidad, una figura, una forma, el otro ve rastros, reflejos mutilados de una realidad decaída por la mirada que re-busca. Si uno perpetúa la identidad, el otro vive del fragmento, del episodio que es capaz de cerrar el libro completo. Uno puede dar y el otro sólo puede intercambiar, vender, co-accionar. El sujeto de la acción siempre debe ser un inocente, el acto de la sospecha se mantiene en la espera de lo inesperado, en la des-esperación por su ineludible odio a la repetición.
Entonces, el problema es de la temporalidad: uno vive asegurando el devenir, el cambio constante, la esencia que adviene en misterio frente al cambio y su medida. El segundo, por su parte, vive en una temporalidad extáticamente detenida, donde todo se identifica con todo, todo es igual, lo mismo, hasta el punto en el que lo propiamente tan impredecible, debe volverse predecible para poder permanecer en la tranquila desesperación de lo inesperado que aguarda en la oscuridad de la mirada sospechosa...
sábado, 22 de octubre de 2011
Encontrar la justa retribución e intercambio de secretos tan capitalista (es decir... con tanto desvínculo de valor de uso a valor de cambio... con tanto alejamiento de la plusvalía) que ya distribuiste y llegaste a un equilibrio heraclíteo... el equilibrio del vaivén de la guerra, en el que uno tiene un secreto y lo olvida, el otro tiene secretos que nunca le revelaste... y otro, con secretos profundos, que su sola consciencia desgarra tu alma y su discencia te desgarra la voz...
Sí, encontrar la economía del secreto en el capitalismo... un análisis económico al dilema de la privacidad... siempre quise escribir acerca de esto, pero ahora no debía hacerlo.
domingo, 21 de agosto de 2011
A veces somos nosotros quienes entonces estamos tan cansados, que no tendremos -nos parece- en nuestro pensamiento desfalleciente bastante fuerza para retener esos recuerdos, esas impresiones, para las que nuestro frágil yo es el único lugar habitable, el único modo de realización. Y lo lamentaríamos, pues la existencia sólo tiene interés en los días en que el polvo de las realidades se mezcla con la arena mágica, en que un incidente vulgar se convierte en un resorte novelesco. Entonces surge de la iluminación del sueño todo un promontorio mundo inaccesible y entra en nuestra vida, en la que, como el durmiente despierto, nos encontramos a las personas con las que habíamos soñado tan ardientemente, que ya nunca las veríamos -habíamos llegado a creer- salvo en sueños.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Deconstruirse...
Indagar en esos tiempos sin tiempo... Si el tiempo sólo existe de la mano del cambio, cuando el cambio toma la delantera y no se lleva el tiempo consigo, se forma allí un tiempo sin tiempo, un estado efímero...
Para pensar el tiempo, hay que ser tiempo, hay que ser lento, hay que ir d/espacio, vivir en tiempos sin tiempos, en cambios sin medida es ya haber desarticulado un tren de-eso-que-va-de-la-mano-del-cambio. El tiempo puede ir sólo ¿o no? Quizá la única compañera alternativa que pueda tener sea la memoria... pero una inmediatez es un olvido, "La magnitud de la rapidez es proporcional a la intensidad del olvido" bien decía Kundera... pensar inmediateces podría alejarse de esos llegar a ser y dejar de ser. La inmediatez es refutativa de los procesos, vivir ahora no necesita esperar a alguien que piense su cómo, sino cambiar en los tiempos sin tiempos, no ser ni ocupar espacio, ni menos aun tiempo, la idea es ser un no-lugar y un no-tiempo... la idea es vivir en el ciberespacio, este nuevo mundo inteligible y ofuscar el ser en el aparecerse y desaparecerse...
Ser idea, ser apareciendo y desapareciendo ante el resto, pero jamás estando... jamás quedándose, jamás espaciando, ni temporalizando.
lunes, 1 de agosto de 2011
Si el hombre viene de un animal, de seguro debe ser de la hiena...
miércoles, 27 de julio de 2011
Sufrir con la existencia, con el amor y con el tedio... las cosas se dan de ese modo. Además, la mayoría agrega un suplemento: un sufrimiento completamente medido por jornadas, extendido por semanas, meses y años y que llega hasta la muerte: el trabajo. Es completamente necesario tener una medida de sufrimiento bajo jornadas y con la mesura que da un jefe... Si el hombre no se inventara nada que hacer, pronto descubriría lo que es y la horripilancia de ese descubrimiento lo ha llevado a confeccionar un mundo propio, donde el trabajo se da para el trabajo mismo... por medio de un sistema financiero y una política que la afirme, pero el hombre, ante todo, como trabajador, es esa marmota que huye del destino horripilante de lo que es y se refugia en el mundo de los actos, vive en la utilidad de la inutilidad... ¡Tanto es el terror del ser! ¡Ser, así y sin más!
lunes, 18 de julio de 2011
...Transgredir límites, buscarse en las periferias del ser, en la superficialidad de la sustancia encontrar inanidades inanizadas, encontrar más motivos para burlarme, de mí mismo y del mundo entero.
Ja! El paso que marca mi territorio de los/as otros/as es una virtualidad etérea e insignificante, erradicada en las palabras vagas de una noche, en el escuchar y en la mirada de la oscuridad de una noche...
No hay ser, no hay contacto entre existencia y existente si no hay una noche perdida entre la vida y la muerte, o bien, una cochambrosa presencia a la que engañar... sea una otra, sea uno mismo. No hay nada, no hay brechas y la superficialidad, esa periferia existencial, es realmente la esencia de la esencia misma...
En la materialidad de la piel, en la húmedad de los ojos y en la simpatía de una sonrisa está la esencia más propia e íntima de una de esas verdades nocturnas.
El conocimiento de sí, erradicado en la superficialidad de la otra, en las palabras vacías y las miradas más hermosas... la cercanía de dos cuerpos hacen que la metafísica se vuelva una concreción de la distancia... la metafísica se encuentra en esa distancia y en esa reserva que precede a la locura que preside ese instante. El instante del todo, se haya en la metafísica de esa distancia, de ese límite pre-transgredido, es esa abertura ontológica, ese ek de la ek-sistencia. El delirio que precede a la continuidad de una pasión infinita y encontrada siempre en esa piel de sí, que es y será por siempre la piel de otra.
Qué decir... sólo que en esa verdad nocturna se despliega el absoluto autoconocimiento en la piel, en la carne y en la mirada de la otra... esa sensación horrorosa de ser espejo, de reflejar la mirada y de reflejar el propio ser en la piel de la otra... ese feliz olvido de sí, para volver a la nada de una verdad nocturna, esa insoportablemente leve verdad nocturna, ese desvelamiento de lo horroroso: la propia identidad, ese reflejo profundo que no haya la configuración de la otra en su infinición, pero aún así, en un acto incomprensible, en un acto de fe, se entrega el finito por el infinito en su infinición esenciante, en la totalidad de su piel y en la cercanía oscura de su rostro... hasta que no quede absolutamente nada, ni el uno, ni el otro, sino que sólo quede esa metafísica de la distancia, ese vacío abundante y esplendente con y contra el que luchan los cuerpos al momento de esparcirse y enredarse entre sí...

