Admirar, entre interrupciones innecesarias, la escritura de G. H., una escritura en sentido estricto, más allá de contener un mero mensaje o de transmitir algo en esencia comunicable, es también una condición misma de toda vida y de todo aparecer. Esta dimensión, G. H. la abre con una alegría titilante, totalmente indiferenciada con la desesperación y con toda locura, a través de una serie de textos que exploran sin césar las múltiples vertientes de la vida de quién fracasa: la desorganización, lo neutro, los vaivenes pasionales propios del idear la propia vida, los propios deseos que le rodean y las imágenes, símbolos y asociaciones que la hacen estallar. La cucaracha, un resbalín dramático hacia las más profundas y superficiales vivencias interiores que una persona puede experimentar. La exploración de esta escritura procede por excesos y no se detiene: abre según contrariedades evidentes, el flujo del sentimiento y de la consciencia de una persona, ante algo que cotidiano, también es inesperado e inquietante. Sea esto la cucaracha, o sea un fracaso amoroso que se veía venir, la letra marca en su paso aberrante cada recoveco de este estado de simultaneidad, entre lo externo y lo interno, sin jamás poder agotar ninguna variación. Sin saturar las dimensiones contrarias propias de aun estar viviendo. Una cierta autoinmunidad, que produce la vida, es el detonador de una marcha absoluta, aunque no lineal, pero sí intensiva, de acceder a los secretos últimos (¿o quizás primeros?) de la sensibilidad humana. Acaso lo neutro, a ojos de G. H. no sea más que la suma de estos excesos que, contenidos entre sí, mantienen toda subjetividad inquieta atrapada en un absoluto de inmovilidad. Inmovilidad de la muerte, o del impacto silente de una vivencia en el interior de la casa, sin exterioridad alguna, más allá del balcón. El infierno se asoma allí en la casa, como una figuración propia del exceso de la vida. Exceso germinal-vegetal, que aparece en el transcurso de la vida de una cucaracha (¿Acaso no es la cucaracha el animal literario por excelencia?) en medio de un espacio a todas luces familiar, en una calma solitaria, la pasión se abre paso allí de modo inexorable, sin ninguna mediación, a través de la crueldad más natural y primigenia: dar muerte, ver morir, comer. De la consciencia a la vida o de la vida a la consciencia, es algo que no puede ser diferenciado cuando el espacio... ¿cuando el espacio qué? El espacio, en cualquier acepción del término, es un protagonista en esta obra, ya sea en la forma de la habitación, en la forma del recorrido, los lineamientos y las curvas propias de la expresión lispectoriana. Este espacio, expresivo, objetivo, intensivo, esta extensión que desencadena la pasión, que la mantiene en su vibración, que la opera en su transgresor avance: a cada lamento una sonrisa, a cada amor una insensibilidad, a cada intensidad lo neutro, a cada paso, finalmente, una contrariedad que no hace sino, afirmar esa carencia de nombre de quien escribe, la posibilidad de ser cualquiera que llamen 'yo', la cadencia propia de la caída y la elevación, el heroismo y el fracaso, indisociablemente entrelazados, co-producidos.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
domingo, 9 de enero de 2022
miércoles, 8 de diciembre de 2021
Pero hay algo que es preciso decir, es preciso decir.
-Voy a decirte lo que nunca te dije antes, quizá sea eso lo que se echa en falta: haber dicho. Si no lo dije, no fue por avaricia de decir, ni por mi mutismo de cucaracha que tiene más ojos que boca. Si no lo dije es porque no sabía que sabía; pero ahora sí. Voy a decirte que te amo. Sé que te dije eso antes, y que también era verdad cuando te lo dije, pero es que solo ahora estoy realmente diciéndolo. Necesito decir antes de que yo... Oh ¡pero es la cucaracha quien va a morir, no yo! No preciso esta carta de condenado en una celda....
-No, no quiero asustarte con mi amor. Si te asustases conmigo, me asustaría contigo. No temas el dolor. Tengo ahora tanta certeza como la certeza de que en aquella habitación yo estaba viva y la cucaracha estaba viva: tengo la certeza de esto: de que todo sucede por encima o por debajo del dolor. El dolor no es el nombre verdadero de eso que la gente denomina dolor. Escucha: estoy segura de ello.
Pues, ahora que había dejado de debatirme, sabía tranquilamente que aquello era una cucaracha, que dolor no era dolor.
Ah, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir en la habitación, habría llevado más cigarrillos: me consumía de ganas de fumar.
-Ah, si pudiese transmitirte el recuerdo, solo ahora vivo, de lo que nosotros dos ya hemos vivido sin saberlo. ¿Quieres recordar conmigo? Oh, sé que es difícil: mas varamos hacia nosotros. En vez de superarnos. No tengas miedo ahora, estás a salvo porque al menos ya ha sucedido, a no ser que veas peligro en saber qué sucedió.
Es que, cuando nos amábamos, yo no sabía que el amor acontecía mucho más exactamente cuando no existía lo que llamábamos amor. Lo neutro del amor, era eso lo que nosotros vivíamos y despreciábamos.
Estoy hablando de cuando nada acontecía, y a ese no acontecer lo llamábamos intervalo. Pero ¿cómo era ese intervalo?
Era la enorme flor abriéndose, toda hinchada de sí misma, mi visión toda grande y trémula. Lo que miraba se coagulaba luego en mi mirar y se volvía mío, mas no un cuágulo permanente: si lo apretaba entre mis manos, como un poco de sangre coagulada, se licuaba de nuevo entre mis dedos.
Me acuerdo de mis dolores de garganta de entonces: las amígdalas inflamadas, la coagulación en mí era rápida. Y fácilmente se licuaba: se me ha pasado el dolor de garganta, te decía yo. Como glaciares en verano, y licuados los ríos fluyen. Cada palabra nuestra -en el tiempo que denominábamos vacío-, cada palabra era tan leve y estaba tan vacía como una mariposa: la palabra volteaba desde dentro contra la boca, las palabras se decían, pero no las escuchábamos porque los graciares licuados producían mucho estrépido al fluir. En medio del fragor líquido, nuestras bocas moviéndose pero no las oíamos; mirábamos uno hacia la boca del otro, viéndola hablar, y poco importaba que no escuchásemos, oh, en nombre de Dios, poco importaba.
Y en nombre nuestro, bastaba ver que la boca hablaba, y reíamos porque apenas prestábamos atención. Y no obstante, llamábamos a ese no escuchar desinterés y falta de amor.
Pero en verdad ¡cómo decíamos! Expresábamos la nada. Y sin embargo, todo centelleaba como cuando lágrimas gruesas no se desprenden de los ojos; por eso, todo centelleaba.
En esos intervalos pensábamos que estábamos descansando el uno de ser el otro. En verdad era el gran placer de no ser el otro: pues así cada uno de nosotros tenía dos. Todo terminaría cuando acabase lo que denominábamos intervalo de amor; y porque iba a terminar, pesaba tembloroso con el propio peso de su fin ya en sí. Me acuerdo de todo eso como a través de un temblor de agua.
Ah, ¿será que nosotros originariamente no eramos humanos? ¿Y que, por necesidad práctica, nos volvimos humanos? Eso me horroriza, como a ti. Pues la cucaracha me miraba con su caparazón de escarabajo, con su cuerpo reventado hecho de tubos y antenas y blando cemento; y aquello era innegablemente una verdad anterior a nuestras palabras, aquello era innegablemente la vida que hasta entonces yo no había querido.
-Entonces... entonces, por la puerda de la condenación comí la vida y fui comida por ella. Comprendía yo que mi reino es de este mundo. Y eso lo entendía por la parte del infierno que hay en mí. Pues en mí misma me he visto cómo es el infierno.
***
Pues en mí misma he visto cómo es el infierno.
El infierno es la boca que muerde y come la carne viva sanguinolenta, y quien es comido grita con el regocijo de la mirada: el infierno es el dolor como gozo de la materia, y con la risa del gozo las lágrimas brotan de dolor. Y la lágrima que viene de la risa de dolor es lo contrario de la redención. Yo veía inexorabilidad de la cucaracha con su máscara de ritual. Veía que el infierno era eso: la aceptación cruel del dolor, la solemne falta de piedad por el propio destino, amar más el ritual de vida que a uno mismo; ese era el infierno, donde quien comía el rostro vivo del otro se revolcaba en la alegría del dolor.
Por vez primera sentía yo con voracidad infernal el deseo de los hijos que nunca había tenido: quería que mi orgánica infernalidad llena de placer se hubiese reproducido, no en tres o cuatro hijos, sino veinte mil. Mi supervivencia futura en los hijos es lo que sería mi verdadera actualidad, que es, no solamente yo, sino mi gozosa especie sin interrumpirse nunca. No haber tenido hijos me dejaba espasmódica como ante un vicio negado.
Aquella cucaracha había tenido hijos y yo no: la cucaracha podía morir aplastada, pero yo estaba condenada a no morir jamás, pues si muriese, aunque fuese una sola vez, yo moriría. Y no quería morir, sino permanecer perpetuamente muriendo como gozo de dolor supremo. Estaba en el infierno traspasada de placer como un zumbido sordo de los nervios del placer.
Y todo eso -¡oh, horror mío!-, todo eso ocurría en el amplio seno de la indiferencia... Todo eso perdiéndose a sí mismo en un destino en espiral, y este no se pierde a sí mismo. EN ese destino infinito, hecho solamente de cruel actualidad, yo, como una larva -en mi más profunda inhumanidad, pues lo que hasta entonces se me había escapado era mi real inhumanidad-, yo y nosotros como larvas nos devoramos en carne blanda.
¡Y no hay castigo! He ahí el infierno: no hay castigo. Pues en el infierno gozamos del regocijo supremo de lo que sería el castigo, del castigo hacemos, en este desierto, más un éxtasis de risa con lágrimas, del castigo hacemos en el infierno una esperanza de gozo. ¿Era este entonces el otro lado de la deshumanizacion y de la esperanza?
En el infierno, esa fe demoníaca de la que no soy responsable. Y que es la fe en la vida orgiástica. La orgía del infierno es la apoteosis de lo neutro. La alegría del sabbat es la alegría de perderse en lo atonal.
Lo que aún me asustaba era que hasta el mismo horror no punible iba a ser generosamente reabsorbido por el abismo del tiempo interminable, por el abismo de las alturas interminables, por el profundo abismo de Dios: absorbido por el seno de una indiferencia.
Tan distinta de la indiferencia humana. pues aquella era una indiferencia-interesada, una indiferencia que se cumple. Era una indiferencia extremadamente enérgica. Y todo en silencio, en aquel infierno mío. Pues las risas forman parte del volumen del silencio, solo en el ojo centelleaba el placer-indiferente, mas la risa estaba en la sangre misma y no se oye.
Y todo esto es en este mismo instante, es en el ahora. Mas, al mismo tiempo el instante actual es del todo remoto por causa del tamaño-grandeza de Dios. Por causa del enorme tamaño perpetuo es por lo que, incluso lo que ya existe, es remoto: en el mismo instante en que se quiebra en el armario la cucaracha, también ella es remota respecto al seno de la gran indiferencia-interesada que la reabsorbe impunemente. La grandiosa indiferencia, ¿era esto lo que existía dentro de mí?
La grandeza infernal de la vida: pues mi cuerpo me delimita; la misericordia hace que mi cuerpo no me delimite. En el infierno, el cuerpo no me delimita, ¿y a eso llamo alma? Vivir la vida que no es ya la de mi cuerpo, ¿a esto llamo alma impersonal?
Y mi alma impersonal me quema. La grandiosa indiferencia de un astro es el alma de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha. La cucaracha y yo aspiramosa una paz que no puede ser nuestra; es una paz más allá del tamaño y del destino, suyo y mío. Y porque mi almaes tan ilimitada que ya no es yo, y porque está tan allende de mí, siempre estoy lejos de mí misma, me soy inalcanzable como me es inalcanzable un astro. Me contorsiono para conseguir alcanzar el tiempo actual que me rodea, pero sigo lejana en relación con este mismo instante. El futuro,¡ay de mí!, me es más cercano que el instante presente.
La cucaracha y yo somos infernalmente libres porque nuestra materia viva es mayor que nosotras, somos infernalmente libres porque mi propia vida es tan poco encajable dentro de mi cuerpo, que no consigo utilizarla. Mi vida es más utilizada por la tierra que por mí, soy tanto mayor que aquello que yo llamaba 'yo', que solo poseyendo la vida del mundo me poseería a mí misma. Sería necesaria una horda de cucarachas para formar un punto ligeramente sensible en el mundo; no obstante, una sola cucaracha, solo por su atención-vida, esa única cucaracha es el mundo.
La parte más inalcanzable de mi alma y que no me pertenece es aquella que limita con mi frontera de lo que ya no es yo y a la cual me doy. Toda mi ansia ha sido esta proximidad infranquable y excesivamente próxima. Soy más aquello que no está en mí.
Y he aquí que la mano que yo aferraba me ha abandonado. No, no. Soy yo quien solté la mano porque ahora tengo que ir sola.
Si condigo regresar del reino de la vida volveré a tomar tu mano y la besaré agradecida por haberme esperado, por haber esperado a que mi camino pasase, y a que yo volviese delgada, famélica y humilde: con hambre solo de poco, con hambre solo de menos.
Porque, allí sentada y quieta, había pasado a querer vivir mi propio alejamiento como único modo de vivir mi actualidad. Y eso, en apariencia inocente, eso era nuevamente un placer que se parecía a un gozo horrendo y cósmico.
Para revivirlo, suelto tu mano.
Porque en ese gozar no había piedad. Pedad es ser hijo de alguien o de algo, pero ser el mundo es la crueldad. Las cucarachas se roen y se matan y se penetran en la procreación y se comen en un eterno verano crepuscular. La actualidad no ve la cucaracha, el tiempo presente la mira desde tan gran distancia que desde las alturas no la distingue, y solamente ve un desierto silencioso; el tiempo presente no sospecha siquiera, en el desierto desnudo, la orgiástica fiesta de gitanos.
Donde, reducidos a pequeños chacales, nos comemos riendo. Riendo de dolor, y libres. El misterio del destino humano es que somos fatales, mas tenemos libertad de cumplir o no nuestro hado: de nosotros depende realizar nuestro destino fatal. Mientras que los seres no humanos, como la cucaracha, realizan su propio ciclo completo, sin errar jamás porque no eligen. Mas de mí depende el llegar libremente a ser lo que fatalmente soy. Soy dueña de mi fatalidad y, si decidiese no cumplirla, quedaría fuera de mi naturaleza específicamente viva. Mas si realizo mi núcleo neutro y vivo, entonces, dentro de mi propia especie, estaré siendo específicamente humana.
-Pero es que volverse humano puede transformarse en el ideal, y ahogarse bajo redundancias... Ser humano no debería ser un ideal para el hombre que es fatalmente humano, ser humano debe ser el modo como yo, cosa viva, obedeciendo libremente el camino de lo que está vivo, soy humana. Y no necesito siquiera cuidar de mi alma, ella cuidará fatalmente de mí, y no tengo que hacer un alma para mí misma: solo tengo que elegir vivir. Somos libres, y este es el infierno. Pero hay tantas cucarachas que parece una plegaria.
Mi reino es de este mundo... y mi reino no era solamente humano. Yo sabía. Pero saber eso extendería mi vida-muerte, y un hijo en mi vientre estaría amenazado por la voracidad de la propia vida-muerte, y sin que una palabra cristiana tuviese un sentido... Pero es que hay tantos hijos en el vientre, que parece una plegaria.
En aquel momento aún no había entendido que el primer esbozo de lo que sería una plegaria estaba ya naciendo del infierno feliz donde yo había entrado, y de donde no quería ya salir.
De aquel país de ratas, tarántulas y cucarachas, amor mío, donde el gozo fluye en gruesas gotas de sangre.
Solo de misericordia de Dios podría sacarme de la terrible alegría indiferente en que me bañaba yo, toda entera.
Pues yo exultaba. Conocía la violencia de la oscuridad alegre; yo era feliz como un demonio, el infierno es mi máximo.
Clarice Lispector - La pasión según G. H. (101-109)
martes, 20 de septiembre de 2016
domingo, 28 de diciembre de 2014
viernes, 22 de agosto de 2014
El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.
martes, 19 de agosto de 2014
El entrecruzamiento de la palabra, la conversación fluida, la cuestión de cómo aparece a ratos en fluidez misma de la palabra la inconmensurabilidad de lo distinto y con ello, el deseo de la otra. Yo creo que en el fondo, lo que nos hace heterosexuales, es justamente nuestro gusto por lo otro, por todo aquello que no podemos vivir nosotros mismos. En ese sentido, una heterosexualidad es más que una condición dominante y positiva de la reproducción humana, sino que también es la determinación de la relación con la otra, como otra necesaria. Trascendiendo el espacio de la heteronormatividad general, social, institucional de la intimidad, lo que hay en la heterosexualidad (y que sólo se puede descubrir sólo cuando se suspende su normatividad) es la relación de lo diferente, de lo distinto, la fascinación y el deseo de aquello que no puede interpretarse en primera persona. La corporalidad misma de la mujer, como deseo bien, pero sobre todo como distinción radical de lo que no soy ni puedo ser yo, es lo que causa mi principal fascinación: el gusto por la suavidad (sea esta fruto de una normatividad institucional y comercial, o sea fruto de la dedicación a la tierra, antes que a la casa, como una cuestión no biológica, no natural, pero no por ello, meramente normada desde la dominación) y por la flexibilidad del cuerpo femenino. La mujer así constituida como deseo, no debe ser comprendida tan sólo desde el nivel ideológico en el que la mujer es tan sólo un objeto de deseo, sino que también, como deseo activo que constituye su deseo en su volverse al otro, pero también, como el otro se vuelve hacia ella en su cuerpo, en su objeto. No hay más normatividad posible que el orgasmo. El problema estaba en cómo el cuerpo femenino era visto como objeto de deseo, pero que a la vez, no tenía un deseo que cumplir, que ordenar, que pedir. Si este deseo se incluye a su vez, en la dinámica de la constitución ontológica del cuerpo femenino, que ya no es pura respeccionalidad, puro ser-a-la-mano, se vuelve también un momento de apertura, de existencia y con ello, una posibilidad de trascendencia. La heterosexualidad y la homosexualidad, lo que encuentran en común es esta trascendencia, ya sea desde lo uno a lo otro, o sea de lo uno a lo uno. En el segundo caso, es más bien, una trascendencia inmanente: el cuerpo experimenta el placer idéntico, dónde lo que varía es el rol. Sin embargo, en el primer caso, el cuerpo queda en su condición de trascendencia desde el punto de vista de la constitución de sí en la relación del uno con la otra, vale decir, en la dimensión supranormativa de la sexualidad, se encuentra también el espacio propio de la ética, que más que tener que ver con la virtud, tiene que ver con la relación con la otra. No tan sólamente la otra del rostro, la otra del cuerpo, es también, la cuestión de cómo nos relacionamos con lo distinto, con lo opuesto, con lo que no podemos comprender, con lo extraño: y ahí es que se devela la cuestión de que el cuerpo guarda en sí la clave de comprensión de cómo puede relacionarse lo otro con lo otro, el otro que soy yo, el otro partido, fisurado, irreconciliado con la otra, que a la vez, siempre se le experimenta como una, pero que de suponer algo, está también en la condición de fisura del cuerpo, del yo, de la voluntad. Nadie puede responder quién es ese al que llama 'yo'. Pero sí puede hacer que aparezca la cuestión establecida allí como relación, como entramado, como texto.
domingo, 1 de diciembre de 2013
A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.
sábado, 9 de noviembre de 2013
"Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo" - Marcel Proust.
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...
lunes, 20 de mayo de 2013
Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.
martes, 16 de abril de 2013
De pronto, luego de haberse levantado el sol y de haber experimentado su hálito con placer, suele recordarse esa plenitud antigua, perdida, vuelta vergüenza, vuelta lamento. El llanto amenaza con asomarse líquidamente sobre tu rostro, pero no, lograste por fin dormiste y despertar con angustia. Sin lamentos, pero completamente vacío, completamente atrapado en una nada, en una cápsula, como dentro de una caja. Cada voz que pudiste escuchar luego de eso, te causó dolor, te causó espanto, miedo... y tan sólo quisiste evadirlo y quitarlo, rogaste por que la vida se acabara así y sin más, pero viendo que era imposible, buscaste la forma de atenuarla, de matarla, de apagarla: abriste el notebook cerrado, no olvidaste, pero desde que ya lo abriste, no pudiste quedándote entre los lamentos y terminar siendo absorvido por tu cama. Fingiste que pudiste olvidar, pero todo lo que no he cambiado ahora me pesa más, cuando el tiempo me arrastra lentamente. Todo aquello que me reprimí de hacer, se vuelve ahora una súplica, un dolor, una emoción tan desgarradora que fluye desde el patetismo más asqueroso, hasta el odio más virulento y destructivo.
Mezclado todo eso, con el deseo inútil de querer salir de aquí, de poder escapar de este destino, siendo que es imposible; esto me pertenece, y debo amarlo tal y como es.
La vida sigue detenida, por más que pase el tiempo, no se lleva el cambio. El tiempo adquiere cada vez más violencia para arrastrar ese rastrojo detenido que llamo yo, y sigo allí. No tan sólo con un sentimiento de soledad, sino que más bien, la agonía de un abandono y el desgarrador orgullo destruido de alguien que fue traicionado y engañado... ¡Jáh!
jueves, 30 de agosto de 2012
Lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, es el roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí y que estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece, es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso lo que se ha endurecido no vence.
domingo, 18 de diciembre de 2011
La extraña experiencia de sentir que la distancia se acorta, se hace cada vez menos cercana, cada vez des-alejada, cada vez disminuyendo. La distancia es condición de posibilidad del acercamiento, lo que ya 'está-ahí' no tiene esa apertura fundamental para ser tratado desde la distancia. Por eso Heidegger trataba el problema de la distancia desde el punto de partida de la distancia, que es originaria, frente al momento del acercarse... el acercarse sobreviene luego de la comprensión, del habérselas afectivamente con lo desalejable.
Pero en este momento, sentir la distancia es terrible, en el problema del erotismo... en cuanto se puede hablar de acercamiento, ya es sólo un des-alejamiento, una certidumbre que sobreviene luego de una larga y prolongada incertidumbre. Sentir-se completamente lejos de forma originaria... pero también sentir cómo esas distancias se acortan, se aproximan, "el modo de ser del Dasein es la proximidad" bien decía Heidegger.... y esa proximidad es imposible sin esa distancia completamente precedente, que está allí, ya para permanecer, para nunca disolverse... ¡pues es la condición de posibilidad, porque es la apertura a la proximidad! No hay a-pro-ximación sin esa lejanía... y lo que está cerca, es aquello que está inmediatamente a la mano, no pueden ser los lentes... porque deben estar obviados en su condición de útil.
Pero ¡Qué pasa con la distancia de ese cuerpo amado! Originariamente lejos, constantemente desalejable, pero culminando en la distancia siempre. La distancia irreductible de un cuerpo y el otro, que es imposible de superar, que permanece a pesar de todo y contra la que se lucha en cada beso, en cada mirada y en cada caricia... la vida se siente ir en cada uno de esos intentos... por la lucha imposible... esa que Lucrecio llamaba La Herida mortal...
sábado, 26 de noviembre de 2011

Acariciar (una vez más) una olvidada rosa, en medio de un jolgorio del que te sientes extraño; estás silente, escuchando, sintiendo un universo en explosión dentro de ti... Una rosa extraña, doblegada por lo que la contiene, que aparece repentinamente y cuyo aparecer no era predecible, cuya presencia estaba descartada en el extraño bullerío que se sumerge en medio de la noche y que, a pesar de todo lo que la contenía, yace allí, en tus manos, marchitándose en tus caricias y en tu miramiento. Perece de tu cariño, muere de tu amor, se cierran sus pétalos tímidos (aun) de tus caricias...
jueves, 13 de octubre de 2011
martes, 16 de agosto de 2011
Es enormemente necesario delimitar los alcances, legitimidades y recovecos del pensamiento wildiano. Su pensamiento, no puede desentenderse de la vida y de la sensualidad, hasta el punto, en el que se vuelve un pensamiento sensual, encantador y completamente vivo. El Oscar Wilde de las aporías de la condición sexual y la maquinación de pensamientos musicalizados al tono de Vivaldi, es la composición armoniosa de un hombre irrepetible.
La razón de Oscar encuentra su límite en sus propios medios... el fin, jamás pero jamás, es llegar a la comunicación de la sabiduría profunda... la sabiduría tremenda de este escritor está sólo en la musicalidad de su poética, hasta llegar al punto en el que su poética se hace el fin de su sabiduría, lo cual sería extraño, de no ser que viniera de él: el ha descubierto en la estética y el arte la finalidad de la existencia humana, el amor ciego por la belleza, por más mentirosa que esta sea, es la finalidad de los más nobles espíritus.
La verdad, se encuentra sólo cuando dejamos nuestra nobleza del ser y del pensar... olvidarse de la verdad y empezar a avocarse completamente a la búsqueda de la belleza, a perder el ser completamente en el aparecer inmediato, sin paréntesis, sin nada en paréntesis, sin nada que callar al momento de experimentar lo sublime...
Amar completamente esas bellezas, sublimidades, siendo bicéfalo y caminando fuera de la vía de la verdad... esa es la consigna espiritual de una época... darle un adiós definitivo a la verdad... tanto por su estructura innoble y poco fluída, por su falta de musicalidad, como también darle la espalda y la indiferencia por su inutilidad respecto de la existencia humana... seguir creando aquello que es útil, sólo tiene excusa mientras no se le admire y crear algo completamente inútil, tiene excusa sólo si se le admira completamente... Admirar lo útil, es admirar lo que es para algo... y ese último algo, siempre debe ser inútil... para sellar el círculo de las utilidades... toda utilidad, en algún punto, lleva hacia lo inútil y eso inútil sólo puede existir si es la finalidad definitiva de cualquier humano... la expresión, es la única salida de la existencia humana, ese: mostrar el arte, ocultado el artista, la finalidad del arte y de la expresión humana es el ocultamiento definitivo de esa persona, ese hombre que hay detrás de la expresión... dejar atrás la verdad de su constitución propia en algo otro puesto en la tela de un cuadro...
Lograr ocultar completamente al artista, por medio del arte y así poder sellar hasta el último de los poros que permitan entrar en él... invulnerabilizar al artista, sólo puede hacerse por vía negativa, vulnerabilizándolo hasta el imposible, mostrando sus sensibilidades más recónditas, su relación con lo absoluto y su modo de hacer ser lo aparecido... Una sensibilidad invulnerable podría ser una contradicción... y de hecho lo es... es la estructura misma de la existencia noble, donde p y ¬p son lo mismo y no lo mismo, donde las fronteras de todo ser y no ser se vuelven mentiras vacías y se pretende mostrar las mentiras esplendentes y reveladoras de la naturaleza de las cosas... Se muestra el aparecer en el ser, y el ser apareciendo sólo como mentiras esplendentes, indiscriminadas, pero subyaciendo en el fondo último de la musicalidad de las palabras, las conversaciones y el descaro cínico.
Wilde es quizá el más grande desenmascarador, quien más ha hecho viva la consigna nietzscheana de "a veces una máscara dice más que un rostro"... razón desenmascaradora, razón ingeniosa de los artilugios musicales que ocultan la verdad en un velo sutil de mentiras desenmascaradoras...
Nadie, jamás nadie, ha logrado desenmascarar con mentiras y con artilugios, con Wilde el cinismo pasó de ser una honestidad desenmascaradora a un confín de sutiles mentiras que hacen armonía entre sí y con ello desenmascaran a cualquier monigote sin espíritu...La razón wildiana se caracteriza por poner el fin en los propios medios... y que así no llega jamás a una finalidad... Wilde vive en la inmediatez de los medios, sin jamás llegar a algo mediado, lo que media en su escritura, es su propio ocultamiento y lo que esconde la ingeniosidad de sus aforismos y pensamientos es que tiene una sabiduría que todo lo ve, que a alcanzado el ser con la escucha y que trata mejor de ofuscarlo y rechazarlo con el aparecer y el sonar de la musicalidad de su escritura que nunca jamás terminará de batir sus tonos...
lunes, 1 de agosto de 2011
" Cine como sueño, cine como música. No hay arte que como el cine, se dirija a travez de nuestra conciencia diurna directamente a nuestros sentimientos, hasta lo mas profundo de la oscuridad del alma."
viernes, 22 de julio de 2011
unSiento una yaga, de esas yagas que no se desvanecen con la crueldad del paso del tiempo... Vi a ELLA con aquella runa, la misma runa que en un momento rocié con sangre de mi dedo gordo del pie... Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, Leticia, LE - TI - CIA.
Me cuesta tanto decir o escribir su nombre, sin estremecerme, sin desarticularme y perderme en el sonido de su nombre o en la belleza que tiene su escritura: Leticia.
No termino de convencerme que no encontraré quien pueda tocarle los talones... cuando ella se fue, se fue La Mujer, se fue la femeneidad con ella... Y esa femeneidad es la que busco, sin terminar de convencerme que no la encontraré jamás... que hay mujeres y La Mujer. Hay amores y ese amor que anclé en el ser y no en el tener...
Mi condena es la intensidad de un pasado completamente impropio, un pasado que no me pertenece y que no puede pertenecerme... No lo tengo, porque no lo quise nunca tener... lo anclé en el ser, soy ese pasado, ahora mismo, aquí, cuando lo anhelo, cuando lo recuerdo, cuando sé de su imposibilidad y de su repetición... Leticia es una nueva especie de Regina Olsen... de esas Regina Olsen que nunca me amaron y de las que no dejé por mi melancolía, pero que viven siempre conmigo: es terrible, pero no deja de fascinarme, no termino de fascinarme de la belleza de su huída mágica... es Regina Olsen, es mi Diótima, pero sobre todo fue mi Papán, esa princesa que murió y que vive en su muerte, con mi vida. Su huída nunca ha terminado para mí, seguramente ella no debe ni tener el recuerdo de mi pasado, ni siquiera debe cumplir mi miserable deseo... yo pensaba: "Como mínimo, pretendo ser un gran recuerdo, uno de esos recuerdos que no se desvanecen con un par de años".
Pero no, soy olvido y de los olvidos que no demoran ni mi ausencia... mi presencia ya es olvidada, mi pérdida absoluta en el mágico umbral del olvido. Me perdí a mí mismo en su olvido, ese mí en su tú es su olvido... soy olvido... Me olvidas ergo sum.
Es fascinante la lucidez que tengo al (d)escribir esto, me impresiono a mí mismo cuando escribo estas cosas, pensarlas es una cosa, pero este pensamiento no es silente, tiene palabras y las busco ahora en mi actividad, en mi confesión. Quiero estar con ella ahora, pero no quiero querer estar con ella ahora, quisiera querer nada... hundirme en la inanidad de este momento en su absolución extasiante... ¡Qué éxtasis este, el de celebrar el lamento que me tiene hace más de un año! Es un sentimiento completamente ambiguo, pero su ambigüedad es real y concreta... ¿Quién más que yo puede decirlo? despues de todo, nada nos pertenece más que estos momentos, estos pequeños instantes de autenticidad, esta autenticidad en el delirio... ser sí mismo, es esta horripilante experiencia de (d)escribir lo que me evoca ver un par de fotos extrañas al azar, y de recordar un poco y desear algo más que un poco. La quiero, la he querido olvidar, pero la quiero, la quiero como pasada, como ida, como huyente, como ese fuego débil que aun no deja de dar calor a pesar de que sus llamas no se vean, entre tantas cenizas...
¡Sí! muchas cenizas, las cenizas del sentido del tiempo, con ella era tiempo. Quizá ahora (rectificándome lo que he pensado anteriormente) soy cambio... cambio sin tiempo... continuidad sin tiempo, devenir-mismidad atemporalizado... ese es mi nombre ahora, mi identidad subyace en su intelecto y/o en su intelección, en su amor y en sus ojos en los que me perdí... Pero ella no me irá a buscar en otros... ella irá a perderme en otros... soy degradación continua, devenir-mismidad atemporalizada. ¿Qué otro honor se merece este sentimiento tan asqueroso? Pero a la vez, fascinante, herrabundo, bicéfalo, fuera de la vía de la verdad...
Me amo en ese olvido que encontró en los otros... y la amo en su infinito recuerdo en las otras... Ese mí y esa tú viven muriendo o mueren viviendo en esa contrariedad que se resiste a toda síntesis...
lunes, 18 de julio de 2011
...Transgredir límites, buscarse en las periferias del ser, en la superficialidad de la sustancia encontrar inanidades inanizadas, encontrar más motivos para burlarme, de mí mismo y del mundo entero.
Ja! El paso que marca mi territorio de los/as otros/as es una virtualidad etérea e insignificante, erradicada en las palabras vagas de una noche, en el escuchar y en la mirada de la oscuridad de una noche...
No hay ser, no hay contacto entre existencia y existente si no hay una noche perdida entre la vida y la muerte, o bien, una cochambrosa presencia a la que engañar... sea una otra, sea uno mismo. No hay nada, no hay brechas y la superficialidad, esa periferia existencial, es realmente la esencia de la esencia misma...
En la materialidad de la piel, en la húmedad de los ojos y en la simpatía de una sonrisa está la esencia más propia e íntima de una de esas verdades nocturnas.
El conocimiento de sí, erradicado en la superficialidad de la otra, en las palabras vacías y las miradas más hermosas... la cercanía de dos cuerpos hacen que la metafísica se vuelva una concreción de la distancia... la metafísica se encuentra en esa distancia y en esa reserva que precede a la locura que preside ese instante. El instante del todo, se haya en la metafísica de esa distancia, de ese límite pre-transgredido, es esa abertura ontológica, ese ek de la ek-sistencia. El delirio que precede a la continuidad de una pasión infinita y encontrada siempre en esa piel de sí, que es y será por siempre la piel de otra.
Qué decir... sólo que en esa verdad nocturna se despliega el absoluto autoconocimiento en la piel, en la carne y en la mirada de la otra... esa sensación horrorosa de ser espejo, de reflejar la mirada y de reflejar el propio ser en la piel de la otra... ese feliz olvido de sí, para volver a la nada de una verdad nocturna, esa insoportablemente leve verdad nocturna, ese desvelamiento de lo horroroso: la propia identidad, ese reflejo profundo que no haya la configuración de la otra en su infinición, pero aún así, en un acto incomprensible, en un acto de fe, se entrega el finito por el infinito en su infinición esenciante, en la totalidad de su piel y en la cercanía oscura de su rostro... hasta que no quede absolutamente nada, ni el uno, ni el otro, sino que sólo quede esa metafísica de la distancia, ese vacío abundante y esplendente con y contra el que luchan los cuerpos al momento de esparcirse y enredarse entre sí...
lunes, 11 de julio de 2011
El olvido del recuerdo, ese misterioso dejar como sido, lo ya sido... esa permanente búsqueda del guerrero en busca del mañana o del instante. La forma en la que la identidad se vuelve no-ser, algo que todavía no es, algo que tiene que ser, pero ojalá mañana... El olvido es un ocultamiento de la identidad, del conjunto del alma en vista panorámica. La identidad es un imposible y si fuera posible un alma desde su totalidad temporal, sería tan aterrorizante, que nos sacaríamos los ojos con la sóla visión de esa identidad.
Ver el alma en su devenir, deformada y esculpida por el tiempo, sería, seguramente, un acontecimiento peor que la muerte. Agradezcámonos la imposibilidad de notar la identidad, la posibilidad de alejar completamente el horrorozo deseo de ser, así y sin más.
Ser, sin más, quizá sea el deseo oculto de todo ser humano... el horrible deseo de ser sí-mismo y seguir siéndolo, es lo que mantiene la dialéctica de lo irreparable.
No habría tiempo, seguramente, sin el deseo energúmeno de ser sí mismo, de ser otro del yo. Egoicidad y Mismidad, se hayan enfrentados en un torneo, donde los espectadores son los que más sufren...
El olvido del recuerdo, ese alejamiento radicalísimo del ego, de su mismidad entera... Representa el consuelo, la garantía de que nadie puede llegar a ser. Seguramente, gracias a la iracunda enfermedad de mismidad que permanecemos todos, sea la causa del movimiento. Suponer una causa del movimiento, que sea exterior a la condición propia y errabunda del deseo de ser. Ser, así y sin más, ser otro del otro y otro del yo, y otro del self. Ser en la singularidad...
Ahora bien, vale la pena hacer la pregunta por el recuerdo... ¿Qué es, realmente, el recuerdo? El recuerdo es la constancia, es la relación del instante con la propiedad del pasado... mientras que el olvido del recuerdo es el constante renovar, es el desfallecer de lo propio, de lo mismo y de lo yo, es el nuevo punto de partida, finjido y artificial a veces, que provoca el instante, el llegar a ser, propio de lo propio, en el instante... Pero a la vez, llama a ser otro de lo sido, el olvido del recuerdo es el abandono de la identidad, de la radicalidad del ego en la situación del mundo. Ser en el mundo, principalmente, es recordar, olvidar y pensar, es ser 'otro' del mundo. El llegar a ser del instante propio, ese olvido del recuerdo, es llegar a ser extraño, extranjero en su propio cuerpo y en su propia alma... es ser otro de su mismidad y de su otredad, es no ser ya en el mundo, es desvanecerse en la singularidad, en la unicidad indivisible e inapropiante, que no quiere (porque el querer es sólo recuerdo) y que no sabe (porque el saber es sólo reminiscencia). Ser, así y sin más, es vivir en el río... sabiendo que somos y no somos, sabiendo que nos dividimos en nuestra propia unidad y en nuestra propia singularidad del instante.
El olvido del recuerdo, esa 'singularidad' de ver mesas y no reconocerlas, porque conocer una mesa, es recordar qué demonios es una mesa... la ignorancia más absoluta, abstrusa, inocente e ingenua del olvido... El olvido es inocencia... sólo vivir en el recuerdo, es ser culpable. El mundo está enfermo de historia y la historia está enferma de mundo, ya no podemos seguir sin disolvernos... "En un feliz olvido de sí mismo, volver al todo de la naturaleza" como deseaba el heroico Hyperión, ese es ser y sin más, llegar a ser uno es disolverse en lo uno-otro-propio de la naturaleza, en el estar mismo...

