... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado

extínguete...

entre gritos de silencio, pero extínguete...

a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...


He de sobrevivir a todo, aunque el hecho de morir en tus labios silentes, en tu mirada que no mira, en tu alma que no ama... me atrae más, quizá más que toda esta soledad. No importa: la arrogancia revertirá...
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Un gran no

miércoles, 2 de marzo de 2022

 Vivir es decir un gran no. Negar cualquier acceso o cerrar cualquier puerta, no admitir la posibilidad de. Volverlo imposible todo, con la vida, con sus lágrimas, sus sentimientos invasivos, las penas que no se acallan y que surgen de las ternuras más profundas del alma, que se tejen en el vacío, por una mañana. El acontecimiento, desacontecimiento también, de pronto, de estar en medio de algo que acaba de terminar, que excede el espacio de tu cuerpo y cuyo deseo empieza en la negatividad más absoluta. El no-acceso y las ansias más absolutas de estar vivo de nuevo, del hecho de saber que lo estás, pero que esa vida no es más que una ineludible tristeza que embadurna todo del sabor de lo imposible, de lo denegativo, del absoluto no al mundo, a la vida, al placer y a la mentira.

D-efecto

martes, 20 de septiembre de 2016

La posibilidad que ofrece el erotismo virtual, la virtualidad del erotismo, de poder avocarse y enamorarse -es decir efímeramente-, de la dimensión defectuosa e incompleta de la mujer como una de las últimas capturas del avance tecnológico: más allá de ser un mero sucedáneo de la democratización foto-gráfica, es una etiqueta disponible en el acceso a la imagen en este vasto mundo de la información.
El defecto, a medio camino de constituirse una gran base de información y de devenir en conocimiento y límite de la belleza, trasciende dicha posibilidad y se trasciende a sí mismo como la única belleza que existe. No hay más belleza que la del defecto, no hay más fuerza en el aparecer que en la caractarística más inadecuada a toda funcionalidad y en la constante incompletitud y libertad post-humana de poder crear y re-crear, reprogramar, finalmente, el cuerpo. La experiencia pornográfica de la imagen defectuosa, de la presencia proyectada lo más cerca del ojo (aunque aún afuera de él) hace que la búsqueda de defecto corporal en la mujer, también, en la noche, se vuelva la búsqueda de su belleza. La mujer defectuosa, profundamente defectuosa, imposible de reprogramar a totalidad, frágil de fábrica, se vuelve completamente un objeto de fascinación: es la mejor posibilidad de deshechar la propia fertilidad lejos y deshacerse de las ganas de vivir en el futuro.
La memoria programable y momificada de la (re)actualidad fotográfica hace que toda marca figura de aquello que falta, aquello irreductible a la reprogramación, aquello que una vez echado a andar, sigue y sigue, aquello que impacta el recuerdo, que destruye la intimidad en su repetición y que pone a prueba la continuidad de lo vivo, lanzando cada vez la vida fuera de sí, viviendo cada vez más la propia indiscernible finitud fuera del cuerpo, producto de la reprogramación virtual del propio cuerpo, por medio de la prótesis que nos permite abandonarnos a la red.
Lo que aparece en el momento final, en el colapso de todo ese mundo deseiso y auto-erotizante, adviene la estupefacción y el hastío hacia el mundo de la belleza, regresa la programación secundaria que llamaba al defecto una forma sensible de la destrucción del gusto. La pictorialidad virtual, la pigmentación suspendida de lo efectivo, la algorítmica que pone en entredicho toda facticidad, y vuelve a dejar entre paréntesis la distinción entre lo vivo y la cosa, entre el animal y la máquina, entre el intelecto y el software.
La imagen muy lejos de ser aquello que no es, deviene el ser más primario y primigenio al que remitirse, y la belleza de su defectuación, la magia de su parcialidad, se vuelve la única posibilidad de escape a la finitud. La cibernética es capaz de reconfigurar la finitud, ya no para dispararla a una infinitud, sino que a borrar el límite entre lo finito y lo infinito, y dejando un paso para la posibilidad, ya no de trascendencia o posvida, sino que a un tercer mundo que ya no es ni el material-temporal, ni el conceptual-espiritual: es el inmenso mar de la información, el infinito mar de la información que se retrotrae y se destruye a sí mismo, para conservarse: es la posibilidad de una nueva forma de vida que ya desdibuja toda diferencia entre la máquina y la humanidad, y más aún, entre la mecanicidad y la información: la información y el archivo como paradigma contemporáneo de la vida animal, la re-escritura del ser políticamente constituido, transformado y devenido una forma, una marca en la incorporalidad de la red.

Una vida desnuda interrumpida. Verdades Nocturnas

domingo, 28 de diciembre de 2014

Plantear una verdad nocturna, habla ya siempre de algo que no se deja acontecer. Aquello, que aún aconteciendo, que aún irrumpiendo el curso de lo diurno, del orden, de lo 'decible', más que hacerse meramente indecible, se resiste a volverse un acontecimiento, pues siempre detrás de la noche hay resabios de lo irrealizado, de lo que no logra tener lugar, del tiempo que falta, de la predominancia de 'lo que resta', por sobre 'lo que hay'. Así, en medio de una noche, aconteció que fui tomado por el deseo de otra... sin embargo, este deseo jamás fue otorgado, jamás logró a ser. Todo lo que permitía el contexto, todo lo que hacía el contexto era tensionado entre un resistirse tanto al acontecimiento de un amor nocturno, pero también, de la no realización de un amor nocturno. La noche misma, como contexto de lo imposible, fue lo único que se dejó acontecer. La imposibilidad tanto de huir, como de quedarse allí, sumados a la de al menos dudar qué hacer o qué ocurrirá. La noche misma, como momento de lo imposible deja al acontecimiento vivir. No es que no pase nada, que nada ocurra; a la vez, tampoco es que haya irrumpido el completo orden de las cosas una noche como esa, tan sólo ni se deja ocurrir, ni permanece inoperante: la verdad nocturna es entonces una potencia operante. Ni se deja ver en la actualidad, ni tampoco deja de ser por lo que resta de desarrollo e interrupción de la vida (y de las otras interrupciones).
La interrupción de la interrupción es la verdad nocturna, que ni muestra ocultándose, ni se oculta mostrándose: permanece operando desde un interior desdicho, desde un interior que no es interior, desde un interior que en tensión con lo externo, ni se vuelve completamente ante él, ni se vuelve sobre sí mismo: la totalidad de la experiencia nocturna refiere a la sustancialidad de lo diferente, de lo que no puede ni ser sustancia, ni dejar de permanecer dentro de la realidad nocturna. La realización de esa realidad, el movimiento de desenvolvimiento que está por venir de esa materia de interrupciones, de esa negatividad impura, es el cómo, la venida, nunca presente de la verdad nocturna.
Si algo hay dentro de la impura vida de lo múltiple y de lo diverso, es la disolución constante que vive desde la experiencia de lo nocturno: cada palabra se vuelven sonidos inarticulados, discontinuidades ebrias, eróticas constancias de lo que resiste la palabra. La expresión de la verdad nocturna, en su pura vivencia, es la interrupción de una interrupción de la interrupción. La verdad nocturna se deja interrumpir hasta el infinito: la conversación jamás puede finalizar, los remitentes de cada signo intercambian posiciones, énfasis, afectos: puedes decir dos veces lo mismo y dices algo diferente. Esto, sin un 'querer decir': las intenciones en lo más portentoso de la noche, no existen: ni por impulso, ni sin impulso, ni con impulso, ni con razón, ni sin razón, ni por razón, ni con disposición, ni sin disposición, ni por disposición, ni conscientemente, ni inconscientemente: la interrupción reverberante e indefinida de la noche no permiten categoría que no se desdiga, no dicen nada que no pueda desdecirse, pero que a la vez, no da posibilidad de retroceso: lo que sucede de noche, siendo diferente de lo que sucede de día, por el día permanece en los sentidos. No sucede nada, en realidad, más que esa interrupción.
Hay una cierta inocencia en la noche, y es esa misma inocencia la que aflora el sentimiento más doloroso de la culpa: somos culpables de, siendo inocentes, achacarnos las culpas. Somos inocentes de, siendo culpables, vivir una inocencia. Una vida desnuda, sin forma, negativa, operante, alterada, recorre la noche, ni somos víctimas de esa vida desnuda, pero tampoco dejamos de dejar que esa vida desnuda nos ataque.

Espacios de la violencia II El recuerdo.

viernes, 22 de agosto de 2014

El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.

...

sábado, 19 de julio de 2014

Nunca, jamás, podré reconciliarme. Ni conmigo mismo, ni con otro, ni con otra.

acidia, canibalismo y éxtasis

martes, 20 de mayo de 2014

El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.

Melencolia - Albrecht Dürer (1514)



La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.

Tiempo propio - tiempo de los demás

martes, 6 de mayo de 2014

Luego de haber sentido una descepción sexual castrante y nauseabunda... pensaba... no puede ser que no pueda haber persona que se adecúe a mi tiempo. Seguramente aquello es más de la mitad de mis problemas con el mundo: jamás estoy a su tiempo, siempre necesito más tiempo, siempre requiero absorver lenta y dedicadamente el tiempo, acariciar con el tiempo, con la duración, las más recónditas profundidades del ser del mundo. Es así, como siempre la lentitud, el apego y la obsesión se vuelven una forma de hacer que mi tiempo pase tanto más lento, escabroso y tortuoso para el resto del mundo. Es que el mundo no tiene tiempo que perder y yo jamás dejo de dar mi tiempo a quien sea que esté conmigo luego de pasar por mi filtro. El tiempo mismo, como una extensión infinita, siempre me es necesario darlo, ya sea para otro, ya sea para mí mismo. El tiempo es donado, siempre. Se comprende cuando el tiempo no se dona, cuando no se da, cuando no se le tiene. Hay muchos tiempos que no se pueden tener: no hay peor idea que la autodestrucción del tiempo, en una donación absoluta con el amante: cuando se da el máximo de tiempo al amante, el tiempo pasa de ser tiempo a una bomba de tiempo: no hay forma más de esperar, que el desesperar en el momento en el que todo ese tiempo se da vuelta sobre sí mismo, porque ese tiempo de intensidad, pasa a hastío, a violencia, a olvido o en el peor de los casos a matrimonio, a deshonestidad, a cinismo barato y falsedades infinitas.
El tiempo y el amor, no pueden ser infinidades juntas, sino geométricamente perpendiculares: deben cruzarse, como funciona el amor, por el entre-cruzamiento, permanecer en el querer juntarse, juntarse, lo más posible, con-penetrarse, amarse, contenerse, pero siempre como un ideal. Gran parte del tiempo amoroso, necesita de ausencia, de lejanía, de incerteza, de suspenso, en general, de cualquier amague, cualquier movimiento que haga que el amor pase del paralelismo a la perpendicularidad. La perpendicularidad marca un encuentro, una apertura. El paralelismo guarda en su matriz sintomática la ausencia de un encuentro real, la imposibilidad del juntarse de las líneas, hasta el infinito. El paralelismo es el resultado de un amor que busca que todo tiempo, sea el mismo... que cada tiempo, sea un tiempo junto, que cada línea sea absorvida por la extensión de la otra y que permanezca junto a ella, pero... sin tocarse, sin encontrarse, porque nunca se han separado, pero por ello mismo, nunca pueden unirse. El amor, el encuentro y la pasión en general, necesita de ese entre-cruzamiento, que surge del desencuentro. No hay re-encuentro sin desencuentro, no hay encuentro en tiempos que viven siempre juntos.
Por otra parte, es necesario el deseo constante de que los tiempos sean uno sólo. Es necesario quererlo, pero, en pos de un amor perfecto, se debe quererlo, querer lograrlo, pero -quizá- fallarlo intencionalmente. El tiempo siempre unido es el deseo más profundo de los amantes: el de ser un sólo ser. Pero así como a fin de cuentas es imposible, mientras más se parecen los tiempos, más paralelos y con ello, jamás se encuentran. Mientras más jueguen a la diferencia, al acercamiento, al alejamiento y sobre todo al des-alejamiento, el amor será un momento de unión, un sucedáneo liberador.

El durmiente y su cama

sábado, 12 de abril de 2014

Pensaba, que no soy capaz de reconocer racionalmente la extraña expresión horrible del durmiente. Le cubre una capa bizcosa de sudor y yace sobre un lecho por un tiempo irracional. Cualquiera que se pare a contemplar a un durmiente sabrá que con el tan sólo ejercicio de poner entre paréntesis la idea de cuántas horas debe dormir la gente diariamente, le parecerá siempre que el tiempo del durmiente es un tiempo absurdo. No hay nada de excitante, ni de atrayente, ni de cariño siquiera en el ejercicio de compartir un lecho, con el sólo objeto de dormir ya que no es una experiencia estética para ninguno de los que yacen juntos. Ni del que se encarga de observar, porque siempre encuentra en el otro una expresión horrible, un sudor irracional que aparece incluso en los inviernos más fríos, un rostro podrido por el cansancio, el peso de la noche, la monotonía del día, el desajuste de la hora y el propio cuerpo, la ausencia apesadumbrada de una palabra dirigida a un tu, la referencia siempre implícita a la muerte del que duerme, y la incapacidad de toda dinámica de comprensión. Durmiendo nadie comprende, durmiendo no hacemos más que suspendernos ante la desnudez de nuestras fantasías de lo nocturno, de lo nauseabundo y lo temible. Un buen sueño también es un momento de temblor: como de todo lo bueno, no sabemos nunca cuándo puede acabar y esperamos con ansias poder ver los límites de lo que experimentamos como propio, como acogedor, como completamente hecho de maravillas. La gracia de lo maravilloso, de la belleza intensa, está en su acabamiento: no hay momento intenso que dure mucho, ni relación extasiante que pueda comprometerse con los confines de este universo. Quizá obra del resorte envidioso de los dioses, o de la tan natural constitución autodestructiva de lo maravilloso, tienen vida corta, se acaban rápido. No como la noche del que contempla el dormido, el cuerpo dormido, el cuerpo muerto, incierto, incomprendido, casi compuesto de pura extensión, desprovisto de toda consciencia. El cuerpo dormido es una fantasía del cuerpo despierto, del cuerpo del sueño fragil, que no busca más que mantener ese sueño profundo del durmiente, que se extiende más allá de las fortalezas de toda temporalidad razonable. A decir verdad, no hay más que en el cuerpo dormido, esa falta de consciencia, ese puro cuerpo arrojado a la inanidad de la cama, que con una absorvencia poderosa mantiene al durmiente en sus límites, sin jamás poder liberarse de él, la cama es esa irracionalidad pretendida del cuerpo dormido, la de ser pura extensión. El cuerpo dormido quiere ser cama, en algún momento, quiere fundirse con ella, hundirse totalmente en su fondo y jamás salir de ese sudor asqueroso que es su anatomía, su constitución más certera.
La cama del cuerpo y el cuerpo de la cama, son momentos fragmentarios de eso que llamamos aquí la verdad de lo nocturno... y es que, de pronto hay cosas que no puedan ser más que la propia y constante elucidación de que aquello que llamamos nocturno, es algo esencialmente diferente de todo el resto. De todo lo que llamamos durante el día, o incluso, por la mañana...

acerca de la introducción al éros

domingo, 1 de diciembre de 2013

A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.

espacios de violencia

jueves, 7 de noviembre de 2013

Hoy, vi en las cercanías de la universidad, afuera del bar entrelatas, una vez más, una escena de golpes, amenazas, persecuciones... evidentemente, parecía no ser una situación muy compleja, más bien pasajera, efímera, cotidiana. Lo que quería remarcar, es que además de esa consciencia de lo cotidiano de esa violencia no tan preocupante, se me apareció como horrorosa, me llenó de amargura, me exaltó, me hizo sentir triste, me afectó hasta el paroxismo... era obvio, me atraía a la cabeza esa violencia que asociaba con el amor, esa violencia que empapó de lágrimas el pesar de mi historia con la innombrable. En esa misma altura de la Alameda yo había sido golpeado por la pasión de un amante. La sola visión de la violencia, en un espacio cercano a ese, me afectaba demasiado, me llenaba de amargura y venían a mi mente todas esas ideas (que hace tiempo estaban ausentes) acerca de la nulidad o la estupidez de la violencia. Para mí, ya hace tiempo, la violencia se acercaba a ser una instancia creadora de sentido indispensable... y así veía la debilidad yacida en mí, la fuerza que en mí se ha apagado, el vacío de sentido al que pertenezco. La violencia, siempre va de la mano con el sentido, con el sentir. Se lucha por aquello que vale la pena, se lucha, se agrede, se abusa, se tortura a veces también, en pos de algo, de un objeto que constituye sentido, de una idea, en mi caso, de un sujeto. Para mí la violencia era la única forma de reivindicar una dignidad que veía sobrepasada por un otro que abusaba y al cual no podía acceder a través del lenguaje (aunque lo intenté...)
Y es así, que ante la visión de la violencia, ante su acontecimiento ahí presente, me encontré con mi pasado. Me encontré con el vaciamiento de sentido que viene ocurriendo desde hace un tiempo que  no sé cuál es... (no creo que haya empezado todo cuando descubrí el engaño del que vivía, esto viene de antes, quizá mi experiencia de trabajar me ayude a explicar un poco eso).
La historia, se veía allí desmantelada ante el acontecimiento de la violencia...y no quería dejarla pasar un segundo, la viví, la vivo ahora, mientras escribo, mientras surco estas palabras con horror en mi historia, en mi piel, en mi memoria.

oscilante

jueves, 18 de julio de 2013

La verdad del sentimiento oscilante en cada mañana es sólo su fluidez inexplicable. Cada mañana despierto o sintiendo desesperación, o un amor irracional y esperanzado por una nueva mujer, o tan sólo la amargura del nuevo día. La pesadilla, el sueño, esa forma de llenar de contenido atormentador la noche, sin el hábito autodestructivo de la consciencia, es una forma de trauma, es la forma que marca un momento de mi vida que he luchado por separar de mí, pero que no he logrado. Hay una marca en mí, hay un sello de dolor que aun no he logrado sanar, que la noche aun no ha logrado explorar en su totalidad, para poder hacerlo florecer en su significado y así, poder lograr una convivencia real con él, no tan sólo la ocultación en el habla.
No tener habla ante aquello que me ciega el día, que me hace huir aun desde mi propia cama, es una experiencia de ahogo y de encierro, en todos los sentidos es un juego echado, una situación cerrada, sin forma de abrirse más que en el fuero nocturno de la consciencia. Pero jamás hay forma de abrirlo en el mundo, ni en el habla, ni aun menos en el vínculo. He tenido situaciones límite dentro de mí mismo, siempre que he visto cerca la posibilidad del vínculo con lo que temo, con lo que me atormenta aun hoy. He pensado que todo ese temor, todo ese tormento también se han transformado en un nuevo impulso purificador: el de la búsqueda de un nuevo proyecto, de buscar una nueva acompañante... (mejor dicho, buscar una acompañante, anteriormente me sentía más solo mientras estaba -supuestamente- vinculado)
Oscilar entre sentimientos de amor y de desesperación, hace del estómago una forma inestable de ser, de vivir, de comer, de sentir la digestión. Es el hambre que se apaga, el hambre que se prende, él hábito que se retuerce, que se vuelve insignificante, que cambia, que se torna una nada.
La digestión, entonces, cambia de forma cuando el alma oscilante, se atiene a debatirse entre el futuro y un pasado perdido. Sabes que el pasado está terminado, pero aún sigues reconstruyéndolo lentamente, quieres descubrir nuevos sentidos de verlo, de comprenderlo, pero a fin de cuenta, no tienes más que sensaciones, no tiene más que el trastorno de tu alimentación, la forma detenida de vivir en tu cama por el invierno sin hacer nada.
Cada mañana, más que ser una tortura, ya es una forma oscilante de ser, donde la sensación al despertar es capaz de determinar gran parte de la existencia durante el día, debido a lo sentido durante los últimos momentos de la noche, ya sea despierto, ya sea en sueños...

Espanto

miércoles, 15 de mayo de 2013

La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera

Sonrisa, terca sonrisa

martes, 16 de abril de 2013

A veces, por la mañana, sonrío, mientra camino. Sonrío porque siento la amargura de la posibilidad de encontrarme con aquello que me horroriza y me quita la vigilia, sonrío para ocultarme, sonrío con desdén, con rabia, con un sentimiento de odio, de desesperación. Sonrío cuando mis entrañas rugen por salir de mi cuerpo, pero estoy ahí afuera, sonriendo, luciendo una sonrisa, ocultando un grito ahogado que me sigue la totalidad del día. A veces, cuando estoy dentro, en casa, me acuesto y entre nostalgias, se revuelve mi estómago y me autodestruyo con preguntas cuya solo mención me quitan la tranquilidad del alma. Me hundo en la cama, escucho música, siento nostalgia, siento deseos imposibles de volver al pasado de una mentira. Despierto de mi sueño despierto, y odio nuevamente. Me odio por desear, odio mi deseo y odio lo deseado. A veces logro salir del laberinto del alma con las bromas, ya no es una sonrisa, es una carcajada y un descalabro de locura. La carcajada y la locura me liberan momentáneamente, me llevan al olvido, a la nihilización, es decir, al abrir los ojos ante el sin sentido de esa experiencia nostálgica de una mentira. Lo disfruto, pero antes de todo eso, está la sonrisa retorcida de un loco iracundo, que amenaza con explotar en furia ante cualquier mortal. El sentimiento patético de esa sonrisa, es una vergüenza. Pero está allí, la sonrisa que me encarcela, que me enceguece y que me posee, todos los días. Cuando no me abraza y me absorve la cama, amenazando no dejarme volver a ver la luz.
Si el tormento antes quitaba el sueño, ahora quita la vigilia. El día mismo es una nebulosa estúpida y confusa de amenazas y fantasmas. La araña que teje todo este enjambre de terrores diurnos, supo lograr encadenarlos en el momento en el que no se les esperaba. La sorpresa, la indigencia, la tristeza son los modos de ser de esa sonrisa deshonesta y enloquecida que llevo durante el día, por esperar encontrarme con lo que no quiero encontrarme.
No me interesa hayar otra salida al problema, tampoco. Tan sólo quería tomarle el peso a esa sonrisa amarga, enfurecida y retorcida, que me rodea las mañanas... cuando mi libertad me encadena a su juicio vacío, a diario, y la angustia me absorve.

A la espera...

domingo, 14 de abril de 2013

A veces tener un deseo que no deseas, querer hacer algo que...en realidad... prefieres obstruir toda posibilidad de hacer. Sí, un deseo realmente humillante, patético, de demostrar el sufrimiento con una persona que no quiere compartir nada... y el orgullo te ha salvado (una vez más) de confesarle lo que sientes, de hacérselo saber de alguna manera, por breve que fuera. Hay sentimientos que viven ocultos y que el revelarlos a la persona a quién van dirigidos significa una perdición tan profunda y abismal, que pensar en otro día de vida luego de una confesión semejante, es muy difícil.
Realmente, es asqueroso saber que se confió en alguien y que se te traicionó... pero a fin de cuentas, se sabe que no importa mucho, que tu confíes, quiere decir que creíste que un alguien, era un tipo determinado de persona al que... ni se asemejaba. ¿Qué reclamar? ¿que creíste que una persona era tal y tal por lo que esa persona decía o hacía? realmente, no hay mucho que decir, el caso está perdido y hace mejor dejarlo atrás. Son cosas de las que uno se preocupa cuando su vida está detenida, cuando no ha abierto su horizonte, porque no conoce nuevas posibilidades, porque no se ha despejado de sus antiguos fantasmas, porque no ha dejado de lamentarse de lo que pudo haber sido mejor... aunque no estuviera en sus manos y quizá en las de nadie, tampoco. No hay a quién culpar de lo que creíste, ni de lo que pensaste. Simplemente fue el descalabro de tu mente que buscó una imagen beatífica y trato de fingir encontrarla hasta poder creerse sus propias mentiras. El tiempo sigue, y sigo aquí, sin cambio... mi estremecimiento se reduce a un agua con azúcar, sigo sin explotar, sigo sin sacar esto hacia un nuevo camino. Es que el tiempo no me ha logrado arrastrar, por lo pesado que le soy, por lo denso, o simplemente, por lo terco y duro.
En fin, el tiempo solo lleva las cosas a su fin, a su límite, y aun no lo encuentro... pero saber esperar, es lo que aprendo de nuevo...

ontologías nocturnas

viernes, 25 de enero de 2013

Vivir una dolorosa soledad, morir de tristeza y horror. Vivir sólo de noche, vivir en la prolongación infinita de la hora del lobo. Experimentar un miedo que inunda tu ser hasta lo más íntimo... y los pajaritos suenan cantando afuera. Tu luz debe ser la única prendida en todo el barrio, o al menos, la única prendida durante toda la noche en la que fracasaste. Contigo mismo, con los demás, con todo. Fracasaste. Relativamente no existes hoy, ni en esta semana, ni en la pasada. Quizá el mes anterior sí, pero ahora no. No existo, no tengo quien me perciba, quién me vea, quien me sienta, quien me quiera, quien me cuide. No. Estoy solo, sin valor alguno, sin precio alguno. Abandonado. Petrificado. Sin moverme de la cama...¿cuánto? ¡Dos semanas!
Qué asco es la vida, cuando se cae en este estado de putrefacción. Qué triste saber cuánto sublime y cuánta cosa alta hay, cuando se le ve desde este precipicio del abandono.
¿Relativamente no existo? Simplemente no existo, ni existe nadie como yo; no existimos porque sobrevivimos así, en la penumbra, en el silencio, en las teclas, en la luz, en el internet. No existimos. No salimos de día. No somos nada. No queremos. No odiamos. No hacemos. No perdemos. No ganamos. Simplemente no somos. Nada somos. Nada. Nadie detrás de un teclado existe. Nadie en un computador existe, nadie sin un libro, con un trabajo, sin inspiración y sin ver buen cine hace ya tanto...
El cine antes era la vida, la existencia, el ser. Ahora que se ha ido, no existe nada. El cine aparece cuando hay buena vida...¿o al revés? yo creo que al revés. La buena vida aparece porque hay cine; sin cine -hoy en día- no hay buena vida. No hay nada. No hay ser. No hay ente. Nada.
La vida quiere volver, llora por volver, por apartarse de este desvío. La vida no lucha mucho, pero grita a más no poder: sale, corre, deslízate, atrévete, golpea, enfurécete. Esa vida la viví y de eso morí. De vida se muere. El tiempo grita con tu vida, es imposible no escucharle: o escuchas el tiempo y lo sigues, o el te somete y te arrastra por el suelo. De todas maneras, siempre debemos ir con el tiempo. El tiempo es lo único que permanece, porque todo el resto varía.
...Ser arrastrado por el tiempo.

El Estómago

jueves, 15 de noviembre de 2012

Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".

Frustración

lunes, 19 de marzo de 2012

0 lanza en mi costado  

La violenta fuerza del deseo, fue desgarrada sangrientamente por las crueles manos del tiempo. De rabia inicial, pasó por una pena, que ahora mezclada, se vuelve una jaqueca.

Offret [La naturaleza del amor...]

lunes, 12 de marzo de 2012


-¿Por qué siempre hacemos lo opuesto a lo que queremos?
¡Siempre!
Yo he querido a un hombre... y me casé con otro.
¿Por qué?
-¿Quieres algo para tomar?
-No, no.
Nada, gracias Otto. Nada. Creo que ya sé ahora. Simplemente no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman, no se aman de la misma manera. Uno es fuerte, el otro débil. Y el débil siempre es el que ama sin calculo... sin reserva. Me siento como si hubiera despertado de un sueño... de otro tipo de vida. Por alguna razón, siempre puse resistencia... luchaba contra algo. Me defendí... como si tuviera a alguien más dentro de mí, diciendo: no sucumbas a nada... no procedas con... nada... o ¡morirás!.
Pero Dios, ¡Qué tontos somos!
-Eso está bien... por fin lo entiendes...

.·Andrei Tarkovski·.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cuando ya nada logra hacerte salir de tu miserable sentimiento de abandono, cuando la superación del estadio de la necesidad es un imposible, piensas, intranquilo y tambaleante, cómo puede surgir todo esto de la promesa y su esperanza. Hay una promesa que no se cumple, cuando surge el estúpido sentimiento de abandono. Cada abandono, es abandono de algo... y ese algo es una promesa que se afirma con la palabra y se niega con la acción.
Realmente, soledad es lo último que siento. La soledad es hermosa, con su belleza arrogante, supera por mucho este miserable sentimiento de abandono, este momento estúpido, abstruso y lleno de pobredumbre en el que esperas, lo que no va a llegar y pides lo que no se puede pedir, lo que al ser pedido, ya no tiene sentido.
Esta asquerosidad interna, esta estúpida necesidad refleja fielmente el estado de pudrición en el que he caído. Ya no soy el de las estrellas y el de el cielo... caigo en la profundidad de un abismo. Si antes necesitaba un cable a tierra, ahora necesito una escalera para lograr subir este pellejo herido y errabundo, hávido de estupidez y con ello, también de vergüenza.
Ser pisoteado por la esperanza, el único mal que despierta todo esto. Una esperanza traicionada, despreciada y que sufre, pero aun no se aniquila. ¡Siempre he sabido que debo abolir toda esperanza en mí! Pero la estupidez que la necesidad y el deseo te infieren, te enceguecen. La imaginación se impone al entendimiento y crees que puedes esperar algo... y quisieras pedirlo, aunque pedirlo sería perderle el sentido a que se dé... Frente a todo esto, está la disyunción: o el chantaje o la indiferencia. La segunda vía la he probado tanto, por tanto tiempo y por tantos casos, que ya me parece agotada. El chantaje es asqueroso, por su parte, mi elegancia moral no me lo permite, ¿quién podría decir que soy, si soy capaz de chantajear a consciencia? ¿Quién se esconde detrás de un chantaje? No me escondería yo, se escondería mi deseo y se haría llamar yo.
Asco.
El náuseabundo sentido del desquebrajamiento, el sentimiento de deterioro y la identidad fragmentada deben desencadenar en una mala historia, en una violenta nihilización de la propia imagen y una cruel estupidez contra mí mismo.Una vez más, no hay salida.

Getsemaní

domingo, 12 de febrero de 2012

0 lanza en mi costado  

Y tiempo y cambio...
¿Irán de nuevo de la mano?