... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado

extínguete...

entre gritos de silencio, pero extínguete...

a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...


He de sobrevivir a todo, aunque el hecho de morir en tus labios silentes, en tu mirada que no mira, en tu alma que no ama... me atrae más, quizá más que toda esta soledad. No importa: la arrogancia revertirá...
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La gravedad de lo neutro o la cucaracha-lispector

miércoles, 8 de diciembre de 2021

 Clarice con su escritura hace vivencia de lo neutro. No tan solo un efecto de legibilidad, es también la lectura/escritura que compone cualquier texto de Lispector: la sobre-escritura necesaria para cualquier lectura, sobre todo de su texto. G. H. es capaz de experimentar las múltiples capaz de lo neutro, tanto en sus intensidades, sus estallidos mudos, su pavor, sus alegrías desesperanzadas, todo en la desorganización de una cucaracha agonizante y expectante. Es neutro el fuego, es neutra la capacidad de un organismo más grande de cortar, diseccionar o de ver morir a uno más pequeño, es neutra también la tan sola posibilidad de morir producto de un desastre o de un accidente. Incluso del aperitivo natural de otro ser. Lo vivo tiene un peso de infierno, pero sus fuegos, sin embargo, permanecen siendo neutros. De movimientos ínfimos, milimétricos. Quizá ese milimétrico, esa intensidad minúscula que es la neutralidad, ese desprecio por el absoluto que clama toda vida, esa incapacidad de trascendencia que expresa en su forma una inmunda cucaracha primigenia, madre de todas las cosas, visora de todo, que nos contempla a nosotros pasar intrascendentes, incluso ante su propio no existir más. La cucaracha-madre, la cucaracha-anciana, la cucaracha-anciana, la cucaracha-dios, la cucaracha-cristo, la cucaracha-pasión, el imperceptible paso de la vida a la muerte en la insipidez del pus, del cuerpo partido en dos, de las partes disgregadas, de una interioridad desprovista de órganos, porque esa neutralidad es el CsO, es la escritura penetrante, en tanto que neutra, en tanto que ínfima, en la organización de la vida, desestabilizando sus ilusiones más viscerales: la de los sentimientos, la de los sentidos, la del pensamiento, de toda concentración, de toda atención, el mundo es la serie de lo ínfimo, impacientemente abrazando su propia desorganización con tan difíciles alegrías. La muerte, ya con ninguna pesantez, ni con deseo ni con repudio, sino con el automatismo del nanoengranaje, del movimiento dentro del movimiento, al interior de toda vida, ni máquina, ni planta, ni fungi. Lo ínfimo, lo inane, lo intrascendente es la vida misma, el mecanismo ni del todo profundo, ni del todo superficial que hace de lo moviente una cosa. Lispector, en su escritura, derrama lágrimas y alegrías, como partes de una cosa, que no es un todo, que es la confusión y el divagamiento de las propias sensaciones. Seguir la serie de estas intensidades, descubren la ineludible neutralidad y la inmundicie de toda intensidad. No es la moderación, es el aullido de todas las sensaciones en una sordera ininteligible, ante la cual solo se puede abrir paso la propia inmiscusión. La cucaracha-G. H., cucaracha-lispector (sí, con minúscula) sin ninguna intensión de mostrar nada, ni de revelar ninguna 'idea', recorren la neutralidad improbable de la vida misma, más allá de toda insensibilidad, más allá de toda muerte, el sumo peso, la gravedad implacable de

La dispersión

lunes, 29 de noviembre de 2021

0 lanza en mi costado  

 El modo, curiosamente, más propio de la diseminación es la dispersión: el procedimiento por el cual, la semilla se lanza aleatoriamente al piso, unas lejos de otra, esperando, por supuesto, que echen raíces y que se terminen amistando entre sí, a medida de que crezcan. El estado de dispersión, es un estado en el cual toda acción se sucede de la otra, todo pensamiento o idea se sucede del otro, sin lograr echar raíz. Un pensamiento que se sigue uno de otro, pero procediendo por partes o destellos, nunca por razones constitutivas: las acciones, pensamientos e ideas, se suceden en su heterogeneidad en una continuidad diluida en largos espacios de tiempo; se toman, se abandonan, se retoman y se unen a otras, totalmente por azar, sin poder seguir un propio cause. Transforma el proceso de (sobre)vivir en un mero experimentar, en un mero tanteo por distintas cosas, experiencias, personas. La tarea de alimentarse o de crecer, la de pensar sobre todo, se vuelve particularmente difícil, los estímulos se sobreponen unos a otros de una manera que la voluntad se desactiva de su fuerza originaria. Todo querer procede en una sucesión de medios, que a su vez, llevan a otros medios, mientras también, se piensa en fines, en esperanzas o en recuerdos, que se suceden indistintamente hasta el colapso. La concentración, la nostalgia de la concentración mejor sea dicho, la capacidad de focalizar toda subjetividad en una acción, vuelve la dispersión un modo de evitar la quietud del sufrimiento, la paciencia y el silencio de quién llora. Sufrir desconcentrado es agobiante, es vivir constantemente en una irresolución, vivir constantemente en una densidad que no eres capaz de explorar, aunque la tematices y la elabores, no estás nunca en ella, por más que no puedas salir de ahí. Las cosas alrededor pierden constantemente su significado, las prácticas y las costumbres proceden sin ninguna intensidad, el mecanicismo de la acción prevalece sobre cualquier reflexión. Hay un rehuir lo profundo, un serlo todo menos el abismo, un estar completamente en la indeterminación de los hechos, de las vidas y de los placeres, que te esclavizan de manera sonriente, de manera atrapante y solidaria. En la dispersión ninguna determinación, ninguna crueldad es posible. Solo queda el solidario comportamiento errático, donde la persecusión de la benevolencia con el super-yo se sobrepone a la capacidad de determinación de la vida. Es la manera más práctica en que el super-yo y la pulsión de muerte se reunen en una alianza tan ruidosa, activa, incierta. A cada satisfacción le sigue un sentimiento de nulidad, a cada pensamiento, una terrible evasión. A cada sentimiento, una acción inútil. Las palabras ya no expresan, es difícil describir la dispersión misma, o más bien, cada palabra la grita como un chirrido interno que no puede parar, que no deja de estar allí contigo, que no deja tampoco de resolverse, de desenredarse, de complicarse contigo hasta reemplazarte. No hay un yo en la dispersión, solo está lo que circunda, gritándote por ser, por hacerte, por derruirte. La solidaridad de las cosas...

D-efecto

martes, 20 de septiembre de 2016

La posibilidad que ofrece el erotismo virtual, la virtualidad del erotismo, de poder avocarse y enamorarse -es decir efímeramente-, de la dimensión defectuosa e incompleta de la mujer como una de las últimas capturas del avance tecnológico: más allá de ser un mero sucedáneo de la democratización foto-gráfica, es una etiqueta disponible en el acceso a la imagen en este vasto mundo de la información.
El defecto, a medio camino de constituirse una gran base de información y de devenir en conocimiento y límite de la belleza, trasciende dicha posibilidad y se trasciende a sí mismo como la única belleza que existe. No hay más belleza que la del defecto, no hay más fuerza en el aparecer que en la caractarística más inadecuada a toda funcionalidad y en la constante incompletitud y libertad post-humana de poder crear y re-crear, reprogramar, finalmente, el cuerpo. La experiencia pornográfica de la imagen defectuosa, de la presencia proyectada lo más cerca del ojo (aunque aún afuera de él) hace que la búsqueda de defecto corporal en la mujer, también, en la noche, se vuelva la búsqueda de su belleza. La mujer defectuosa, profundamente defectuosa, imposible de reprogramar a totalidad, frágil de fábrica, se vuelve completamente un objeto de fascinación: es la mejor posibilidad de deshechar la propia fertilidad lejos y deshacerse de las ganas de vivir en el futuro.
La memoria programable y momificada de la (re)actualidad fotográfica hace que toda marca figura de aquello que falta, aquello irreductible a la reprogramación, aquello que una vez echado a andar, sigue y sigue, aquello que impacta el recuerdo, que destruye la intimidad en su repetición y que pone a prueba la continuidad de lo vivo, lanzando cada vez la vida fuera de sí, viviendo cada vez más la propia indiscernible finitud fuera del cuerpo, producto de la reprogramación virtual del propio cuerpo, por medio de la prótesis que nos permite abandonarnos a la red.
Lo que aparece en el momento final, en el colapso de todo ese mundo deseiso y auto-erotizante, adviene la estupefacción y el hastío hacia el mundo de la belleza, regresa la programación secundaria que llamaba al defecto una forma sensible de la destrucción del gusto. La pictorialidad virtual, la pigmentación suspendida de lo efectivo, la algorítmica que pone en entredicho toda facticidad, y vuelve a dejar entre paréntesis la distinción entre lo vivo y la cosa, entre el animal y la máquina, entre el intelecto y el software.
La imagen muy lejos de ser aquello que no es, deviene el ser más primario y primigenio al que remitirse, y la belleza de su defectuación, la magia de su parcialidad, se vuelve la única posibilidad de escape a la finitud. La cibernética es capaz de reconfigurar la finitud, ya no para dispararla a una infinitud, sino que a borrar el límite entre lo finito y lo infinito, y dejando un paso para la posibilidad, ya no de trascendencia o posvida, sino que a un tercer mundo que ya no es ni el material-temporal, ni el conceptual-espiritual: es el inmenso mar de la información, el infinito mar de la información que se retrotrae y se destruye a sí mismo, para conservarse: es la posibilidad de una nueva forma de vida que ya desdibuja toda diferencia entre la máquina y la humanidad, y más aún, entre la mecanicidad y la información: la información y el archivo como paradigma contemporáneo de la vida animal, la re-escritura del ser políticamente constituido, transformado y devenido una forma, una marca en la incorporalidad de la red.

Espacios de la violencia II El recuerdo.

viernes, 22 de agosto de 2014

El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.

...si ya hubiésemos superado la heteronormatividad

martes, 19 de agosto de 2014

0 lanza en mi costado  

El entrecruzamiento de la palabra, la conversación fluida, la cuestión de cómo aparece a ratos en fluidez misma de la palabra la inconmensurabilidad de lo distinto y con ello, el deseo de la otra. Yo creo que en el fondo, lo que nos hace heterosexuales, es justamente nuestro gusto por lo otro, por todo aquello que no podemos vivir nosotros mismos. En ese sentido, una heterosexualidad es más que una condición dominante y positiva de la reproducción humana, sino que también es la determinación de la relación con la otra, como otra necesaria. Trascendiendo el espacio de la heteronormatividad general, social, institucional de la intimidad, lo que hay en la heterosexualidad (y que sólo se puede descubrir sólo cuando se suspende su normatividad) es la relación de lo diferente, de lo distinto, la fascinación y el deseo de aquello que no puede interpretarse en primera persona. La corporalidad misma de la mujer, como deseo bien, pero sobre todo como distinción radical de lo que no soy ni puedo ser yo, es lo que causa mi principal fascinación: el gusto por la suavidad (sea esta fruto de una normatividad institucional y comercial, o sea fruto de la dedicación a la tierra, antes que a la casa, como una cuestión no biológica, no natural, pero no por ello, meramente normada desde la dominación) y por la flexibilidad del cuerpo femenino. La mujer así constituida como deseo, no debe ser comprendida tan sólo desde el nivel ideológico en el que la mujer es tan sólo un objeto de deseo, sino que también, como deseo activo que constituye su deseo en su volverse al otro, pero también, como el otro se vuelve hacia ella en su cuerpo, en su objeto. No hay más normatividad posible que el orgasmo. El problema estaba en cómo el cuerpo femenino era visto como objeto de deseo, pero que a la vez, no tenía un deseo que cumplir, que ordenar, que pedir. Si este deseo se incluye a su vez, en la dinámica de la constitución  ontológica del cuerpo femenino, que ya no es pura respeccionalidad, puro ser-a-la-mano, se vuelve también un momento de apertura, de existencia y con ello, una posibilidad de trascendencia. La heterosexualidad y la homosexualidad, lo que encuentran en común es esta trascendencia, ya sea desde lo uno a lo otro, o sea de lo uno a lo uno. En el segundo caso, es más bien, una trascendencia inmanente: el cuerpo experimenta el placer idéntico, dónde lo que varía es el rol. Sin embargo, en el primer caso, el cuerpo queda en su condición de trascendencia desde el punto de vista de la constitución de sí en la relación del uno con la otra, vale decir, en la dimensión supranormativa de la sexualidad, se encuentra también el espacio propio de la ética, que más que tener que ver con la virtud, tiene que ver con la relación con la otra. No tan sólamente la otra del rostro, la otra del cuerpo, es también, la cuestión de cómo nos relacionamos con lo distinto, con lo opuesto, con lo que no podemos comprender, con lo extraño: y ahí es que se devela la cuestión de que el cuerpo guarda en sí la clave de comprensión de cómo puede relacionarse lo otro con lo otro, el otro que soy yo, el otro partido, fisurado, irreconciliado con la otra, que a la vez, siempre se le experimenta como una, pero que de suponer algo, está también en la condición de fisura del cuerpo, del yo, de la voluntad. Nadie puede responder quién es ese al que llama 'yo'. Pero sí puede hacer que aparezca la cuestión establecida allí como relación, como entramado, como texto.

Anestesia e incapacidad

viernes, 13 de junio de 2014

La incapacidad de la anestesia radica en el exceso de adrenalina, en el nervio que se niega a relajarse, en el nervio que se niega a no-seguir-sintiendo. La incapacidad de la anestesia tiene que ver con esa poderosa fuerza del cuerpo, en la persistencia del sentir, como una realidad pura. El cuerpo se niega a dejar su sentir, hace que toda insensibilidad le parezca extraña, imposible, exógena. El poderoso influjo de la técnica no puede, a ratos, contra esa posibilidad radical del cuerpo a seguir sintiendo, a negarse la anestesia, a seguir en el despertar, en el sentimiento, la duda, el tragar, el sentir la propia lengua... ¿Por qué va a ser tan necesario sentir la propia lengua? La sensación de tragarse la propia lengua, es lo que sucede en un momento en el que el cuerpo se dispone a aceptar la anestesia, la transpiración fría, el jadeo, la mirada moviéndose por todas partes, la fobia a todo, la impenetrabilidad del cuerpo, el rechazo a toda materia formada en la técnica, el sentir la pesadez del cuerpo dispuesto allí, sobre el todo de lo aséptico, lo desinfectado, la luminosidad de la técnica, interminable, absoluta, total, mística, aparente explicación de carácter holista al sistema de la extracción de cuerpos, de partes del cuerpo, de la diferencia misma. Todo cuerpo es una diferencia. Mi cuerpo es diferencia, es inter-posición, discontinuidad e irrupción del resto del conjunto de los entes materiales. El sentir, constituye esa resistencia del cuerpo a ser llamado un continuo del resto de los entes-a-la-mano del mundo, donde se pueda disponer circunspectivamente de ellos, como una materia continua. Esto vale tanto para la violación, como para la negación a la anestesia. Lo que surge de la incapacidad de la anestesia es el fenómeno de la resistencia, la contención de la materialidad misma del cuerpo, a volverse una materia continua del resto de lo ente. Es la resistencia de lo vivo a volverse parte de lo inerte, lo que nos llama -una vez más-, a hacer la distinción entre lo biológico y lo físico.
A su vez, por otra parte, el cuerpo se muestra como una realidad vivida, desde la experiencia misma de ese vivir, sinti-ente, redoblado en su corporalidad resistente, alterna, contradicha, superpuesta.
...Aunque, volviendo a la lengua dormida: ¿Qué se ha de considerar traumático de esta experiencia? Lo traumático de que la lengua se duerma, es, claro, la idea de que la lengua se pueda tragar, de que de la resistencia del cuerpo a lo exógeno, se muestre también resistente a su propio cuerpo, y en un afán de autoexterminio se vuelva contra sí y se aniquile. La aniquilación de sí, por medio de la lengua, es una temática ya explorada ampliamente, vale tan sólo mencionar en el Quijote esa reflexión acerca de si la espada o la pluma era más poderosa. La escritura o la violencia. La palabra o la muerte. La cuestión de la lengua anestesiada, en cuanto experiencia desesperante, se debe a que la muerte temporal de la lengua, la mortificación regional del cuerpo, en la lengua, manifiesta la fantasía de la muerte de la palabra, con ello, también de la escritura, del lenguaje. La lengua y el lenguaje, son uno de los últimos avatares de esperanza en la época contemporánea, en el que la metáfora trata de alejarse, de retirarse, en sus trazos. La metáfora y la anestésica de la lengua, son formas vivas del desenlace paroxista de la historia de la metafísica. La lengua, ya no sintiente, ya no ente, ya no-ente. La lengua deshacida, desprovista de todo lo ente, la lengua, vuelta hacia el ser, se muestra desde su anhelo de destruktio como un abrirse paso, en el cuerpo y negar toda posibilidad de retiradas del sentir. La cuestión del cuerpo, como texto, el cuerpo como escritura, como resistencia viviente, vivida, orgánica de palabra, de malestar, de intuición, de ék-stasis.

El deshacimiento de lo nocturno

lunes, 9 de junio de 2014

No es nunca bueno alejarse de toda ingenuidad. Constituye una obsesión vacua el eterno rehuir de aquello que ha sido atacado por otro, hasta vencerse. No hay que exceder la dosis histórica del ser hasta más allá del artificio. Es bueno cuidarse de la arrogancia que implica el lenguaje que se aleja de todo lo no-ingenuo. Está bien, hubo antaño, quiénes levantaron de nuestra mirada las obstrucciones más severas, y comenzaron con ello a llevarnos a una transformación (des)constante en el lenguaje, para llevarnos a la lógica de 'los que vieron'. Pero cuánta es la arrogancia de esto, cuánta la arrogancia de toda la idea de superación en la historia del pensamiento, de la escritura, del lenguaje. Más aún, cuánta es la desfachatez de la corrección constante, para dirigir el lenguaje post-humanista para pasar de lo retorcido a la palabra retorcida que hace justicia a la corporalidad como puro grafema desprovisto de vida. Es necesario hacer justicia y para ello, no es bueno caer en la arrogancia del filtro bibliográfico para entender cualquier cosa, si esta, de uno u otro modo, tiene una relación con la vida, o es una quimera de oficinista burocrático. Es necesaria la reformación de un lenguaje contra-ingenuo, contra-moderno, contra-fálico ya no bajo el mismo método de la rareza, sino más bien, de la simpleza. Es tan bueno para eso el lenguaje, por ejemplo, de Sloterdijk, que retoma las metáforas luego de su retirada. Así mismo el grafema de-vuelto a nosotros por Derrida, la anatomía misma de lo escrito ya no como una tecnificación lingüística, sino como una dote, una gratuidad de lo que circunscribe la palabra. Así, mientras unos hablan de todo lo que termina en el 'ismo', otros se insertan en el grafema y en el sonar de la metáfora retirada (más bien retirándose), haciendo del lenguaje filosófico, una forma consciente de la corporalidad misma del pensar, del carácter visceral, iracundo a la vez que solidario del pensar. Los encargados de un pensar expresado en términos que 'una comunidad lingüística' entiende, por otra parte, se envanecen de que al encontrar la categoría de lo que se piensa, se resuelve el problema. Siempre la solución analítica termina con el decir del 'ismo', por otra parte, hay una forma del pensar humilde y contraído en su auto-penitenciaria forma de la nunca-llegada de que para explicar lo simple, siempre hay que recurrir a una palabra, que a fin de cuentas, jamás deba ser recluida dentro del ámbito del saber, de lo cognitivo, de lo mental-no-corporal. La cuestión es como dejamos al cuerpo en el pensar, cómo lo hemos dejado, ya desde la no-recurrencia a la imagen, como también la de la asexualidad del escribir. El vacío de sensualidad del escribir es una huella de la represión sexual, es una de las formas que el plomo no decir nada (nada visceral, esto quiere decir, la mayoría de las veces, algo así como "lo real") se revuelve contra sí mismo, en el pensar que no escribe, y el escribir que no piensa, es la eterna disyunción que hace de la mente algo distinto del cuerpo y que se itera y concluye incluso en la propuesta teórica de que la mente misma esté incluida ya en el cuerpo. Es la misma esquizofrenia, vale decir, la del cuerpo sin órganos, la iterada en la ontología del ismo. No hay ismo resuelto, no hay ismo por resolver, no hay ismo que pueda comprender después de veinte años más. A su vez, la palabra provista de la corporalidad enrevesada, pero convertida en mera costumbre, nunca un respeto, nunca una conmiseración de la condición del escritor doblado, re-traído, bajo la forma de la narración conservada del que escribe de sí, en el sentido del a partir de -que nunca de la mera materia de su hablar- ya que no es un mero hecho el que el cuerpo aparezca en la escritura, es ya una cuestión retorcida, que no es pura consciencia, ni menos consciencia pura, ni aún así, en ninguna forma consciencia, sino que es ya un espaciar, en el sentido de la ocupación, pero sobre todo en el de habitación. Habitación, ya no en el modo del que constituye una diferencia entre el cuerpo y la consciencia, sino que el habitar como esa acogida que da el espacio para el descanso, para el echar afuera -en definitiva- el cansancio de nuestros propios tormentos, de nuestros propios retorcimientos. La escritura, siempre debe tener una función terapéutica, porque toda escritura vive de un callar, de una represión, del in-abordaje de lo que sentimos (en el tacto, sobre todo) y no pudimos alcanzar con el mero pensar y recordar. La escritura tiene la naturaleza liberadora de esa miseria que se experimenta en el tacto del cuerpo, que no puede ser trabajado dentro del cuerpo, sino que lucha por salir afuera. Por eso, la negación de la palabra visceral, de la cuestión dividida, fragmentada, sumamente compleja y enrevesada de la cotidianidad, puede volverse escritura, palabra rasgada, punzada, surco, en el medio virtual, en el cuaderno de confesiones, en el tormento de la imagen, de la visión, de la audición, que, por lo general, surgen de un des-encuentro, de una contraposición, de una diferencia que vivida, no puede expresarse con el todo de la violencia o el de la comunicación conciliatoria. La escritura ayuda al demorar de la vida, esa demora que a todo contrapelo, lucha la inmediatez de lo técnico. Se puede vivir con otro ritmo, es bueno vivir más lento, a veces, es bueno no mantenerse en el constante estreñimiento de la pueril rapidez. La noche muestra un poco eso, un ser que se divide, que pasa lentamente, que se resiste a la rapidez de la ejecución, de permanecer en el ámbito de las cosas, del disponer, del tener, del articular. Hay en la escritura del cuerpo, una forma desarticulante que hay que temer mucho por perder. Sí, temer. Sí, afectar-se, sin censura, por la escritura que desarticula, que va en contra del entendimiento, que se acerca más a las visceras que a la cabeza. Que va más al tacto que a la visión. La visión del viviente nocturno es muy débil: ve a trazos, hay mucha oscuridad, el tacto, la sensualidad, el sonido, el olor empiezan a nublar la razón, para dormirla y mantener en el insomnio al cuerpo. La mente puede desconectarse, al menos, en su función arrogante, en su función no-escrita de querer entender y calcularlo todo. Hay una forma del escribir que tiene que ver más con lo que se puede des-entender. Es bueno, en la noche, quedarse perplejo, mantenerse espectante ante nada que pueda ocurrir, y por fin, hacerse cargo del deshacerse de todo lo que creemos. Nuestras creencias diurnas, suelen desaparecer, o al menos, transformarse en miedo y en espectación, paranoia, añoranza, amor, agonía, jadeo, titilación, el incesante sonido del respirar, en la noche, la discontinuidad del respirar nocturno. Todo esto, para que de día, volvamos cada vez más al agotamiento, a la horrorosa luz de la mañana, a la pavorosa palabra hacer, de todo lo que deshace la noche misma.

acidia, canibalismo y éxtasis

martes, 20 de mayo de 2014

El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.

Melencolia - Albrecht Dürer (1514)



La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.

El durmiente y su cama

sábado, 12 de abril de 2014

Pensaba, que no soy capaz de reconocer racionalmente la extraña expresión horrible del durmiente. Le cubre una capa bizcosa de sudor y yace sobre un lecho por un tiempo irracional. Cualquiera que se pare a contemplar a un durmiente sabrá que con el tan sólo ejercicio de poner entre paréntesis la idea de cuántas horas debe dormir la gente diariamente, le parecerá siempre que el tiempo del durmiente es un tiempo absurdo. No hay nada de excitante, ni de atrayente, ni de cariño siquiera en el ejercicio de compartir un lecho, con el sólo objeto de dormir ya que no es una experiencia estética para ninguno de los que yacen juntos. Ni del que se encarga de observar, porque siempre encuentra en el otro una expresión horrible, un sudor irracional que aparece incluso en los inviernos más fríos, un rostro podrido por el cansancio, el peso de la noche, la monotonía del día, el desajuste de la hora y el propio cuerpo, la ausencia apesadumbrada de una palabra dirigida a un tu, la referencia siempre implícita a la muerte del que duerme, y la incapacidad de toda dinámica de comprensión. Durmiendo nadie comprende, durmiendo no hacemos más que suspendernos ante la desnudez de nuestras fantasías de lo nocturno, de lo nauseabundo y lo temible. Un buen sueño también es un momento de temblor: como de todo lo bueno, no sabemos nunca cuándo puede acabar y esperamos con ansias poder ver los límites de lo que experimentamos como propio, como acogedor, como completamente hecho de maravillas. La gracia de lo maravilloso, de la belleza intensa, está en su acabamiento: no hay momento intenso que dure mucho, ni relación extasiante que pueda comprometerse con los confines de este universo. Quizá obra del resorte envidioso de los dioses, o de la tan natural constitución autodestructiva de lo maravilloso, tienen vida corta, se acaban rápido. No como la noche del que contempla el dormido, el cuerpo dormido, el cuerpo muerto, incierto, incomprendido, casi compuesto de pura extensión, desprovisto de toda consciencia. El cuerpo dormido es una fantasía del cuerpo despierto, del cuerpo del sueño fragil, que no busca más que mantener ese sueño profundo del durmiente, que se extiende más allá de las fortalezas de toda temporalidad razonable. A decir verdad, no hay más que en el cuerpo dormido, esa falta de consciencia, ese puro cuerpo arrojado a la inanidad de la cama, que con una absorvencia poderosa mantiene al durmiente en sus límites, sin jamás poder liberarse de él, la cama es esa irracionalidad pretendida del cuerpo dormido, la de ser pura extensión. El cuerpo dormido quiere ser cama, en algún momento, quiere fundirse con ella, hundirse totalmente en su fondo y jamás salir de ese sudor asqueroso que es su anatomía, su constitución más certera.
La cama del cuerpo y el cuerpo de la cama, son momentos fragmentarios de eso que llamamos aquí la verdad de lo nocturno... y es que, de pronto hay cosas que no puedan ser más que la propia y constante elucidación de que aquello que llamamos nocturno, es algo esencialmente diferente de todo el resto. De todo lo que llamamos durante el día, o incluso, por la mañana...

convivencia y soledad

domingo, 5 de enero de 2014

La convivencia es extremadamente difícil: esa disposición de recursos, y entre ellos el tiempo, que se pide en cada relación cooperativa guarda una cuota insaldable de vacío legal, de punto en el que no se puede exigir explícitamente, de punto en el que por pedir te vuelves psicópata, que es dificilísimo guardar una igualdad, aunque sea a medias y entre comillas. La igualdad que pide, toda convivencia, por ser imposible y la posibilidad concreta que se muestra de ella, se debe mostrar como la única (siempre desigual, siempre a medias, siempre con insatisfacciones viscerales a largo plazo) que siempre, es preferible la soledad. Puede ser una soledad acompañada. Claro está que siempre de otra soledad. Pero más allá de eso, no hay más que la soledad propia, imperdible, inconmensurable e infinita, en la que te encuentras. Quizá cada noche, a lo mejor cada día, en el que sabes que la vida es algo más que un momento perdido del vacío. En el que cada momento lo vives y lo mueres solo, a fin de cuentas, rascándote tus propias mugres, mugiendo tus propios dolores y llorando tus propias penas. La amargura de cada día, no puede ser sabiamente compartida, y estúpidamente, produce una estúpida amargura, un mal genio que no es un mal genio solemne y sabio, sino que es estúpido y pobre, perdido, trastocado, enfermo. No es la solemnidad de la melancolía, es la estupidización desesperada y desesperante de una depresión. Estar en el elegante y sutil límite de la depresión, es vivir en la levedad melancólica, desencantada, suave, con toda pena lenta, erosionadora, pero lenta. A cada momento, esa levedad absorvente, al ritmo de la música y con los colores de una impresión. Totalmente borroso, nada de nitidez, nunca una claridad, jamás un punto firme, nada más que el colindar de distintos grados emocionales, totalmente perdidos, sin encontrar palabras que logren expresar, sin encontrar más que la palabra que convive, una vez más, con esa experiencia. Pero que jamás la expresa, jamás la acaba, tan sólo la roza, por sus extremos, sus márgenes, sus mentiras.
Y es que la única convivencia posible, al fin y al cabo, es la no menos deshonesta, convivencia entre la palabra que roza y la soledad que se vive. La melancolía debilmente atrapada, de un estado esplendoroso de soledad, de completud, de unicidad. Todo ello, en y desde el fragmento.

(Una) experiencia de lo nocturno com-partida

martes, 5 de noviembre de 2013

La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo. 

Como si fuera de la palabra se pudiera vivir

jueves, 31 de octubre de 2013

Como si más allá de todas las palabras existiera algo más, que no sean las palabras mismas, los significados, los giros, los gestos que contienen, las formas que surcan. La palabra es un aliciente de la existencia, es una forma de sostener la nada misma de quien vive, de quién experimenta en la carne la degradación obvia y permanente del tiempo. La palabra es una forma de salvación ante el silencioso y lento pasar del tiempo, es una forma sagrada de escapar de aquello que no podemos retener con la acción y que aun así, buscamos retener, surcar en un papel, en un teclado. La palabra es una forma de fijación de lo efímero, por lo que se hace un instrumento del olvido: escribimos lo que sentimos para poder olvidarlo y poder sentir otra cosa, sólo la lectura podría atraer cierto recuerdo. La palabra escrita es invasiva, lucha por controlar la totalidad de aquel instante en el que se escribe, absorverlo hasta lo más último, de forma que ese alivio que se siente después de escribir nos engañe, nos haga sentir que hemos dejado de vivir aquello vivido, por un instante, que esa vivencia está plasmada en una palabra, que está fijada, que está fuera de nosotros. Pero lo que se hace, en el instante del estar escribiendo, es reavivar más ese instante vivido, se busca el significado, mientras se le escribe, describe. El estar escribiendo en un instante vivenciado es el hacer los surcos, por una parte en el papel o en el teclado, mientras que por otra, es hacer los surcos en el propio yo, en la identidad, en el fragmento que llamamos nosotros mismos, yo, mi, etc.
Escribir es una técnica ambigua, compuesta de recuerdo y olvido, de pereza y de astucia a la vez, donde el sentir interno es a la vez engañado y comprendido: el escribir hace pensar que pasó lo que no pasó, lo que transcurre, y a la vez, al escribirlo lo comprende, lo profundiza, lo enraiza, lo aprehende.

Distancia

sábado, 24 de agosto de 2013

De pronto, cada distancia de lo cercano, se hace una distancia fría, insalvable, incomprensible. No hay forma de poder comprender lo que sucede en las entrañas de otro... ni tampoco saber lo que hay en las entrañas de ese otro, que es uno mismo. De pronto, la palabra proferida, desde el afuera, desde la boca del otro, se te hace ininteligible, a ratos, a más malestar... insignificante. No sabes lo que está diciendo, y aun si lo supieras, no tiene mayor importancias. Hay estruendos en tu interior que te hacen sordo al ser de lo acontecido en el afuera. No puedes atenerte al sentido mismo de lo que está sucediendo afuera, por haber volcado tus oídos hacia el adentro. Hacia el vacío, hacia una nada. La nada de la personalidad que se encuentra sin un otro. O peor aun, con un otro que no es capaz de significar. Cuando ese estado sobreviene en el vivir nocturno, es mejor apartarse de la forma más absoluta que se pueda y volver a habitar tu soledad de hecho, que reside en tu soledad de ser. Desarrollar esa soledad de ser, es tan distinto de cultivar la soledad de hecho. La soledad de hecho es un desafío, donde se enrostra el ridículo, la apariencia de locura, las palabras entredichas de los otros, las habladurías, etc. La soledad de hecho, en cambio, es una forma de soledad que no se encuentra en ese juego, ni en ningún otro. Es tan sólo, la soledad ya acontecida y viviente de la reflexión... No sé. Pero esa distancia insalvable, entre el otro y ese uno-mismo, de pronto, se torna peligrosa. Hay indiferencias peligrosas, quizá hasta perversas. Horror es lo que inspira el sentir esa distancia tan insalvable, con aquellos que se sienten, de manera natural, como más cercanos...

oscilante

jueves, 18 de julio de 2013

La verdad del sentimiento oscilante en cada mañana es sólo su fluidez inexplicable. Cada mañana despierto o sintiendo desesperación, o un amor irracional y esperanzado por una nueva mujer, o tan sólo la amargura del nuevo día. La pesadilla, el sueño, esa forma de llenar de contenido atormentador la noche, sin el hábito autodestructivo de la consciencia, es una forma de trauma, es la forma que marca un momento de mi vida que he luchado por separar de mí, pero que no he logrado. Hay una marca en mí, hay un sello de dolor que aun no he logrado sanar, que la noche aun no ha logrado explorar en su totalidad, para poder hacerlo florecer en su significado y así, poder lograr una convivencia real con él, no tan sólo la ocultación en el habla.
No tener habla ante aquello que me ciega el día, que me hace huir aun desde mi propia cama, es una experiencia de ahogo y de encierro, en todos los sentidos es un juego echado, una situación cerrada, sin forma de abrirse más que en el fuero nocturno de la consciencia. Pero jamás hay forma de abrirlo en el mundo, ni en el habla, ni aun menos en el vínculo. He tenido situaciones límite dentro de mí mismo, siempre que he visto cerca la posibilidad del vínculo con lo que temo, con lo que me atormenta aun hoy. He pensado que todo ese temor, todo ese tormento también se han transformado en un nuevo impulso purificador: el de la búsqueda de un nuevo proyecto, de buscar una nueva acompañante... (mejor dicho, buscar una acompañante, anteriormente me sentía más solo mientras estaba -supuestamente- vinculado)
Oscilar entre sentimientos de amor y de desesperación, hace del estómago una forma inestable de ser, de vivir, de comer, de sentir la digestión. Es el hambre que se apaga, el hambre que se prende, él hábito que se retuerce, que se vuelve insignificante, que cambia, que se torna una nada.
La digestión, entonces, cambia de forma cuando el alma oscilante, se atiene a debatirse entre el futuro y un pasado perdido. Sabes que el pasado está terminado, pero aún sigues reconstruyéndolo lentamente, quieres descubrir nuevos sentidos de verlo, de comprenderlo, pero a fin de cuenta, no tienes más que sensaciones, no tiene más que el trastorno de tu alimentación, la forma detenida de vivir en tu cama por el invierno sin hacer nada.
Cada mañana, más que ser una tortura, ya es una forma oscilante de ser, donde la sensación al despertar es capaz de determinar gran parte de la existencia durante el día, debido a lo sentido durante los últimos momentos de la noche, ya sea despierto, ya sea en sueños...

La noche y lo nocturno

domingo, 14 de julio de 2013

La noche, es parte de un ciclo regular, de un modo del ambiente, del exterior, lo que no depende de nosotros. Lo nocturno, es una forma interior, de lo que no puede reducirse al ambiente, de lo único... y que a la par con la noche, no puede depender del sujeto. La noche no depende del sujeto, porque acontece afuera, es externa... lo nocturno, no depende del sujeto, porque es un acontecimiento plena y absolutamente subjetivo. Se desliga de la razón, de la reflexión y a veces, hasta de la sensación. La subjetividad se desnuda, se muestra independiente del tiempo, y se vuelve memoria y sensación, entremezclada, una. No hay más que la sensación-memoria, cuando acontece lo nocturno. Es la mezcla entre recuerdo y vivencia presente que logra abrir el ser a una manera propia, única de ser: la de lo nocturno. Lo nocturno es aquello que resiste toda forma de racionalidad fría, es un afectarse, es un volverse, es un sentir puro, una forma de acceder, de hecho, a las cosas mismas, en su forma nocturna. Es el hecho de que todo se haya inmediatamente frente a tu realidad, sin ningún tapujo. Todo se realiza y se desrealiza, de una forma única, en lo nocturno. Es un sentimiento, una forma particular siempre, irrepetible, inconstante, que se realiza en lo nocturno, que desrealiza todo aquello que le toca, que se muestra absolutamente simple, separada de todo lo demás.
Lo nocturno tiene una facilidad para aislar, para separar una cosa del resto; para ser íntima, absorvente y absoluta, porque no necesita más que una fijación, una figura, un contorno, o un contenido, una sustancia, una esencia. En ambos casos, la cosa es una sóla, es siempre única, siempre aislada, siempre simple. La condensación de la vivencia nocturna se debe a la forma del fijar, del contornear. Y es que lo nocturno vive en distracción, pero es que distraído puede fijar. Es que escribiendo borra y borrando escribe. Porque dice lo que calla, y ensordece lo que escucha.

la tranquilidad de la decepción

martes, 28 de mayo de 2013

Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...

Atardecer

lunes, 20 de mayo de 2013

Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.

http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&NR=1&v=Nzb62We2GqE

El Estómago

jueves, 15 de noviembre de 2012

Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".

Esa pasión por Kundera que no debiera corresponderme

viernes, 18 de mayo de 2012

0 lanza en mi costado  

"El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido"

.·Milan Kundera·.

El (quizá) último grito de Béla Tarr...

miércoles, 2 de mayo de 2012

A torinói ló.