... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
martes, 20 de septiembre de 2016
martes, 19 de agosto de 2014
El entrecruzamiento de la palabra, la conversación fluida, la cuestión de cómo aparece a ratos en fluidez misma de la palabra la inconmensurabilidad de lo distinto y con ello, el deseo de la otra. Yo creo que en el fondo, lo que nos hace heterosexuales, es justamente nuestro gusto por lo otro, por todo aquello que no podemos vivir nosotros mismos. En ese sentido, una heterosexualidad es más que una condición dominante y positiva de la reproducción humana, sino que también es la determinación de la relación con la otra, como otra necesaria. Trascendiendo el espacio de la heteronormatividad general, social, institucional de la intimidad, lo que hay en la heterosexualidad (y que sólo se puede descubrir sólo cuando se suspende su normatividad) es la relación de lo diferente, de lo distinto, la fascinación y el deseo de aquello que no puede interpretarse en primera persona. La corporalidad misma de la mujer, como deseo bien, pero sobre todo como distinción radical de lo que no soy ni puedo ser yo, es lo que causa mi principal fascinación: el gusto por la suavidad (sea esta fruto de una normatividad institucional y comercial, o sea fruto de la dedicación a la tierra, antes que a la casa, como una cuestión no biológica, no natural, pero no por ello, meramente normada desde la dominación) y por la flexibilidad del cuerpo femenino. La mujer así constituida como deseo, no debe ser comprendida tan sólo desde el nivel ideológico en el que la mujer es tan sólo un objeto de deseo, sino que también, como deseo activo que constituye su deseo en su volverse al otro, pero también, como el otro se vuelve hacia ella en su cuerpo, en su objeto. No hay más normatividad posible que el orgasmo. El problema estaba en cómo el cuerpo femenino era visto como objeto de deseo, pero que a la vez, no tenía un deseo que cumplir, que ordenar, que pedir. Si este deseo se incluye a su vez, en la dinámica de la constitución ontológica del cuerpo femenino, que ya no es pura respeccionalidad, puro ser-a-la-mano, se vuelve también un momento de apertura, de existencia y con ello, una posibilidad de trascendencia. La heterosexualidad y la homosexualidad, lo que encuentran en común es esta trascendencia, ya sea desde lo uno a lo otro, o sea de lo uno a lo uno. En el segundo caso, es más bien, una trascendencia inmanente: el cuerpo experimenta el placer idéntico, dónde lo que varía es el rol. Sin embargo, en el primer caso, el cuerpo queda en su condición de trascendencia desde el punto de vista de la constitución de sí en la relación del uno con la otra, vale decir, en la dimensión supranormativa de la sexualidad, se encuentra también el espacio propio de la ética, que más que tener que ver con la virtud, tiene que ver con la relación con la otra. No tan sólamente la otra del rostro, la otra del cuerpo, es también, la cuestión de cómo nos relacionamos con lo distinto, con lo opuesto, con lo que no podemos comprender, con lo extraño: y ahí es que se devela la cuestión de que el cuerpo guarda en sí la clave de comprensión de cómo puede relacionarse lo otro con lo otro, el otro que soy yo, el otro partido, fisurado, irreconciliado con la otra, que a la vez, siempre se le experimenta como una, pero que de suponer algo, está también en la condición de fisura del cuerpo, del yo, de la voluntad. Nadie puede responder quién es ese al que llama 'yo'. Pero sí puede hacer que aparezca la cuestión establecida allí como relación, como entramado, como texto.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
martes, 13 de julio de 2010
No sé si el humano piensa, vive, ama, ríe, llora, sufre, siente, reza, lee, afirma, goza, niega, duda, existe, come, bebe, caga, mea, quiere, hace, muere, limpia, pulsa, ensucia, jala, aprieta, caga, caga, caga, o vuelve a cagar o toma, juega, inyecta, masajea, excita, planea, medita o tiene, etc.
Ni menos aún sé si el humano pensará, vivirá, amará, reirá, llorará, sufrirá, sentirá, rezará, leerá, afirmará, gozará, negará, dudará, existirá, comerá, beberá, cagará, meará, querrá, hará, morirá, limpiará, pulsará, ensuciará, jalará, apretará, cagará, cagará, cagará o si vielve a cagar o tomará, jugará, inyectará, masajeará, excitará, planeará, meditará o tendrá.
Sólo sé que el ser humano puede hablar, es una cosa bípeda, ímplume y lingüística; por conclusión: Sí, Diógenes. Me muestras un pollo ímplume y lo postularé a humano, pero sí y sólo si sabe hablar.
¿Me equivoco?
De todas maneras...
lunes, 21 de junio de 2010
"La función de las mujeres es dar la vida, la de los hombres es quitarla. Si existe algo más natural que un hombre que quiera destruir, es una mujer que quiera construir. Y de su contradicción tan extrema y categórica es que no se hace en estricto rigor nunca ni lo uno, ni lo otro. Toda construcción y vida es a medias. Al igual que toda destrucción y muerte es relativa."
.·Hliðskjálf·.
martes, 8 de junio de 2010
La verdad es mujer.
Algunos hombres aman las mujeres.
Por lo tanto, algunos hombres aman la verdad.
¿Algunos?
¿Quién puede amar entonces?
El hombre que sea menos que un dios, pero más que un conejo. Menos que un héroe, pero más que un mono. Menos que un filósofo, pero más que un protozoo.
¿De quién hablo?
.·Hliðskjálf·.
