... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado

extínguete...

entre gritos de silencio, pero extínguete...

a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...


He de sobrevivir a todo, aunque el hecho de morir en tus labios silentes, en tu mirada que no mira, en tu alma que no ama... me atrae más, quizá más que toda esta soledad. No importa: la arrogancia revertirá...
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D-efecto

martes, 20 de septiembre de 2016

La posibilidad que ofrece el erotismo virtual, la virtualidad del erotismo, de poder avocarse y enamorarse -es decir efímeramente-, de la dimensión defectuosa e incompleta de la mujer como una de las últimas capturas del avance tecnológico: más allá de ser un mero sucedáneo de la democratización foto-gráfica, es una etiqueta disponible en el acceso a la imagen en este vasto mundo de la información.
El defecto, a medio camino de constituirse una gran base de información y de devenir en conocimiento y límite de la belleza, trasciende dicha posibilidad y se trasciende a sí mismo como la única belleza que existe. No hay más belleza que la del defecto, no hay más fuerza en el aparecer que en la caractarística más inadecuada a toda funcionalidad y en la constante incompletitud y libertad post-humana de poder crear y re-crear, reprogramar, finalmente, el cuerpo. La experiencia pornográfica de la imagen defectuosa, de la presencia proyectada lo más cerca del ojo (aunque aún afuera de él) hace que la búsqueda de defecto corporal en la mujer, también, en la noche, se vuelva la búsqueda de su belleza. La mujer defectuosa, profundamente defectuosa, imposible de reprogramar a totalidad, frágil de fábrica, se vuelve completamente un objeto de fascinación: es la mejor posibilidad de deshechar la propia fertilidad lejos y deshacerse de las ganas de vivir en el futuro.
La memoria programable y momificada de la (re)actualidad fotográfica hace que toda marca figura de aquello que falta, aquello irreductible a la reprogramación, aquello que una vez echado a andar, sigue y sigue, aquello que impacta el recuerdo, que destruye la intimidad en su repetición y que pone a prueba la continuidad de lo vivo, lanzando cada vez la vida fuera de sí, viviendo cada vez más la propia indiscernible finitud fuera del cuerpo, producto de la reprogramación virtual del propio cuerpo, por medio de la prótesis que nos permite abandonarnos a la red.
Lo que aparece en el momento final, en el colapso de todo ese mundo deseiso y auto-erotizante, adviene la estupefacción y el hastío hacia el mundo de la belleza, regresa la programación secundaria que llamaba al defecto una forma sensible de la destrucción del gusto. La pictorialidad virtual, la pigmentación suspendida de lo efectivo, la algorítmica que pone en entredicho toda facticidad, y vuelve a dejar entre paréntesis la distinción entre lo vivo y la cosa, entre el animal y la máquina, entre el intelecto y el software.
La imagen muy lejos de ser aquello que no es, deviene el ser más primario y primigenio al que remitirse, y la belleza de su defectuación, la magia de su parcialidad, se vuelve la única posibilidad de escape a la finitud. La cibernética es capaz de reconfigurar la finitud, ya no para dispararla a una infinitud, sino que a borrar el límite entre lo finito y lo infinito, y dejando un paso para la posibilidad, ya no de trascendencia o posvida, sino que a un tercer mundo que ya no es ni el material-temporal, ni el conceptual-espiritual: es el inmenso mar de la información, el infinito mar de la información que se retrotrae y se destruye a sí mismo, para conservarse: es la posibilidad de una nueva forma de vida que ya desdibuja toda diferencia entre la máquina y la humanidad, y más aún, entre la mecanicidad y la información: la información y el archivo como paradigma contemporáneo de la vida animal, la re-escritura del ser políticamente constituido, transformado y devenido una forma, una marca en la incorporalidad de la red.

Una vida desnuda interrumpida. Verdades Nocturnas

domingo, 28 de diciembre de 2014

Plantear una verdad nocturna, habla ya siempre de algo que no se deja acontecer. Aquello, que aún aconteciendo, que aún irrumpiendo el curso de lo diurno, del orden, de lo 'decible', más que hacerse meramente indecible, se resiste a volverse un acontecimiento, pues siempre detrás de la noche hay resabios de lo irrealizado, de lo que no logra tener lugar, del tiempo que falta, de la predominancia de 'lo que resta', por sobre 'lo que hay'. Así, en medio de una noche, aconteció que fui tomado por el deseo de otra... sin embargo, este deseo jamás fue otorgado, jamás logró a ser. Todo lo que permitía el contexto, todo lo que hacía el contexto era tensionado entre un resistirse tanto al acontecimiento de un amor nocturno, pero también, de la no realización de un amor nocturno. La noche misma, como contexto de lo imposible, fue lo único que se dejó acontecer. La imposibilidad tanto de huir, como de quedarse allí, sumados a la de al menos dudar qué hacer o qué ocurrirá. La noche misma, como momento de lo imposible deja al acontecimiento vivir. No es que no pase nada, que nada ocurra; a la vez, tampoco es que haya irrumpido el completo orden de las cosas una noche como esa, tan sólo ni se deja ocurrir, ni permanece inoperante: la verdad nocturna es entonces una potencia operante. Ni se deja ver en la actualidad, ni tampoco deja de ser por lo que resta de desarrollo e interrupción de la vida (y de las otras interrupciones).
La interrupción de la interrupción es la verdad nocturna, que ni muestra ocultándose, ni se oculta mostrándose: permanece operando desde un interior desdicho, desde un interior que no es interior, desde un interior que en tensión con lo externo, ni se vuelve completamente ante él, ni se vuelve sobre sí mismo: la totalidad de la experiencia nocturna refiere a la sustancialidad de lo diferente, de lo que no puede ni ser sustancia, ni dejar de permanecer dentro de la realidad nocturna. La realización de esa realidad, el movimiento de desenvolvimiento que está por venir de esa materia de interrupciones, de esa negatividad impura, es el cómo, la venida, nunca presente de la verdad nocturna.
Si algo hay dentro de la impura vida de lo múltiple y de lo diverso, es la disolución constante que vive desde la experiencia de lo nocturno: cada palabra se vuelven sonidos inarticulados, discontinuidades ebrias, eróticas constancias de lo que resiste la palabra. La expresión de la verdad nocturna, en su pura vivencia, es la interrupción de una interrupción de la interrupción. La verdad nocturna se deja interrumpir hasta el infinito: la conversación jamás puede finalizar, los remitentes de cada signo intercambian posiciones, énfasis, afectos: puedes decir dos veces lo mismo y dices algo diferente. Esto, sin un 'querer decir': las intenciones en lo más portentoso de la noche, no existen: ni por impulso, ni sin impulso, ni con impulso, ni con razón, ni sin razón, ni por razón, ni con disposición, ni sin disposición, ni por disposición, ni conscientemente, ni inconscientemente: la interrupción reverberante e indefinida de la noche no permiten categoría que no se desdiga, no dicen nada que no pueda desdecirse, pero que a la vez, no da posibilidad de retroceso: lo que sucede de noche, siendo diferente de lo que sucede de día, por el día permanece en los sentidos. No sucede nada, en realidad, más que esa interrupción.
Hay una cierta inocencia en la noche, y es esa misma inocencia la que aflora el sentimiento más doloroso de la culpa: somos culpables de, siendo inocentes, achacarnos las culpas. Somos inocentes de, siendo culpables, vivir una inocencia. Una vida desnuda, sin forma, negativa, operante, alterada, recorre la noche, ni somos víctimas de esa vida desnuda, pero tampoco dejamos de dejar que esa vida desnuda nos ataque.

Recordar qué y recordar como... acerca del porvenir: desenmascarar el recuerdo

lunes, 3 de noviembre de 2014

No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse. 

retaguardias eternas

lunes, 22 de septiembre de 2014

Siempre me he sentido tomado por la retaguardia, incluso cuando voy de frente. Al parecer, no hay forma de que al momento en el que le doy frente a algo, sea lo que sea, este me responde. Me responde cuando ya le doy la espalda. Me responde cuando yo ya no quiero seguir el tema. Es así como sucede la violencia en mi vida. Encaro, a ratos causo, una reacción violenta, sin embargo, no me siento fielmente referido y reflejado en ella. No respondo, pero tampoco acojo sin más. No intercambio violencia, quizá ese sea un hecho. O incluso cuando intento intercambiar, salgo quijotescamente ridiculizado: lanzo puñetazos a la nada o mis insultos son insignificantes por no ir acompañados de más golpes. En ambos casos, no paro de vagar sobre el acontecimiento, sin hacer mayores reproches morales acerca de mis contrincantes: más bien suelo detenerme en mis propias posibilidades, en las que no concreté.
La imposibilidad del combate, marca también la inesencialidad de mi vida política. La desazón de tener enemigos, me ha quitado incluso la enemistad cosificante y visceral. La derecha sigue siendo lo totalmente otro, lo cosificable, pero aún así, su tortura no me es más que un sueño lejano y carente de sentido; ni siquiera los enemigos personales, si es que los hubiera. Realmente no tengo cómo enemistarme moralmente de alguien, no tengo a qué oponerme y con ello, he intentado de seguir viviendo, pero aún así, de a poco, me doy cuenta que no puedo. No hay formas de vivir sin oponerse. Mi único enemigo es el tiempo, que tan sólo transcurre y que no puedo parar. Es a él al que me enfrento con mis proyectos a diario, sin poder tomar una buena respuesta que ofrecerle y que con ello, lograr salir adelante. No puedo moverme sin ir en contra de. No hay forma. Estoy detenido

Espacios de la violencia II El recuerdo.

viernes, 22 de agosto de 2014

El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.

El deshacimiento de lo nocturno

lunes, 9 de junio de 2014

No es nunca bueno alejarse de toda ingenuidad. Constituye una obsesión vacua el eterno rehuir de aquello que ha sido atacado por otro, hasta vencerse. No hay que exceder la dosis histórica del ser hasta más allá del artificio. Es bueno cuidarse de la arrogancia que implica el lenguaje que se aleja de todo lo no-ingenuo. Está bien, hubo antaño, quiénes levantaron de nuestra mirada las obstrucciones más severas, y comenzaron con ello a llevarnos a una transformación (des)constante en el lenguaje, para llevarnos a la lógica de 'los que vieron'. Pero cuánta es la arrogancia de esto, cuánta la arrogancia de toda la idea de superación en la historia del pensamiento, de la escritura, del lenguaje. Más aún, cuánta es la desfachatez de la corrección constante, para dirigir el lenguaje post-humanista para pasar de lo retorcido a la palabra retorcida que hace justicia a la corporalidad como puro grafema desprovisto de vida. Es necesario hacer justicia y para ello, no es bueno caer en la arrogancia del filtro bibliográfico para entender cualquier cosa, si esta, de uno u otro modo, tiene una relación con la vida, o es una quimera de oficinista burocrático. Es necesaria la reformación de un lenguaje contra-ingenuo, contra-moderno, contra-fálico ya no bajo el mismo método de la rareza, sino más bien, de la simpleza. Es tan bueno para eso el lenguaje, por ejemplo, de Sloterdijk, que retoma las metáforas luego de su retirada. Así mismo el grafema de-vuelto a nosotros por Derrida, la anatomía misma de lo escrito ya no como una tecnificación lingüística, sino como una dote, una gratuidad de lo que circunscribe la palabra. Así, mientras unos hablan de todo lo que termina en el 'ismo', otros se insertan en el grafema y en el sonar de la metáfora retirada (más bien retirándose), haciendo del lenguaje filosófico, una forma consciente de la corporalidad misma del pensar, del carácter visceral, iracundo a la vez que solidario del pensar. Los encargados de un pensar expresado en términos que 'una comunidad lingüística' entiende, por otra parte, se envanecen de que al encontrar la categoría de lo que se piensa, se resuelve el problema. Siempre la solución analítica termina con el decir del 'ismo', por otra parte, hay una forma del pensar humilde y contraído en su auto-penitenciaria forma de la nunca-llegada de que para explicar lo simple, siempre hay que recurrir a una palabra, que a fin de cuentas, jamás deba ser recluida dentro del ámbito del saber, de lo cognitivo, de lo mental-no-corporal. La cuestión es como dejamos al cuerpo en el pensar, cómo lo hemos dejado, ya desde la no-recurrencia a la imagen, como también la de la asexualidad del escribir. El vacío de sensualidad del escribir es una huella de la represión sexual, es una de las formas que el plomo no decir nada (nada visceral, esto quiere decir, la mayoría de las veces, algo así como "lo real") se revuelve contra sí mismo, en el pensar que no escribe, y el escribir que no piensa, es la eterna disyunción que hace de la mente algo distinto del cuerpo y que se itera y concluye incluso en la propuesta teórica de que la mente misma esté incluida ya en el cuerpo. Es la misma esquizofrenia, vale decir, la del cuerpo sin órganos, la iterada en la ontología del ismo. No hay ismo resuelto, no hay ismo por resolver, no hay ismo que pueda comprender después de veinte años más. A su vez, la palabra provista de la corporalidad enrevesada, pero convertida en mera costumbre, nunca un respeto, nunca una conmiseración de la condición del escritor doblado, re-traído, bajo la forma de la narración conservada del que escribe de sí, en el sentido del a partir de -que nunca de la mera materia de su hablar- ya que no es un mero hecho el que el cuerpo aparezca en la escritura, es ya una cuestión retorcida, que no es pura consciencia, ni menos consciencia pura, ni aún así, en ninguna forma consciencia, sino que es ya un espaciar, en el sentido de la ocupación, pero sobre todo en el de habitación. Habitación, ya no en el modo del que constituye una diferencia entre el cuerpo y la consciencia, sino que el habitar como esa acogida que da el espacio para el descanso, para el echar afuera -en definitiva- el cansancio de nuestros propios tormentos, de nuestros propios retorcimientos. La escritura, siempre debe tener una función terapéutica, porque toda escritura vive de un callar, de una represión, del in-abordaje de lo que sentimos (en el tacto, sobre todo) y no pudimos alcanzar con el mero pensar y recordar. La escritura tiene la naturaleza liberadora de esa miseria que se experimenta en el tacto del cuerpo, que no puede ser trabajado dentro del cuerpo, sino que lucha por salir afuera. Por eso, la negación de la palabra visceral, de la cuestión dividida, fragmentada, sumamente compleja y enrevesada de la cotidianidad, puede volverse escritura, palabra rasgada, punzada, surco, en el medio virtual, en el cuaderno de confesiones, en el tormento de la imagen, de la visión, de la audición, que, por lo general, surgen de un des-encuentro, de una contraposición, de una diferencia que vivida, no puede expresarse con el todo de la violencia o el de la comunicación conciliatoria. La escritura ayuda al demorar de la vida, esa demora que a todo contrapelo, lucha la inmediatez de lo técnico. Se puede vivir con otro ritmo, es bueno vivir más lento, a veces, es bueno no mantenerse en el constante estreñimiento de la pueril rapidez. La noche muestra un poco eso, un ser que se divide, que pasa lentamente, que se resiste a la rapidez de la ejecución, de permanecer en el ámbito de las cosas, del disponer, del tener, del articular. Hay en la escritura del cuerpo, una forma desarticulante que hay que temer mucho por perder. Sí, temer. Sí, afectar-se, sin censura, por la escritura que desarticula, que va en contra del entendimiento, que se acerca más a las visceras que a la cabeza. Que va más al tacto que a la visión. La visión del viviente nocturno es muy débil: ve a trazos, hay mucha oscuridad, el tacto, la sensualidad, el sonido, el olor empiezan a nublar la razón, para dormirla y mantener en el insomnio al cuerpo. La mente puede desconectarse, al menos, en su función arrogante, en su función no-escrita de querer entender y calcularlo todo. Hay una forma del escribir que tiene que ver más con lo que se puede des-entender. Es bueno, en la noche, quedarse perplejo, mantenerse espectante ante nada que pueda ocurrir, y por fin, hacerse cargo del deshacerse de todo lo que creemos. Nuestras creencias diurnas, suelen desaparecer, o al menos, transformarse en miedo y en espectación, paranoia, añoranza, amor, agonía, jadeo, titilación, el incesante sonido del respirar, en la noche, la discontinuidad del respirar nocturno. Todo esto, para que de día, volvamos cada vez más al agotamiento, a la horrorosa luz de la mañana, a la pavorosa palabra hacer, de todo lo que deshace la noche misma.

acidia, canibalismo y éxtasis

martes, 20 de mayo de 2014

El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.

Melencolia - Albrecht Dürer (1514)



La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.

Tiempo propio - tiempo de los demás

martes, 6 de mayo de 2014

Luego de haber sentido una descepción sexual castrante y nauseabunda... pensaba... no puede ser que no pueda haber persona que se adecúe a mi tiempo. Seguramente aquello es más de la mitad de mis problemas con el mundo: jamás estoy a su tiempo, siempre necesito más tiempo, siempre requiero absorver lenta y dedicadamente el tiempo, acariciar con el tiempo, con la duración, las más recónditas profundidades del ser del mundo. Es así, como siempre la lentitud, el apego y la obsesión se vuelven una forma de hacer que mi tiempo pase tanto más lento, escabroso y tortuoso para el resto del mundo. Es que el mundo no tiene tiempo que perder y yo jamás dejo de dar mi tiempo a quien sea que esté conmigo luego de pasar por mi filtro. El tiempo mismo, como una extensión infinita, siempre me es necesario darlo, ya sea para otro, ya sea para mí mismo. El tiempo es donado, siempre. Se comprende cuando el tiempo no se dona, cuando no se da, cuando no se le tiene. Hay muchos tiempos que no se pueden tener: no hay peor idea que la autodestrucción del tiempo, en una donación absoluta con el amante: cuando se da el máximo de tiempo al amante, el tiempo pasa de ser tiempo a una bomba de tiempo: no hay forma más de esperar, que el desesperar en el momento en el que todo ese tiempo se da vuelta sobre sí mismo, porque ese tiempo de intensidad, pasa a hastío, a violencia, a olvido o en el peor de los casos a matrimonio, a deshonestidad, a cinismo barato y falsedades infinitas.
El tiempo y el amor, no pueden ser infinidades juntas, sino geométricamente perpendiculares: deben cruzarse, como funciona el amor, por el entre-cruzamiento, permanecer en el querer juntarse, juntarse, lo más posible, con-penetrarse, amarse, contenerse, pero siempre como un ideal. Gran parte del tiempo amoroso, necesita de ausencia, de lejanía, de incerteza, de suspenso, en general, de cualquier amague, cualquier movimiento que haga que el amor pase del paralelismo a la perpendicularidad. La perpendicularidad marca un encuentro, una apertura. El paralelismo guarda en su matriz sintomática la ausencia de un encuentro real, la imposibilidad del juntarse de las líneas, hasta el infinito. El paralelismo es el resultado de un amor que busca que todo tiempo, sea el mismo... que cada tiempo, sea un tiempo junto, que cada línea sea absorvida por la extensión de la otra y que permanezca junto a ella, pero... sin tocarse, sin encontrarse, porque nunca se han separado, pero por ello mismo, nunca pueden unirse. El amor, el encuentro y la pasión en general, necesita de ese entre-cruzamiento, que surge del desencuentro. No hay re-encuentro sin desencuentro, no hay encuentro en tiempos que viven siempre juntos.
Por otra parte, es necesario el deseo constante de que los tiempos sean uno sólo. Es necesario quererlo, pero, en pos de un amor perfecto, se debe quererlo, querer lograrlo, pero -quizá- fallarlo intencionalmente. El tiempo siempre unido es el deseo más profundo de los amantes: el de ser un sólo ser. Pero así como a fin de cuentas es imposible, mientras más se parecen los tiempos, más paralelos y con ello, jamás se encuentran. Mientras más jueguen a la diferencia, al acercamiento, al alejamiento y sobre todo al des-alejamiento, el amor será un momento de unión, un sucedáneo liberador.

yo

sábado, 12 de abril de 2014

Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...

convivencia y soledad

domingo, 5 de enero de 2014

La convivencia es extremadamente difícil: esa disposición de recursos, y entre ellos el tiempo, que se pide en cada relación cooperativa guarda una cuota insaldable de vacío legal, de punto en el que no se puede exigir explícitamente, de punto en el que por pedir te vuelves psicópata, que es dificilísimo guardar una igualdad, aunque sea a medias y entre comillas. La igualdad que pide, toda convivencia, por ser imposible y la posibilidad concreta que se muestra de ella, se debe mostrar como la única (siempre desigual, siempre a medias, siempre con insatisfacciones viscerales a largo plazo) que siempre, es preferible la soledad. Puede ser una soledad acompañada. Claro está que siempre de otra soledad. Pero más allá de eso, no hay más que la soledad propia, imperdible, inconmensurable e infinita, en la que te encuentras. Quizá cada noche, a lo mejor cada día, en el que sabes que la vida es algo más que un momento perdido del vacío. En el que cada momento lo vives y lo mueres solo, a fin de cuentas, rascándote tus propias mugres, mugiendo tus propios dolores y llorando tus propias penas. La amargura de cada día, no puede ser sabiamente compartida, y estúpidamente, produce una estúpida amargura, un mal genio que no es un mal genio solemne y sabio, sino que es estúpido y pobre, perdido, trastocado, enfermo. No es la solemnidad de la melancolía, es la estupidización desesperada y desesperante de una depresión. Estar en el elegante y sutil límite de la depresión, es vivir en la levedad melancólica, desencantada, suave, con toda pena lenta, erosionadora, pero lenta. A cada momento, esa levedad absorvente, al ritmo de la música y con los colores de una impresión. Totalmente borroso, nada de nitidez, nunca una claridad, jamás un punto firme, nada más que el colindar de distintos grados emocionales, totalmente perdidos, sin encontrar palabras que logren expresar, sin encontrar más que la palabra que convive, una vez más, con esa experiencia. Pero que jamás la expresa, jamás la acaba, tan sólo la roza, por sus extremos, sus márgenes, sus mentiras.
Y es que la única convivencia posible, al fin y al cabo, es la no menos deshonesta, convivencia entre la palabra que roza y la soledad que se vive. La melancolía debilmente atrapada, de un estado esplendoroso de soledad, de completud, de unicidad. Todo ello, en y desde el fragmento.

acerca de la introducción al éros

domingo, 1 de diciembre de 2013

A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.

queda aun, ese rastrojo, ese tumor...

sábado, 9 de noviembre de 2013

"Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo" - Marcel Proust.

(Una) experiencia de lo nocturno com-partida

martes, 5 de noviembre de 2013

La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo. 

Identidad

jueves, 1 de agosto de 2013

0 lanza en mi costado  

De pronto, por la noche, noté que no podía dormirme. No podía dormirme así, sin más. A decir verdad, ahora me es extraño. Se supone que las cosas han cambiado... que esa ansiedad por la monstruosidad de mi pasado se ha atenuado, o al menos eso dice mi última experiencia de cercanía, de enfrentamiento con aquello que me hacía permanecer en un sueño despierto... aquél rastrojo de mi pasado.
Sí, me sentí triunfante, sentí que ponía un pie sobre mi pasado y me alzaba hacia un nuevo sol. La verdad es que me convencí bastante de la idea... pero aun así no he dejado de darle vueltas al asunto, esas vueltas me han hecho chocar con dudas que estaban ausentes, y esas dudas, ahora ya presentes, me hacen atenuar mi sentimiento de triunfo, me hacen detenerme, esperar. No sé qué pueda pasar, pero he tenido mucho silencio, no he tenido cómo surcar la profundidad de los múltiples abismos de mis recientes experiencias de mí mismo. Me he logrado aterrorizar de mi propia identidad, ya que no logro decir: "estoy en momento equis de mi vida", cuando de pronto, al decirlo, al redundarlo con el pensamiento, al explorarlo capciosamente con mi pensamiento, lo que hago es terminar alejándome de lo que creía estable, creo más devenires, más vaguedades...
Y es que en realidad no debe haber más que esas vaguedades, esas identidades difusas, que se resisten a la descripción, a la definición, a la estabilidad. Es que al pretender afirmar un momento de mi vida, ya lo vuelvo a pensar de otra manera, lo re-pienso, lo recuerdo, lo desgasto.
No he sido fiel a mi vocación por la escritura del momento. La escritura es un surco, es una forma de fijar aquello efímero que se me escapa cuando no lo digo, cuando sólo lo dudo en mis adentros, en el habitáculo retorcido de mi mente, cuando viajo. Quiero tener algo de mí, quiero atesorar algo de mí, tener algo. Pero no tengo nada más que mi propio cambio, no tengo nada más que el saber de que cuando afirmo ser alguien, ese alguien desaparece rápidamente ante mis ojos y creo tener a otro yo ante mis ojos. No logro afirmarme en quién soy. No hay un alguien que yo sea realmente. Soy tan sólo mi cambio, mi devenir, mi orgullo en devenir, mi miseria en devenir, mi ignorancia y mi sabiduría en el transcurso del tiempo.
A veces parece ser mejor así, puede inspirar tranquilidad que no hay nada fijo, que tu identidad no corre riesgos, porque no hay amenaza posible sobre algo que logra vivir en unidad con su tiempo... pero a la vez, desespera el no tener algo a qué aferrarse y señalar, y sentir que es lo propio. Ese afán de propiedad, tan infantil, que podemos sentir de vez en cuando, pero que tampoco se merece mucha importancia.
A decir verdad, a esta hora, tampoco muchas cosas tienen mucha importancia. Pero sí se puede atisbar algo del terror de no saber quién es el que soy, porque no sé tampoco cuáles son mis límites, ni mi final, ni mi principio. ¿Dónde empieza eso que llamo yo?
¿Dónde termina eso que llamo yo?

Atardecer

martes, 16 de abril de 2013

De pronto, luego de haberse levantado el sol y de haber experimentado su hálito con placer, suele recordarse esa plenitud antigua, perdida, vuelta vergüenza, vuelta lamento. El llanto amenaza con asomarse líquidamente sobre tu rostro, pero no, lograste por fin dormiste y despertar con angustia. Sin lamentos, pero completamente vacío, completamente atrapado en una nada, en una cápsula, como dentro de una caja. Cada voz que pudiste escuchar luego de eso, te causó dolor, te causó espanto, miedo... y tan sólo quisiste evadirlo y quitarlo, rogaste por que la vida se acabara así y sin más, pero viendo que era imposible, buscaste la forma de atenuarla, de matarla, de apagarla: abriste el notebook cerrado, no olvidaste, pero desde que ya lo abriste, no pudiste quedándote entre los lamentos y terminar siendo absorvido por tu cama. Fingiste que pudiste olvidar, pero todo lo que no he cambiado ahora me pesa más, cuando el tiempo me arrastra lentamente. Todo aquello que me reprimí de hacer, se vuelve ahora una súplica, un dolor, una emoción tan desgarradora que fluye desde el patetismo más asqueroso, hasta el odio más virulento y destructivo.
Mezclado todo eso, con el deseo inútil de querer salir de aquí, de poder escapar de este destino, siendo que es imposible; esto me pertenece, y debo amarlo tal y como es.
La vida sigue detenida, por más que pase el tiempo, no se lleva el cambio. El tiempo adquiere cada vez más violencia para arrastrar ese rastrojo detenido que llamo yo, y sigo allí. No tan sólo con un sentimiento de soledad, sino que más bien, la agonía de un abandono y el desgarrador orgullo destruido de alguien que fue traicionado y engañado... ¡Jáh!

ontologías nocturnas

viernes, 25 de enero de 2013

Vivir una dolorosa soledad, morir de tristeza y horror. Vivir sólo de noche, vivir en la prolongación infinita de la hora del lobo. Experimentar un miedo que inunda tu ser hasta lo más íntimo... y los pajaritos suenan cantando afuera. Tu luz debe ser la única prendida en todo el barrio, o al menos, la única prendida durante toda la noche en la que fracasaste. Contigo mismo, con los demás, con todo. Fracasaste. Relativamente no existes hoy, ni en esta semana, ni en la pasada. Quizá el mes anterior sí, pero ahora no. No existo, no tengo quien me perciba, quién me vea, quien me sienta, quien me quiera, quien me cuide. No. Estoy solo, sin valor alguno, sin precio alguno. Abandonado. Petrificado. Sin moverme de la cama...¿cuánto? ¡Dos semanas!
Qué asco es la vida, cuando se cae en este estado de putrefacción. Qué triste saber cuánto sublime y cuánta cosa alta hay, cuando se le ve desde este precipicio del abandono.
¿Relativamente no existo? Simplemente no existo, ni existe nadie como yo; no existimos porque sobrevivimos así, en la penumbra, en el silencio, en las teclas, en la luz, en el internet. No existimos. No salimos de día. No somos nada. No queremos. No odiamos. No hacemos. No perdemos. No ganamos. Simplemente no somos. Nada somos. Nada. Nadie detrás de un teclado existe. Nadie en un computador existe, nadie sin un libro, con un trabajo, sin inspiración y sin ver buen cine hace ya tanto...
El cine antes era la vida, la existencia, el ser. Ahora que se ha ido, no existe nada. El cine aparece cuando hay buena vida...¿o al revés? yo creo que al revés. La buena vida aparece porque hay cine; sin cine -hoy en día- no hay buena vida. No hay nada. No hay ser. No hay ente. Nada.
La vida quiere volver, llora por volver, por apartarse de este desvío. La vida no lucha mucho, pero grita a más no poder: sale, corre, deslízate, atrévete, golpea, enfurécete. Esa vida la viví y de eso morí. De vida se muere. El tiempo grita con tu vida, es imposible no escucharle: o escuchas el tiempo y lo sigues, o el te somete y te arrastra por el suelo. De todas maneras, siempre debemos ir con el tiempo. El tiempo es lo único que permanece, porque todo el resto varía.
...Ser arrastrado por el tiempo.

El Estómago

jueves, 15 de noviembre de 2012

Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".

Debilidad y existencia

jueves, 30 de agosto de 2012



Lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, es el roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí y que estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece, es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso lo que se ha endurecido no vence.

.·Andrei Tarkovski·. 

Esa pasión por Kundera que no debiera corresponderme

viernes, 18 de mayo de 2012

0 lanza en mi costado  

"El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido"

.·Milan Kundera·.

Una voz francesa... II

martes, 24 de abril de 2012

He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.

.·Blaise Pascal·.