... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado

extínguete...

entre gritos de silencio, pero extínguete...

a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...


He de sobrevivir a todo, aunque el hecho de morir en tus labios silentes, en tu mirada que no mira, en tu alma que no ama... me atrae más, quizá más que toda esta soledad. No importa: la arrogancia revertirá...
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Espacios de la violencia II El recuerdo.

viernes, 22 de agosto de 2014

El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.

Si no tengo amor, nada soy.

miércoles, 9 de julio de 2014

El corazón que late a la rastra, la penuria de despertar, aunque no sea por la mañana, el sentimiento de que está todo pendiente, de que esperas sin cesar algo que sabes que no vendrá. Esperas algo que no esperas, vale decir, sales del esperar consciente, esperas sin cesar, sin querer admitirlo, sin querer quererlo, sin querer esperar. Espero ahora, la total indeterminación. Y la total indeterminación es un ente ausente, totalmente fuera del rango de la relación. No hay relación actual con ese ente que llamo Alexandra. Aun así, puedo -aún ahora- despertar con su ausencia en mi cuerpo, tambaleante, lamentado, triste, debilitado. Estoy débil. Soy débil, cuando me relaciono con esa ausencia, y es que esa ausencia me sacó de mí. Asumí un papel que no era el mío, y aun no me he depurado totalmente de ese papel. A ratos se hace infinito, no puedo pararlo, contenerlo, ese velo de falsa moralidad, ese deseo de lo materno, esa mirada en el amor, la cercanía de los cuerpos, la sensación de mantenerse en un continuo tiempo en completa comunicación con alguien que quiere hablarte de ella. No tengo a alguien que quiera hablar conmigo ahora, he decidido, finalmente, quedarme solo. Busco una panacea universal para mi soledad, pero no la encuentro: aun estoy solo de ella, mejor dicho que de ella, de Ella. Porque ella no es Ella, pero Ella es ella. Vale decir, Alexandra no es tan sólo ella misma, su cuerpo de figura agradable, desprovista de puntas, de aristas, de planos, un cuerpo que no era solo curva, porque no era la curva lo que vivía allí, era el agrado de lo suave, de la piel que podía tocarse y vivirse, que era parte de la propia piel... y que ahora se ha despedido, que elegí yo mismo no volver a tocar. El fenómeno de la renuncia y la resignación aun no llegan a mí, con toda la felicidad que poseen. Aún vivo en un cierto anhelo de posesión, de tener alguien, de contar con alguien, de vivir de alguien. Necesito, por eso no puedo amar. Pero mal que mal, elegí estar solo, y de estar solo, ahora soy solo. Ser solo, quiere decir, ser único. Estar totalmente cerrado a la conversión, a la conversación. Vale decir, no quiero volverme otro, no me he vuelto hacia otro, no ha habido otra, realmente, hace mucho. No hay forma de relacionarme con lo que tengo de único, tampoco, por eso mismo: porque no he donado lo que en mí yace, como permanencia.
Cuando el yo se detiene, no puede donar nada de sí. No puedo apropiarme de mí mismo, si no es cediéndome: no hay nada en quien no da nada. "Si no tengo amor, nada soy", como dicen los cristianos. Pero a la vez, si tengo amor, nada soy. Si amo, cedo todo lo que soy, para no volverme a mí mismo, para jamás tener tiempo de mí, para mí, conmigo. El yo desaparece en el amor, en el sexo, en la entrega constante. La disolución de lo idéntico acontece en la conversión, en la conversación. Y es que tampoco he conversado hace mucho. No he entregado nada de mí. No quiero nada, la la vez que no soy nada. Estoy completamente desunido del mundo, no tengo nada que entregar, no tengo nada que ser, no hay proyecto. Ese es el problema, en una situación así, no hay más futuro que el seguir en el recuerdo y el anhelo infinito de lo completamente inasible, y que a la vez, se vuelve ineludible. Ahora toda palabra se vuelve nada, todo se escucha, pero nada se recuerda, no hay nada asible, nada con que llenar ese vacío infinito. Y no es que el vacío de la proximidad corporal y la suavidad de la piel sean reemplazables, sino que simplemente, quiero otro momento de maravilla, de satisfacción, de plenitud temporal, y no la he buscado. Tiempo atrás, logré satisfacerme con la conversación. Conversación que es conversión. Pero no, no ha habido tal. El deseo ya ha perdido su horizonte. No hay más que re-volver-se en el movimiento del ser que es el escepticismo. No sería malo encontrar esa epokhé. Pero ya no es posible vivir así. El cuerpo mismo no puede hacerlo.

acidia, canibalismo y éxtasis

martes, 20 de mayo de 2014

El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.

Melencolia - Albrecht Dürer (1514)



La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.

Tiempo propio - tiempo de los demás

martes, 6 de mayo de 2014

Luego de haber sentido una descepción sexual castrante y nauseabunda... pensaba... no puede ser que no pueda haber persona que se adecúe a mi tiempo. Seguramente aquello es más de la mitad de mis problemas con el mundo: jamás estoy a su tiempo, siempre necesito más tiempo, siempre requiero absorver lenta y dedicadamente el tiempo, acariciar con el tiempo, con la duración, las más recónditas profundidades del ser del mundo. Es así, como siempre la lentitud, el apego y la obsesión se vuelven una forma de hacer que mi tiempo pase tanto más lento, escabroso y tortuoso para el resto del mundo. Es que el mundo no tiene tiempo que perder y yo jamás dejo de dar mi tiempo a quien sea que esté conmigo luego de pasar por mi filtro. El tiempo mismo, como una extensión infinita, siempre me es necesario darlo, ya sea para otro, ya sea para mí mismo. El tiempo es donado, siempre. Se comprende cuando el tiempo no se dona, cuando no se da, cuando no se le tiene. Hay muchos tiempos que no se pueden tener: no hay peor idea que la autodestrucción del tiempo, en una donación absoluta con el amante: cuando se da el máximo de tiempo al amante, el tiempo pasa de ser tiempo a una bomba de tiempo: no hay forma más de esperar, que el desesperar en el momento en el que todo ese tiempo se da vuelta sobre sí mismo, porque ese tiempo de intensidad, pasa a hastío, a violencia, a olvido o en el peor de los casos a matrimonio, a deshonestidad, a cinismo barato y falsedades infinitas.
El tiempo y el amor, no pueden ser infinidades juntas, sino geométricamente perpendiculares: deben cruzarse, como funciona el amor, por el entre-cruzamiento, permanecer en el querer juntarse, juntarse, lo más posible, con-penetrarse, amarse, contenerse, pero siempre como un ideal. Gran parte del tiempo amoroso, necesita de ausencia, de lejanía, de incerteza, de suspenso, en general, de cualquier amague, cualquier movimiento que haga que el amor pase del paralelismo a la perpendicularidad. La perpendicularidad marca un encuentro, una apertura. El paralelismo guarda en su matriz sintomática la ausencia de un encuentro real, la imposibilidad del juntarse de las líneas, hasta el infinito. El paralelismo es el resultado de un amor que busca que todo tiempo, sea el mismo... que cada tiempo, sea un tiempo junto, que cada línea sea absorvida por la extensión de la otra y que permanezca junto a ella, pero... sin tocarse, sin encontrarse, porque nunca se han separado, pero por ello mismo, nunca pueden unirse. El amor, el encuentro y la pasión en general, necesita de ese entre-cruzamiento, que surge del desencuentro. No hay re-encuentro sin desencuentro, no hay encuentro en tiempos que viven siempre juntos.
Por otra parte, es necesario el deseo constante de que los tiempos sean uno sólo. Es necesario quererlo, pero, en pos de un amor perfecto, se debe quererlo, querer lograrlo, pero -quizá- fallarlo intencionalmente. El tiempo siempre unido es el deseo más profundo de los amantes: el de ser un sólo ser. Pero así como a fin de cuentas es imposible, mientras más se parecen los tiempos, más paralelos y con ello, jamás se encuentran. Mientras más jueguen a la diferencia, al acercamiento, al alejamiento y sobre todo al des-alejamiento, el amor será un momento de unión, un sucedáneo liberador.

yo

sábado, 12 de abril de 2014

Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...

Fisura

domingo, 1 de diciembre de 2013

El hecho de estar partido, de decidirse y negarse, de afirmar y confundirse, de estar completamente perdido en los intestinos de la nada que ahora te conforma y te constituye: no eres más que un andrajo de tus propios impulsos, sin jamás poder salir victorioso de los profundos laberintos del yo... te hundes en el quién soy, para poder responder el qué hacer. Da igual si eres un personaje, o una persona, lo que importa es que no llegaste a materializarte en el futuro que tanto añoraste... la palabra presente, no es más que una aciaga ironía vacía, cuando lo único en lo que pretendes pensar es en el futuro que perdiste y que jamás podrás recuperar... en las palabras con las que lo prometiste, lo estimaste, lo aguardaste, lo doliste y lo disfrutaste.
Todo presente, sabe a nada... no existe el presente, sólo existe lo que está más allá o más acá de él: o la eternidad perdida de un proyecto abortado o el instante perdido en la memoria.

acerca de la introducción al éros

A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.

espacios de violencia

jueves, 7 de noviembre de 2013

Hoy, vi en las cercanías de la universidad, afuera del bar entrelatas, una vez más, una escena de golpes, amenazas, persecuciones... evidentemente, parecía no ser una situación muy compleja, más bien pasajera, efímera, cotidiana. Lo que quería remarcar, es que además de esa consciencia de lo cotidiano de esa violencia no tan preocupante, se me apareció como horrorosa, me llenó de amargura, me exaltó, me hizo sentir triste, me afectó hasta el paroxismo... era obvio, me atraía a la cabeza esa violencia que asociaba con el amor, esa violencia que empapó de lágrimas el pesar de mi historia con la innombrable. En esa misma altura de la Alameda yo había sido golpeado por la pasión de un amante. La sola visión de la violencia, en un espacio cercano a ese, me afectaba demasiado, me llenaba de amargura y venían a mi mente todas esas ideas (que hace tiempo estaban ausentes) acerca de la nulidad o la estupidez de la violencia. Para mí, ya hace tiempo, la violencia se acercaba a ser una instancia creadora de sentido indispensable... y así veía la debilidad yacida en mí, la fuerza que en mí se ha apagado, el vacío de sentido al que pertenezco. La violencia, siempre va de la mano con el sentido, con el sentir. Se lucha por aquello que vale la pena, se lucha, se agrede, se abusa, se tortura a veces también, en pos de algo, de un objeto que constituye sentido, de una idea, en mi caso, de un sujeto. Para mí la violencia era la única forma de reivindicar una dignidad que veía sobrepasada por un otro que abusaba y al cual no podía acceder a través del lenguaje (aunque lo intenté...)
Y es así, que ante la visión de la violencia, ante su acontecimiento ahí presente, me encontré con mi pasado. Me encontré con el vaciamiento de sentido que viene ocurriendo desde hace un tiempo que  no sé cuál es... (no creo que haya empezado todo cuando descubrí el engaño del que vivía, esto viene de antes, quizá mi experiencia de trabajar me ayude a explicar un poco eso).
La historia, se veía allí desmantelada ante el acontecimiento de la violencia...y no quería dejarla pasar un segundo, la viví, la vivo ahora, mientras escribo, mientras surco estas palabras con horror en mi historia, en mi piel, en mi memoria.

(Una) experiencia de lo nocturno com-partida

martes, 5 de noviembre de 2013

La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo. 

Atardecer

lunes, 20 de mayo de 2013

Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.

http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&NR=1&v=Nzb62We2GqE

Atardecer

martes, 16 de abril de 2013

De pronto, luego de haberse levantado el sol y de haber experimentado su hálito con placer, suele recordarse esa plenitud antigua, perdida, vuelta vergüenza, vuelta lamento. El llanto amenaza con asomarse líquidamente sobre tu rostro, pero no, lograste por fin dormiste y despertar con angustia. Sin lamentos, pero completamente vacío, completamente atrapado en una nada, en una cápsula, como dentro de una caja. Cada voz que pudiste escuchar luego de eso, te causó dolor, te causó espanto, miedo... y tan sólo quisiste evadirlo y quitarlo, rogaste por que la vida se acabara así y sin más, pero viendo que era imposible, buscaste la forma de atenuarla, de matarla, de apagarla: abriste el notebook cerrado, no olvidaste, pero desde que ya lo abriste, no pudiste quedándote entre los lamentos y terminar siendo absorvido por tu cama. Fingiste que pudiste olvidar, pero todo lo que no he cambiado ahora me pesa más, cuando el tiempo me arrastra lentamente. Todo aquello que me reprimí de hacer, se vuelve ahora una súplica, un dolor, una emoción tan desgarradora que fluye desde el patetismo más asqueroso, hasta el odio más virulento y destructivo.
Mezclado todo eso, con el deseo inútil de querer salir de aquí, de poder escapar de este destino, siendo que es imposible; esto me pertenece, y debo amarlo tal y como es.
La vida sigue detenida, por más que pase el tiempo, no se lleva el cambio. El tiempo adquiere cada vez más violencia para arrastrar ese rastrojo detenido que llamo yo, y sigo allí. No tan sólo con un sentimiento de soledad, sino que más bien, la agonía de un abandono y el desgarrador orgullo destruido de alguien que fue traicionado y engañado... ¡Jáh!

ontologías nocturnas

viernes, 25 de enero de 2013

Vivir una dolorosa soledad, morir de tristeza y horror. Vivir sólo de noche, vivir en la prolongación infinita de la hora del lobo. Experimentar un miedo que inunda tu ser hasta lo más íntimo... y los pajaritos suenan cantando afuera. Tu luz debe ser la única prendida en todo el barrio, o al menos, la única prendida durante toda la noche en la que fracasaste. Contigo mismo, con los demás, con todo. Fracasaste. Relativamente no existes hoy, ni en esta semana, ni en la pasada. Quizá el mes anterior sí, pero ahora no. No existo, no tengo quien me perciba, quién me vea, quien me sienta, quien me quiera, quien me cuide. No. Estoy solo, sin valor alguno, sin precio alguno. Abandonado. Petrificado. Sin moverme de la cama...¿cuánto? ¡Dos semanas!
Qué asco es la vida, cuando se cae en este estado de putrefacción. Qué triste saber cuánto sublime y cuánta cosa alta hay, cuando se le ve desde este precipicio del abandono.
¿Relativamente no existo? Simplemente no existo, ni existe nadie como yo; no existimos porque sobrevivimos así, en la penumbra, en el silencio, en las teclas, en la luz, en el internet. No existimos. No salimos de día. No somos nada. No queremos. No odiamos. No hacemos. No perdemos. No ganamos. Simplemente no somos. Nada somos. Nada. Nadie detrás de un teclado existe. Nadie en un computador existe, nadie sin un libro, con un trabajo, sin inspiración y sin ver buen cine hace ya tanto...
El cine antes era la vida, la existencia, el ser. Ahora que se ha ido, no existe nada. El cine aparece cuando hay buena vida...¿o al revés? yo creo que al revés. La buena vida aparece porque hay cine; sin cine -hoy en día- no hay buena vida. No hay nada. No hay ser. No hay ente. Nada.
La vida quiere volver, llora por volver, por apartarse de este desvío. La vida no lucha mucho, pero grita a más no poder: sale, corre, deslízate, atrévete, golpea, enfurécete. Esa vida la viví y de eso morí. De vida se muere. El tiempo grita con tu vida, es imposible no escucharle: o escuchas el tiempo y lo sigues, o el te somete y te arrastra por el suelo. De todas maneras, siempre debemos ir con el tiempo. El tiempo es lo único que permanece, porque todo el resto varía.
...Ser arrastrado por el tiempo.

El Estómago

jueves, 15 de noviembre de 2012

Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".

Debilidad y existencia

jueves, 30 de agosto de 2012



Lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, es el roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí y que estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece, es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso lo que se ha endurecido no vence.

.·Andrei Tarkovski·. 

Aire

viernes, 27 de abril de 2012

Vida, que a cada paso tengo que rugir en silencio para sostenerte... no puedo respirar, no puedo ya caminar, ni soñar, ni reír con el mismo ímpetu. El aire se me va, y no sé cómo hacer que vuelva. Contenido o ausente, me atrapa su falta y me envenena su exceso... lo respiro con desesperación, como si debiera tragarme todo el aire del mundo, ¿Por qué no poder respirar es algo tan terrible? A cada instante, debes estar forzando tu continuidad en el mundo, y temes que alguna de tus faltas de aire sea la última, sí, puedes morir así, por falta de aire, sin saber respirar, sin poder ya respirar.
Angustiado, buscaba la causa material, pero me miraron con hilarancia y me la negaron... no es nada que coma, y a lo más, son los caminos que me ha faltado correr. Regresa esta ruinosa forma de vida, la de quien no respira, la de quien no puede seguir viviendo sin más, la de quien tiene que lograr encontrar un cómo para respirar.
Cada momento en el que me quedo sin aire, es un 'no' de esos viscerales y que van directamente a la vida. 'No', 'no', 'no', 'no', '¡No!'  Es un estarcarse en el 'no quiero más'. Los ojos se me vuelven brillosos, se me atasca un bostezo, no quiero nunca otra cosa que dormir, que cerrar los ojos y perderme en la cama. Sin querer volver más, ser absorvido por las sábanas, formar parte del colchón, tener la cabeza en la almohada, integrarme en la cama y no volver a salir de allí.
La única forma en la que termino diciendo 'Sí', 'sí', 'sí', 'sí', 'sí', '¡Sí!' es cuando me pierdo en mis pasos, cuando voy al trote, cuando me vuelvo un móvil, un ente que va hacia. Todos estos 'no', son prueba de tener un hasta, que quisiera encontrar en el instante desesperado de luchar por respirar. Es sólo del cuerpo, es verdad. Es sólo que no puedo respirar y también, sólo cuando recuerdo que no puedo respirar. El aire no me falta siempre, me falta cuando sé que me ha faltado el aire, cuando recuerdo que respirar no me es fácil. Me agito, me muevo, mi quietud se va, mi paciencia tambien y sólo me queda esa estúpida ansiedad. Toda ansiedad es producto de una idiotez, en mí. Siempre he ejercido una paciencia y una impasibilidad tremendas... el ser afectado, cada vez me hace sentir parte de las cosas de este mundo. En realidad, pertenezco demasiado ya al mundo, me afecta mucho el estar de determinada manera o no. Perdí ya esa ascesis que me distinguía tanto del resto. Podía estar cada momento impasible, sin afectarme, sin sentir, sin nada.
Al sumergirme en el mundo, como he experimentado las tinieblas de su infierno, he vivido también la más alta cumbre de sus cielos...la apatía que me constituye, ya ha dejado de ser y me sigo constituyendo... evoco con mi respiración, mi constante renovación de mi relación con el mundo.Mi querer-ser-cada-vez-de-nuevo. Mi agotar mis posibilidades...

Offret [La naturaleza del amor...]

lunes, 12 de marzo de 2012


-¿Por qué siempre hacemos lo opuesto a lo que queremos?
¡Siempre!
Yo he querido a un hombre... y me casé con otro.
¿Por qué?
-¿Quieres algo para tomar?
-No, no.
Nada, gracias Otto. Nada. Creo que ya sé ahora. Simplemente no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman, no se aman de la misma manera. Uno es fuerte, el otro débil. Y el débil siempre es el que ama sin calculo... sin reserva. Me siento como si hubiera despertado de un sueño... de otro tipo de vida. Por alguna razón, siempre puse resistencia... luchaba contra algo. Me defendí... como si tuviera a alguien más dentro de mí, diciendo: no sucumbas a nada... no procedas con... nada... o ¡morirás!.
Pero Dios, ¡Qué tontos somos!
-Eso está bien... por fin lo entiendes...

.·Andrei Tarkovski·.

martes, 28 de febrero de 2012

Ser un asqueroso tipo de masoquista, como si de ser crucificado todos los días en una etérea cruz solipsista de amor te haga más grande y más profundo. No. Sólo es tu tendencia horripilante a la decadencia y la flagelación completamente injustificada y entregada al azar de la locura. Corrosivamente como tomando un cáliz lleno de alquitrán y trozos de un espejo roto, perdido entre reflejos que, perdidos tambien, se cansaron de su propio reflejo. Ningún destello acallará jamás el pavor por el sentimiento de perdida, de falta y de caida. Cada vez más lleno del ungüento divino de una conmiseración misteriosa e incomprensible... el flagelante se levanta cada día y carga cruces, que, llenas de amor lo llevan a las alturas de un Gólgota donde-una vez más- podrá dejar el velo hipócrita de la cotidianeidad y se entregará a la gloria de la Muerte.
Una Muerte, cada día, esa es la vida del flagelante. En quien no pasan los días, sin esa cruz que alzar en gloria, clavarse y embutirse en su madero infernal y esperar la cantata de otros dos mil años de ateos e irreligiosos. Ni las profundidades del mar, ni la altura de las montañas logran saciar esas ansias de aniquilación que rodean al flagelante, al perdido de sus lamentos y al entregado incomprensible. En definitiva, al amante de esas coronas de espinas.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cuando ya nada logra hacerte salir de tu miserable sentimiento de abandono, cuando la superación del estadio de la necesidad es un imposible, piensas, intranquilo y tambaleante, cómo puede surgir todo esto de la promesa y su esperanza. Hay una promesa que no se cumple, cuando surge el estúpido sentimiento de abandono. Cada abandono, es abandono de algo... y ese algo es una promesa que se afirma con la palabra y se niega con la acción.
Realmente, soledad es lo último que siento. La soledad es hermosa, con su belleza arrogante, supera por mucho este miserable sentimiento de abandono, este momento estúpido, abstruso y lleno de pobredumbre en el que esperas, lo que no va a llegar y pides lo que no se puede pedir, lo que al ser pedido, ya no tiene sentido.
Esta asquerosidad interna, esta estúpida necesidad refleja fielmente el estado de pudrición en el que he caído. Ya no soy el de las estrellas y el de el cielo... caigo en la profundidad de un abismo. Si antes necesitaba un cable a tierra, ahora necesito una escalera para lograr subir este pellejo herido y errabundo, hávido de estupidez y con ello, también de vergüenza.
Ser pisoteado por la esperanza, el único mal que despierta todo esto. Una esperanza traicionada, despreciada y que sufre, pero aun no se aniquila. ¡Siempre he sabido que debo abolir toda esperanza en mí! Pero la estupidez que la necesidad y el deseo te infieren, te enceguecen. La imaginación se impone al entendimiento y crees que puedes esperar algo... y quisieras pedirlo, aunque pedirlo sería perderle el sentido a que se dé... Frente a todo esto, está la disyunción: o el chantaje o la indiferencia. La segunda vía la he probado tanto, por tanto tiempo y por tantos casos, que ya me parece agotada. El chantaje es asqueroso, por su parte, mi elegancia moral no me lo permite, ¿quién podría decir que soy, si soy capaz de chantajear a consciencia? ¿Quién se esconde detrás de un chantaje? No me escondería yo, se escondería mi deseo y se haría llamar yo.
Asco.
El náuseabundo sentido del desquebrajamiento, el sentimiento de deterioro y la identidad fragmentada deben desencadenar en una mala historia, en una violenta nihilización de la propia imagen y una cruel estupidez contra mí mismo.Una vez más, no hay salida.

Getsemaní

domingo, 12 de febrero de 2012

0 lanza en mi costado  

Y tiempo y cambio...
¿Irán de nuevo de la mano?

Ansias de confirmar lo peor

Pensar en esos oscuros ocultamientos que se resisten a desocultarse, esos temas que al hablarse se resisten a la verdad, en que las palabras de salir, saldrían con la sangre de un raspado de gargantas y con las lágrimas de una revelación no deseada. Sí, quiero saberlo, quiero escucharlo en sus letras... me fascina la idea, es ridículo, pero sí, quiero saberlo, quiero tener la seguridad de que fui así como sé que fue, de que pudo haber sido de otra forma, pero aun así, fue así. Estoy aquí y quiero saberlo, me muero por saberlo, me retuerso en la cama, mis vísceras se llenan de oscura bilis, mi ansia por el saber, mi estúpida investigación destructora de yo's me lleva a esto.
¿Cuántos yo's caerían con ese conocimiento? ¿Cuántas palabras podría seguir musitando sin duda? ¿Cuántas veces tendría que resucitar para poder vivir la vida de nuevo, luego de un descubrimiento semejante? Y peor aun ¿Cuántos espejismos, cuántos fondos rotos de espejos que no reflejan voy a tener que levantar para ocultar la intensa transformación del alma en un momento así?
Quiero saberlo, pero también es imposible esperar honestidad de una situación así. De tan completa oscuridad es muy difícil esperar honestidad. Sé que preguntarlo, sería sólo motivar a que se cubra más la verdad con estúpidas quimeras sin sentido, producto de una consciencia completamente fragmentada y ansiosas de terapias de olvido y ocultación. Sí, fragmentos, me interesa saber esos fragmentos que faltan para completar la historia... mientras la historia aun vive.
Mi imperdonable deseo por esa verdad que no produce buenos efectos, mi búsqueda por ese fármaco es completamente un resultado del desequilibrio de este momento. La vergüenza, en esta Hora del Lobo, me cubre completamente de estas ansias estúpidas por descubrir aquello cuyo descubrimiento me haría tambalear en agonía. Comprendo ahora ese asqueroso episodio de identificación y conmiseración, tan extraño... y pensaba antes... tan fuera de la vía de la verdad...
Pero no. Esa identificación, ahora la encuentro aquí en frente, descubierta, por mis oscuras ansias de desentrañar una herida aun latente, aun en el tiempo vivido.
Finalmente, la verdad, las ansias más puras por ella, eran justamente lo que subyacía a esa asquerosa experiencia de identificación... Horrible consciencia ¿Cuántas veces me volverás a torturar con tu terror y con tus presentimientos desgarradores por lo peor?
Cada uno de estos descubrimientos es una nueva yaga en el alma, que contribuyen a que ella también se vuelva un fragmento, una pura ficción de partes múltiples que no se unen en nada. Que se unen en el descubrimiento de un sentido, que al ser descubierto, lo único que infunde es terror y no sabes en qué puede transformarte ese terror, más que en un fragmento.