... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado

extínguete...

entre gritos de silencio, pero extínguete...

a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...


He de sobrevivir a todo, aunque el hecho de morir en tus labios silentes, en tu mirada que no mira, en tu alma que no ama... me atrae más, quizá más que toda esta soledad. No importa: la arrogancia revertirá...
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Es preciso decir

miércoles, 8 de diciembre de 2021

 Pero hay algo que es preciso decir, es preciso decir.

-Voy a decirte lo que nunca te dije antes, quizá sea eso lo que se echa en falta: haber dicho. Si no lo dije, no fue por avaricia de decir, ni por mi mutismo de cucaracha que tiene más ojos que boca. Si no lo dije es  porque no sabía que sabía; pero ahora sí. Voy a decirte que te amo. Sé que te dije eso antes, y que también era verdad cuando te lo dije, pero es que solo ahora estoy realmente diciéndolo. Necesito decir antes de que yo... Oh ¡pero es la cucaracha quien va a morir, no yo! No preciso esta carta de condenado en una celda....

-No, no quiero asustarte con mi amor. Si te asustases conmigo, me asustaría contigo. No temas el dolor. Tengo ahora tanta certeza como la certeza de que en aquella habitación yo estaba viva y la cucaracha estaba viva: tengo la certeza de esto: de que todo sucede por encima o por debajo del dolor. El dolor no es el nombre verdadero de eso que la gente denomina dolor. Escucha: estoy segura de ello. 

Pues, ahora que había dejado de debatirme, sabía tranquilamente que aquello era una cucaracha, que dolor no era dolor. 

Ah, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir en la habitación, habría llevado más cigarrillos: me consumía de ganas de fumar. 

-Ah, si pudiese transmitirte el recuerdo, solo ahora vivo, de lo que nosotros dos ya hemos vivido sin saberlo. ¿Quieres recordar conmigo? Oh, sé que es difícil: mas varamos hacia nosotros. En vez de superarnos. No tengas miedo ahora, estás a salvo porque al menos ya ha sucedido, a no ser que veas peligro en saber qué sucedió. 

Es que, cuando nos amábamos, yo no sabía que el amor acontecía mucho más exactamente cuando no existía lo que llamábamos amor. Lo neutro del amor, era eso lo que nosotros vivíamos y despreciábamos.

Estoy hablando de cuando nada acontecía, y a ese no acontecer lo llamábamos intervalo. Pero ¿cómo era ese intervalo?

Era la enorme flor abriéndose, toda hinchada de sí misma, mi visión toda grande y trémula. Lo que miraba se coagulaba luego en mi mirar y se volvía mío, mas no un cuágulo permanente: si lo apretaba entre mis manos, como un poco de sangre coagulada, se licuaba de nuevo entre mis dedos. 

Me acuerdo de mis dolores de garganta de entonces: las amígdalas inflamadas, la coagulación en mí era rápida. Y fácilmente se licuaba: se me ha pasado el dolor de garganta, te decía yo. Como glaciares en verano, y licuados los ríos fluyen. Cada palabra nuestra -en el tiempo que denominábamos vacío-, cada palabra era tan leve y estaba tan vacía como una mariposa: la palabra volteaba desde dentro contra la boca, las palabras se decían, pero no las escuchábamos porque los graciares licuados producían mucho estrépido al fluir. En medio del fragor líquido, nuestras bocas moviéndose pero no las oíamos; mirábamos uno hacia la boca del otro, viéndola hablar, y poco importaba que no escuchásemos, oh, en nombre de Dios, poco importaba. 

Y en nombre nuestro, bastaba ver que la boca hablaba, y reíamos porque apenas prestábamos atención. Y no obstante, llamábamos a ese no escuchar desinterés y falta de amor. 

Pero en verdad ¡cómo decíamos! Expresábamos la nada. Y sin embargo, todo centelleaba como cuando lágrimas gruesas no se desprenden de los ojos; por eso, todo centelleaba. 

En esos intervalos pensábamos que estábamos descansando el uno de ser el otro. En verdad era el gran placer de no ser el otro: pues así cada uno de nosotros tenía dos. Todo terminaría cuando acabase lo que denominábamos intervalo de amor; y porque iba a terminar, pesaba tembloroso con el propio peso de su fin ya en sí. Me acuerdo de todo eso como a través de un temblor de agua. 

Ah, ¿será que nosotros originariamente no eramos humanos? ¿Y que, por necesidad práctica, nos volvimos humanos? Eso me horroriza, como a ti. Pues la cucaracha me miraba con su caparazón de escarabajo, con su cuerpo reventado hecho de tubos y antenas y blando cemento; y aquello era innegablemente una verdad anterior a nuestras palabras, aquello era innegablemente la vida que hasta entonces yo no había querido. 

-Entonces... entonces, por la puerda de la condenación comí la vida y fui comida por ella. Comprendía yo que mi reino es de este mundo. Y eso lo entendía por la parte del infierno que hay en mí. Pues en mí misma me he visto cómo es el infierno. 


***


Pues en mí misma he visto cómo es el infierno.

El infierno es la boca que muerde y come la carne viva sanguinolenta, y quien es comido grita con el regocijo de la mirada: el infierno es el dolor como gozo de la materia, y con la risa del gozo las lágrimas brotan de dolor. Y la lágrima que viene de la risa de dolor es lo contrario de la redención. Yo veía inexorabilidad de la cucaracha con su máscara de ritual. Veía que el infierno era eso: la aceptación cruel del dolor, la solemne falta de piedad por el propio destino, amar más el ritual de vida que a uno mismo; ese era el infierno, donde quien comía el rostro vivo del otro se revolcaba en la alegría del dolor. 

Por vez primera sentía yo con voracidad infernal el deseo de los hijos que nunca había tenido: quería que mi orgánica infernalidad llena de placer se hubiese reproducido, no en tres o cuatro hijos, sino veinte mil. Mi supervivencia futura en los hijos es lo que sería mi verdadera actualidad, que es, no solamente yo, sino mi gozosa especie sin interrumpirse nunca. No haber tenido hijos me dejaba espasmódica como ante un vicio negado. 

Aquella cucaracha había tenido hijos y yo no: la cucaracha podía morir aplastada, pero yo estaba condenada a no morir jamás, pues si muriese, aunque fuese una sola vez, yo moriría. Y no quería morir, sino permanecer perpetuamente muriendo como gozo de dolor supremo. Estaba en el infierno traspasada de placer como un zumbido sordo de los nervios del placer. 

Y todo eso -¡oh, horror mío!-, todo eso ocurría en el amplio seno de la indiferencia... Todo eso perdiéndose a sí mismo en un destino en espiral, y este no se pierde a sí mismo. EN ese destino infinito, hecho solamente de cruel actualidad, yo, como una larva -en mi más profunda inhumanidad, pues lo que hasta entonces se me había escapado era mi real inhumanidad-, yo y nosotros como larvas nos devoramos en carne blanda.

¡Y no hay castigo! He ahí el infierno: no hay castigo. Pues en el infierno gozamos del regocijo supremo de lo que sería el castigo,  del castigo hacemos, en este desierto, más un éxtasis de risa con lágrimas, del castigo hacemos en el infierno una esperanza de gozo. ¿Era este entonces el otro lado de la deshumanizacion y de la esperanza?

En el infierno, esa fe demoníaca de la que no soy responsable. Y que es la fe en la vida orgiástica. La orgía del infierno es la apoteosis de lo neutro. La alegría del sabbat es la alegría de perderse en lo atonal. 

Lo que aún me asustaba era que hasta el mismo horror no punible iba a ser generosamente reabsorbido por el abismo del tiempo interminable, por el abismo de las alturas interminables, por el profundo abismo de Dios: absorbido por el seno de una indiferencia. 

Tan distinta de la indiferencia humana. pues aquella era una indiferencia-interesada, una indiferencia que se cumple. Era una indiferencia extremadamente enérgica. Y todo en silencio, en aquel infierno mío. Pues las risas forman parte del volumen del silencio, solo en el ojo centelleaba el placer-indiferente, mas la risa estaba en la sangre misma y no se oye. 

Y todo esto es en este mismo instante, es en el ahora. Mas, al mismo tiempo el instante actual es del todo remoto por causa del tamaño-grandeza de Dios. Por causa del enorme tamaño perpetuo es por lo que, incluso lo que ya existe, es remoto: en el mismo instante en que se quiebra en el armario la cucaracha, también ella es remota respecto al seno de la gran indiferencia-interesada que la reabsorbe impunemente. La grandiosa indiferencia, ¿era esto lo que existía dentro de mí?

La grandeza infernal de la vida: pues mi cuerpo me delimita; la misericordia hace que mi cuerpo no me delimite. En el infierno, el cuerpo no me delimita, ¿y a eso llamo alma? Vivir la vida que no es ya la de mi cuerpo, ¿a esto llamo alma impersonal?

Y mi alma impersonal me quema. La grandiosa indiferencia de un astro es el alma de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha. La cucaracha  y yo aspiramosa una paz que no puede ser nuestra; es una paz más allá del tamaño y del destino, suyo y mío. Y porque mi almaes tan ilimitada que ya no es yo, y porque está tan allende de mí, siempre estoy lejos de mí misma, me soy inalcanzable como me es inalcanzable un astro. Me contorsiono para conseguir alcanzar el tiempo actual que me rodea, pero sigo lejana en relación con este mismo instante. El futuro,¡ay de mí!, me es más cercano que el instante presente. 

La cucaracha y yo somos infernalmente libres porque nuestra materia viva es mayor que nosotras, somos infernalmente libres porque mi propia vida es tan poco encajable dentro de mi cuerpo, que no consigo utilizarla. Mi vida es más utilizada por la tierra que por mí, soy tanto mayor que aquello que yo llamaba 'yo', que solo poseyendo la vida del mundo me poseería a mí misma. Sería necesaria una horda de cucarachas para formar un punto ligeramente sensible en el mundo; no obstante, una sola cucaracha, solo por su atención-vida, esa única cucaracha es el mundo.

La parte más inalcanzable de mi alma y que no me pertenece es aquella que limita con mi frontera de lo que ya no es yo y a la cual me doy. Toda mi ansia ha sido esta proximidad infranquable y excesivamente próxima. Soy más aquello que no está en mí. 

Y he aquí que la mano que yo aferraba me ha abandonado. No, no. Soy yo quien solté la mano porque ahora tengo que ir sola. 

Si condigo regresar del reino de la vida volveré a tomar tu mano y la besaré agradecida por haberme esperado, por haber esperado a que mi camino pasase, y a que yo volviese delgada, famélica y humilde: con hambre solo de poco, con hambre solo de menos. 

Porque, allí sentada y quieta, había pasado a querer vivir mi propio alejamiento como único modo de vivir mi actualidad. Y eso, en apariencia inocente, eso era nuevamente un placer que se parecía a un gozo horrendo y cósmico. 

Para revivirlo, suelto tu mano.

Porque en ese gozar no había piedad. Pedad es ser hijo de alguien o de algo, pero ser el mundo es la crueldad. Las cucarachas se roen y se matan y se penetran en la procreación y se comen en un eterno verano crepuscular. La actualidad no ve la cucaracha, el tiempo presente la mira desde tan gran distancia que desde las alturas no la distingue, y solamente ve un desierto silencioso; el tiempo presente no sospecha siquiera, en el desierto desnudo, la orgiástica fiesta de gitanos. 

Donde, reducidos a pequeños chacales, nos comemos riendo. Riendo de dolor, y libres. El misterio del destino humano es que somos fatales, mas tenemos libertad de cumplir o no nuestro hado: de nosotros depende realizar nuestro destino fatal. Mientras que los seres no humanos, como la cucaracha, realizan su propio ciclo completo, sin errar jamás porque no eligen. Mas de mí depende el llegar libremente a ser lo que fatalmente soy. Soy dueña de mi fatalidad y, si decidiese no cumplirla, quedaría fuera de mi naturaleza específicamente viva. Mas si realizo mi núcleo neutro y vivo, entonces, dentro de mi propia especie, estaré siendo específicamente humana. 

-Pero es que volverse humano puede transformarse en el ideal, y ahogarse bajo redundancias... Ser humano no debería ser un ideal para el hombre que es fatalmente humano, ser humano debe ser el modo como yo, cosa viva, obedeciendo libremente el camino de lo que está vivo, soy humana. Y no necesito siquiera cuidar de mi alma, ella cuidará fatalmente de mí, y no tengo que hacer un alma para mí misma: solo tengo que elegir vivir. Somos libres, y este es el infierno. Pero hay tantas cucarachas que parece una plegaria. 

Mi reino es de este mundo... y mi reino no era solamente humano. Yo sabía. Pero saber eso extendería mi vida-muerte, y un hijo en mi vientre estaría amenazado por la voracidad de la propia vida-muerte, y sin que una palabra cristiana tuviese un sentido... Pero es que hay tantos hijos en el vientre, que parece una plegaria. 

En aquel momento aún no había entendido que el primer esbozo de lo que sería una plegaria estaba ya naciendo del infierno feliz donde yo había entrado, y de donde no quería ya salir. 

De aquel país de ratas, tarántulas y cucarachas, amor mío, donde el gozo fluye en gruesas gotas de sangre. 

Solo de misericordia de Dios podría sacarme de la terrible alegría indiferente en que me bañaba yo, toda entera. 

Pues yo exultaba. Conocía la violencia de la oscuridad alegre; yo era feliz como un demonio, el infierno es mi máximo.

 

Clarice Lispector - La pasión según G. H. (101-109)

La gravedad de lo neutro o la cucaracha-lispector

 Clarice con su escritura hace vivencia de lo neutro. No tan solo un efecto de legibilidad, es también la lectura/escritura que compone cualquier texto de Lispector: la sobre-escritura necesaria para cualquier lectura, sobre todo de su texto. G. H. es capaz de experimentar las múltiples capaz de lo neutro, tanto en sus intensidades, sus estallidos mudos, su pavor, sus alegrías desesperanzadas, todo en la desorganización de una cucaracha agonizante y expectante. Es neutro el fuego, es neutra la capacidad de un organismo más grande de cortar, diseccionar o de ver morir a uno más pequeño, es neutra también la tan sola posibilidad de morir producto de un desastre o de un accidente. Incluso del aperitivo natural de otro ser. Lo vivo tiene un peso de infierno, pero sus fuegos, sin embargo, permanecen siendo neutros. De movimientos ínfimos, milimétricos. Quizá ese milimétrico, esa intensidad minúscula que es la neutralidad, ese desprecio por el absoluto que clama toda vida, esa incapacidad de trascendencia que expresa en su forma una inmunda cucaracha primigenia, madre de todas las cosas, visora de todo, que nos contempla a nosotros pasar intrascendentes, incluso ante su propio no existir más. La cucaracha-madre, la cucaracha-anciana, la cucaracha-anciana, la cucaracha-dios, la cucaracha-cristo, la cucaracha-pasión, el imperceptible paso de la vida a la muerte en la insipidez del pus, del cuerpo partido en dos, de las partes disgregadas, de una interioridad desprovista de órganos, porque esa neutralidad es el CsO, es la escritura penetrante, en tanto que neutra, en tanto que ínfima, en la organización de la vida, desestabilizando sus ilusiones más viscerales: la de los sentimientos, la de los sentidos, la del pensamiento, de toda concentración, de toda atención, el mundo es la serie de lo ínfimo, impacientemente abrazando su propia desorganización con tan difíciles alegrías. La muerte, ya con ninguna pesantez, ni con deseo ni con repudio, sino con el automatismo del nanoengranaje, del movimiento dentro del movimiento, al interior de toda vida, ni máquina, ni planta, ni fungi. Lo ínfimo, lo inane, lo intrascendente es la vida misma, el mecanismo ni del todo profundo, ni del todo superficial que hace de lo moviente una cosa. Lispector, en su escritura, derrama lágrimas y alegrías, como partes de una cosa, que no es un todo, que es la confusión y el divagamiento de las propias sensaciones. Seguir la serie de estas intensidades, descubren la ineludible neutralidad y la inmundicie de toda intensidad. No es la moderación, es el aullido de todas las sensaciones en una sordera ininteligible, ante la cual solo se puede abrir paso la propia inmiscusión. La cucaracha-G. H., cucaracha-lispector (sí, con minúscula) sin ninguna intensión de mostrar nada, ni de revelar ninguna 'idea', recorren la neutralidad improbable de la vida misma, más allá de toda insensibilidad, más allá de toda muerte, el sumo peso, la gravedad implacable de

La pasión

domingo, 21 de noviembre de 2021

0 lanza en mi costado  

 Hay siempre un trasfondo de pasión en el dolor. Una pasión por el dolor, que clama desde el interior, ante cada vida que busca sobreponerse a la nuestra. Lo más natural, lo más fácil, lo más inteligente, es fluir con las corrientes del mundo, dejarse guiar por la propia falta de voluntad. El dolor, su pasión, la pasión por él, nos distinguen de las fluctuaciones del mundo, de sus ritmos, sus vientos, sus alteraciones equívocas, su propia falta de sentido. En la pasión, el fervor por el dolor, podemos encontrar ese punto en el mundo, en que nos elevamos sobre él, en el que resplandece nuestra propia palabra, nuestra propia respiración, por entrecortada que esté, como lo único que existe, aunque sea solo por unos segundos. Esa exhalación, esa contención también, que de lo aéreo del exterior, se vierte sobre nuestra propia palabra, la manera en que la respiración toca al habla, o bien, la medida en que toda habla es también un modo terrible de la exhalación, que se vuelve palabra, a medio andar, ante una intensidad que no puede ya ser más. 

La pasión por el dolor, sufrir con fervor -no como un momento pasajero, sino como un momento definitivo, un destino inevitable, necesario, cruel-, nos abre la posibilidad de abolir la banalidad superficial de la vida. Porque estar vivo es vivir en la superficie, vivir en los sentidos, en el vínculo. Un dolor apasionante, entonces, te aleja de esa terrible insensibilidad, de la amenaza de una insensibilidad perpetua. La condena del sentimiento a poder desaparecer, la apatía sin virtud reconocible, es lo único que queda en el aplazamiento del dolor, en la sobre-escritura de él. El dolor y sus pasiones vuelven la exhalación palabra y al viento un deseo. En cada bocanada de aire, en cada suspiro entrecortado, hay una terrible afirmación de uno mismo, que no necesita silencio, porque es el silencio absoluto: el ruido constante de la respiración y cada uno de sus deseos, se clavan en la propia consciencia, retumban en sus paredes (porque sí, la consciencia es la habitación propia, cuando está cerrada e inhabitada) como el filo de una brizna que recorta un helecho presto a morir.

touché

martes, 5 de octubre de 2021

 Ser tocado, a la vez por sí y a la vez por nadie, el arte masturbatoria, el placer lanzado al vacío, la ilusión de lamer y lamer aquello que se encuentra allí, en la pantalla o lejos, en los recuerdos. La distancia de la masturbación y la masturbación que marca la distancia, que la multiplica, que impide todo tacto y contacto, la autosuficiencia sexual espanta a quien depende y desea seguir dependiendo, de quién deba ser a quien necesite para la copulación. La autosuficiencia sexual apesta socialmente, pero practicarla te hace invulnerable hasta a tus propias caricias. Al practicarla deportivamente, o como somnífero necesario, se cumple la idea: nadie jamás te tocará, te estás tocando, nadie te toca. Jamás te importó que te tocaran. Lamer, a veces, lo es todo, es todo el placer que se pueda alcanzar, el suspiro de no lamer, permanecer ahogado en los suspiros por lo que no se lame, se lamió y no se volverá a lamer. La nostalgia, al medio de la noche, en ausencia de toda desesperación, lo invade todo en una insignificancia. En algo completamente nimio, omitible. La memoria se borra, y cada vez más. La masturbación la revive como muerta, masturbación farmacéutica. Toda agonía desaparece con la indolencia, la autosuficiencia ineludible, elegida como un destino inexorable. La masturbación eres tu, te pueden masturbar, sí. Tuviste tus aventuras, sí. Pero nadie te arrebatará los deseos verdaderos, es decir, los deseos que ni siquiera quieres realizar, pero que no, no están aquí, no están en lo que sea que estés. Al modo de la peste de Camus: lo único que importa, es que una vez lo viviste y ahora te puedes acordar de que padeciste el placer. Eres autosuficiente en ese recuerdo, multiplicable y variable. Agotable, pese a todo, no es infinito. Pero permanece contigo, como una marca en tu piel. Preservando algo que no está contigo, y que quizá incluso quisiste que se fuera antes. Quizás deseaste esta autosuficiente soledad, esta memoria perdida en los instantes de erotismo, en el deseo de quien se iba, se refregaba, se plegaba a tu cuerpo, sudaba a la son de tus movimientos, gemía, se abría, se entusiasmaba y sobre todo, te deseaba...


D-efecto

martes, 20 de septiembre de 2016

La posibilidad que ofrece el erotismo virtual, la virtualidad del erotismo, de poder avocarse y enamorarse -es decir efímeramente-, de la dimensión defectuosa e incompleta de la mujer como una de las últimas capturas del avance tecnológico: más allá de ser un mero sucedáneo de la democratización foto-gráfica, es una etiqueta disponible en el acceso a la imagen en este vasto mundo de la información.
El defecto, a medio camino de constituirse una gran base de información y de devenir en conocimiento y límite de la belleza, trasciende dicha posibilidad y se trasciende a sí mismo como la única belleza que existe. No hay más belleza que la del defecto, no hay más fuerza en el aparecer que en la caractarística más inadecuada a toda funcionalidad y en la constante incompletitud y libertad post-humana de poder crear y re-crear, reprogramar, finalmente, el cuerpo. La experiencia pornográfica de la imagen defectuosa, de la presencia proyectada lo más cerca del ojo (aunque aún afuera de él) hace que la búsqueda de defecto corporal en la mujer, también, en la noche, se vuelva la búsqueda de su belleza. La mujer defectuosa, profundamente defectuosa, imposible de reprogramar a totalidad, frágil de fábrica, se vuelve completamente un objeto de fascinación: es la mejor posibilidad de deshechar la propia fertilidad lejos y deshacerse de las ganas de vivir en el futuro.
La memoria programable y momificada de la (re)actualidad fotográfica hace que toda marca figura de aquello que falta, aquello irreductible a la reprogramación, aquello que una vez echado a andar, sigue y sigue, aquello que impacta el recuerdo, que destruye la intimidad en su repetición y que pone a prueba la continuidad de lo vivo, lanzando cada vez la vida fuera de sí, viviendo cada vez más la propia indiscernible finitud fuera del cuerpo, producto de la reprogramación virtual del propio cuerpo, por medio de la prótesis que nos permite abandonarnos a la red.
Lo que aparece en el momento final, en el colapso de todo ese mundo deseiso y auto-erotizante, adviene la estupefacción y el hastío hacia el mundo de la belleza, regresa la programación secundaria que llamaba al defecto una forma sensible de la destrucción del gusto. La pictorialidad virtual, la pigmentación suspendida de lo efectivo, la algorítmica que pone en entredicho toda facticidad, y vuelve a dejar entre paréntesis la distinción entre lo vivo y la cosa, entre el animal y la máquina, entre el intelecto y el software.
La imagen muy lejos de ser aquello que no es, deviene el ser más primario y primigenio al que remitirse, y la belleza de su defectuación, la magia de su parcialidad, se vuelve la única posibilidad de escape a la finitud. La cibernética es capaz de reconfigurar la finitud, ya no para dispararla a una infinitud, sino que a borrar el límite entre lo finito y lo infinito, y dejando un paso para la posibilidad, ya no de trascendencia o posvida, sino que a un tercer mundo que ya no es ni el material-temporal, ni el conceptual-espiritual: es el inmenso mar de la información, el infinito mar de la información que se retrotrae y se destruye a sí mismo, para conservarse: es la posibilidad de una nueva forma de vida que ya desdibuja toda diferencia entre la máquina y la humanidad, y más aún, entre la mecanicidad y la información: la información y el archivo como paradigma contemporáneo de la vida animal, la re-escritura del ser políticamente constituido, transformado y devenido una forma, una marca en la incorporalidad de la red.

Una vida desnuda interrumpida. Verdades Nocturnas

domingo, 28 de diciembre de 2014

Plantear una verdad nocturna, habla ya siempre de algo que no se deja acontecer. Aquello, que aún aconteciendo, que aún irrumpiendo el curso de lo diurno, del orden, de lo 'decible', más que hacerse meramente indecible, se resiste a volverse un acontecimiento, pues siempre detrás de la noche hay resabios de lo irrealizado, de lo que no logra tener lugar, del tiempo que falta, de la predominancia de 'lo que resta', por sobre 'lo que hay'. Así, en medio de una noche, aconteció que fui tomado por el deseo de otra... sin embargo, este deseo jamás fue otorgado, jamás logró a ser. Todo lo que permitía el contexto, todo lo que hacía el contexto era tensionado entre un resistirse tanto al acontecimiento de un amor nocturno, pero también, de la no realización de un amor nocturno. La noche misma, como contexto de lo imposible, fue lo único que se dejó acontecer. La imposibilidad tanto de huir, como de quedarse allí, sumados a la de al menos dudar qué hacer o qué ocurrirá. La noche misma, como momento de lo imposible deja al acontecimiento vivir. No es que no pase nada, que nada ocurra; a la vez, tampoco es que haya irrumpido el completo orden de las cosas una noche como esa, tan sólo ni se deja ocurrir, ni permanece inoperante: la verdad nocturna es entonces una potencia operante. Ni se deja ver en la actualidad, ni tampoco deja de ser por lo que resta de desarrollo e interrupción de la vida (y de las otras interrupciones).
La interrupción de la interrupción es la verdad nocturna, que ni muestra ocultándose, ni se oculta mostrándose: permanece operando desde un interior desdicho, desde un interior que no es interior, desde un interior que en tensión con lo externo, ni se vuelve completamente ante él, ni se vuelve sobre sí mismo: la totalidad de la experiencia nocturna refiere a la sustancialidad de lo diferente, de lo que no puede ni ser sustancia, ni dejar de permanecer dentro de la realidad nocturna. La realización de esa realidad, el movimiento de desenvolvimiento que está por venir de esa materia de interrupciones, de esa negatividad impura, es el cómo, la venida, nunca presente de la verdad nocturna.
Si algo hay dentro de la impura vida de lo múltiple y de lo diverso, es la disolución constante que vive desde la experiencia de lo nocturno: cada palabra se vuelven sonidos inarticulados, discontinuidades ebrias, eróticas constancias de lo que resiste la palabra. La expresión de la verdad nocturna, en su pura vivencia, es la interrupción de una interrupción de la interrupción. La verdad nocturna se deja interrumpir hasta el infinito: la conversación jamás puede finalizar, los remitentes de cada signo intercambian posiciones, énfasis, afectos: puedes decir dos veces lo mismo y dices algo diferente. Esto, sin un 'querer decir': las intenciones en lo más portentoso de la noche, no existen: ni por impulso, ni sin impulso, ni con impulso, ni con razón, ni sin razón, ni por razón, ni con disposición, ni sin disposición, ni por disposición, ni conscientemente, ni inconscientemente: la interrupción reverberante e indefinida de la noche no permiten categoría que no se desdiga, no dicen nada que no pueda desdecirse, pero que a la vez, no da posibilidad de retroceso: lo que sucede de noche, siendo diferente de lo que sucede de día, por el día permanece en los sentidos. No sucede nada, en realidad, más que esa interrupción.
Hay una cierta inocencia en la noche, y es esa misma inocencia la que aflora el sentimiento más doloroso de la culpa: somos culpables de, siendo inocentes, achacarnos las culpas. Somos inocentes de, siendo culpables, vivir una inocencia. Una vida desnuda, sin forma, negativa, operante, alterada, recorre la noche, ni somos víctimas de esa vida desnuda, pero tampoco dejamos de dejar que esa vida desnuda nos ataque.

...

sábado, 19 de julio de 2014

Nunca, jamás, podré reconciliarme. Ni conmigo mismo, ni con otro, ni con otra.

acidia, canibalismo y éxtasis

martes, 20 de mayo de 2014

El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.

Melencolia - Albrecht Dürer (1514)



La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.

convivencia y soledad

domingo, 5 de enero de 2014

La convivencia es extremadamente difícil: esa disposición de recursos, y entre ellos el tiempo, que se pide en cada relación cooperativa guarda una cuota insaldable de vacío legal, de punto en el que no se puede exigir explícitamente, de punto en el que por pedir te vuelves psicópata, que es dificilísimo guardar una igualdad, aunque sea a medias y entre comillas. La igualdad que pide, toda convivencia, por ser imposible y la posibilidad concreta que se muestra de ella, se debe mostrar como la única (siempre desigual, siempre a medias, siempre con insatisfacciones viscerales a largo plazo) que siempre, es preferible la soledad. Puede ser una soledad acompañada. Claro está que siempre de otra soledad. Pero más allá de eso, no hay más que la soledad propia, imperdible, inconmensurable e infinita, en la que te encuentras. Quizá cada noche, a lo mejor cada día, en el que sabes que la vida es algo más que un momento perdido del vacío. En el que cada momento lo vives y lo mueres solo, a fin de cuentas, rascándote tus propias mugres, mugiendo tus propios dolores y llorando tus propias penas. La amargura de cada día, no puede ser sabiamente compartida, y estúpidamente, produce una estúpida amargura, un mal genio que no es un mal genio solemne y sabio, sino que es estúpido y pobre, perdido, trastocado, enfermo. No es la solemnidad de la melancolía, es la estupidización desesperada y desesperante de una depresión. Estar en el elegante y sutil límite de la depresión, es vivir en la levedad melancólica, desencantada, suave, con toda pena lenta, erosionadora, pero lenta. A cada momento, esa levedad absorvente, al ritmo de la música y con los colores de una impresión. Totalmente borroso, nada de nitidez, nunca una claridad, jamás un punto firme, nada más que el colindar de distintos grados emocionales, totalmente perdidos, sin encontrar palabras que logren expresar, sin encontrar más que la palabra que convive, una vez más, con esa experiencia. Pero que jamás la expresa, jamás la acaba, tan sólo la roza, por sus extremos, sus márgenes, sus mentiras.
Y es que la única convivencia posible, al fin y al cabo, es la no menos deshonesta, convivencia entre la palabra que roza y la soledad que se vive. La melancolía debilmente atrapada, de un estado esplendoroso de soledad, de completud, de unicidad. Todo ello, en y desde el fragmento.

acerca de la introducción al éros

domingo, 1 de diciembre de 2013

A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.

queda aun, ese rastrojo, ese tumor...

sábado, 9 de noviembre de 2013

"Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo" - Marcel Proust.

(Una) experiencia de lo nocturno com-partida

martes, 5 de noviembre de 2013

La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo. 

Atardecer

lunes, 20 de mayo de 2013

Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.

http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&NR=1&v=Nzb62We2GqE

Espanto

miércoles, 15 de mayo de 2013

La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera

El Estómago

jueves, 15 de noviembre de 2012

Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".

Debilidad y existencia

jueves, 30 de agosto de 2012



Lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, es el roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí y que estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece, es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso lo que se ha endurecido no vence.

.·Andrei Tarkovski·. 

El (quizá) último grito de Béla Tarr...

miércoles, 2 de mayo de 2012

A torinói ló.

Una voz francesa... II

martes, 24 de abril de 2012

He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.

.·Blaise Pascal·.

Mar...

lunes, 6 de febrero de 2012

0 lanza en mi costado  


El mar es tan sólido como grandes bloques de madera: te golpea con astucia, te bota con destreza y te absorve sólidamente. No te suelta. Cundo entras no puedes salir, cuando estás fuera no quieres entrar. Es obsesivo. Es repulsivo. Es cálido. Es frío. No vale nada y lo es todo. Todo agua. Todo Madre... Es celeste, también es rojizo. De noche es negro y es blanco.

apología del delirio

jueves, 8 de diciembre de 2011

Llevar el cauce a su límite, hasta la extralimitación. Pero una extralimitación y un delirio es respecto de un límite. Cuando el límite pre-transgredido desaparece, desaparece con él, también, el delirio.
Delirium, ese salir del cause, se usaba para hablar de la semilla que no caía a la hendidura, una semilla que caía fuera de los márgenes de su prosperidad y su crecimiento. El delirio no puede ser algo en sí mismo, no puede constituirse sin la limitación, sin el desacercamiento de esa cercanía originaria al surco de la tierra al que la semilla es intencional, al que la semilla tiende.
Por ello, el delirio solo puede existir en la extralimitación que habita más allá de los márgenes, o incluso en los márgenes de su limitación. En el delirio encontramos una bella forma de la transgresión, del sentirse 'fuera de' aquello limitado. El hecho del delirio, su acontecer, es propiamente tal infinito e indeterminado, habitando en los márgenes y más allá de ellos, va desde lo establecido y establecible... hasta más allá de ello, el delirio es la forma de ser infinita, extralimitada del acto.
Restringirse sólo al mundo de los actos, sin jamás establecer el mundo de la acción, el delirio que subyace en una cama pegajosa de sudor de enfermo, puede ser la liberación álgida del reaccionario, su éxtasis fundamental, su perpetración en el fondo de su alma, su modo de presencia que debe seguir y extender, hasta más acá de los límites de la locura.