Vivir es decir un gran no. Negar cualquier acceso o cerrar cualquier puerta, no admitir la posibilidad de. Volverlo imposible todo, con la vida, con sus lágrimas, sus sentimientos invasivos, las penas que no se acallan y que surgen de las ternuras más profundas del alma, que se tejen en el vacío, por una mañana. El acontecimiento, desacontecimiento también, de pronto, de estar en medio de algo que acaba de terminar, que excede el espacio de tu cuerpo y cuyo deseo empieza en la negatividad más absoluta. El no-acceso y las ansias más absolutas de estar vivo de nuevo, del hecho de saber que lo estás, pero que esa vida no es más que una ineludible tristeza que embadurna todo del sabor de lo imposible, de lo denegativo, del absoluto no al mundo, a la vida, al placer y a la mentira.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
miércoles, 2 de marzo de 2022
domingo, 9 de enero de 2022
Admirar, entre interrupciones innecesarias, la escritura de G. H., una escritura en sentido estricto, más allá de contener un mero mensaje o de transmitir algo en esencia comunicable, es también una condición misma de toda vida y de todo aparecer. Esta dimensión, G. H. la abre con una alegría titilante, totalmente indiferenciada con la desesperación y con toda locura, a través de una serie de textos que exploran sin césar las múltiples vertientes de la vida de quién fracasa: la desorganización, lo neutro, los vaivenes pasionales propios del idear la propia vida, los propios deseos que le rodean y las imágenes, símbolos y asociaciones que la hacen estallar. La cucaracha, un resbalín dramático hacia las más profundas y superficiales vivencias interiores que una persona puede experimentar. La exploración de esta escritura procede por excesos y no se detiene: abre según contrariedades evidentes, el flujo del sentimiento y de la consciencia de una persona, ante algo que cotidiano, también es inesperado e inquietante. Sea esto la cucaracha, o sea un fracaso amoroso que se veía venir, la letra marca en su paso aberrante cada recoveco de este estado de simultaneidad, entre lo externo y lo interno, sin jamás poder agotar ninguna variación. Sin saturar las dimensiones contrarias propias de aun estar viviendo. Una cierta autoinmunidad, que produce la vida, es el detonador de una marcha absoluta, aunque no lineal, pero sí intensiva, de acceder a los secretos últimos (¿o quizás primeros?) de la sensibilidad humana. Acaso lo neutro, a ojos de G. H. no sea más que la suma de estos excesos que, contenidos entre sí, mantienen toda subjetividad inquieta atrapada en un absoluto de inmovilidad. Inmovilidad de la muerte, o del impacto silente de una vivencia en el interior de la casa, sin exterioridad alguna, más allá del balcón. El infierno se asoma allí en la casa, como una figuración propia del exceso de la vida. Exceso germinal-vegetal, que aparece en el transcurso de la vida de una cucaracha (¿Acaso no es la cucaracha el animal literario por excelencia?) en medio de un espacio a todas luces familiar, en una calma solitaria, la pasión se abre paso allí de modo inexorable, sin ninguna mediación, a través de la crueldad más natural y primigenia: dar muerte, ver morir, comer. De la consciencia a la vida o de la vida a la consciencia, es algo que no puede ser diferenciado cuando el espacio... ¿cuando el espacio qué? El espacio, en cualquier acepción del término, es un protagonista en esta obra, ya sea en la forma de la habitación, en la forma del recorrido, los lineamientos y las curvas propias de la expresión lispectoriana. Este espacio, expresivo, objetivo, intensivo, esta extensión que desencadena la pasión, que la mantiene en su vibración, que la opera en su transgresor avance: a cada lamento una sonrisa, a cada amor una insensibilidad, a cada intensidad lo neutro, a cada paso, finalmente, una contrariedad que no hace sino, afirmar esa carencia de nombre de quien escribe, la posibilidad de ser cualquiera que llamen 'yo', la cadencia propia de la caída y la elevación, el heroismo y el fracaso, indisociablemente entrelazados, co-producidos.
viernes, 15 de octubre de 2021
Es difícil, a veces, admitir que no se sufre. Lo que se padece, en una situación que pretendía ser emocionalmente impactante, es solo indolencia. Solo padeces tu propia insensibilidad, de una forma dañina, pero leve, lisonjera, advenediza, desarticulante. En la noche en que no queda tambaleo alguno, ni hay gritos de desesperación, solo hay un silencio, el silencio de las palabras que no se pueden decir (y que duelen), de los gestos que no se pueden hacer, de los juegos que ya no son posibles. No hay complicidad alguna en el silencio de la noche, donde todo sonar es un chirrido asemántico, toda palabra es un alivio, pero hay un acecho que no te pertenece. El acecho de lo desposeído, de lo alejado, del confort que te rodeaba y que te volvía cínico. El paso del tiempo, el cobijo, la atención, la palabra de preocupación, la mirada directa, la palabra lenta y baja, la sonrisa a veces, todo desapareciendo, descascarándose como de la superficie de una fría estatua de hierro derruido. ¿Qué se pierde? Es una respuesta que aun no se acaba de hacer, ni siquiera la pregunta resuena lo suficiente, no hay pasado, a veces, en medio de un encierro y una convivencia pragmática, no descarnada, pero sí demasiado práctica, demasiado resolutiva. Entender, que en realidad, no ha habido problema alguno, que no hay palabras para aclarar lo que desde siempre fue claro. Que nunca debimos estar así, pero que, pese a todo, fue la mejor alternativa por un buen tiempo. Y esa mejor alternativa, esconde (¡Una vez más!) una indolencia incalculable, ni dolor, ni ausencia de él, el dolor de la propia insensibilidad, el dolor que surge de la resistencia, de la firmeza incólume de no caer en el abismo de la afectividad. El dolor ocasional, agudo, resonante, pero no contínuo, ni desesperante, de que ahora se está a solas con el propio destino. En las manos de sí, ordenando un gran y desconocido espacio, que tiene y no tiene que ver conmigo. La velocidad con la que ocurrió todo no deja de ser impresionante, pero lo más asombroso fue la naturalidad con que todo fue asumido, casi como una experiencia cotidiana, un hecho pre-escrito, que aguardaba y que, de un modo u otro, era inextricablemente necesario, adormecedoramente verdadero: estar solo.
martes, 5 de octubre de 2021
Ser tocado, a la vez por sí y a la vez por nadie, el arte masturbatoria, el placer lanzado al vacío, la ilusión de lamer y lamer aquello que se encuentra allí, en la pantalla o lejos, en los recuerdos. La distancia de la masturbación y la masturbación que marca la distancia, que la multiplica, que impide todo tacto y contacto, la autosuficiencia sexual espanta a quien depende y desea seguir dependiendo, de quién deba ser a quien necesite para la copulación. La autosuficiencia sexual apesta socialmente, pero practicarla te hace invulnerable hasta a tus propias caricias. Al practicarla deportivamente, o como somnífero necesario, se cumple la idea: nadie jamás te tocará, te estás tocando, nadie te toca. Jamás te importó que te tocaran. Lamer, a veces, lo es todo, es todo el placer que se pueda alcanzar, el suspiro de no lamer, permanecer ahogado en los suspiros por lo que no se lame, se lamió y no se volverá a lamer. La nostalgia, al medio de la noche, en ausencia de toda desesperación, lo invade todo en una insignificancia. En algo completamente nimio, omitible. La memoria se borra, y cada vez más. La masturbación la revive como muerta, masturbación farmacéutica. Toda agonía desaparece con la indolencia, la autosuficiencia ineludible, elegida como un destino inexorable. La masturbación eres tu, te pueden masturbar, sí. Tuviste tus aventuras, sí. Pero nadie te arrebatará los deseos verdaderos, es decir, los deseos que ni siquiera quieres realizar, pero que no, no están aquí, no están en lo que sea que estés. Al modo de la peste de Camus: lo único que importa, es que una vez lo viviste y ahora te puedes acordar de que padeciste el placer. Eres autosuficiente en ese recuerdo, multiplicable y variable. Agotable, pese a todo, no es infinito. Pero permanece contigo, como una marca en tu piel. Preservando algo que no está contigo, y que quizá incluso quisiste que se fuera antes. Quizás deseaste esta autosuficiente soledad, esta memoria perdida en los instantes de erotismo, en el deseo de quien se iba, se refregaba, se plegaba a tu cuerpo, sudaba a la son de tus movimientos, gemía, se abría, se entusiasmaba y sobre todo, te deseaba...
lunes, 3 de noviembre de 2014
No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse.
viernes, 22 de agosto de 2014
El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.
sábado, 12 de abril de 2014
Es cierto eso que dicen, que aquel que se ha sumergido alguna vez en las profundidades del infinito abismo del yo, jamás podrá salir. Es cierto, pero no es tan obvio, la profundidad del yo, la consistencia, la densidad, lo abismal del yo es un objeto horroroso, no hay cómo meterse ahí, sin haber caído, sin haber errado, sin arrogar una sumisión infinita a ese espectro profundo y desvalido del yo, que vive detrás de las puertas de cada rincón, en cada sala, en cada momento perdido en los confines del alma. No hay cómo salir de ese yo, de ese habitáculo vacío y perdido, una vez que ya se ha rendido sumisión ante uno de sus momentos. El yo y sus momentos incendian poco a poco la experiencia consciente, la hacen retroceder, revisarse, perderse... la inacción, la contemplación del propio yo, la disección del yo es un momento de esas profundidades insondables del yo, que se expande en su inacción, en su examen infinito, en su reciclaje de historias, en sus recuerdos, sus olvidos, sus penas, sus miserias, sus llantos, sus risas, sus carcajadas, sus aprobaciones, asentimientos, promesas, fallas, glorias... hasta quedarse, nuevamente con otra versión del yo, otro momento del yo, otra parte, de esa multiplicidad infinita de fragmentos que llamamos yo que tiempo a tiempo se cortan, sin jamás poder encontrar sus hilos para poder unirlos...
domingo, 1 de diciembre de 2013
El hecho de estar partido, de decidirse y negarse, de afirmar y confundirse, de estar completamente perdido en los intestinos de la nada que ahora te conforma y te constituye: no eres más que un andrajo de tus propios impulsos, sin jamás poder salir victorioso de los profundos laberintos del yo... te hundes en el quién soy, para poder responder el qué hacer. Da igual si eres un personaje, o una persona, lo que importa es que no llegaste a materializarte en el futuro que tanto añoraste... la palabra presente, no es más que una aciaga ironía vacía, cuando lo único en lo que pretendes pensar es en el futuro que perdiste y que jamás podrás recuperar... en las palabras con las que lo prometiste, lo estimaste, lo aguardaste, lo doliste y lo disfrutaste.
Todo presente, sabe a nada... no existe el presente, sólo existe lo que está más allá o más acá de él: o la eternidad perdida de un proyecto abortado o el instante perdido en la memoria.
A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.
martes, 5 de noviembre de 2013
La semana pasada, mantuve una conversación en el uno a uno, con una mujer, durante si no toda, gran parte de la noche. Lo que ocurría, a mediados y también en el desarrollo mismo de la mediación de lo nocturno era el desentrañamiento de las trancas. Finalmente, todo lo que podíamos saber, todo lo que podíamos hablar, todo lo que podíamos entrañar eran tan sólo los límites de nuestras propias experiencias, que a la vez, son experiencias nocturnas. Como la tranca, el trauma, el silencio, el tema del que no se quiere hablar, aflora naturalmente en lo nocturno es algo casi esplendoroso... pero cuánto más esplendece, más se oscurece el transcurso mismo de la noche en su patetismo silente, nunca trágico, nunca consumado, sino que siempre a la espera, siempre a medio aflorar, a medio hablar, a medio palabrear, sin jamás terminar de ser explorado, sólo esbozado en sus límites, en sus formas, en su superficie. Lo profundo de eso nocturno no podía, no debía ser explorado, era tan sólo mencionado, señalado a rastras de la voz, rápidamente evadido... y con ello su presencia era agotadoramente absoluta, casi totalizante, la noche, lo nocturno así vivido en los límites del trauma, era también la muestra del permanente flujo de las yagas que siguen abiertas, y que viven infectadas... porque no pueden ser mencionadas, ni muy exploradas. No hay mucho que decir sobre el trauma, sobre la tranca. Más bien, el problema es la imposibilidad de pronunciarse al respecto, de ahondar mucho en la cuestión misma allí intrincada...
Y esa experiencia dual, compartida, es también una experiencia a medio constituida, le falta cohesión, le falta profundidad, contenido, siempre se queda uno con el nombre, con el límite de la mención, jamás con el ser mismo de lo evadido, de lo ahí trancado, porque lo que allí aparece, es el desaparecer mismo de un tema, por su sola mención, es el momento en el que la vida arremete en contra de sí misma para su propia conservación y hace que de aquello que posee una profundidad abismal, y que por esa profundidad misma, no pueda ser aprehendida, ni explorada con ausencia de violencia, en los límites de una noche... es por eso mismo, que pasa desde esa sustancia, lo real de lo real, el trauma mismo, lo vuelve mero fragmento, negación, nombre vacío, ya no la nada del misterio, la nada de la prohibición radical, del límite a quien pueda explorar en los abismos profundos de ese yo.
sábado, 24 de agosto de 2013
De pronto, cada distancia de lo cercano, se hace una distancia fría, insalvable, incomprensible. No hay forma de poder comprender lo que sucede en las entrañas de otro... ni tampoco saber lo que hay en las entrañas de ese otro, que es uno mismo. De pronto, la palabra proferida, desde el afuera, desde la boca del otro, se te hace ininteligible, a ratos, a más malestar... insignificante. No sabes lo que está diciendo, y aun si lo supieras, no tiene mayor importancias. Hay estruendos en tu interior que te hacen sordo al ser de lo acontecido en el afuera. No puedes atenerte al sentido mismo de lo que está sucediendo afuera, por haber volcado tus oídos hacia el adentro. Hacia el vacío, hacia una nada. La nada de la personalidad que se encuentra sin un otro. O peor aun, con un otro que no es capaz de significar. Cuando ese estado sobreviene en el vivir nocturno, es mejor apartarse de la forma más absoluta que se pueda y volver a habitar tu soledad de hecho, que reside en tu soledad de ser. Desarrollar esa soledad de ser, es tan distinto de cultivar la soledad de hecho. La soledad de hecho es un desafío, donde se enrostra el ridículo, la apariencia de locura, las palabras entredichas de los otros, las habladurías, etc. La soledad de hecho, en cambio, es una forma de soledad que no se encuentra en ese juego, ni en ningún otro. Es tan sólo, la soledad ya acontecida y viviente de la reflexión... No sé. Pero esa distancia insalvable, entre el otro y ese uno-mismo, de pronto, se torna peligrosa. Hay indiferencias peligrosas, quizá hasta perversas. Horror es lo que inspira el sentir esa distancia tan insalvable, con aquellos que se sienten, de manera natural, como más cercanos...
domingo, 14 de julio de 2013
La noche, es parte de un ciclo regular, de un modo del ambiente, del exterior, lo que no depende de nosotros. Lo nocturno, es una forma interior, de lo que no puede reducirse al ambiente, de lo único... y que a la par con la noche, no puede depender del sujeto. La noche no depende del sujeto, porque acontece afuera, es externa... lo nocturno, no depende del sujeto, porque es un acontecimiento plena y absolutamente subjetivo. Se desliga de la razón, de la reflexión y a veces, hasta de la sensación. La subjetividad se desnuda, se muestra independiente del tiempo, y se vuelve memoria y sensación, entremezclada, una. No hay más que la sensación-memoria, cuando acontece lo nocturno. Es la mezcla entre recuerdo y vivencia presente que logra abrir el ser a una manera propia, única de ser: la de lo nocturno. Lo nocturno es aquello que resiste toda forma de racionalidad fría, es un afectarse, es un volverse, es un sentir puro, una forma de acceder, de hecho, a las cosas mismas, en su forma nocturna. Es el hecho de que todo se haya inmediatamente frente a tu realidad, sin ningún tapujo. Todo se realiza y se desrealiza, de una forma única, en lo nocturno. Es un sentimiento, una forma particular siempre, irrepetible, inconstante, que se realiza en lo nocturno, que desrealiza todo aquello que le toca, que se muestra absolutamente simple, separada de todo lo demás.
Lo nocturno tiene una facilidad para aislar, para separar una cosa del resto; para ser íntima, absorvente y absoluta, porque no necesita más que una fijación, una figura, un contorno, o un contenido, una sustancia, una esencia. En ambos casos, la cosa es una sóla, es siempre única, siempre aislada, siempre simple. La condensación de la vivencia nocturna se debe a la forma del fijar, del contornear. Y es que lo nocturno vive en distracción, pero es que distraído puede fijar. Es que escribiendo borra y borrando escribe. Porque dice lo que calla, y ensordece lo que escucha.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera
lunes, 22 de abril de 2013
A veces, en momentos de lucidez, pienso que mi única autenticidad es preguntarme qué es lo que sucede en la noche. Cuál es ese acontecimiento, si acaso hay acontecimientos que podamos llamar nocturnos, si se puede pensar en la distinción real entre un acontecimiento nocturno y uno que ocurre de día... y, finalmente, cuál es su realidad. Mi pregunta más radical, es la pregunta por la realidad de lo nocturno. Por el sentir, por la afección, por la forma de lo nocturno.
miércoles, 2 de mayo de 2012
viernes, 27 de abril de 2012
Vida, que a cada paso tengo que rugir en silencio para sostenerte... no puedo respirar, no puedo ya caminar, ni soñar, ni reír con el mismo ímpetu. El aire se me va, y no sé cómo hacer que vuelva. Contenido o ausente, me atrapa su falta y me envenena su exceso... lo respiro con desesperación, como si debiera tragarme todo el aire del mundo, ¿Por qué no poder respirar es algo tan terrible? A cada instante, debes estar forzando tu continuidad en el mundo, y temes que alguna de tus faltas de aire sea la última, sí, puedes morir así, por falta de aire, sin saber respirar, sin poder ya respirar.
Angustiado, buscaba la causa material, pero me miraron con hilarancia y me la negaron... no es nada que coma, y a lo más, son los caminos que me ha faltado correr. Regresa esta ruinosa forma de vida, la de quien no respira, la de quien no puede seguir viviendo sin más, la de quien tiene que lograr encontrar un cómo para respirar.
Cada momento en el que me quedo sin aire, es un 'no' de esos viscerales y que van directamente a la vida. 'No', 'no', 'no', 'no', '¡No!' Es un estarcarse en el 'no quiero más'. Los ojos se me vuelven brillosos, se me atasca un bostezo, no quiero nunca otra cosa que dormir, que cerrar los ojos y perderme en la cama. Sin querer volver más, ser absorvido por las sábanas, formar parte del colchón, tener la cabeza en la almohada, integrarme en la cama y no volver a salir de allí.
La única forma en la que termino diciendo 'Sí', 'sí', 'sí', 'sí', 'sí', '¡Sí!' es cuando me pierdo en mis pasos, cuando voy al trote, cuando me vuelvo un móvil, un ente que va hacia. Todos estos 'no', son prueba de tener un hasta, que quisiera encontrar en el instante desesperado de luchar por respirar. Es sólo del cuerpo, es verdad. Es sólo que no puedo respirar y también, sólo cuando recuerdo que no puedo respirar. El aire no me falta siempre, me falta cuando sé que me ha faltado el aire, cuando recuerdo que respirar no me es fácil. Me agito, me muevo, mi quietud se va, mi paciencia tambien y sólo me queda esa estúpida ansiedad. Toda ansiedad es producto de una idiotez, en mí. Siempre he ejercido una paciencia y una impasibilidad tremendas... el ser afectado, cada vez me hace sentir parte de las cosas de este mundo. En realidad, pertenezco demasiado ya al mundo, me afecta mucho el estar de determinada manera o no. Perdí ya esa ascesis que me distinguía tanto del resto. Podía estar cada momento impasible, sin afectarme, sin sentir, sin nada.
Al sumergirme en el mundo, como he experimentado las tinieblas de su infierno, he vivido también la más alta cumbre de sus cielos...la apatía que me constituye, ya ha dejado de ser y me sigo constituyendo... evoco con mi respiración, mi constante renovación de mi relación con el mundo.Mi querer-ser-cada-vez-de-nuevo. Mi agotar mis posibilidades...
martes, 24 de abril de 2012
He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.
lunes, 12 de marzo de 2012
-¿Por qué siempre hacemos lo opuesto a lo que queremos?
¡Siempre!
Yo he querido a un hombre... y me casé con otro.
¿Por qué?
-¿Quieres algo para tomar?
-No, no.
Nada, gracias Otto. Nada. Creo que ya sé ahora. Simplemente no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman, no se aman de la misma manera. Uno es fuerte, el otro débil. Y el débil siempre es el que ama sin calculo... sin reserva. Me siento como si hubiera despertado de un sueño... de otro tipo de vida. Por alguna razón, siempre puse resistencia... luchaba contra algo. Me defendí... como si tuviera a alguien más dentro de mí, diciendo: no sucumbas a nada... no procedas con... nada... o ¡morirás!.
Pero Dios, ¡Qué tontos somos!
-Eso está bien... por fin lo entiendes...
lunes, 20 de febrero de 2012
El orgullo dice: ¡Así fue! El deseo dice 'no' y permanece inflexible. A final de cuentas, el orgullo es el que cede.
lunes, 6 de febrero de 2012
En el ocaso matutino de tu eterna agonía, encuentras el poder inquebrantable de una cama que no te quiere soltar. Sientes como el instante se disipa y sólo te queda la inanidad del estancamiento absoluto, un dejar de ser, con la mirada baja y las ansias miserables por una muerte cualquiera que te acoja en sus brazos. Donde abandonarías tus futiles deseos por lo imposible y tu mal parada imagen de fuerza y certeza que mantienes artificialmente, porque es tu mecanismo de defensa favorito. Ninguna certeza puede enfrentarse al poder absorvente de una cama y ningún pensamiento toma forma de expresión cuando estás perdido entre las sábanas. El ropaje de una cama es capaz de absorver las formas, al igual que absorve tus fétidos (otrora sensuales) olores corporales.
El modo de ser del hombre en la cama, es esencialmente la disolución. Nos disolvemos física y metafísicamente en una cama. Nos perdemos y nos mimetizamos entre la calidez ridícula de sus sábanas, o entre la ternura del estancamiento, la cama es inmune a (casi) todos los proyectos. A todos excepto los únicos que valen la pena efectuar...
Ni siquiera es una pérdida de proyecto gracias a la palabra mágica ('renuncia'). No. Es la disolución de principio, es extraño encontrar un razonamiento con la solidez suficiente para sacarte de la cama por la mañana, luego de una noche de tormentos y agonías.
Por lo general, es completamente imposible. Te quedas hasta que la agonía la lleve la cama y el sol, golpeándote con su falsa sonrisa, te impida seguir dejando de ser y te exija salir, porque está la emergencia de que pronto, ya no quede nada de ti...
