Cuando la inteligencia se basa solo en alcanzar sus fines, de la manera más lineal y abreviada posible, su desarrollo es tan burdo y vulgar, que podría ser intercambiada simplemente por el término 'estupidez'.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
domingo, 9 de enero de 2022
martes, 20 de septiembre de 2016
lunes, 3 de noviembre de 2014
No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse.
viernes, 22 de agosto de 2014
El dolor de un recuerdo, vivido en la inmensidad de un espacio, en la apertura del aire y en la conflagración de los vientos: hoy, paseando por el parque recordé un puñado de situaciones engorrosas, fracturadas, fragmentadas y perdidas de la relación con mis fantasmas. El tema de esto, es cómo esto estaba vinculado inmediatamente con la materialidad del espacio vivido, del lugar habitado y comprendido de forma íntima. Habían rastros de mi intimidad allí en el parque, restos inconfesables, terribles y que inspiran temblores, tiritos, miedos, ojos secos, gargantas amargas, retorcidas, amarradas, ceños fruncidos, ceños abiertísimos, miradas perdidas, largos momentos de silencio entre las palabras, interrupciones, titubeos estúpidos, cabezas a gachas, miradas frontales inexpresivas, deseos infinitos, insospechados, desprecios a la felicidad ajena, el deseo de la soledad de otros, la ira del desengaño, la deshonra, el espesor de la amargura, la desición de la angustia, la terrible desazón de la porquería, de lo estúpido, de lo mínimo, de la banalidad del mal que habitaba en ella. Además, de afirmar de nuevo, que ese deseo de lo infinito, esa nostalgia por el amor una vez logrado, visto desde la lejanía, desde el vacío de toda vida emotiva, desde el más esteril rincón de la vida que no es vida, que es pura huida, pura lejanía infinita, terror irreconciliable con el todo de la maravilla, con su inaprehensibilidad, la ira que provoca su fugacidad, el dolor de la esperanza de que todo amor, quizá vuelva una vez más a mi.
La palabra no tiene sentido luego de haberse encontrado con el espacio. La palabra es interrumpida en el espacio por su presencia, porque lo único que está presente en ese momento es la marca de una ausencia, el trazado de un texto que no puede volver a ser reconstruido, donde la ausencia de sus protagonistas y la ausencia del yo mismo que vive ese acontecimiento, que se entremezcla con ese espacio y se invisibiliza y se abyecta, se parte, se vuelve fragmento hasta lo más inconcebible e inaprehensible.
Toda palabra, se vuelve un sudor, el sudor del silencio incómodo: que el del silencio desesperante, insuflado de palabra, lleno de experiencia y que refleja la total alienación del presente a un pasado que ya no me pertenece a mí, que no pertenece al sujeto en primera persona: he ahí un pasado completamente vivido, convivido, pero desde la más pura horripilancia y temor, desde la afectividad más primitiva y desde la ventisca más fría.
martes, 20 de mayo de 2014
El pecado de la acidia, tematizado desde la edad media como una cierta forma de vida asociada astrológicamente a Saturno, que a su vez, designaría más tarde la melancolía. El paso desde el pecado de la enfermedad mortal kierkegaardiana de la desesperación, ese estado natural del hombre de tener un yo y no alcanzarlo, de vivir en una permanente insatisfacción de la Gracia de Dios. Es el des-gano, la falta de deseo que es el principio de la inacción y de la pereza. Esa insatisfacción des-temporalizada del tener un yo, y no levantarse para alcanzarlo, porque sabes de antemano que no puedes ni alcanzar ni acceder a él. El deseo permanente, pero ya de un objeto perdido, pero que nunca se ha perdido, porque jamás se le ha poseído. Es la dinámica en la que el deseo se incluye, mediante su exclusión: hay falta de deseo, porque el deseo -en este caso-, es de lo inalcanzable. Un estado de realización en el yo, en la satisfacción por Gracia de Dios, que es, al fin y al cabo, lo mismo.
El acidioso no se contenta jamás con lo alcanzable que hay en el mundo, no se contenta con nada por lo que pueda alcanzar con la mano. Se contenta, finalmente, con aquello que excluye, para incluir. El acidioso se contenta con la exclusión del deseo originario, de volverse Uno; para devenir satisfecho, quizá mejor dicho, resignado, a su propio estado de enajenación de no alcanzar ese yo perdido, jamás tenido.
La acidia hace que todos los plazos no se cumplan, hace que las proyecciones no sean claras temporalmente, hace que las metas se difuminen y sufran de inconstancia, desgano y desempeño perezoso.
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| Melencolia - Albrecht Dürer (1514) |
La melancolía, emparentada astrológicamente con este demonio meridiano, forma a los hombres de genio con sus males, entre ellos la perturbante lascivia incontrolable de desear el sexo y de extrañarlo, poseerlo como objeto desposeído, recordarlo como momento que no puede repetirse, momento que al recordárselo se le consume, se le devora y se le incorpora como propio. Pero como perdido. La resolución final del melancólico es recuperar el objeto perdido destruyéndolo, para retenerlo dentro de sí, mantenerlo como un recuerdo, pero jamás como una actualidad real. Y así seguir en la dinámica perversa del canibalismo y del sacrificio divino, en el que lo sacrificado se incorpora en el melancólico mediante el éxtasis. Leí tanto a Agamben que no puedo dormir, lo vengo leyendo desde la tarde, no he parado... no quiero terminar el libro. Me obsesioné melancólicamente, de hecho, con el libro: devorándolo, exterminándolo es que lo incorporo. Lo he leído tan rápidamente, que sé que las cosas con las que pueda relacionarlo a futuro, me abrirán la yaga de haber leído tan rápido algo, de manera que olvide la puntualidad de cada asunto como para abordarlo. Leí tan rápido que sé que perderé el recuerdo y esto es una latencia nocturna de cómo ese recuerdo se difumina con la escritura. Ya lo decía Platón: la escritura es farmakón para el recuerdo. Es decir, la escritura envenena la memoria, la extermina. También la vivifica, aunque deformándola, trastornándola, apropiándola. El ejercicio de la escritura -en la verdad nocturna- tiene que ver con esto que Platón tan bien había visto: con que la escritura es tanto olvido, como recuerdo. Ahora que escribo, incluso sobre estas cosas que parecen tan abstractas y vagas, la recuerdo a ella, al mismo tiempo que la olvido: me parece que me refiero a ella, cuando escribo, lo noto, enfatizo el recuerdo, lo abordo conscientemente, y mientras lo hago, me parece tan insignificante, me parece tan puta, me parece tan hermosa. El principio de no contradicción, a esta hora es un fantoche, lo que sucede aquí es un momento que profetiza la superación de esa contradicción. Sé que en algún momento, no habrán tantas contradicciones acerca de ella, acerca de Ella, acerca de ella/s. Pero ahora permanezco viviéndolas, a todas ellas, las contradicciones, las ellas. Y justamente, la misma dinámica de Agamben: mientras más la incluyo, termina, a fin de cuentas, excluida, cosificada, hecha fetiche, hecha broma, hecha jugarreta.
sábado, 12 de abril de 2014
Pensaba, que no soy capaz de reconocer racionalmente la extraña expresión horrible del durmiente. Le cubre una capa bizcosa de sudor y yace sobre un lecho por un tiempo irracional. Cualquiera que se pare a contemplar a un durmiente sabrá que con el tan sólo ejercicio de poner entre paréntesis la idea de cuántas horas debe dormir la gente diariamente, le parecerá siempre que el tiempo del durmiente es un tiempo absurdo. No hay nada de excitante, ni de atrayente, ni de cariño siquiera en el ejercicio de compartir un lecho, con el sólo objeto de dormir ya que no es una experiencia estética para ninguno de los que yacen juntos. Ni del que se encarga de observar, porque siempre encuentra en el otro una expresión horrible, un sudor irracional que aparece incluso en los inviernos más fríos, un rostro podrido por el cansancio, el peso de la noche, la monotonía del día, el desajuste de la hora y el propio cuerpo, la ausencia apesadumbrada de una palabra dirigida a un tu, la referencia siempre implícita a la muerte del que duerme, y la incapacidad de toda dinámica de comprensión. Durmiendo nadie comprende, durmiendo no hacemos más que suspendernos ante la desnudez de nuestras fantasías de lo nocturno, de lo nauseabundo y lo temible. Un buen sueño también es un momento de temblor: como de todo lo bueno, no sabemos nunca cuándo puede acabar y esperamos con ansias poder ver los límites de lo que experimentamos como propio, como acogedor, como completamente hecho de maravillas. La gracia de lo maravilloso, de la belleza intensa, está en su acabamiento: no hay momento intenso que dure mucho, ni relación extasiante que pueda comprometerse con los confines de este universo. Quizá obra del resorte envidioso de los dioses, o de la tan natural constitución autodestructiva de lo maravilloso, tienen vida corta, se acaban rápido. No como la noche del que contempla el dormido, el cuerpo dormido, el cuerpo muerto, incierto, incomprendido, casi compuesto de pura extensión, desprovisto de toda consciencia. El cuerpo dormido es una fantasía del cuerpo despierto, del cuerpo del sueño fragil, que no busca más que mantener ese sueño profundo del durmiente, que se extiende más allá de las fortalezas de toda temporalidad razonable. A decir verdad, no hay más que en el cuerpo dormido, esa falta de consciencia, ese puro cuerpo arrojado a la inanidad de la cama, que con una absorvencia poderosa mantiene al durmiente en sus límites, sin jamás poder liberarse de él, la cama es esa irracionalidad pretendida del cuerpo dormido, la de ser pura extensión. El cuerpo dormido quiere ser cama, en algún momento, quiere fundirse con ella, hundirse totalmente en su fondo y jamás salir de ese sudor asqueroso que es su anatomía, su constitución más certera.
La cama del cuerpo y el cuerpo de la cama, son momentos fragmentarios de eso que llamamos aquí la verdad de lo nocturno... y es que, de pronto hay cosas que no puedan ser más que la propia y constante elucidación de que aquello que llamamos nocturno, es algo esencialmente diferente de todo el resto. De todo lo que llamamos durante el día, o incluso, por la mañana...
domingo, 1 de diciembre de 2013
A ratos, no hay más que el recuerdo de la introducción al éros, a decir verdad, el resto parece completamente señal de ello, de que antes hubo un momento en el que no experimentabas la unión corporal y del cuál fuiste sacado por una iniciación erótica. Hoy, a la orilla del río era así, el sonar del agua, la comodidad de las piedras, la seguridad de la compañía, la instancia de conversar 'algo' acerca de las mujeres, de la mujer... todo ello no podía sino desencadenar un conjunto de recuerdos inocentes, placenteros y sublimes acerca de la iniciación sexual. Todo no recurría sino hacia aquél pasado deseoso, hacia una memoria deseosa, hacia un estado de memoria que en cuanto tal es puro deseo, pero en la memoria misma. Un momento sin proyecto, digo, una memoria deseosa, que deseosa no de algo ahora, sino una memoria del deseo mismo, en otro momento, en otra parte, con otra persona, en otro tiempo, de otro modo. Con una persona que nunca es la misma persona. Y esa persona, es la persona que era, que nunca la que es. Ese es el momento de la memoria deseosa, un estado de deseo sin proyección, un deseo y a la vez un desencantamiento (encanto no de magia, encanto de gusto) de la situación presente, en la que no se experimenta el erotismo con/de/contra la mujer, aunque a la vez, también la aceptación máxima del momento mismo de la memoria deseosa, en tanto que momento que transporta a otro momento, que hace que yo no estuviera ahí, que yo no estuviera acostado a la orilla del río, sino que todo fuera ese momento, en la cama, en el que la desvestía con esa mezcla entre temor, deseo y vergüenza, pero a la vez con seguridad. Y el cuerpo desnudo, mesiéndose una y otra vez, sobre el propio yo, restregándose, apretándose, a veces desesperadamente, las expresiones del rostro, las exhalaciones, los gemidos, los aprietos, las preguntas, las respuestas, las agitaciones, la humedad inacabable, infinita e inconmensurable del amor corporal. El cuerpo se restriega sobre el cuerpo, pero también se restriega sobre una consciencia, hace recuerdo, deja una marca. La marca de la iniciación sexual, que quizá pueda ser borrada (no hay razón de peso para que no se borre), pero es una marca siempre presente, en el momento de la ausencia. Y es la ausencia absoluta, el modo preferible en el que esta memoria deseosa se encarna, porque no hay forma de repetición, ni de recuento, siquiera. No se recuerda nada tal como pasó, se recuerda tal como se recuerda, simplemente. Es un momento de la memoria entre la identificación y la diferenciación: no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Tampoco, por ello, qué es lo que está agregado en ese momento del recordar. Pero la memoria del éros, se nos muestra como infalible, como totalmente presente: eso fue así, lo recordamos como tal en ese momento en el que experimentamos la memoria deseosa. Hay un afán de perfeccionamiento en esa memoria que destaca la presencia de la ausencia, la ausencia total, por ello, es el modo de esa memoria... y ante ella no cabe el lamento: porque su actualidad la vuelve presencia, la vuelve pura presencia... y mientra no hay memoria culposa, se muestra esto entonces, como una presencia pura, desnuda, erótica, mágica que se entremezcla con la orilla del río. Orilla misma, donde también quieres encontrar una nueva incursión erótica, un nuevo misterio erótico que desentrañar.
jueves, 31 de octubre de 2013
...y es que lo nocturno es paradigma de lo diurno. Es que todo lo que acontece en lo nocturno, en su esplendor, en su sublimidad temerosa, en su momento de excepcionalidad, en la hora del lobo se encuentra como momento único en su especie, pero por eso mismo, por su excepción se encuentra ya incluido en la dinámica de todo vivir diurno. Es que gracias a la idea de que suelo expresar la interioridad en la cama, por la noche, en el teclado, es que puedo, también, expresarla con el lapiz, sobre el papel en el patio de la universidad a la luz del sol, a la sombra de los árboles.
Es que el caso de lo nocturno, en su carácter de vivir ausente, de no tener a nadie presente -al menos en tanto que presente... puede tenerse presente a un(a) ausente, que es el caso de casi toda la vivencia nocturna que vive en la escritura- es que la palabra que aparece dolorosa en la hora del lobo de la noche, es también semejante y distante, incluido y excluido, en la dinámica del gritar(me) "aléjate de mí, te odio", cuando sobreviene el recuerdo de lo traumático, de lo no olvidado, de la yaga aun abierta y sangrante de mi ruptura. Es la vivencia nocturna la que no opera en el momento que vivo la realidad de la soledad. Es la ilusión, entonces, el modo por el que llega a relacionarse la vivencia nocturna en la vivencia matutina y también diurna. Es más bien por imaginación, en sentido fuerte. Es la creación de una imagen lo que vive allí, en esos momentos de la via dolorossa del día, solitario, triste, ruinoso y vacío.
Es que la reflexión, el volver (!) sobre sí, sobre algo otro, sobre alguien, sobre alguna otra, el re-volver, vive de lo nocturno, aun ya de día, lo nocturno así, sucede, sobreviene actual y efectivamente (que no como recuerdo) en el pasar de lo cotidiano, de lo típico, de lo automático.
domingo, 14 de julio de 2013
La noche, es parte de un ciclo regular, de un modo del ambiente, del exterior, lo que no depende de nosotros. Lo nocturno, es una forma interior, de lo que no puede reducirse al ambiente, de lo único... y que a la par con la noche, no puede depender del sujeto. La noche no depende del sujeto, porque acontece afuera, es externa... lo nocturno, no depende del sujeto, porque es un acontecimiento plena y absolutamente subjetivo. Se desliga de la razón, de la reflexión y a veces, hasta de la sensación. La subjetividad se desnuda, se muestra independiente del tiempo, y se vuelve memoria y sensación, entremezclada, una. No hay más que la sensación-memoria, cuando acontece lo nocturno. Es la mezcla entre recuerdo y vivencia presente que logra abrir el ser a una manera propia, única de ser: la de lo nocturno. Lo nocturno es aquello que resiste toda forma de racionalidad fría, es un afectarse, es un volverse, es un sentir puro, una forma de acceder, de hecho, a las cosas mismas, en su forma nocturna. Es el hecho de que todo se haya inmediatamente frente a tu realidad, sin ningún tapujo. Todo se realiza y se desrealiza, de una forma única, en lo nocturno. Es un sentimiento, una forma particular siempre, irrepetible, inconstante, que se realiza en lo nocturno, que desrealiza todo aquello que le toca, que se muestra absolutamente simple, separada de todo lo demás.
Lo nocturno tiene una facilidad para aislar, para separar una cosa del resto; para ser íntima, absorvente y absoluta, porque no necesita más que una fijación, una figura, un contorno, o un contenido, una sustancia, una esencia. En ambos casos, la cosa es una sóla, es siempre única, siempre aislada, siempre simple. La condensación de la vivencia nocturna se debe a la forma del fijar, del contornear. Y es que lo nocturno vive en distracción, pero es que distraído puede fijar. Es que escribiendo borra y borrando escribe. Porque dice lo que calla, y ensordece lo que escucha.
sábado, 11 de mayo de 2013
La oscuridad de la noche se va disipando, se asomará el amanecer luego, pero con la noche, la idea de la deshonra torna nueva vida y aparece como una verdad ahí presente, la noche en su velo cubre cierta parte de la verdad y nos muestra su verdad propia; el pensamiento cambia de forma, se vuelve nocturno, transeúnte, retorcido, se vuelve en contra del que lo emite. Pensar contra sí mismo... decían que era el arte de Cioran y Nietzsche. Pensar lo nocturno, más que eso, es pensar desde un yo que se ausenta en el día, pero que a ciertas horas, se vuelve ineludible. No es que haya dos yo's, uno verdadero y uno falso, sino que se trata de que uno corresponde al ser nocturno y al ser de día. Ser de día no es el tema. El vivir nocturno es la forma de ser que difiere de sí misma. No se encuentra en el ser consigo mismo, se encuentra un ser que se enajena de su naturaleza, que se vuelve contra sí mismo, pero ya sin un 'sí-mismo' al que oponerse. En la noche ese yo que vive de día desaparece, el único yo al que nos referimos normalmente. De noche cada yo es otro, cuando tiritan las manos, la boca, los pies, ya sea por el frío, o en verano a pleno horror y miseria.
El dominio del propio pensar se vuelve contra uno mismo, y el pensar se vuelve nocturno, el sentir, el moverse, todo. El ser nocturno, tan distinto y distante (mucho más aun, distante que distinto) se desenvuelve en el lugar propio del silencio, del tiempo en suspenso, el tiempo que no se planifica, que no se tiene en cuenta de día, que no se debe hacer rutina. La rutina, no forma parte de la noche desesperada. Todo se vuelve anormal, cada tic tac del reloj amenaza con acuchillarte el alma y cada paso en la lejanía es un presagio de aniquilación.
Y sí, en la noche, la deshonra tiene una vivacía, una vitalidad que no puede francar de forma alguna la dulzura serena del día. Por ello es tan necesario dormir a estas horas, para poder evadir esos momentos de deshonra que se prolongan desde su emisión, hasta el volver a temblar del cuerpo en una noche de soledad y de silencio. No hay muchas formas de no estar solo de noche, quizá solo una forma de compañía... y quién no goza de ella, sufre hasta más no poder... la deshonra se vuelve su perspectiva de mundo y la soledad su estandarte teórico. Si de noche sientes odio, no puedes golpear las paredes, si sientes deseos de gritar, no puedes salir y hacerlo, si quieres extinguirte... en cualquiera de sus formas, eres bienvenido. La aniquilación que ocurre en la vida de noche, es la forma del paso del tiempo. Cada momento de noche es la aniquilación de ese momento ante el sol, ante la luz y ante el ser-de-día. Lo que vemos como existir, en definitiva, es pensado y sentido de día, ante el sol. Lo que sentimos los que vivimos de noche tambien, es otra cosa, porque es otra realidad. No es la luna o el sol, es la propiedad de la luz y la poco amigable oscuridad las que hacen la diferencia. Tiñen los sentidos a su modo esas dos situaciones. De día... De noche, lo frío, lo silencioso, lo callado, lo oculto, lo placentero, lo culpable y lo lamentable cobran una potencia magnífica. De día su realidad es más parcial, casi relativizable mediante cualquier pequeño argumento... pero de noche no: lo frío, el silencio, la soledad, lo oculto, el placer, la culpa y el lamento tienen una realidad absoluta, inenarrable, ineludible e inexorable. Porque no hay escapatoria, la noche cierra el paso a la realidad absoluta de las otras afecciones. La ontología nocturna es distinta de toda otra ontología propuesta, cosa que es difícil de expresar filosóficamente.
Comprender lo nocturno es comprender esa forma de vida que simplemente se ha tomado como una extensión de la vida de lo común, de lo rutinario. En la noche surge lo único, gracias a la soledad natural. Y pasa ahora, que en mi, lo único es la deshonra y no puedo pararla, ni narrarla, la palabra no la alcanza, pero su conciencia escrita la surca, le hace un contorno, la descubre al modo en que puede hacerlo. Descubrir el núcleo de la vivencia nocturna es la tarea de aquel que busca el descubrimiento de lo nocturno...
martes, 16 de abril de 2013
A veces, por la mañana, sonrío, mientra camino. Sonrío porque siento la amargura de la posibilidad de encontrarme con aquello que me horroriza y me quita la vigilia, sonrío para ocultarme, sonrío con desdén, con rabia, con un sentimiento de odio, de desesperación. Sonrío cuando mis entrañas rugen por salir de mi cuerpo, pero estoy ahí afuera, sonriendo, luciendo una sonrisa, ocultando un grito ahogado que me sigue la totalidad del día. A veces, cuando estoy dentro, en casa, me acuesto y entre nostalgias, se revuelve mi estómago y me autodestruyo con preguntas cuya solo mención me quitan la tranquilidad del alma. Me hundo en la cama, escucho música, siento nostalgia, siento deseos imposibles de volver al pasado de una mentira. Despierto de mi sueño despierto, y odio nuevamente. Me odio por desear, odio mi deseo y odio lo deseado. A veces logro salir del laberinto del alma con las bromas, ya no es una sonrisa, es una carcajada y un descalabro de locura. La carcajada y la locura me liberan momentáneamente, me llevan al olvido, a la nihilización, es decir, al abrir los ojos ante el sin sentido de esa experiencia nostálgica de una mentira. Lo disfruto, pero antes de todo eso, está la sonrisa retorcida de un loco iracundo, que amenaza con explotar en furia ante cualquier mortal. El sentimiento patético de esa sonrisa, es una vergüenza. Pero está allí, la sonrisa que me encarcela, que me enceguece y que me posee, todos los días. Cuando no me abraza y me absorve la cama, amenazando no dejarme volver a ver la luz.
Si el tormento antes quitaba el sueño, ahora quita la vigilia. El día mismo es una nebulosa estúpida y confusa de amenazas y fantasmas. La araña que teje todo este enjambre de terrores diurnos, supo lograr encadenarlos en el momento en el que no se les esperaba. La sorpresa, la indigencia, la tristeza son los modos de ser de esa sonrisa deshonesta y enloquecida que llevo durante el día, por esperar encontrarme con lo que no quiero encontrarme.
No me interesa hayar otra salida al problema, tampoco. Tan sólo quería tomarle el peso a esa sonrisa amarga, enfurecida y retorcida, que me rodea las mañanas... cuando mi libertad me encadena a su juicio vacío, a diario, y la angustia me absorve.
domingo, 14 de abril de 2013
A veces tener un deseo que no deseas, querer hacer algo que...en realidad... prefieres obstruir toda posibilidad de hacer. Sí, un deseo realmente humillante, patético, de demostrar el sufrimiento con una persona que no quiere compartir nada... y el orgullo te ha salvado (una vez más) de confesarle lo que sientes, de hacérselo saber de alguna manera, por breve que fuera. Hay sentimientos que viven ocultos y que el revelarlos a la persona a quién van dirigidos significa una perdición tan profunda y abismal, que pensar en otro día de vida luego de una confesión semejante, es muy difícil.
Realmente, es asqueroso saber que se confió en alguien y que se te traicionó... pero a fin de cuentas, se sabe que no importa mucho, que tu confíes, quiere decir que creíste que un alguien, era un tipo determinado de persona al que... ni se asemejaba. ¿Qué reclamar? ¿que creíste que una persona era tal y tal por lo que esa persona decía o hacía? realmente, no hay mucho que decir, el caso está perdido y hace mejor dejarlo atrás. Son cosas de las que uno se preocupa cuando su vida está detenida, cuando no ha abierto su horizonte, porque no conoce nuevas posibilidades, porque no se ha despejado de sus antiguos fantasmas, porque no ha dejado de lamentarse de lo que pudo haber sido mejor... aunque no estuviera en sus manos y quizá en las de nadie, tampoco. No hay a quién culpar de lo que creíste, ni de lo que pensaste. Simplemente fue el descalabro de tu mente que buscó una imagen beatífica y trato de fingir encontrarla hasta poder creerse sus propias mentiras. El tiempo sigue, y sigo aquí, sin cambio... mi estremecimiento se reduce a un agua con azúcar, sigo sin explotar, sigo sin sacar esto hacia un nuevo camino. Es que el tiempo no me ha logrado arrastrar, por lo pesado que le soy, por lo denso, o simplemente, por lo terco y duro.
En fin, el tiempo solo lleva las cosas a su fin, a su límite, y aun no lo encuentro... pero saber esperar, es lo que aprendo de nuevo...
martes, 24 de abril de 2012
He ahí nuestro verdadero estado. Esto es lo que nos hace incapaces de saber con certeza y de ignorar absolutamente. Navegamos en un vasto medio, inciertos y flotantes siempre, empujados de uno a otro extremo; cualquier término donde pensáramos sujetarnos y afirmarnos, se bambolea y nos abandona, y, si le seguimos, huye de nuestra captura, se nos desliga, y escapa en una fuga eterna; nada se detiene para nosotros. Éste es el estado que nos resulta natural, no obstante ser el más contrario a nuestra inclinación. Ardemos en deseo de hallar un asiento firme y una última base constante sobre la cual edificar una torre que se alce al infinito, pero todo nuestro fundamento se desmorona y la tierra se abre hasta los mismos abismos. No busquemos, pues, seguridad y firmeza. Nuestra razón es siempre defraudada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito; entre los dos infinitos lo contienen y le huyen.
lunes, 12 de marzo de 2012
-¿Por qué siempre hacemos lo opuesto a lo que queremos?
¡Siempre!
Yo he querido a un hombre... y me casé con otro.
¿Por qué?
-¿Quieres algo para tomar?
-No, no.
Nada, gracias Otto. Nada. Creo que ya sé ahora. Simplemente no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman, no se aman de la misma manera. Uno es fuerte, el otro débil. Y el débil siempre es el que ama sin calculo... sin reserva. Me siento como si hubiera despertado de un sueño... de otro tipo de vida. Por alguna razón, siempre puse resistencia... luchaba contra algo. Me defendí... como si tuviera a alguien más dentro de mí, diciendo: no sucumbas a nada... no procedas con... nada... o ¡morirás!.
Pero Dios, ¡Qué tontos somos!
-Eso está bien... por fin lo entiendes...
domingo, 12 de febrero de 2012
Pensar en esos oscuros ocultamientos que se resisten a desocultarse, esos temas que al hablarse se resisten a la verdad, en que las palabras de salir, saldrían con la sangre de un raspado de gargantas y con las lágrimas de una revelación no deseada. Sí, quiero saberlo, quiero escucharlo en sus letras... me fascina la idea, es ridículo, pero sí, quiero saberlo, quiero tener la seguridad de que fui así como sé que fue, de que pudo haber sido de otra forma, pero aun así, fue así. Estoy aquí y quiero saberlo, me muero por saberlo, me retuerso en la cama, mis vísceras se llenan de oscura bilis, mi ansia por el saber, mi estúpida investigación destructora de yo's me lleva a esto.
¿Cuántos yo's caerían con ese conocimiento? ¿Cuántas palabras podría seguir musitando sin duda? ¿Cuántas veces tendría que resucitar para poder vivir la vida de nuevo, luego de un descubrimiento semejante? Y peor aun ¿Cuántos espejismos, cuántos fondos rotos de espejos que no reflejan voy a tener que levantar para ocultar la intensa transformación del alma en un momento así?
Quiero saberlo, pero también es imposible esperar honestidad de una situación así. De tan completa oscuridad es muy difícil esperar honestidad. Sé que preguntarlo, sería sólo motivar a que se cubra más la verdad con estúpidas quimeras sin sentido, producto de una consciencia completamente fragmentada y ansiosas de terapias de olvido y ocultación. Sí, fragmentos, me interesa saber esos fragmentos que faltan para completar la historia... mientras la historia aun vive.
Mi imperdonable deseo por esa verdad que no produce buenos efectos, mi búsqueda por ese fármaco es completamente un resultado del desequilibrio de este momento. La vergüenza, en esta Hora del Lobo, me cubre completamente de estas ansias estúpidas por descubrir aquello cuyo descubrimiento me haría tambalear en agonía. Comprendo ahora ese asqueroso episodio de identificación y conmiseración, tan extraño... y pensaba antes... tan fuera de la vía de la verdad...
Pero no. Esa identificación, ahora la encuentro aquí en frente, descubierta, por mis oscuras ansias de desentrañar una herida aun latente, aun en el tiempo vivido.
Finalmente, la verdad, las ansias más puras por ella, eran justamente lo que subyacía a esa asquerosa experiencia de identificación... Horrible consciencia ¿Cuántas veces me volverás a torturar con tu terror y con tus presentimientos desgarradores por lo peor?
Cada uno de estos descubrimientos es una nueva yaga en el alma, que contribuyen a que ella también se vuelva un fragmento, una pura ficción de partes múltiples que no se unen en nada. Que se unen en el descubrimiento de un sentido, que al ser descubierto, lo único que infunde es terror y no sabes en qué puede transformarte ese terror, más que en un fragmento.
jueves, 22 de diciembre de 2011
¿Cuál de las dos debe ser mejor cultivada?
Por una parte, la inocencia vive en la aceptación, vive en la identificación con el devenir que precede a la experiencia de la elección. La elección sobreviene en el juego de una legitimación lograda ante quién se muestra predispuesto a reconocer legitimidades allí donde no las hay. Para el inocente, la legitimidad puede ser encontrada en el perdón, en la confianza, en la entrega, en el amor. Un inocente no es inocente sin esos dar, sin dar (con todo lo que esto significa, el dar que no compra, que no vende, que no reclama, que no teme, que no guarda rencor...) la inocencia es un imposible. La inocencia se constituye como la gratuidad de la entrega, como la condición sin la cual el amor no es posible, ni el perdón, ni aun, y sobre todo, la confianza. Ante quién rechaza el dar, pide la garantía y respaldos válidos universalmente, jamás confía, ama, ni perdona. Se aisla de estas experiencias, porque son la más clara forma de la vulnerabilidad humana.
El sospechoso, por su parte, no se identifica tan rápidamente con aquel que no confía. En primera instancia, un sospechoso es quién res-guarda, quien busca la ofuscación de sus vulnerabilidades, quien construye una fortaleza que proteja su identidad, porque considera siempre la posibilidad de que una identidad sea transgredida hasta que se pierda su legitimidad que considera originaria.
¿Se contraponen el inocente al sospechoso? la sospecha y la inocencia se oponen no la una a la otra, sino que se oponen a la existencia del límite. El límite es el contrario, es la esfera sintetiza las dos actitudes fundamentales. La inocencia se pierde en la extralimitación, y la sospecha se pierde en la hiperlimitación del dar. El límite que co-existe con lo limitado, lo extralimitado y lo hiperlimitado es la marginalidad de la mirada. La mirada es el problema fundamental de la sospecha y de la inocencia... incluso no la mirada, sino el ver. El acto de quien se ciega y de quien mira de cerca. El primero no mira nada, porque está consciente de que por dónde pueda ver con detenimiento encontrará la duda... y el segundo ve muy de cerca, porque sabe que todo lo que se ve de lejos inspira seguridad. Pero ¿Cuál de los dos ve 'algo'?
El primero ve lo que quiere, una vista superficial pero con los matices suficientes para lograr una imagen de la generalidad de lo mirado. El segundo, ve lo que no quiere ver, angustiado por su búsqueda encuentra que cada característica tiene relación con un infortunio del pasado que quiere dar por irrepetible.
Uno ve la unidad, una figura, una forma, el otro ve rastros, reflejos mutilados de una realidad decaída por la mirada que re-busca. Si uno perpetúa la identidad, el otro vive del fragmento, del episodio que es capaz de cerrar el libro completo. Uno puede dar y el otro sólo puede intercambiar, vender, co-accionar. El sujeto de la acción siempre debe ser un inocente, el acto de la sospecha se mantiene en la espera de lo inesperado, en la des-esperación por su ineludible odio a la repetición.
Entonces, el problema es de la temporalidad: uno vive asegurando el devenir, el cambio constante, la esencia que adviene en misterio frente al cambio y su medida. El segundo, por su parte, vive en una temporalidad extáticamente detenida, donde todo se identifica con todo, todo es igual, lo mismo, hasta el punto en el que lo propiamente tan impredecible, debe volverse predecible para poder permanecer en la tranquila desesperación de lo inesperado que aguarda en la oscuridad de la mirada sospechosa...
jueves, 8 de diciembre de 2011
Llevar el cauce a su límite, hasta la extralimitación. Pero una extralimitación y un delirio es respecto de un límite. Cuando el límite pre-transgredido desaparece, desaparece con él, también, el delirio.
Delirium, ese salir del cause, se usaba para hablar de la semilla que no caía a la hendidura, una semilla que caía fuera de los márgenes de su prosperidad y su crecimiento. El delirio no puede ser algo en sí mismo, no puede constituirse sin la limitación, sin el desacercamiento de esa cercanía originaria al surco de la tierra al que la semilla es intencional, al que la semilla tiende.
Por ello, el delirio solo puede existir en la extralimitación que habita más allá de los márgenes, o incluso en los márgenes de su limitación. En el delirio encontramos una bella forma de la transgresión, del sentirse 'fuera de' aquello limitado. El hecho del delirio, su acontecer, es propiamente tal infinito e indeterminado, habitando en los márgenes y más allá de ellos, va desde lo establecido y establecible... hasta más allá de ello, el delirio es la forma de ser infinita, extralimitada del acto.
Restringirse sólo al mundo de los actos, sin jamás establecer el mundo de la acción, el delirio que subyace en una cama pegajosa de sudor de enfermo, puede ser la liberación álgida del reaccionario, su éxtasis fundamental, su perpetración en el fondo de su alma, su modo de presencia que debe seguir y extender, hasta más acá de los límites de la locura.
martes, 6 de diciembre de 2011
La gravedad de mi palabra, la honestidad de mi ironía y la calma de mi amargura. En definitiva, soy mi elegancia u otro Sócrates que ya se volvió loco...
martes, 29 de noviembre de 2011
Hay quién vive, como si del cariño se pudiera manejar como quién maneja finanzas en un negocio. Poner una frase al público, es como un retail que deja tu rut al público y te va a buscar todo lo que debes, pero de una deuda unilateral, sin posibilidad de repactar por la situación, es más, hay quien se comporta con el mismo ímpetu inflexible de una empresa de cobranzas, repactando sin que aún pase el tiempo, sin que se asimile la deuda de un objeto ya transgredido...
Sí, es descepcionante el discurso de la economía actual incrustado a fuerza en el amor, y no sólo en el amor del éros, sino que ya se ha inmiscuido en el amor del fílos, ¡se ha incrustado en la amistad! Cada infortunio debe ser pagado con la humillación de un perdón mecánico, institucionalizado e inflexible, perdido en la condena absoluta del infortunio, pero siempre unilateralmente. Siempre hay quién es flexible y quien no es flexible, jamás se mantiene nada sin esa grotesca diferencia, sin esa constante lucha de contrarios... Pero hasta los contrarios saben que pueden volverse de otra manera, saben que pueden cambiar, saben que pueden ponerse cada uno, en el lado del otro. Pero no, no importa, parece que siempre es un contrario, una parte, la que debe seguir siendo cobrada unilateralmente del perdón que se pide, y otra, siempre del perdón que se da. Jamás ha habido una lógica distinta, jamás ha cambiado, jamás la otra parte, sea lo que sea, hará el perdón. Viven dependiendo del perdón que se pide, pero jamás, dando el perdón que se da.
Es asqueroso, es horrible, es la lógica unilateral del retail, inmiscuida en la amistad... hay quién tranza el perdón que se dice, y quien no lo tranza y permanece inflexible, porque sabe que la unilateralidad de su perdón está asegurada y abiertamente legitimada por su género, su cultura, su crianza y su fe y no tranza, a pesar de que haya quién que su género, su cultura, su crianza y su fe no legítimas, le impiden lo mismo, ese perdón que se dice y se hace, esa acción demiúrgica que re-establece un vínculo, pero que es la forma de ser legítima de un vínculo... Y quien permanece ilegítimo, debe relegarse de esa acción legitimada e institucionalizada por mecanismos de chantaje, por mecanismos de cobranza, por la inflexibilidad y la irreflexividad de quien no ve en sí misma, el rostro de quien ha adolecido de piedad y ha sido superado por su amargura...
