Vivir es decir un gran no. Negar cualquier acceso o cerrar cualquier puerta, no admitir la posibilidad de. Volverlo imposible todo, con la vida, con sus lágrimas, sus sentimientos invasivos, las penas que no se acallan y que surgen de las ternuras más profundas del alma, que se tejen en el vacío, por una mañana. El acontecimiento, desacontecimiento también, de pronto, de estar en medio de algo que acaba de terminar, que excede el espacio de tu cuerpo y cuyo deseo empieza en la negatividad más absoluta. El no-acceso y las ansias más absolutas de estar vivo de nuevo, del hecho de saber que lo estás, pero que esa vida no es más que una ineludible tristeza que embadurna todo del sabor de lo imposible, de lo denegativo, del absoluto no al mundo, a la vida, al placer y a la mentira.
... y como dijera Borges: a por la sombra de haber sido un desdichado
entre gritos de silencio, pero extínguete...
a ti te dedico el alfa y el omega de todas mis golgotas nocturnas...
miércoles, 2 de marzo de 2022
domingo, 9 de enero de 2022
Admirar, entre interrupciones innecesarias, la escritura de G. H., una escritura en sentido estricto, más allá de contener un mero mensaje o de transmitir algo en esencia comunicable, es también una condición misma de toda vida y de todo aparecer. Esta dimensión, G. H. la abre con una alegría titilante, totalmente indiferenciada con la desesperación y con toda locura, a través de una serie de textos que exploran sin césar las múltiples vertientes de la vida de quién fracasa: la desorganización, lo neutro, los vaivenes pasionales propios del idear la propia vida, los propios deseos que le rodean y las imágenes, símbolos y asociaciones que la hacen estallar. La cucaracha, un resbalín dramático hacia las más profundas y superficiales vivencias interiores que una persona puede experimentar. La exploración de esta escritura procede por excesos y no se detiene: abre según contrariedades evidentes, el flujo del sentimiento y de la consciencia de una persona, ante algo que cotidiano, también es inesperado e inquietante. Sea esto la cucaracha, o sea un fracaso amoroso que se veía venir, la letra marca en su paso aberrante cada recoveco de este estado de simultaneidad, entre lo externo y lo interno, sin jamás poder agotar ninguna variación. Sin saturar las dimensiones contrarias propias de aun estar viviendo. Una cierta autoinmunidad, que produce la vida, es el detonador de una marcha absoluta, aunque no lineal, pero sí intensiva, de acceder a los secretos últimos (¿o quizás primeros?) de la sensibilidad humana. Acaso lo neutro, a ojos de G. H. no sea más que la suma de estos excesos que, contenidos entre sí, mantienen toda subjetividad inquieta atrapada en un absoluto de inmovilidad. Inmovilidad de la muerte, o del impacto silente de una vivencia en el interior de la casa, sin exterioridad alguna, más allá del balcón. El infierno se asoma allí en la casa, como una figuración propia del exceso de la vida. Exceso germinal-vegetal, que aparece en el transcurso de la vida de una cucaracha (¿Acaso no es la cucaracha el animal literario por excelencia?) en medio de un espacio a todas luces familiar, en una calma solitaria, la pasión se abre paso allí de modo inexorable, sin ninguna mediación, a través de la crueldad más natural y primigenia: dar muerte, ver morir, comer. De la consciencia a la vida o de la vida a la consciencia, es algo que no puede ser diferenciado cuando el espacio... ¿cuando el espacio qué? El espacio, en cualquier acepción del término, es un protagonista en esta obra, ya sea en la forma de la habitación, en la forma del recorrido, los lineamientos y las curvas propias de la expresión lispectoriana. Este espacio, expresivo, objetivo, intensivo, esta extensión que desencadena la pasión, que la mantiene en su vibración, que la opera en su transgresor avance: a cada lamento una sonrisa, a cada amor una insensibilidad, a cada intensidad lo neutro, a cada paso, finalmente, una contrariedad que no hace sino, afirmar esa carencia de nombre de quien escribe, la posibilidad de ser cualquiera que llamen 'yo', la cadencia propia de la caída y la elevación, el heroismo y el fracaso, indisociablemente entrelazados, co-producidos.
miércoles, 8 de diciembre de 2021
Pero hay algo que es preciso decir, es preciso decir.
-Voy a decirte lo que nunca te dije antes, quizá sea eso lo que se echa en falta: haber dicho. Si no lo dije, no fue por avaricia de decir, ni por mi mutismo de cucaracha que tiene más ojos que boca. Si no lo dije es porque no sabía que sabía; pero ahora sí. Voy a decirte que te amo. Sé que te dije eso antes, y que también era verdad cuando te lo dije, pero es que solo ahora estoy realmente diciéndolo. Necesito decir antes de que yo... Oh ¡pero es la cucaracha quien va a morir, no yo! No preciso esta carta de condenado en una celda....
-No, no quiero asustarte con mi amor. Si te asustases conmigo, me asustaría contigo. No temas el dolor. Tengo ahora tanta certeza como la certeza de que en aquella habitación yo estaba viva y la cucaracha estaba viva: tengo la certeza de esto: de que todo sucede por encima o por debajo del dolor. El dolor no es el nombre verdadero de eso que la gente denomina dolor. Escucha: estoy segura de ello.
Pues, ahora que había dejado de debatirme, sabía tranquilamente que aquello era una cucaracha, que dolor no era dolor.
Ah, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir en la habitación, habría llevado más cigarrillos: me consumía de ganas de fumar.
-Ah, si pudiese transmitirte el recuerdo, solo ahora vivo, de lo que nosotros dos ya hemos vivido sin saberlo. ¿Quieres recordar conmigo? Oh, sé que es difícil: mas varamos hacia nosotros. En vez de superarnos. No tengas miedo ahora, estás a salvo porque al menos ya ha sucedido, a no ser que veas peligro en saber qué sucedió.
Es que, cuando nos amábamos, yo no sabía que el amor acontecía mucho más exactamente cuando no existía lo que llamábamos amor. Lo neutro del amor, era eso lo que nosotros vivíamos y despreciábamos.
Estoy hablando de cuando nada acontecía, y a ese no acontecer lo llamábamos intervalo. Pero ¿cómo era ese intervalo?
Era la enorme flor abriéndose, toda hinchada de sí misma, mi visión toda grande y trémula. Lo que miraba se coagulaba luego en mi mirar y se volvía mío, mas no un cuágulo permanente: si lo apretaba entre mis manos, como un poco de sangre coagulada, se licuaba de nuevo entre mis dedos.
Me acuerdo de mis dolores de garganta de entonces: las amígdalas inflamadas, la coagulación en mí era rápida. Y fácilmente se licuaba: se me ha pasado el dolor de garganta, te decía yo. Como glaciares en verano, y licuados los ríos fluyen. Cada palabra nuestra -en el tiempo que denominábamos vacío-, cada palabra era tan leve y estaba tan vacía como una mariposa: la palabra volteaba desde dentro contra la boca, las palabras se decían, pero no las escuchábamos porque los graciares licuados producían mucho estrépido al fluir. En medio del fragor líquido, nuestras bocas moviéndose pero no las oíamos; mirábamos uno hacia la boca del otro, viéndola hablar, y poco importaba que no escuchásemos, oh, en nombre de Dios, poco importaba.
Y en nombre nuestro, bastaba ver que la boca hablaba, y reíamos porque apenas prestábamos atención. Y no obstante, llamábamos a ese no escuchar desinterés y falta de amor.
Pero en verdad ¡cómo decíamos! Expresábamos la nada. Y sin embargo, todo centelleaba como cuando lágrimas gruesas no se desprenden de los ojos; por eso, todo centelleaba.
En esos intervalos pensábamos que estábamos descansando el uno de ser el otro. En verdad era el gran placer de no ser el otro: pues así cada uno de nosotros tenía dos. Todo terminaría cuando acabase lo que denominábamos intervalo de amor; y porque iba a terminar, pesaba tembloroso con el propio peso de su fin ya en sí. Me acuerdo de todo eso como a través de un temblor de agua.
Ah, ¿será que nosotros originariamente no eramos humanos? ¿Y que, por necesidad práctica, nos volvimos humanos? Eso me horroriza, como a ti. Pues la cucaracha me miraba con su caparazón de escarabajo, con su cuerpo reventado hecho de tubos y antenas y blando cemento; y aquello era innegablemente una verdad anterior a nuestras palabras, aquello era innegablemente la vida que hasta entonces yo no había querido.
-Entonces... entonces, por la puerda de la condenación comí la vida y fui comida por ella. Comprendía yo que mi reino es de este mundo. Y eso lo entendía por la parte del infierno que hay en mí. Pues en mí misma me he visto cómo es el infierno.
***
Pues en mí misma he visto cómo es el infierno.
El infierno es la boca que muerde y come la carne viva sanguinolenta, y quien es comido grita con el regocijo de la mirada: el infierno es el dolor como gozo de la materia, y con la risa del gozo las lágrimas brotan de dolor. Y la lágrima que viene de la risa de dolor es lo contrario de la redención. Yo veía inexorabilidad de la cucaracha con su máscara de ritual. Veía que el infierno era eso: la aceptación cruel del dolor, la solemne falta de piedad por el propio destino, amar más el ritual de vida que a uno mismo; ese era el infierno, donde quien comía el rostro vivo del otro se revolcaba en la alegría del dolor.
Por vez primera sentía yo con voracidad infernal el deseo de los hijos que nunca había tenido: quería que mi orgánica infernalidad llena de placer se hubiese reproducido, no en tres o cuatro hijos, sino veinte mil. Mi supervivencia futura en los hijos es lo que sería mi verdadera actualidad, que es, no solamente yo, sino mi gozosa especie sin interrumpirse nunca. No haber tenido hijos me dejaba espasmódica como ante un vicio negado.
Aquella cucaracha había tenido hijos y yo no: la cucaracha podía morir aplastada, pero yo estaba condenada a no morir jamás, pues si muriese, aunque fuese una sola vez, yo moriría. Y no quería morir, sino permanecer perpetuamente muriendo como gozo de dolor supremo. Estaba en el infierno traspasada de placer como un zumbido sordo de los nervios del placer.
Y todo eso -¡oh, horror mío!-, todo eso ocurría en el amplio seno de la indiferencia... Todo eso perdiéndose a sí mismo en un destino en espiral, y este no se pierde a sí mismo. EN ese destino infinito, hecho solamente de cruel actualidad, yo, como una larva -en mi más profunda inhumanidad, pues lo que hasta entonces se me había escapado era mi real inhumanidad-, yo y nosotros como larvas nos devoramos en carne blanda.
¡Y no hay castigo! He ahí el infierno: no hay castigo. Pues en el infierno gozamos del regocijo supremo de lo que sería el castigo, del castigo hacemos, en este desierto, más un éxtasis de risa con lágrimas, del castigo hacemos en el infierno una esperanza de gozo. ¿Era este entonces el otro lado de la deshumanizacion y de la esperanza?
En el infierno, esa fe demoníaca de la que no soy responsable. Y que es la fe en la vida orgiástica. La orgía del infierno es la apoteosis de lo neutro. La alegría del sabbat es la alegría de perderse en lo atonal.
Lo que aún me asustaba era que hasta el mismo horror no punible iba a ser generosamente reabsorbido por el abismo del tiempo interminable, por el abismo de las alturas interminables, por el profundo abismo de Dios: absorbido por el seno de una indiferencia.
Tan distinta de la indiferencia humana. pues aquella era una indiferencia-interesada, una indiferencia que se cumple. Era una indiferencia extremadamente enérgica. Y todo en silencio, en aquel infierno mío. Pues las risas forman parte del volumen del silencio, solo en el ojo centelleaba el placer-indiferente, mas la risa estaba en la sangre misma y no se oye.
Y todo esto es en este mismo instante, es en el ahora. Mas, al mismo tiempo el instante actual es del todo remoto por causa del tamaño-grandeza de Dios. Por causa del enorme tamaño perpetuo es por lo que, incluso lo que ya existe, es remoto: en el mismo instante en que se quiebra en el armario la cucaracha, también ella es remota respecto al seno de la gran indiferencia-interesada que la reabsorbe impunemente. La grandiosa indiferencia, ¿era esto lo que existía dentro de mí?
La grandeza infernal de la vida: pues mi cuerpo me delimita; la misericordia hace que mi cuerpo no me delimite. En el infierno, el cuerpo no me delimita, ¿y a eso llamo alma? Vivir la vida que no es ya la de mi cuerpo, ¿a esto llamo alma impersonal?
Y mi alma impersonal me quema. La grandiosa indiferencia de un astro es el alma de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha. La cucaracha y yo aspiramosa una paz que no puede ser nuestra; es una paz más allá del tamaño y del destino, suyo y mío. Y porque mi almaes tan ilimitada que ya no es yo, y porque está tan allende de mí, siempre estoy lejos de mí misma, me soy inalcanzable como me es inalcanzable un astro. Me contorsiono para conseguir alcanzar el tiempo actual que me rodea, pero sigo lejana en relación con este mismo instante. El futuro,¡ay de mí!, me es más cercano que el instante presente.
La cucaracha y yo somos infernalmente libres porque nuestra materia viva es mayor que nosotras, somos infernalmente libres porque mi propia vida es tan poco encajable dentro de mi cuerpo, que no consigo utilizarla. Mi vida es más utilizada por la tierra que por mí, soy tanto mayor que aquello que yo llamaba 'yo', que solo poseyendo la vida del mundo me poseería a mí misma. Sería necesaria una horda de cucarachas para formar un punto ligeramente sensible en el mundo; no obstante, una sola cucaracha, solo por su atención-vida, esa única cucaracha es el mundo.
La parte más inalcanzable de mi alma y que no me pertenece es aquella que limita con mi frontera de lo que ya no es yo y a la cual me doy. Toda mi ansia ha sido esta proximidad infranquable y excesivamente próxima. Soy más aquello que no está en mí.
Y he aquí que la mano que yo aferraba me ha abandonado. No, no. Soy yo quien solté la mano porque ahora tengo que ir sola.
Si condigo regresar del reino de la vida volveré a tomar tu mano y la besaré agradecida por haberme esperado, por haber esperado a que mi camino pasase, y a que yo volviese delgada, famélica y humilde: con hambre solo de poco, con hambre solo de menos.
Porque, allí sentada y quieta, había pasado a querer vivir mi propio alejamiento como único modo de vivir mi actualidad. Y eso, en apariencia inocente, eso era nuevamente un placer que se parecía a un gozo horrendo y cósmico.
Para revivirlo, suelto tu mano.
Porque en ese gozar no había piedad. Pedad es ser hijo de alguien o de algo, pero ser el mundo es la crueldad. Las cucarachas se roen y se matan y se penetran en la procreación y se comen en un eterno verano crepuscular. La actualidad no ve la cucaracha, el tiempo presente la mira desde tan gran distancia que desde las alturas no la distingue, y solamente ve un desierto silencioso; el tiempo presente no sospecha siquiera, en el desierto desnudo, la orgiástica fiesta de gitanos.
Donde, reducidos a pequeños chacales, nos comemos riendo. Riendo de dolor, y libres. El misterio del destino humano es que somos fatales, mas tenemos libertad de cumplir o no nuestro hado: de nosotros depende realizar nuestro destino fatal. Mientras que los seres no humanos, como la cucaracha, realizan su propio ciclo completo, sin errar jamás porque no eligen. Mas de mí depende el llegar libremente a ser lo que fatalmente soy. Soy dueña de mi fatalidad y, si decidiese no cumplirla, quedaría fuera de mi naturaleza específicamente viva. Mas si realizo mi núcleo neutro y vivo, entonces, dentro de mi propia especie, estaré siendo específicamente humana.
-Pero es que volverse humano puede transformarse en el ideal, y ahogarse bajo redundancias... Ser humano no debería ser un ideal para el hombre que es fatalmente humano, ser humano debe ser el modo como yo, cosa viva, obedeciendo libremente el camino de lo que está vivo, soy humana. Y no necesito siquiera cuidar de mi alma, ella cuidará fatalmente de mí, y no tengo que hacer un alma para mí misma: solo tengo que elegir vivir. Somos libres, y este es el infierno. Pero hay tantas cucarachas que parece una plegaria.
Mi reino es de este mundo... y mi reino no era solamente humano. Yo sabía. Pero saber eso extendería mi vida-muerte, y un hijo en mi vientre estaría amenazado por la voracidad de la propia vida-muerte, y sin que una palabra cristiana tuviese un sentido... Pero es que hay tantos hijos en el vientre, que parece una plegaria.
En aquel momento aún no había entendido que el primer esbozo de lo que sería una plegaria estaba ya naciendo del infierno feliz donde yo había entrado, y de donde no quería ya salir.
De aquel país de ratas, tarántulas y cucarachas, amor mío, donde el gozo fluye en gruesas gotas de sangre.
Solo de misericordia de Dios podría sacarme de la terrible alegría indiferente en que me bañaba yo, toda entera.
Pues yo exultaba. Conocía la violencia de la oscuridad alegre; yo era feliz como un demonio, el infierno es mi máximo.
Clarice Lispector - La pasión según G. H. (101-109)
domingo, 21 de noviembre de 2021
Hay siempre un trasfondo de pasión en el dolor. Una pasión por el dolor, que clama desde el interior, ante cada vida que busca sobreponerse a la nuestra. Lo más natural, lo más fácil, lo más inteligente, es fluir con las corrientes del mundo, dejarse guiar por la propia falta de voluntad. El dolor, su pasión, la pasión por él, nos distinguen de las fluctuaciones del mundo, de sus ritmos, sus vientos, sus alteraciones equívocas, su propia falta de sentido. En la pasión, el fervor por el dolor, podemos encontrar ese punto en el mundo, en que nos elevamos sobre él, en el que resplandece nuestra propia palabra, nuestra propia respiración, por entrecortada que esté, como lo único que existe, aunque sea solo por unos segundos. Esa exhalación, esa contención también, que de lo aéreo del exterior, se vierte sobre nuestra propia palabra, la manera en que la respiración toca al habla, o bien, la medida en que toda habla es también un modo terrible de la exhalación, que se vuelve palabra, a medio andar, ante una intensidad que no puede ya ser más.
La pasión por el dolor, sufrir con fervor -no como un momento pasajero, sino como un momento definitivo, un destino inevitable, necesario, cruel-, nos abre la posibilidad de abolir la banalidad superficial de la vida. Porque estar vivo es vivir en la superficie, vivir en los sentidos, en el vínculo. Un dolor apasionante, entonces, te aleja de esa terrible insensibilidad, de la amenaza de una insensibilidad perpetua. La condena del sentimiento a poder desaparecer, la apatía sin virtud reconocible, es lo único que queda en el aplazamiento del dolor, en la sobre-escritura de él. El dolor y sus pasiones vuelven la exhalación palabra y al viento un deseo. En cada bocanada de aire, en cada suspiro entrecortado, hay una terrible afirmación de uno mismo, que no necesita silencio, porque es el silencio absoluto: el ruido constante de la respiración y cada uno de sus deseos, se clavan en la propia consciencia, retumban en sus paredes (porque sí, la consciencia es la habitación propia, cuando está cerrada e inhabitada) como el filo de una brizna que recorta un helecho presto a morir.
martes, 5 de octubre de 2021
Ser tocado, a la vez por sí y a la vez por nadie, el arte masturbatoria, el placer lanzado al vacío, la ilusión de lamer y lamer aquello que se encuentra allí, en la pantalla o lejos, en los recuerdos. La distancia de la masturbación y la masturbación que marca la distancia, que la multiplica, que impide todo tacto y contacto, la autosuficiencia sexual espanta a quien depende y desea seguir dependiendo, de quién deba ser a quien necesite para la copulación. La autosuficiencia sexual apesta socialmente, pero practicarla te hace invulnerable hasta a tus propias caricias. Al practicarla deportivamente, o como somnífero necesario, se cumple la idea: nadie jamás te tocará, te estás tocando, nadie te toca. Jamás te importó que te tocaran. Lamer, a veces, lo es todo, es todo el placer que se pueda alcanzar, el suspiro de no lamer, permanecer ahogado en los suspiros por lo que no se lame, se lamió y no se volverá a lamer. La nostalgia, al medio de la noche, en ausencia de toda desesperación, lo invade todo en una insignificancia. En algo completamente nimio, omitible. La memoria se borra, y cada vez más. La masturbación la revive como muerta, masturbación farmacéutica. Toda agonía desaparece con la indolencia, la autosuficiencia ineludible, elegida como un destino inexorable. La masturbación eres tu, te pueden masturbar, sí. Tuviste tus aventuras, sí. Pero nadie te arrebatará los deseos verdaderos, es decir, los deseos que ni siquiera quieres realizar, pero que no, no están aquí, no están en lo que sea que estés. Al modo de la peste de Camus: lo único que importa, es que una vez lo viviste y ahora te puedes acordar de que padeciste el placer. Eres autosuficiente en ese recuerdo, multiplicable y variable. Agotable, pese a todo, no es infinito. Pero permanece contigo, como una marca en tu piel. Preservando algo que no está contigo, y que quizá incluso quisiste que se fuera antes. Quizás deseaste esta autosuficiente soledad, esta memoria perdida en los instantes de erotismo, en el deseo de quien se iba, se refregaba, se plegaba a tu cuerpo, sudaba a la son de tus movimientos, gemía, se abría, se entusiasmaba y sobre todo, te deseaba...
lunes, 3 de noviembre de 2014
No es posible recordar a alguien, pretendiendo recordar a la persona tal y como es. La creencia en que el recuerdo de alguien coincide con la persona, hace del recuerdo un espectro, un espectáculo, una imagen exhibitoria, repetible indiferenciadamente, completamente desconectada del espectro de algo así como la persona tal y como es. Recordar un objeto, recordar un recuerdo totalmente identificado de modo y de cosa, es recordar equivocadamente siempre. Es un error tener un recuerdo completamente alejado de los antojos del momento. En cambio, recordar a alguien, sin ninguna pretensión de corresponder con ese recuerdo a una persona o a algo, hace del recuerdo, un recuerdo apropiado, fantástico, modelado, formado en un proceso infinito de penurias y alegrías. El recuerdo siempre debe estar asociado con la antojadiza forma del porvenir, para poder ser tal, no puede independizarse el pasado de un futuro. El pasado sólo es accesible presuponiendo espectativas, o bien, resignándose de todo futuro. La resignación, que es una de las formas más fundamentales de ser, que es la de suspender toda espectativa, es la única forma de hacer que un porvenir, sea a su vez, un porvenir. Quién pretende mediante una espectativa, formar un futuro próximo, lo único que hace es acelerar un tiempo y con ello, no dejarlo ser. El recuerdo es un momento del porvenir, porque todo recuerdo busca un tipo de repetición. Una repetición que no es nunca la misma, es una repetición de lo diferente: no hay posibilidad de repetir un pasado, simplemente se puede repetir una posibilidad del pasado que no se había explorado. En el futuro, siempre está la cara de una frustración del pasado, y con ello, la máscara de un recuerdo. El recuerdo puede ser desenmascarado tan sólo con el antojo, con el afán de pensar hasta en contra de las propias espectativas y en contra de toda posibilidad posible, pensar un recuerdo que simplemente nunca pudo haber tenido lugar y saber -de antemano- que con el recuerdo no se accede a nada de lo que jamás fue. Quién recordando, cree que toma algo que ya fue, algo que pasó, lo que hace es simplemente vivir un presente, asir un retazo de su propia experiencia personal. Quién, se esfuerza en pensar en contra de sí mismo, en recordar en contra de todo lo que amó, quién se esfuerza en recordar todo lo que hay de insepulto, lo que hace es vivir a la par con los lejanos y con los espectros. Lo que hace el recuerdo diferenciante, lo que hace la palabra vivida así, como recuerdo es hacer de la palabra recordada un momento de la escritura diferenciada. Recordar a alguien, tal y como se creía que era, pensando que con ese recuerdo se alcanza una cierta verdad diurna, es hacer de la persona un pasadizo antojadizo del propio presente, y con ello, hacer del recuerdo un momento de los actos y de las acciones. La persona se encuentra reificada en las acciones del presente, cuando hay quién en función de un recuerdo vivido tal y como fue, hace de él un objeto, lo que hace es hablar por, hacer por. Hacer por y recordar qué, es el recuerdo que tan sólo es permitido en su forma política, en su forma pública, porque todo lo equívoco puede tener lugar en la decisión. Sin embargo, en clave erótica, íntima, no es posible hacer de un recuerdo una verdad diurna, una verdad nocturna es la única posibilidad de recuerdo: en la inacción, en la pereza, en el éxtasis erótico, en la embriaguez, en el deshacimiento. No hay más que recordar antojadizamente de noche, no hay más que el tedio de la compostura diurna, la molestia de permanecer despiertos de día, de no perderse horas de sol, para encontrarse con la más pura flojera, belleza y terror de la noche. La noche es todo lo abnegado en el recuerdo que se vuelve objeto. La memoria debe volverse -de alguna forma-, objeto, para transformarse un ente por el que luchar, en búsqueda de justicia. Pero allí donde no hay justicia, allí donde tan sólo está el antojo y lo indecible, en la nocturna oscuridad tan sólo cabe la prostitución de todo: la prostitución de todo recuerdo, de todo pasado, de toda espectativa y de todo diagnóstico del presente. El ahora, que es la forma de lo nocturno, el ahora, que se resiste a formar parte del presente, el nûn que no es parousía, el instante inesencial, el ahora que no es ni siquiera momento, que ni siquiera puede volverse palabra, el ahora que no puede decirse es aquello que puede recordar. Por ello, el ahora y la noche, como momentos inesenciales de la experiencia de la verdad, se hacen por ello mismo, esenciantes de toda verdad. No hay más verdad diurna que aquella que está obviada en toda verdad nocturna, en toda verdad que lucha contra sí misma y contra quién la (d)enuncia. La justicia no puede ser tema de la noche, ni tampoco la verdad sin más, la noche tiene otra forma, la noche es indeterminada, por ello, clama en todo momento por volverse un todo sin articulaciones, un amacijo entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre lo pensable y lo impensado, la deconstrucción no es posible de noche, porque la deconstrucción participa no tanto de la verdad, pero sí de la fuerza y de la justicia; de noche, todo es indeconstruible, excepto lo indeconstruible mismo, que es la justicia. De noche la injusticia se hace la regla, y que no es excepción, porque no hay más regla que esa sóla injusticia, sin otro orden jurídico al que referirse. La decisión de desenmascarar un recuerdo, es un llamado inmoral, impúdico y perverso a hacerle perder todo valor a la interioridad estable, a toda intimidad autopertenecida. La única forma de encontrar una intimidad es perdiéndola toda, confesar todo secreto para así hacerlo inconfesable. La noche no puede ser esquivada, porque es el esquivar mismo de la justicia, la noche no puede ser justa, no está en la justicia, ni más allá, ni más acá del bien y del mal, la noche permanece en la divinidad, en lo sagrado, en la sacralidad de la hora del lobo, donde hay mayor cantidad de muertes y de vidas, la palabra no puede ser musitada, ni siquiera acallada de noche, la palabra no tiene la forma de la noche, porque la noche no puede decirse. El silencio, a su vez, tampoco. Existe tan sólo un intenso ahora, el del retorcimiento, no tanto la reflexión. No hay espejo en el que proyectarse, toda luz está apagada, toda imagen se hace inaprehensible, simplemente queda el puro impulso, sin objeto directo. Un impulso cuyo objeto es la indeterminación misma, la noche es un buen (no) lugar para la melancolía, para el absoluto, para los dioses, para el terror, para los demonios, para la palabra arrastrada, el deseo inmundo, la insanidad del juicio, la habladuría sobre nada, el no hablar de nada, el no decir siquiera palabra, el disecarse en un silencio impertenecido, un silencio en el que no se habita, un silencio que es eyaculado cada vez más, que es el deseo lanzado hacia la nada, que ni siquiera es imagen de nadie, que simplemente es un impulso. En la noche, la mujer, tan sólo ella, la mujer, puede decirse.
martes, 19 de agosto de 2014
El entrecruzamiento de la palabra, la conversación fluida, la cuestión de cómo aparece a ratos en fluidez misma de la palabra la inconmensurabilidad de lo distinto y con ello, el deseo de la otra. Yo creo que en el fondo, lo que nos hace heterosexuales, es justamente nuestro gusto por lo otro, por todo aquello que no podemos vivir nosotros mismos. En ese sentido, una heterosexualidad es más que una condición dominante y positiva de la reproducción humana, sino que también es la determinación de la relación con la otra, como otra necesaria. Trascendiendo el espacio de la heteronormatividad general, social, institucional de la intimidad, lo que hay en la heterosexualidad (y que sólo se puede descubrir sólo cuando se suspende su normatividad) es la relación de lo diferente, de lo distinto, la fascinación y el deseo de aquello que no puede interpretarse en primera persona. La corporalidad misma de la mujer, como deseo bien, pero sobre todo como distinción radical de lo que no soy ni puedo ser yo, es lo que causa mi principal fascinación: el gusto por la suavidad (sea esta fruto de una normatividad institucional y comercial, o sea fruto de la dedicación a la tierra, antes que a la casa, como una cuestión no biológica, no natural, pero no por ello, meramente normada desde la dominación) y por la flexibilidad del cuerpo femenino. La mujer así constituida como deseo, no debe ser comprendida tan sólo desde el nivel ideológico en el que la mujer es tan sólo un objeto de deseo, sino que también, como deseo activo que constituye su deseo en su volverse al otro, pero también, como el otro se vuelve hacia ella en su cuerpo, en su objeto. No hay más normatividad posible que el orgasmo. El problema estaba en cómo el cuerpo femenino era visto como objeto de deseo, pero que a la vez, no tenía un deseo que cumplir, que ordenar, que pedir. Si este deseo se incluye a su vez, en la dinámica de la constitución ontológica del cuerpo femenino, que ya no es pura respeccionalidad, puro ser-a-la-mano, se vuelve también un momento de apertura, de existencia y con ello, una posibilidad de trascendencia. La heterosexualidad y la homosexualidad, lo que encuentran en común es esta trascendencia, ya sea desde lo uno a lo otro, o sea de lo uno a lo uno. En el segundo caso, es más bien, una trascendencia inmanente: el cuerpo experimenta el placer idéntico, dónde lo que varía es el rol. Sin embargo, en el primer caso, el cuerpo queda en su condición de trascendencia desde el punto de vista de la constitución de sí en la relación del uno con la otra, vale decir, en la dimensión supranormativa de la sexualidad, se encuentra también el espacio propio de la ética, que más que tener que ver con la virtud, tiene que ver con la relación con la otra. No tan sólamente la otra del rostro, la otra del cuerpo, es también, la cuestión de cómo nos relacionamos con lo distinto, con lo opuesto, con lo que no podemos comprender, con lo extraño: y ahí es que se devela la cuestión de que el cuerpo guarda en sí la clave de comprensión de cómo puede relacionarse lo otro con lo otro, el otro que soy yo, el otro partido, fisurado, irreconciliado con la otra, que a la vez, siempre se le experimenta como una, pero que de suponer algo, está también en la condición de fisura del cuerpo, del yo, de la voluntad. Nadie puede responder quién es ese al que llama 'yo'. Pero sí puede hacer que aparezca la cuestión establecida allí como relación, como entramado, como texto.
viernes, 13 de junio de 2014
La incapacidad de la anestesia radica en el exceso de adrenalina, en el nervio que se niega a relajarse, en el nervio que se niega a no-seguir-sintiendo. La incapacidad de la anestesia tiene que ver con esa poderosa fuerza del cuerpo, en la persistencia del sentir, como una realidad pura. El cuerpo se niega a dejar su sentir, hace que toda insensibilidad le parezca extraña, imposible, exógena. El poderoso influjo de la técnica no puede, a ratos, contra esa posibilidad radical del cuerpo a seguir sintiendo, a negarse la anestesia, a seguir en el despertar, en el sentimiento, la duda, el tragar, el sentir la propia lengua... ¿Por qué va a ser tan necesario sentir la propia lengua? La sensación de tragarse la propia lengua, es lo que sucede en un momento en el que el cuerpo se dispone a aceptar la anestesia, la transpiración fría, el jadeo, la mirada moviéndose por todas partes, la fobia a todo, la impenetrabilidad del cuerpo, el rechazo a toda materia formada en la técnica, el sentir la pesadez del cuerpo dispuesto allí, sobre el todo de lo aséptico, lo desinfectado, la luminosidad de la técnica, interminable, absoluta, total, mística, aparente explicación de carácter holista al sistema de la extracción de cuerpos, de partes del cuerpo, de la diferencia misma. Todo cuerpo es una diferencia. Mi cuerpo es diferencia, es inter-posición, discontinuidad e irrupción del resto del conjunto de los entes materiales. El sentir, constituye esa resistencia del cuerpo a ser llamado un continuo del resto de los entes-a-la-mano del mundo, donde se pueda disponer circunspectivamente de ellos, como una materia continua. Esto vale tanto para la violación, como para la negación a la anestesia. Lo que surge de la incapacidad de la anestesia es el fenómeno de la resistencia, la contención de la materialidad misma del cuerpo, a volverse una materia continua del resto de lo ente. Es la resistencia de lo vivo a volverse parte de lo inerte, lo que nos llama -una vez más-, a hacer la distinción entre lo biológico y lo físico.
A su vez, por otra parte, el cuerpo se muestra como una realidad vivida, desde la experiencia misma de ese vivir, sinti-ente, redoblado en su corporalidad resistente, alterna, contradicha, superpuesta.
...Aunque, volviendo a la lengua dormida: ¿Qué se ha de considerar traumático de esta experiencia? Lo traumático de que la lengua se duerma, es, claro, la idea de que la lengua se pueda tragar, de que de la resistencia del cuerpo a lo exógeno, se muestre también resistente a su propio cuerpo, y en un afán de autoexterminio se vuelva contra sí y se aniquile. La aniquilación de sí, por medio de la lengua, es una temática ya explorada ampliamente, vale tan sólo mencionar en el Quijote esa reflexión acerca de si la espada o la pluma era más poderosa. La escritura o la violencia. La palabra o la muerte. La cuestión de la lengua anestesiada, en cuanto experiencia desesperante, se debe a que la muerte temporal de la lengua, la mortificación regional del cuerpo, en la lengua, manifiesta la fantasía de la muerte de la palabra, con ello, también de la escritura, del lenguaje. La lengua y el lenguaje, son uno de los últimos avatares de esperanza en la época contemporánea, en el que la metáfora trata de alejarse, de retirarse, en sus trazos. La metáfora y la anestésica de la lengua, son formas vivas del desenlace paroxista de la historia de la metafísica. La lengua, ya no sintiente, ya no ente, ya no-ente. La lengua deshacida, desprovista de todo lo ente, la lengua, vuelta hacia el ser, se muestra desde su anhelo de destruktio como un abrirse paso, en el cuerpo y negar toda posibilidad de retiradas del sentir. La cuestión del cuerpo, como texto, el cuerpo como escritura, como resistencia viviente, vivida, orgánica de palabra, de malestar, de intuición, de ék-stasis.
jueves, 31 de octubre de 2013
Como si más allá de todas las palabras existiera algo más, que no sean las palabras mismas, los significados, los giros, los gestos que contienen, las formas que surcan. La palabra es un aliciente de la existencia, es una forma de sostener la nada misma de quien vive, de quién experimenta en la carne la degradación obvia y permanente del tiempo. La palabra es una forma de salvación ante el silencioso y lento pasar del tiempo, es una forma sagrada de escapar de aquello que no podemos retener con la acción y que aun así, buscamos retener, surcar en un papel, en un teclado. La palabra es una forma de fijación de lo efímero, por lo que se hace un instrumento del olvido: escribimos lo que sentimos para poder olvidarlo y poder sentir otra cosa, sólo la lectura podría atraer cierto recuerdo. La palabra escrita es invasiva, lucha por controlar la totalidad de aquel instante en el que se escribe, absorverlo hasta lo más último, de forma que ese alivio que se siente después de escribir nos engañe, nos haga sentir que hemos dejado de vivir aquello vivido, por un instante, que esa vivencia está plasmada en una palabra, que está fijada, que está fuera de nosotros. Pero lo que se hace, en el instante del estar escribiendo, es reavivar más ese instante vivido, se busca el significado, mientras se le escribe, describe. El estar escribiendo en un instante vivenciado es el hacer los surcos, por una parte en el papel o en el teclado, mientras que por otra, es hacer los surcos en el propio yo, en la identidad, en el fragmento que llamamos nosotros mismos, yo, mi, etc.
Escribir es una técnica ambigua, compuesta de recuerdo y olvido, de pereza y de astucia a la vez, donde el sentir interno es a la vez engañado y comprendido: el escribir hace pensar que pasó lo que no pasó, lo que transcurre, y a la vez, al escribirlo lo comprende, lo profundiza, lo enraiza, lo aprehende.
...y es que lo nocturno es paradigma de lo diurno. Es que todo lo que acontece en lo nocturno, en su esplendor, en su sublimidad temerosa, en su momento de excepcionalidad, en la hora del lobo se encuentra como momento único en su especie, pero por eso mismo, por su excepción se encuentra ya incluido en la dinámica de todo vivir diurno. Es que gracias a la idea de que suelo expresar la interioridad en la cama, por la noche, en el teclado, es que puedo, también, expresarla con el lapiz, sobre el papel en el patio de la universidad a la luz del sol, a la sombra de los árboles.
Es que el caso de lo nocturno, en su carácter de vivir ausente, de no tener a nadie presente -al menos en tanto que presente... puede tenerse presente a un(a) ausente, que es el caso de casi toda la vivencia nocturna que vive en la escritura- es que la palabra que aparece dolorosa en la hora del lobo de la noche, es también semejante y distante, incluido y excluido, en la dinámica del gritar(me) "aléjate de mí, te odio", cuando sobreviene el recuerdo de lo traumático, de lo no olvidado, de la yaga aun abierta y sangrante de mi ruptura. Es la vivencia nocturna la que no opera en el momento que vivo la realidad de la soledad. Es la ilusión, entonces, el modo por el que llega a relacionarse la vivencia nocturna en la vivencia matutina y también diurna. Es más bien por imaginación, en sentido fuerte. Es la creación de una imagen lo que vive allí, en esos momentos de la via dolorossa del día, solitario, triste, ruinoso y vacío.
Es que la reflexión, el volver (!) sobre sí, sobre algo otro, sobre alguien, sobre alguna otra, el re-volver, vive de lo nocturno, aun ya de día, lo nocturno así, sucede, sobreviene actual y efectivamente (que no como recuerdo) en el pasar de lo cotidiano, de lo típico, de lo automático.
sábado, 24 de agosto de 2013
De pronto, cada distancia de lo cercano, se hace una distancia fría, insalvable, incomprensible. No hay forma de poder comprender lo que sucede en las entrañas de otro... ni tampoco saber lo que hay en las entrañas de ese otro, que es uno mismo. De pronto, la palabra proferida, desde el afuera, desde la boca del otro, se te hace ininteligible, a ratos, a más malestar... insignificante. No sabes lo que está diciendo, y aun si lo supieras, no tiene mayor importancias. Hay estruendos en tu interior que te hacen sordo al ser de lo acontecido en el afuera. No puedes atenerte al sentido mismo de lo que está sucediendo afuera, por haber volcado tus oídos hacia el adentro. Hacia el vacío, hacia una nada. La nada de la personalidad que se encuentra sin un otro. O peor aun, con un otro que no es capaz de significar. Cuando ese estado sobreviene en el vivir nocturno, es mejor apartarse de la forma más absoluta que se pueda y volver a habitar tu soledad de hecho, que reside en tu soledad de ser. Desarrollar esa soledad de ser, es tan distinto de cultivar la soledad de hecho. La soledad de hecho es un desafío, donde se enrostra el ridículo, la apariencia de locura, las palabras entredichas de los otros, las habladurías, etc. La soledad de hecho, en cambio, es una forma de soledad que no se encuentra en ese juego, ni en ningún otro. Es tan sólo, la soledad ya acontecida y viviente de la reflexión... No sé. Pero esa distancia insalvable, entre el otro y ese uno-mismo, de pronto, se torna peligrosa. Hay indiferencias peligrosas, quizá hasta perversas. Horror es lo que inspira el sentir esa distancia tan insalvable, con aquellos que se sienten, de manera natural, como más cercanos...
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy en la completa soledad en la que yazco he sentido tranquilidad... esta noche no se ha llenado de ansiedad, sino de cierta calma melancólica y exhausta de sufrir y de esperar. Es ese vacío innombrable, del no tener proyecto, del estar suspendido, del lograr suspender la vida por unos instantes, de lograr, en el momento más oscuro y frío de la noche, un momento de éxtasis, de excitación, de placer. Hoy no tuve un contacto cercano con nadie de mi interés, de mi cercanía... hoy he estado lejos de todo, y permanezco tranquilo, independiente, ya sin ansiedad, sin dolor, sin gritos que se ahogan, que quieren llanto... No.
Hoy siento la tranquilidad de la decepción, de la desesperanza, del desengaño. Es costoso y sumamente lento asimilar completamente un engaño... y cada vez creo estar más cerca de asimilarlo, de por fin, comprenderlo, hacerme uno con esa realidad, con esa mentira... que es mi verdad. La verdad que tanto he luchado por evadir, y que evadiendo y huyendo me tranquilizo a ratos, pero por momentos, por fuera, por apariencia... no en espíritu. Hoy, en la ventisca, siento placer y éxtasis de mi soledad, sin evadir nada, sin dejar de recordar nada que me pudiera atormentar. La realidad está ahí y no afecta de la misma manera. Ahora me acoje, en mi silencio y en mi talante de aturdido, de loco, de perdido. Me pierdo, pero soy inocente, no tengo culpa, sólo ansio errar, en la ventisca, sólo... y sentir esa fuerza del viento, que al golpear mi cuerpo, que al debilitarlo, me devuelve a la realidad.... me ata con un hilo a tierra nuevamente...
lunes, 20 de mayo de 2013
Cae ese momento bello del día, el cielo se tiñe de colores pomposos y el sol se ve a lo lejos, como si estuviera afirmado por las rocas de la montaña. Calmadamente, la pantalla del computador sigue prendida y se escuchan los pasos en la casa, suena una pieza de piano se Satie y aquella tristeza desesperante ya se vuelve una melancolía tranquila y pacífica... Es la tristeza leve y prolongada, placentera y desganada, sublime también... esa tristeza nostálgica, en el atardecer, me da un momento de paz, de devoción por mí mismo, de amor a mi carga, a mi fatum, y esa carga, si no es agradable, ahora es sobrellevable y debida. Es una labor necesaria, ese sufrimiento leve, comprensible, de agonía lenta y sonriente, de mirada caída, de ojos entrecerrados... ah... aquella dulce agonía en el atardecer, lejos del día y no tan lejos de la noche... aquella tranquilidad que hace del alma un as de armonías invisibles y perentorias, tan dolorosas como bellas.
miércoles, 15 de mayo de 2013
La imagen sola, es capaz de decir mayor número de cosas que cualquier palabra. Realmente, con una imagen vívida, ineludible y sin segundas lecturas se puede lograr un espanto tan exaservante, o una tranquilidad profunda, sin intermediario alguno. El miedo, como es el sentimiento primario, no se explica por otras sensaciones: el miedo, como miedo no viene de otra cosa, es simple, unitario, absoluto. La imagen o la imaginación atemoriza por sí sola y el cuerpo se debilita, se vuelve exhausto, hacia su propio capullo, dormita, se rinde. Rendirse, totalmente, por el miedo, volverse una bolita, por el sentimiento de lo inmenso, de lo impávido, de lo repugnante y a la vez sublime. Es sublime la ironía que tiende La Araña en los hilos del destino. Tanto así, que espanta, que repugna, que desesperas por huir, por jamás haber sido digno de tal revelación; rápidamente surge el principio de evasión: o la negación de que lo sucedido es tal, o el autoengaño de que lo que sucede no es tan grande. Una visión adecuada del fenómeno que espanta es imposible. Antes de la claridad y lucidez de ese espanto, mi alma vivía dividida, en sensaciones ambigüas, poco claras, leves en apariencia y amenazantes, en realidad. Pero lo que era fantasmal se volvió un ente de concreto, de dureza infinita e infranqueable. La mirada no puede ya mirar más allá, sólo tiene el acontecimiento vivo en frente suyo... y siente la pesadez en el cuerpo por la rendición. Rendirse, cuando todo está perdido, está de más. Ya todo estaba perdido, la ola te arrasará de todas formas... y así es como cae el alma una, a un solo abismo, así es como la paradoja vuelve su sonrisa hacia mí y me enrostra la realidad una vez más. Siempre tuve esperanzas... por eso fue que sufrí titánicamente... y el alma no se repara, y no se reparará en más tiempo... pero... la espera ya no desespera
viernes, 25 de enero de 2013
Vivir una dolorosa soledad, morir de tristeza y horror. Vivir sólo de noche, vivir en la prolongación infinita de la hora del lobo. Experimentar un miedo que inunda tu ser hasta lo más íntimo... y los pajaritos suenan cantando afuera. Tu luz debe ser la única prendida en todo el barrio, o al menos, la única prendida durante toda la noche en la que fracasaste. Contigo mismo, con los demás, con todo. Fracasaste. Relativamente no existes hoy, ni en esta semana, ni en la pasada. Quizá el mes anterior sí, pero ahora no. No existo, no tengo quien me perciba, quién me vea, quien me sienta, quien me quiera, quien me cuide. No. Estoy solo, sin valor alguno, sin precio alguno. Abandonado. Petrificado. Sin moverme de la cama...¿cuánto? ¡Dos semanas!
Qué asco es la vida, cuando se cae en este estado de putrefacción. Qué triste saber cuánto sublime y cuánta cosa alta hay, cuando se le ve desde este precipicio del abandono.
¿Relativamente no existo? Simplemente no existo, ni existe nadie como yo; no existimos porque sobrevivimos así, en la penumbra, en el silencio, en las teclas, en la luz, en el internet. No existimos. No salimos de día. No somos nada. No queremos. No odiamos. No hacemos. No perdemos. No ganamos. Simplemente no somos. Nada somos. Nada. Nadie detrás de un teclado existe. Nadie en un computador existe, nadie sin un libro, con un trabajo, sin inspiración y sin ver buen cine hace ya tanto...
El cine antes era la vida, la existencia, el ser. Ahora que se ha ido, no existe nada. El cine aparece cuando hay buena vida...¿o al revés? yo creo que al revés. La buena vida aparece porque hay cine; sin cine -hoy en día- no hay buena vida. No hay nada. No hay ser. No hay ente. Nada.
La vida quiere volver, llora por volver, por apartarse de este desvío. La vida no lucha mucho, pero grita a más no poder: sale, corre, deslízate, atrévete, golpea, enfurécete. Esa vida la viví y de eso morí. De vida se muere. El tiempo grita con tu vida, es imposible no escucharle: o escuchas el tiempo y lo sigues, o el te somete y te arrastra por el suelo. De todas maneras, siempre debemos ir con el tiempo. El tiempo es lo único que permanece, porque todo el resto varía.
...Ser arrastrado por el tiempo.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Arden sus entrañas, cuando no puedes tolerar tu desesperación: ella se ancla a tu ser, te absorve, te domina, te tiene, ya no tienes más deseos que el de dejar de ser, disolverte en tus propias lágrimas, pensar en la vida que ya no existe. El deseo mismo, ya no tiene cabida... es sólo la levedad de una espera, que no espera tanto, ni desespera mucho. Realmente, el estado actual es sólo el de quien guarda esa bella contradicción interna y lamenta no poder desenvolverla en su realidad circundante: por más que actúe, sólo lo hace en una línea. Por más que piense, lo hago hacia todos lados. Me vuelvo contra mí mismo, me apago en mis llamas, clamo por dejar de sentir, por dejar de ser, por dejar de esperar y de sentir aun mi deshonra. En el plano de lo real, lo mejor sería jamás volver a aparecer, jamás volver a ser, jamás tener una vida que no sea la de la respiración y el habitar la nada. Una respiración sana, no este coctel entre falta de aire y respiración densa, lenta, furibunda...
Siento una furia que arde dentro de mí, y que no dejaría pasar nada vivo frente a ella... exterminaría toda vida, en una explosión de maldiciones y acciones grotescas. Las tripas de mi interior amenazan con asomarse fuera de mi piel a diario: es tal la furia que arremetería en contra de mi propia carcaza material y dejaría mi voluntad tendida sobre el piso, en forma de sangre. Nada más que la sola imagen de ese acto, lento, duro, doloroso, de destriparse vivo, me proporciona un consuelo y un placer inimaginables: cuando pienso en mi cadáver sobre una silla, la sangre sobre las paredes, mi boca abierta y una mueca de dolor horrible, pero definitivo... sí... la imagen me produce un gran consuelo, porque de esta manera le reflejaría a la vida, cómo es que debo huir de ella, porque no me ha dado lo que me merezco. Es la imagen más arrogante y orgullosa de un suicidio, es la muerte en la gloria. Como diría Séneca: "El suicidio preserva a la humanitas de la corrupción".
miércoles, 2 de mayo de 2012
martes, 28 de febrero de 2012
Ser un asqueroso tipo de masoquista, como si de ser crucificado todos los días en una etérea cruz solipsista de amor te haga más grande y más profundo. No. Sólo es tu tendencia horripilante a la decadencia y la flagelación completamente injustificada y entregada al azar de la locura. Corrosivamente como tomando un cáliz lleno de alquitrán y trozos de un espejo roto, perdido entre reflejos que, perdidos tambien, se cansaron de su propio reflejo. Ningún destello acallará jamás el pavor por el sentimiento de perdida, de falta y de caida. Cada vez más lleno del ungüento divino de una conmiseración misteriosa e incomprensible... el flagelante se levanta cada día y carga cruces, que, llenas de amor lo llevan a las alturas de un Gólgota donde-una vez más- podrá dejar el velo hipócrita de la cotidianeidad y se entregará a la gloria de la Muerte.
Una Muerte, cada día, esa es la vida del flagelante. En quien no pasan los días, sin esa cruz que alzar en gloria, clavarse y embutirse en su madero infernal y esperar la cantata de otros dos mil años de ateos e irreligiosos. Ni las profundidades del mar, ni la altura de las montañas logran saciar esas ansias de aniquilación que rodean al flagelante, al perdido de sus lamentos y al entregado incomprensible. En definitiva, al amante de esas coronas de espinas.
domingo, 12 de febrero de 2012
Pensar en esos oscuros ocultamientos que se resisten a desocultarse, esos temas que al hablarse se resisten a la verdad, en que las palabras de salir, saldrían con la sangre de un raspado de gargantas y con las lágrimas de una revelación no deseada. Sí, quiero saberlo, quiero escucharlo en sus letras... me fascina la idea, es ridículo, pero sí, quiero saberlo, quiero tener la seguridad de que fui así como sé que fue, de que pudo haber sido de otra forma, pero aun así, fue así. Estoy aquí y quiero saberlo, me muero por saberlo, me retuerso en la cama, mis vísceras se llenan de oscura bilis, mi ansia por el saber, mi estúpida investigación destructora de yo's me lleva a esto.
¿Cuántos yo's caerían con ese conocimiento? ¿Cuántas palabras podría seguir musitando sin duda? ¿Cuántas veces tendría que resucitar para poder vivir la vida de nuevo, luego de un descubrimiento semejante? Y peor aun ¿Cuántos espejismos, cuántos fondos rotos de espejos que no reflejan voy a tener que levantar para ocultar la intensa transformación del alma en un momento así?
Quiero saberlo, pero también es imposible esperar honestidad de una situación así. De tan completa oscuridad es muy difícil esperar honestidad. Sé que preguntarlo, sería sólo motivar a que se cubra más la verdad con estúpidas quimeras sin sentido, producto de una consciencia completamente fragmentada y ansiosas de terapias de olvido y ocultación. Sí, fragmentos, me interesa saber esos fragmentos que faltan para completar la historia... mientras la historia aun vive.
Mi imperdonable deseo por esa verdad que no produce buenos efectos, mi búsqueda por ese fármaco es completamente un resultado del desequilibrio de este momento. La vergüenza, en esta Hora del Lobo, me cubre completamente de estas ansias estúpidas por descubrir aquello cuyo descubrimiento me haría tambalear en agonía. Comprendo ahora ese asqueroso episodio de identificación y conmiseración, tan extraño... y pensaba antes... tan fuera de la vía de la verdad...
Pero no. Esa identificación, ahora la encuentro aquí en frente, descubierta, por mis oscuras ansias de desentrañar una herida aun latente, aun en el tiempo vivido.
Finalmente, la verdad, las ansias más puras por ella, eran justamente lo que subyacía a esa asquerosa experiencia de identificación... Horrible consciencia ¿Cuántas veces me volverás a torturar con tu terror y con tus presentimientos desgarradores por lo peor?
Cada uno de estos descubrimientos es una nueva yaga en el alma, que contribuyen a que ella también se vuelva un fragmento, una pura ficción de partes múltiples que no se unen en nada. Que se unen en el descubrimiento de un sentido, que al ser descubierto, lo único que infunde es terror y no sabes en qué puede transformarte ese terror, más que en un fragmento.
